Rescate en Zeron H9 (1/1)
La anaranjada forma del planeta Zeron H9 se vislumbraba a través del enorme ventanal esférico del destructor imperial mientras los miembros del comando Fireknife revisaban una última vez su equipo antes de subir a la lanzadera que les transportaría hasta la superficie planetaria.
Ya a bordo, el teniente Brandon Bors, un veterano de las guerras intergalácticas con más de una veintena de operaciones exitosas a sus espaldas, puso al día a sus hombres: el ministro Darío Bernier era un hábil diplomático que había sido enviado al planeta Zeron H9 para mejorar la imagen del Imperio ante los colonos y negociar una posible paz con la insurgencia. Sin embargo, su misión se había visto truncada cuando fue secuestrado por un grupo de rebeldes. El Imperio no podía permitirse la imagen de uno de sus altos diplomáticos exhibido como trofeo por la insurgencia.
La misión era clara: la prioridad era localizar y recuperar con vida —si era posible— al ministro Darío Bernier. Los objetivos secundarios pasaban por identificar a los responsables del secuestro, obtener información valiosa sobre la insurgencia y debilitar las infraestructuras rebeldes, siempre que esto no comprometiese la extracción.
Sus hombres iban asintiendo según Bors hablaba. La sargento Thalía Graham, una brillante ingeniera reclutada por el ejército directamente del campus. El cabo Dídac García, un médico que se había alistado después de que unos saqueadores espaciales matasen a su familia. El soldado Charles Donicci, un atleta universitario aficionado a las explosiones. La soldado Takai Nawara, una joven cazadora proveniente de un planeta selvático.
Tras un descenso no demasiado complicado, la lanzadera se posó sobre la superficie de Zeron H9, en la pista de aterrizaje de la base ATMOS. El lugar era una fortaleza inexpugnable situada en mitad de un vasto desierto. Rodeada por un muro de metal, contaba con sistemas de seguridad avanzados: cámaras, torretas automatizadas y drones que vigilaban constantemente tanto el perímetro como el exterior de las instalaciones. Unos quinientos soldados de infantería y un centenar más de miembros de logística se alojaban en la base. Esta era el centro de operaciones en el planeta, desde donde se lanzaban misiones de exploración hacia el desierto y se intentaba mantener bajo control el cuadrante F96, en el que se hallaban la mayoría de enclaves mineros.
Fueron recibidos casi de inmediato por el comandante al mando, Terrell Lloyd, quien no pareció muy contento de verles. Dijo no tener ni idea de dónde podría encontrarse el ministro, al que él daba por muerto. Les contó también que sus hombres habían interrogado —mediante detenciones al azar y ejecuciones arbitrarias— a la población civil sin demasiado éxito. También les hizo saber a los compañeros su opinión acerca de lo absurdo que era intentar llegar a cualquier tipo de solución pacífica con los insurgentes, como demostraba lo acaecido.
Tras conseguir que el comandante aceptase proporcionarles a un par de soldados y un transporte TT con conductor, los compañeros abandonaron el despacho para dar una vuelta por la base. No les costó demasiado darse cuenta de que el asentamiento era el feudo particular del comandante Terrell Lloyd. Los soldados parecían esquivos y reticentes a hablar, aunque alguno se atrevió a susurrarles que Lloyd tenía una camarilla de hombres que se dedicaban a sus «tejemanejes», sin dar más detalles al respecto.
Pronto conocieron a los hombres que les habían asignado: Mike, el conductor, así como dos marines imperiales llamados Paco y John. Todos subieron al TT y se prepararon para viajar al asentamiento minero Zinkin, donde había sido secuestrado el ministro Bernier. Durante el largo trayecto por el desierto, de unas cuatro horas, pudieron ver algunos restos de vehículos imperiales que, a lo largo de los años, habían sido atacados y destruidos por la insurgencia.
Cuando por fin llegaron a Zinkin, encontraron un enclave donde los colonos se dedicaban a extraer los recursos minerales de aquel planeta árido. Era un lugar económicamente deprimido, plagado de delincuencia local, pobreza, bares sórdidos y burdeles. Los habitantes de Zinkin vivían en condiciones precarias, en casas prefabricadas de metal y polímero, sin apenas servicios básicos.
Mientras Paco y John se quedaban junto a Mike, custodiando el TT, el resto del grupo decidió visitar la cantina más populosa del asentamiento. Cuando entraron al local, armados hasta los dientes y embutidos en sus armaduras tácticas, todo el mundo quedó en silencio. Apenas tuvieron que coaccionar mínimamente a una de las camareras para que esta les señalase a un tipo que, por lo visto, pertenecía al sindicato que dirigía oficiosamente el asentamiento.
Robert Weiss, que así se llamaba este líder sindical, les contó que los soldados imperiales solían visitar los negocios de Zinkin para extorsionar a sus propietarios. También se habían producido otros episodios violentos, como palizas o ejecuciones. Mientras Weiss les explicaba a grandes rasgos que lo único que sabía es que Bernier había sido secuestrado por una veintena de insurgentes armados, la sargento Graham colocó un micro bajo la mesa. Después, se despidieron de Weiss y abandonaron el local.
No tardaron mucho en escuchar, a través del micro, una conversación con otro hombre en la que se mencionaba a un tal Kael. Weiss temía que el comando tratase de encontrarse con ese hombre y decidió que habría que avisarle. Estaban pendientes de esta conversación cuando la soldado Nawara se percató de algo por el rabillo del ojo: un grupo de cinco hombres armados les estaba rodeando. Rápidamente, la mujer puso rodilla en tierra y disparó su fusil láser de francotirador contra uno de ellos, volatilizándole la mitad superior del cuerpo. Las balas repicaron alrededor del grupo mientras los cuatro insurgentes restantes disparaban sus fusiles de asalto.
El combate fue rápido, debido a la superioridad del entrenamiento imperial frente a aquellos guerrilleros inexpertos. Bors, Donicci y Graham abatieron a tres enemigos, mientras que Nawara derribó al último. El comando había resultado indemne.
Debido a la manifiesta hostilidad en el asentamiento, el teniente Bors consideró procedente acampar con el TT a las afueras. Allí, durante la noche, pudieron ver las luces de una moto saliendo en plena oscuridad y adentrándose en el desierto. De inmediato, el teniente ordenó a Mike, el conductor, que siguiera al vehículo sin encender las luces para no ser detectados.
Lamentablemente, aquel episodio de conducción nocturna no acabó bien: Mike no vio a tiempo una zanja en el terreno, metió las ruedas en ella y destrozó la transmisión del TT. Frustrados por haber perdido a la moto y, además, encontrarse inmovilizados, no tuvieron más remedio que pedir ayuda a la base ATMOS. Desde allí, les comunicaron que había un TT a una hora de camino con un contingente de diez soldados a bordo.
Mientras aguardaban la llegada del vehículo, la sargento Graham indagó en las bases de datos imperiales en busca de información sobre el tal Kael. Además de obtener su dirección y su ficha como empleado en la mina, la sargento averiguó que el tipo había cumplido doce años en un penal orbital tras ser capturado por el Imperio cuando efectuaba tareas logísticas para la insurgencia. Ahora parecía llevar una vida sencilla junto a su mujer y sus dos hijas.
Cuando llegó el TT que esperaban, intercambiaron su vehículo con los soldados, llevándose el que estaba operativo. Regresaron al asentamiento Zinkin donde, una vez más, dejaron a Mike, Paco y John vigilando el TT mientras el resto iba hacia la casa de Kael. Cuando llegaron, Nawara se encaramó al tejado a fin de poder vigilar el perímetro.
Fueron recibidos con bastante reticencia por parte de la mujer de Kael, quien estaba asustada de ver a aquellos soldados imperiales y tampoco pudo proporcionarles información de utilidad. Sin embargo, no tuvieron que esperar demasiado para que Nawara divisase a Kael acercándose por la calle a través de su visor telescópico.
Kael no parecía demasiado entusiasmado de hablar con aquellos imperiales, aunque confirmó la información acerca de la red de extorsión que el comandante Lloyd y sus hombres parecían haber desplegado en Zeron H9. Cuando el teniente Bors le amenazó sutilmente, Kael explicó que la insurgencia también tenía sus modos de tomar represalias.
Tras una tensa conversación con Bors y la sargento Graham, Kael aceptó hablar a cambio de que se les sacase a él y a su familia del planeta, ubicándoles en cualquier otro enclave imperial seguro. Cerrado el acuerdo, les contó algo que podía ayudarles.
Aunque Kael estaba ya bastante desconectado de la insurgencia, sabía que varios guerrilleros habían resultado heridos durante la captura de Bernier. Algunas de aquellas heridas eran graves y los combatientes no podían haber ido demasiado lejos. Por otra parte, les habló de una doctora llamada Clara Hass —de la ONG Paz para Zeron— que llevaba tiempo atendiendo las necesidades sanitarias de los colonos. Kael les contó que la doctora Hass se había ganado la confianza del general Zarak, el líder de la insurgencia, a base de atender también a sus guerrilleros.
Kael les relató que Hass y sus colaboradores usaban una antigua central solar como hospital de campaña. El lugar se encontraba a un par de horas de Zinkin. A Kael le parecía más que probable que los insurgentes heridos durante el secuestro del ministro se encontrasen allí, siendo atendidos.
Sin más dilación, montaron a Kael y su familia en el TT y condujeron de vuelta a ATMOS durante unas pesadas cuatro horas de camino. Una vez allí, para salvaguardar la seguridad de los civiles, los mantuvieron en el vehículo mientras el teniente Bors y la sargento Graham iban al centro de comunicaciones de la base para establecer contacto con el destructor imperial que se encontraba en órbita.
Conscientes de que las comunicaciones eran registradas y monitorizadas, pidieron que una lanzadera descendiese desde el destructor hasta unas coordenadas a las afueras de la base, sin dar más información. Cuando se les respondió afirmativamente, regresaron con el resto del grupo y, de camino, reclutaron improvisadamente a otro grupo de soldados para que, a bordo de otro TT, les acompañasen a internarse en el desierto.
El convoy de dos atravesaba la superficie rocosa de Zeron cuando Mike se percató de que un vehículo les seguía en la lejanía. Se trataba de otro TT imperial. Bors comunicó por radio con ellos, quienes se identificaron como una patrulla encargada de aquel sector. Cuando el teniente les ordenó la retirada, obedecieron sin poner problemas.
Así llegaron al punto convenido, donde no tuvieron que aguardar mucho hasta que una lanzadera imperial descendió para posarse sobre el suelo rojizo. Tras poner a Kael y su familia bajo custodia, para que fuesen trasladados al destructor en calidad de testigos protegidos, regresaron al desierto. Mientras la lanzadera ascendía de nuevo, los dos TT se encaminaban hacia la antigua central solar.
La central solar se alzaba como un gigante de metal en medio del desierto, rodeada de un océano de paneles que reflejaban la luz del sol. El edificio debió ser construido hacía décadas y abandonado poco tiempo después. La aproximación parecía complicada, ya que la llanura pedregosa no ofrecía ningún punto en el que ocultarse más allá de la posibilidad de avanzar entre los paneles. La sargento Graham y Nawara pudieron detectar algunos sistemas de seguridad rudimentarios: cámaras y alarmas.
Bors dejó al pelotón reclutado en ATMOS y a Mike junto a los vehículos, mientras su comando avanzaría entre los paneles junto a los soldados Paco y John. Por desgracia, no habían progresado mucho cuando fueron detectados y, casi de inmediato, se vieron respondiendo al fuego de cinco insurgentes armados que salían de la central.
La superioridad militar del grupo fue incontestable y los insurgentes caían uno tras otro. Pero el sonido de disparos llegó desde la retaguardia: un grupo de rebeldes parecía haber rodeado la zona para emboscar a los hombres que custodiaban los vehículos. Sin embargo, no tuvieron mucho tiempo para pensar en aquello, ya que otros cinco hombres armados salían de la central, disparando.
Aún respondían a ese fuego cuando los enemigos llegaron por la espalda, atrapándoles entre dos fuegos. Por suerte, el comando estaba preparado para estas situaciones y lograron no solo repeler el ataque, sino abatir a todos los enemigos sufriendo apenas algunas heridas menores.
Con el terreno aparentemente despejado, Dídac se encargó de vendar una herida algo fea que presentaba la sargento Graham. Luego, el grupo se acercó al edificio principal. Los soldados Paco y John fueron hacia la puerta, mientras el resto se posicionaba junto a una pared. Donicci colocó tres cargas de explosivo plástico sobre el muro.
La detonación fue terrible; arrojó una nube de polvo y cascotes al tiempo que un enorme boquete aparecía en el muro. No fue la única explosión. En la puerta, Paco y John parecían haber sido recibidos con una granada por los insurgentes.
El comando entró por el agujero en la pared y encontró una escena dantesca en aquella amplia sala reconvertida a pabellón médico. Varias literas eran ahora amasijos retorcidos de metal. Había pedazos de personas por todas partes. Un hombre con camisón hospitalario se arrastraba con el gotero aún prendido de su brazo, dejando un rastro sanguinolento desde sus piernas arrancadas. Además, tres insurgentes comenzaron a abrir fuego con sus fusiles de asalto desde el fondo de la estancia, una vez repuestos de la explosión.
Donicci disparó su lanzagranadas, acabando con uno de ellos y, de paso, con dos o tres pacientes que observaban, aterrorizados, desde sus literas. Luego, el soldado corrió hacia la única puerta de la estancia que comunicaba con el resto del edificio. Bajo fuego enemigo, Donicci maniobró para colocar una trampa explosiva allí. Mientras, Nawara y Bors abatían a los otros dos insurgentes del pabellón médico. Paco y John parecían seguir intercambiando disparos con uno o dos enemigos en la puerta principal.
No mucho más tarde, un insurgente intentó irrumpir en el pabellón por la pequeña puerta interior. La trampa bomba de Donicci solo dejó pedazos de él. Un segundo más tarde, la soldado Nawara cruzaba la puerta para sorprender por la espalda al guerrillero que, en solitario, defendía la puerta ante Paco y John. El fusil láser le desintegró de pecho para arriba.
Mientras Dídac efectuaba algunas curas a los soldados Donicci, Nawara, Paco y John, el teniente Bors y la sargento Graham interrogaban a la doctora Clara Hass, a la que habían sacado de debajo de un montón de escombros, aunque sorprendentemente ilesa. También pudieron interrogar a un insurgente —convaleciente en una de las camas— de aquellos que resultaron heridos durante el secuestro de Bernier.
El comando pudo obtener así información sobre una base que el general Zarak tenía en las montañas, donde seguramente retenían a Bernier. Según les dijo el insurgente, la base estaba bien fortificada, con muros de hormigón, torretas automáticas con reconocimiento facial y minas terrestres rodeando la zona. El emplazamiento contaba con vehículos ligeros y unos cincuenta hombres armados.
Con esta información en su poder, decidieron pasar la noche en la central solar para dirigirse a la mañana siguiente hacia la base en las montañas. De ese modo, establecieron los turnos de guardia y se dispusieron a descansar.
Por desgracia, una violenta explosión les arrancó del sueño a la vez que destruía gran parte de la primera planta y, de paso, segaba las vidas de los soldados Paco y John. En plena noche, el equipo se vio obligado a defenderse de la acometida de cinco hombres fuertemente armados y con notable experiencia militar. Si bien lograron neutralizar a sus atacantes, el soldado Charles Donicci perdió la vida en el intercambio de disparos.
El plan, a pesar de la dolorosa baja, no había cambiado. A la mañana siguiente, partieron hacia la base de Zarak en uno de los TT. El insurgente herido conducía mientras el teniente Bors, agazabado en el suelo del lado del copiloto, le apuntaba con su arma. La doctora Hass iba en la caja, junto con el resto del grupo y el cadáver de Donicci.
El insurgente, conocedor de la ubicación de las minas, salió del camino principal y comenzó a zigzaguear sobre el terreno. Pronto, su expresión se agravó.
—¡Joder! —dijo—. Algo no va bien.
Al parecer, aunque las torretas le habían reconocido, probablemente la presencia de aquel vehículo imperial había despertado demasiadas suspicacias. Alguien había tomado el control manual de las torretas y estas les apuntaban.
Las tres enormes ametralladoras abrieron fuego a la vez sobre el TT, haciendo surgir agujeros del tamaño de puños sobre su superficie blindada. Nawara, posicionada en el cañón ligero del TT, logró acertar a una de las torretas, que saltó en mil pedazos. Sin embargo, los compañeros eran conscientes de que no sobrevivirían a una nueva andanada de las dos máquinas restantes.
Rápidamente, Bors ordenó dar la vuelta al conductor, quien logró llevar aquel montón de acero agujereado y humeante de regreso fuera del campo de minas. El TT se detuvo junto a una enorme formación rocosa, donde el conductor, herido mortalmente, exhaló su último aliento. La doctora Hass, desgraciadamente, también presentaba heridas incompatibles con la vida.
Pero el equipo tenía preocupaciones más acuciantes que los muertos. Tres buggies, cada uno con cuatro soldados a bordo, se acercaban zigzagueando por el campo de minas. Uno de ellos llevaba instalada una ametralladora pesada.
Desde su posición de cobertura, los compañeros lograron acribillar los vehículos y terminar con todos los insurgentes de forma expedita, gracias a una combinación entre intenso fuego automático y unos cuantos disparos de gran precisión por parte de la soldado Nawara.
Con todo en calma, decidieron acampar entre aquellas rocas. Para su consuelo, la base insurgente no envió más hombres en su búsqueda. El teniente Bors usó la radio, aún funcional, del TT para pedir un par de blindados con una veintena de soldados y media docena de drones. Estimó que aquello sería suficiente para tomar la base rebelde.
Los drones llegaron poco antes del amanecer. Como al teniente Bors no le hacía demasiada gracia que estos fueran controlados desde la base ATMOS, le dio orden a la sargento Graham para que los hackease y fuese ella misma quien los manejara. Aunque era una operación complicada, la sargento logró hacerlo.
Así, los seis drones zumbaron sobrevolando el campo de minas en dirección a las torretas con intención de abatirlas. Lamentablemente, la intensidad del fuego de ametralladora que vomitaban aquellos dos artilugios era infernal. Todos los drones fueron barridos del cielo en apenas unos pocos segundos. El teniente Bors y la sargento Graham intercambiaron una mirada de circunstancias.
Unas horas más tarde llegaron los dos TT repletos de soldados que había solicitado el teniente. Uno de los sargentos al mando se mostró bastante contrariado al enterarse de la pérdida de los drones, aunque tuvo el decoro suficiente para no hacer ningún comentario inapropiado hacia Bors y su equipo.
Como pudieron, se acomodaron entre los soldados en los vehículos, con Nawara tomando el control del cañón ligero en uno de ellos. De ese modo, comenzaron a avanzar en zigzag por el campo de minas, siguiendo el sendero que, el día antes, había trazado el conductor insurgente. No tardó en lloverles el fuego de ametralladora escupido por las torretas, aunque tanto Nawara como el artillero del otro vehículo hicieron gala de una puntería encomiable y lograron abatir ambas con los cañones ligeros. Los blindados habían sufrido algunos daños, aunque menores.
Irrumpieron en una especie de patio cubierto a la entrada de la base, donde varios buggies estaban aparcados sin vigilancia. El único acceso a aquel búnker con paredes de hormigón incrustado en la montaña parecía ser una puerta acorazada con un cuadro de control electrónico. Sin tiempo que perder, la sargento Thalía Graham se conectó allí con su pequeño ordenador y quebró el sistema, abriendo la puerta.
El teniente Bors ordenó el avance a cuatro de los soldados venidos de ATMOS, quienes tomaron el pasillo. Apenas habían avanzado unos pasos hacia la puerta del fondo cuando esta se abrió y una granada de fragmentación se coló rodando para deflagrar entre los hombres. Pedazos de carne, sangre y hormigón salieron despedidos por la puerta de entrada.
Cinco insurgentes comenzaron a disparar desde el extremo interior del pasillo, mientras Bors, Nawara y Graham devolvían el fuego desde la entrada. No tardaron demasiado en abatir a los guerrilleros y pudieron avanzar.
Junto a la puerta que aquellos insurgentes habían abierto, había un panel desde el cual Graham podía tener acceso a los sistemas de la base. La sargento se conectó y, en pocos minutos, fue capaz de sortear el software antiintrusión para poder visionar las cámaras y controlar las puertas. Pudo ver a más de treinta insurgentes. Diez de ellos estaban repartidos en dos tramos de pasillo a vanguardia y, algo más allá, ocho se hallaban atrincherados en el centro de control junto a Zarak. Desde la retaguardia, otros quince insurgentes armados hasta los dientes se acercaban. En la zona sureste, pudo ver una zona con varios calabozos, en uno de los cuales se encontraba Bernier.
En ese momento, el teniente Bors tuvo un breve desencuentro con el sargento venido de ATMOS, quien le acusó de usarles como carne de cañón. Finalmente, el suboficial aceptó seguir cumpliendo las órdenes de Bors, pero le advirtió de que su proceder le costaría un consejo de guerra.
El equipo, junto con una decena de soldados, siguió avanzando por los pasillos hacia el centro de control, mientras que seis hombres —el sargento de ATMOS entre ellos— se quedaron atrás para contener a la quincena de enemigos que se aproximaban por el pasillo sur.
A través de las cámaras, la sargento Graham vio a cinco insurgentes aguardándoles tras una de las puertas blindadas. Con sigilo, el teniente Bors y Nawara se acercaron a la puerta. Mientras Bors abría, la soldado lanzaba una granada a través de la rendija. Una potente explosión y aquellos cinco desgraciados ya eran historia.
Cuando avanzaron al siguiente pasillo, las tornas se invirtieron: Graham no tuvo tiempo de advertir a sus compañeros antes de que la puerta se abriera y una granada, esta de los insurgentes, detonase. El teniente Bors resultó herido y quedó sepultado por los restos de los cuatro soldados que avanzaban junto a él.
El fuego de los fusiles de asalto llenó el pasillo en ambas direcciones. Dos soldados más fueron abatidos por los insurgentes. Nawara abatió a un guerrillero; Dídac, a otro. Por desgracia, antes de que los cuatro soldados restantes acabasen con el resto, una ráfaga de munición blindada atravesó la armadura táctica del teniente Bors, acabando con su vida.
Así, la sargento Graham —ahora al mando— se plantó ante la puerta del centro de control junto al cabo Dídac y la soldado Nawara, acompañados de los cuatro soldados de ATMOS que quedaban con ellos. Thalía Graham contó hasta tres y abrió las puertas acorazadas para que el equipo irrumpiese en la sala a sangre y fuego.
Nawara disparó el lanzagranadas que había pertenecido al difunto Donicci, haciendo saltar por los aires a tres insurgentes. Otra granada, en sentido contrario, esparció los cadáveres de los cuatro soldados por todo el centro de control. La sargento Graham y Dídac dispararon ráfagas con sus fusiles, abatiendo a dos enemigos.
Zarak emergió entonces de detrás de una consola de mandos, empuñando un subfusil e hiriendo a Dídac que, un momento más tarde, acababa cayendo al recibir una ráfaga del fusil de asalto de uno de los rebeldes; el cual fue abatido a su vez por los disparos de la sargento Graham.
Otra granada disparada por Nawara acabó con los dos últimos hombres de un Zarak que, desesperado, retrocedió abriendo fuego a ráfagas contra sus dos únicas enemigas. Por suerte, las armaduras de Graham y Nawara soportaron perfectamente el fuego de subfusil. Nawara dejó caer el lanzagranadas, alzó su fusil láser y disparó para volar la mitad superior del cuerpo del general insurgente.
Pero aquello no había acabado. En el terminal de Graham podía verse cómo ocho insurgentes habían logrado rebasar el punto defendido por los —ya caídos— soldados que quedaron atrás protegiendo el pasillo. La sargento no perdió el tiempo y cerró las puertas de todos los pasillos hacia el centro de control.
Los insurgentes, con el avance bloqueado, optaron por retroceder. Cuatro de ellos se marcharon hacia una especie de almacén del que sacaron una carretilla con varias garrafas de combustible. Los otros cuatro fueron hacia la zona de celdas.
Como aquello no entraba en los planes de Graham, la sargento bloqueó también aquellas puertas, dejando encerrados a los insurgentes. Los cuatro de la zona de celdas no tardaron en tratar de comunicarse a través de las cámaras, indicando que soltarían las armas si se les permitía escapar. Tras unos cuantos tira y afloja a través del sistema de megafonía, las imperiales accedieron al trato.
O eso creían los insurgentes.
Abiertas las puertas, los cuatro individuos arrojaron las armas y corrieron hacia el aparcamiento cubierto, donde se apelotonaron en uno de los buggies y pusieron rumbo al desierto a toda velocidad. Habrían avanzado un centenar de metros cuando la soldado Nawara salió al exterior, puso rodilla en tierra, apuntó por la mira telescópica y disparó su fusil láser.
Tanto la cabeza del conductor como gran parte del salpicadero se desintegraron en una tormenta de sangre, chispas y metralla. El vehículo viró bruscamente a la izquierda mientras los pasajeros gritaban, hasta que pisó una mina y todos saltaron por los aires.
Con la base controlada, Graham y Nawara regresaron al TT para pedir ayuda a la base, desde donde les informaron que mandarían varios vehículos. Posteriormente, las mujeres se encaminaron a la zona de celdas, donde liberaron al ministro Darío Bernier.
Aunque algo reticente a hablar en primera instancia, el ministro acabó contándoles que había contactado con una facción disidente de la insurgencia a través del líder sindical Robert Weiss cuando fue secuestrado por los hombres de Zarak. Mediante amenazas, le habían obligado a grabar un vídeo denunciando los abusos del Imperio. Los insurgentes tenían intención de sacar la grabación de contrabando para difundirla.
Del mismo modo, les contó que tenía la misión de, como parte de la negociación con la insurgencia, reemplazar al comandante Terrell Lloyd por otro de línea más conciliadora. De hecho, tenía informes de las malas prácticas del mando y sus hombres.
De pronto, tanto Graham como Nawara comenzaron a preocuparse por el hecho de que varios hombres de Lloyd pudieran estar integrados en el convoy que se dirigía hacia allí. Actuaron deprisa. Graham desactivó el transpondedor del TT y partieron en él junto con Bernier, tomando una ruta alejada de aquella por la cual se acercaban los refuerzos.
Dando un rodeo de más de veinticuatro horas, llegaron a la base ATMOS, anunciando que traían consigo al ministro Bernier. El propio ministro se ocupó de tomar la radio para ordenar la inmediata detención del comandante Lloyd y sus hombres.
La sargento Graham y Nawara permanecieron junto a Bernier en el interior del TT hasta que se les informó de que el comandante Terrell Lloyd, así como dos de sus hombres, estaban ya bajo arresto. Al parecer, los otros diez que componían la camarilla del alto mando formaban parte del grupo que había ayudado al comando Fireknife en el búnker rebelde, sin duda con la orden de asesinar tanto al equipo como al ministro cuando se hubiese limpiado la base. Por suerte, todos habían caído en el asalto.
Una lanzadera descendió horas más tarde desde el destructor imperial en órbita. La base quedó en manos de un oficial de alto rango de forma provisional, hasta que llegase el nuevo comandante. El ministro Bernier fue evacuado de Zeron H9 junto a Graham, Nawara y el comandante Terrell Lloyd, que subió a bordo esposado.
Semanas después, el comandante Terrell Lloyd y sus hombres fueron sometidos a un consejo de guerra cuyo resultado fue la retirada de condecoraciones, la degradación a soldados rasos y, posteriormente, la ejecución.
Por su parte, el propio ministro Darío Bernier se encargó de condecorar a Thalía Graham —ascendida a teniente— y a Takai Nawara —ascendida a cabo— con la Estrella Azul al Mérito Imperial.
Otra misión cumplida.

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