Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como La Rosa de Acero

La Rosa de Acero: Hijos de La Madriguera (2/X)

Imagen
Había sido una noche larga para Malhadado. Pese a poder disfrutar, una vez más, de aquel cómodo colchón en Los Dejados, había dormido poco. La visión del cadáver abotargado de Recuero no le había dejado descansar. No sabía quién era el responsable del asesinato, pero por su cabeza pasaban tanto la banda de Lobo como el propio Serrín atando cabos. Sea como fuere, la sensación de que él podría ser uno de los siguientes no se le iba de la cabeza. Decidió que sería una buena idea pasarse por el Puerto Dulce, ya que allí hacía la mayor parte de sus negocios el difunto Recuero. Así que se fue allí con su atril de trilero y comenzó a desplegar su arte ante los transeúntes. Algún que otro marinero picó, también algún estibador. Por desgracia, atrajo otro tipo de atención que no le venía nada bien. Una pareja de guardias del bailío se acercó. Uno de ellos le había reconocido en el Barrio de los Sacos. Tras insultarle, e incluso escupirle, le volcaron el atril y le obligaron a marcharse. No era...

La Rosa de Acero: Hijos de La Madriguera (1/X)

Imagen
Parecía una mañana como otra cualquiera en el barrio de chozas podridas y callejones inmundos que era La Madriguera. Pero Picoafilado estaba preocupado: Romero, su empleado, no estaba allí para ayudarle con la apertura de la tienda. Y era extraño, porque Romero era un hombre puntual. No había tiempo para pensar. Era el primer día que se hacía cargo de aquella tienda, después de que sus padres se marchasen al campo para disfrutar de un merecido retiro. Picoafilado era un tipo alto y delgado, con una perpetua barba de tres días y una cicatriz en el cuello fruto de un antiguo intento de atraco en la tienda. Poco a poco, los primeros clientes fueron llegando para hacer sus compras matutinas. No es que el género de Picoafilado brillase por su calidad, pero tenía casi de todo; y aquello era más que suficiente en La Madriguera. Una pareja de jóvenes se interesó por un collar de cobre con una piedra lacada en azul. Se lo llevaron por unas pocas monedas. Hacía una hora de la campanada que ma...

La Rosa de Acero - La mácula de los Da Fonte (5/5)

Imagen
Absorta en sus pensamientos, aquella noche Francesca Calandri cepillaba su pelo sentada frente al espejo de su dormitorio, en la mansión familiar de la Strada Nord. Canturreaba distraída mientras, en su mente, daba forma a los planes sobre su futuro una vez se hubiese cerrado su vínculo con la familia Da Fonte. Entonces, el sonido de un tumulto le llegó desde la planta de abajo. Rápidamente, dejó el cepillo sobre el tocador y salió al recibidor de la primera planta. Allí coincidió con su padre, que miraba hacia el hall de entrada de la vivienda con gesto alarmado. La puerta de la calle estaba abierta y los dos guardias de la familia permanecían de rodillas en el suelo, desarmados. La docena de intrusos que habían irrumpido en la casa no eran sino la guardia de la ciudad. Un instante después, quien parecía el oficial al mando, alzaría la vista para descubrir a Francesca y señalarla con el dedo. El padre de la mujer la urgió a que escapara mientras intentaba cortar el camino a los gua...

La Rosa de Acero - La mácula de los Da Fonte (4/5)

Imagen
Probablemente el capitán Bianco Filago ya había perdido toda esperanza de hallar con vida a Sinibaldo Da Fonte después de dos días. El hombre de armas al servicio del príncipe Giovanni Da Fonte suponía que, a aquellas alturas, el cuerpo del desafortunado joven debía reposar en el fondo de algún sucio canal del Quartiere di Fuliggine con una piedra atada a los pies y siendo devorado por los peces. El capitán le dedicó un escueto rezo a Padre Hogar en agradecimiento cuando uno de sus hombres se personó ante él con la noticia de la aparición de Sinibaldo, aunque en realidad sospechaba que, si algún dios había tenido que mediar en aquello, probablemente se tratase de uno de los caprichos del Niño Sipe. Al parecer, Sinibaldo había aparecido en mitad de la calle, cerca del Strada Nord. Iba en camisón y aullaba incoherencias, como si se encontrase totalmente enajenado. Los mayordomos de la familia Balintelli le habían reconocido y, con la mayor discreción, le habían cobijado en el ala de se...