Blades In The Dark - Oblivio Idoli (8/9)
Tras su letal periplo por el Distrito Perdido, aquel antiguo barrio abandonado hacía ya tiempo a las Tierras de la Muerte, los Gatos Grises se reponían en el Crematorio Bellweather amparados por los Guardianes Espirituales. La banda formada por Florence, Skannon, Salomón, Wajeeha y el recientemente reclutado Wilmer tenía ya el Oblivio Idoli en su poder; con lo cual solo les quedaba concertar una cita con Lord Mora para poder entregar el artefacto al Círculo de la Llama y quedar liberados por fin de su deuda.
Los Gatos Grises claramente no llevaban tanto tiempo fuera de las Seis Torres, el que había sido desde siempre su hogar. Llevaban apenas unos pocos días sin ver aquellas grandes residencias nobiliarias ahora convertidas en apartamentos baratos, pero se les antojaba que hubiesen pasado décadas.
La carreta en la que transportaban el Oblivio Idoli (convenientemente oculto en el interior de una gran caja de madera) traqueteaba sonoramente por una de las calles de piedra agrietada mientras, en los descampados aledaños, los fuegos de los okupas crepitaban en el silencio de la noche. Cruzaron el Parque Misthore, oscuro y cubierto por la vegetación, mientras los ojos de los compañeros cruzaban furtivamente el ramal oriental del río Dosk para mirar a las Tierras de la Muerte de más allá; sin duda recordando traumáticas experiencias demasiado recientes.
La recargada fachada, dorada y roja, del Club Centuralia no tardó en hacerse visible una vez hubieron abandonado el parque. El ostentoso burdel parecía tan fuera de lugar como siempre en aquel barrio deprimido; como una joya entre el estiércol. Los dos matones que guardaban la puerta del local se quedaron mirando a aquel extraño grupo que se acercaba con una carreta.
Skannon y Salomón marchaban algo separados de la carreta, a los flancos. Skannon con las palmas poyadas en las culatas de sus pistolas, mientras que su compañero con el trabuco de chispa acunado en los brazos. Wajeeha y Florence iban sentadas en el pescante de la carreta, mientras que Wilmer, la última adquisición del grupo caminaba delante, tirando suavemente de las riendas del percherón.
Cuando Florence indicó a los matones que los Gatos Grises tenían una cita con Lord Mora, el hombretón les guió enseguida hacia una de las calles laterales, donde se encontraba un amplio patio trasero en el que se podía adivinar la entrada a unas cocheras; quizá un muelles de descarga cubierto.
Allí había un grupo de cuatro hombres armados, los cuales les indicaron que debían desarmarse para acceder. A regañadientes, los compañeros accederían a entregar las armas; con las especialmente airadas protestas de Skannon y Salomón, quienes se sentían desnudos sin sus "herramientas".
Así, los Gatos Grises accedieron con la carreta a aquella nave cubierta que, como habían intuido, se trataba de un muelle de descarga que el Centuralia utilizaba para recepcionar mercancías. Lord Mora les estaba aguardando allí con los brazos cruzados sobre el pecho de su elegante traje. Junto a él, una atractiva mujer de aspecto iruviano permanecía expectante con las manos entrelazadas mientras su caro vestido de noche resaltaba en mitad de toda la cochambre de aquel muelle de carga.
Los cuatro hombres de la entrada les habían acompañado al interior y aguardaban desplegados en la nave, con una mano en la empuñadura de la espada y la otra sobre la culata de la pistola de chispa.
Florence reconoció a la mujer como Elstera Avrathi, una amable diplomática iruviana que formaba parte del Círculo de la Llama desde hacía años. Luther se la había presentado tiempo atrás, en una ocasión en que acompañó al difunto líder de los Gatos Grises a una reunión con Lord Mora en aquel mismo Club.
Extrañado por la ausencia de Luther, Lord Mora se sintió sinceramente consternado al recibir la noticia del fallecimiento de aquel viejo conocido. Luego, tras expresarle sus más sentidas condolencias al grupo, pidió que le mostrasen el Oblivio Idoli.
Ágilmente, Salomón y Skannon se encaramaron a la carreta para retirar el embalaje que ocultaba el ingenio. Cuando lo hubieron hecho, Elstera Avrathi no pudo evitar que se le escapase un gemido ahogado al tiempo que Lord Mora sonreía con el rostro iluminado por la satisfacción.
Lord Mora comenzaba a agradecer su diligencia a los Gatos Grises cuando, de súbito, la pared este de la nave se vino abajo en una violenta explosión. La deflagración inundó de polvo y llamas el almacén, consumiendo a uno de los guardias del Círculo, que murió aullando mientras el fuego químico le devoraba.
Sin tiempo que perder, Wajeeha y Florence se ocultaron bajo la carreta junto con Wilmer, que ya había rodado hasta allí arrojado por la onda expansiva de la explosión. Salomón y Skannon, que habían sido arrojados de la parte superior de la carreta por la andanada, sacudían la cabeza intentando mitigar el fuerte pitido en sus oídos.
De entre el humo, surgió una docena de hombres fornidos, con aspecto de estibadores o gente de la construcción; de hecho muchos llevaban ropas de trabajo. La mayoría portaban barras de hierro o enormes mazas de demolición, mientras que dos o tres empuñaban trabucos de chispa. El enorme tipo que parecía comandar aquel ataque también era un viejo conocido de Florence: Derret.
Derret era un cabrón bastante astuto que había nacido en Lockport. Había pasado la mayor parte de su vida trabajando abordo de los barcos leviataneros en el Mar del Vacío, pero desde hacía unos años formaba parte de Los Trituradores, un grupo de antiguos operarios de las refinerías y estibadores que anhelaban formar un ejército con el que tomar Lockport y expulsar de allí al Imperio. Los Trituradores financiaban su causa mediante robos relámpago y secuestros de barcazas... esta parecía una de sus operaciones.
Wilmer salió tambaleándose de debajo de la carreta para intentar arrebatarle la maza a uno de los asaltantes que, sin embargo, le mandó a dormir de un golpe seco con la empuñadura de su arma. Florence y Wajeeha, por su parte, rodaron para alejarse de la carreta mientras otro de los Trituradores abría fuego sobre ellas con su trabuco: por suerte no era un tipo demasiado hábil disparando.
Salomón, que acababa de recibir el impacto de una barra de hierro en el hombro, cayó al suelo apretando los dientes. Cuando aguardaba a que aquel Triturador rematase el trabajo abriéndole la cabeza, vio con alivio como su amigo Skannon aparecía a espaldas del hombre para partirle el cuello con un movimiento brusco.
A toda carrera, los dos compañeros se pusieron a cubierto de las postas que comenzaron a llover sobre ellos. Con un rápido vistazo, Salomón localizó el cuerpo inconsciente de Lord Mora. También pudo ver a Elstera Avrathi dando instrucciones al hombretón que comandaba el asalto. Un segundo después, aquel hombre ayudaba a la iruviana a encaramarse al pescante para luego subir él.
La carreta salió del almacén mientras los Trituradores retrocedían en pos suyo, cubriéndole la retirada. Algunas postas fueron disparadas todavía, después de que los asaltantes ya hubiesen abandonado el lugar.
Tras salir de sus escondites, los compañeros constataron que Lord Mora y uno de sus hombres, aunque heridos, se encontraban aún con vida. Los otros dos hombres habían fallecido: uno consumido por las llamas de la bomba que había derribado la pared del almacén y otro con la cabeza abierta por una maza de demolición.
Tras unos minutos siendo atendido por Wajeeha, Lord Mora recuperó la consciencia. Apretó los dientes con furia una vez supo de la traición de Elstera Avrathi, quien había huido llevándose el Oblivio Idoli.
Para consternación de los compañeros, el nobles les indicó que la entrega del artefacto no había llegado a cerrarse, por lo que la deuda de los Gatos Grises con el Círculo de la Llama no había sido aún cancelada. Si querían que la deuda desapareciese, deberían devolverle el Oblivio Idoli a Lord Mora.
Solo la rapidez de Skannon evitó que Salomón estrangulara con sus propias manos al noble, quien le aconsejó que "guardase esa furia para los Trituradores". Como no podía ser de otro modo, la banda de los Gatos Grises volvió miradas hacia su líder, Florence.
"Traeremos el artefacto", prometió la mujer.
Así, tras recuperar sus armas de manos de los empleados del Club Centuralia, los compañeros se encaminaron al único lugar donde podrían encontrar a alguien que les pudiese llevar hasta los Trituradores.
Los antiguos muelles de Doskvol se remontaban a los días previos al cataclismo, cuando el área era una colonia del antiguo reino de Skov. En la actualidad, gran parte del comercio se llevaba a cabo por medio del ferrocarril eléctrico del Imperio, pero los muelles aún bullían con el tráfico de cargueros, barcos de pesca y los prestigiosos buques leviataneros.
Los compañeros se movieron con discreción por los muelles, donde barcos de vapor pequeños y medianos atracaban muy juntos, todos pareciendo diminutos ante la presencia de los titánicos barcos leviataneros que se encontraban algo más lejos.
Marineros y estibadores entonaban canciones obscenas mientras trabajaban, con el ruido de la pesada carga alejándose en los vagones. Las calles, levantadas sobre los propios muelles, estaban atestadas de grúas y cabestrantes.
Los Gatos Grises caminaron hasta las cercanías de una taberna levantada a base de bloques de piedra cuadrados y bien trabajados, se llamaba "El Leviatán Beodo". En su día debió de tratarse de algún tipo de edificio oficial o sede de una gran compañía, pero ahora la construcción presentaba numerosos daños fruto del desgaste producido por el tiempo y el salitre.
Pasaron algún tiempo parapetados en un callejón cercano, mientras Florence vigilaba la puerta del establecimiento con ojos astutos. Desde allí, podían oír el ruido de los cristales rotos y los gritos de las peleas en el interior, tan habituales como en cualquier otra taberna portuaria.
Al cabo de un rato, la mujer vio salir a una mujer que cojeaba ostensiblemente. Una de sus piernas había sido sustituida por una pata de palo y la cara estaba horriblemente desfigurada por algún tipo de ácido... como el de la lluvia ácida de Lockport.
Florence hizo una seña a Salomón, quien partió en pos de la mujer junto con Skannon. Tras seguirla durante un par de manzanas, decidieron abordarla en un callejón cercano a los límites del distrito con Pata de Cuervo.
Cada uno la tomó súbitamente de un brazo, arrastrándola al interior del callejón. La mujer, que quizá se había percatado de que la seguían, reaccionó inesperadamente apuñalando el brazo de Salomón con un mugriento cuchillo de trabajo. Con una maldición escapando de sus labios, el ex-soldado la desarmó golpeando su mano contra la pared.
Un par de minutos después, Florence entraba en el callejón seguida de Wajeeha y Wilmer. La estibadora, inmovilizada por Salomón y Skannon, aguardaba de rodillas mientras miraba a los Gatos Grises con expresión aterrada. Entonces, Florence se dirigió a ella.
"Nos vas a decir dónde encontrar a los Trituradores"
.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario