Veneno en la sangre (T4) - El Lamento del Hierro (7/X)

Tras una peligrosa infiltración en Trono de Kantirm, los compañeros lograron asesinar al jefe gigante Almauj, desorganizando al ejército invasor de los gigantes y permitiendo que los enanos recuperaran su hogar. Aclamados como salvadores, fueron testigos de la coronación de la General Anleen como su nueva reina. Ahora, enfrentaban un desafío más: convencer a la nueva monarca enana de unirse a la guerra contra Yzumath.


El día empezó bien para los compañeros, con un potente desayuno a base de torreznos y cerveza tostada, como solo los enanos sabían desayunar. Los compañeros conversaban acerca de la audiencia con la reina Anleen al día siguiente. Thydur era consciente de que la soberana de los enanos no cerraría la alianza con Stormcliff sin el visto bueno de, al menos, tres de sus cuatro consejeros. La situación de Anleen I, recién ascendida al trono de un modo bastante improvisado, no era la mejor para que se permitiese la aparición de alguna facción discordante entre sus generales.

Thydur convenció a sus compañeros de que lo mejor sería mantener alguna reunión previa con los generales de Anleen a fin de intentar ganarlos para su causa. Todos estuvieron de acuerdo. De hecho, decidieron que fuesen principalmente Ingoff y Thydur quienes llevasen las negociaciones, ya que estaban más acostumbrados a esas lides.

De camino hacia el barracón del general Malmand, Elatha se interesó por el estado del sarpullido en Mira. La semielfa, algo más animada que de costumbre, le dijo que su mal no parecía haber avanzado. Era una buena noticia. Los sarpullidos de la propia Elatha e Ingoff tampoco habían avanzado, por lo que quizá tuviesen tiempo suficiente para beneficiarse de una posible cura.

Llegaron al barracón donde el general Malmand ya trabajaba para reorganizar la Guardia Real, de la que ahora estaba al mando. Era el único de los generales del difunto rey Thorgrim que había sobrevivido a la guerra con los gigantes junto con la propia reina Anleen. De hecho, había sido nombrado general por el anterior rey mucho antes que la actual soberana. Se trataba de un veterano de innumerables batallas que valoraba la fuerza y la lealtad.

Aunque Malmand les dijo estar muy ocupado, recibió a los compañeros con cordialidad, pues valoraba muchísimo su decisiva participación en la batalla que permitió liberar Trono de Kantirm. Sin embargo, se mostró escéptico ante la posibilidad de una alianza con los humanos de Stormcliff, ya que creía que cada cual debía resolver sus propios problemas. Para él, la prioridad era reconstruir Trono de Kantirm y asegurar sus defensas.

Thydur le recordó a Malmand la visión de unidad del difunto rey Thorgrim, que siempre había añorado los tiempos en que enanos y humanos tenía una relación más estrecha. El antiguo rey lamentaba que los recelos de ambos pueblos hubiesen deteriorado esa relación. Ingoff, por su parte, le explicó que una alianza con Stormcliff fortalecería sin duda a Trono de Kantirm ante posibles amenazas futuras.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Malmand mientras asentía suavemente. Les prometió que su voto sería favorable a la alianza.

El siguiente paso fue dirigirse a la Puerta Norte de Trono de Kantirm, donde la general Fiora, sosteniendo un mapa, daba instrucciones a varios soldados para asegurar los caminos circundantes. Por lo que sabía Thydur, la enana era una general joven y pragmática, ahora al cargo de las fuerzas de reconocimiento y operaciones especiales.

Si bien era menos tradicional que Malmand y estaba abierta a la interacción con los humanos, también era muy cautelosa. Su principal preocupación pasaba por la seguridad de las rutas comerciales y la recuperación de los recursos enanos dispersos por el Espinazo de Hierro. A Elatha, la actitud de Fiora le pareció demasiado egoista, de modo que se lo hizo saber de no muy buenas formas.

Thydur intervino rápidamente para reconducir la situación, argumentando que la alianza con Stormcliff beneficiaría la seguridad de las rutas comerciales y, por tanto, la recuperación económica de Trono de Kantirm. A duras penas, el sacerdote logró calmar a la ofendida Fiora que, poco a poco parecía más receptiva a sus argumentos.

Ingoff habló entonces de otras posibilidades, como inteligencia compartida, apoyo logístico hasta que las fraguas estuviesen de nuevo a pleno funcionamiento o incluso la posibilidad de crear patrullas conjuntas que asegurasen las rutas comerciales.

Todo esto debió de sonarle bastante bien a Fiora, que les prometió su voto favorable en el consejo.

Felices por el desarrollo de la mañana, los compañeros hicieron un alto para comer. Charlaron animadamente y se mostraban optimistas. La alianza entre Stormcliff y Trono de Kantirm estaba a solo un paso de cerrarse.

Tras la comida, se encaminaron hacia las fraguas de Trono de Kantirm, donde el general Borin discutía con varios de sus ayudantes sobre detalles técnicos. Borin era el maestro de gremios y el principal responsable de la economía y la reconstrucción de la ciudad.

Pronto les quedó claro que se trataba de un tipo astuto y materialista, que priorizaba el bienestar económico de su pueblo por encima de todo. Para él, cualquier inversión de recursos debía tener un retorno claro. Esta vez fue Mira la que perdió la calma ante la actitud materialista e interesada del enano. Realmente, la semielfa no solía reaccionar así, pero algo le hizo hervir la sangre: probablemente el sarpullido negruzco estaba empezando a trastocar su carácter.

Thydur trató de explicar a Borin cómo la guerra contra Yzumath, en alianza con Stormcliff, podría generar beneficios económicos a largo plazo, ya fuera a través de nuevas oportunidades comerciales, acceso a recursos valiosos y, principalmente, la eliminación de una amenaza que afectaría directamente la prosperidad enana.

Ingoff decidió ir algo más allá, insinuando posibles acuerdos comerciales entre Stormcliff y Trono de Kantirm que se cerrarían otorgando una clara posición de ventaja para los enanos. Los ojos de Borin se iluminaron como monedas al escucharlo.

Se despidieron con un apretón de manos del enano, que les prometió también su voto favorable.

Si bien los compañeros ya se habían asegurado que la alianza entre Stormcliff y Trono de Kantirm saliese adelante, estaban de acuerdo en que sería mejor obtener el apoyo de los cuatro generales de la reina: un apoyo unánime siempre sería más estable que uno simplemente mayoritario. De ese modo, se encaminaron al templo de Ejun, donde la general Elara asistiría a las exequias por los caídos en la batalla.

Thydur contó a sus compañeros que Elara era una enana carismática, con un gran ascendente sobre la tropa y los civiles. Era, como Thydur, una sacerdotisa de Ejun que tenía una influencia considerable y era vista como una figura ascendente en la Iglesia. Era también muy empática y se preocupaba profundamente por el coste profundo de la guerra: en las vidas y en las almas de los combatientes. Tras la ceremonia, los compañeros se acercaron a hablar con ella, que les atendió con amabilidad, agradeciéndoles su concurso en la batalla que liberó Trono de Kantirm.

Thydur apeló de inmediato a su sentido de la justicia y la necesidad de proteger a todas las gentes de la región, enanas o no. Enfatizó que combatir un mal ancestral como Yzumath era un deber moral y que, no hacerlo, podría traer un sufrimiento enorme a todos. Ingoff, por su parte, señaló que los propios compañeros se habían jugado la vida por los enanos, ya que el mal que representaba Yzumath iba más allá de las razas o los intereses de los reinos.

Elara inclinó la cabeza con solemnidad. Apoyaría la alianza con Stormcliff.

Así, aquella misma tarde, la reina Anleen I recibió a los compañeros en el salón del trono, junto a sus consejeros. Las consultas de la reina encontraron un apoyo unánime por parte de los generales enanos a una alianza con Stormcliff, así como con los elfos del Bosque de Mirie.

Las sonrisas en los rostros de todos eran radiantes. Humanos, enanos y elfos luchando juntos como en tiempos inmemoriales. Ahora se encontraban, sin duda, en disposición de enfrentarse a Yzumath y sus huestes.

Pero, de pronto, aquella improvisada celebración fue interrumpida por las puertas del salón del trono, abriéndose abruptamente para dejar entrar a un maltrecho sacerdote de Ejun. El enano estaba bastante herido, pero lo más preocupante era el horror que dejaba traslucir su rostro. Ignorando cualquier protocolo, se dirigió directamente a la reina.

Quedaban hombres del traidor general Baerrak en la ciudad, Majestad —se lamentó—. Han atacado la biblioteca del Templo de Ejun.

La reina miró perpleja al sacerdote, como si no comprendiese.

Han robado un mapa —jadeó el sacerdote—. El de la tumba de Momdas Hacha de Sangre, el Rey Maldito.

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