Kinefall (T1) - Todas las almas de Ripfort (4/9)
Tras haber escapado por poco de la masacre perpetrada por la gendarmería frente al penal de Ripfort, el variopinto grupo formado por Estella Iris, Gertie Catchpole, Lafayette Masheck y Lord Teophilus Osborne se trasladó hasta la Mansión Osborne a bordo del carruaje de vapor conducido por Tillman. Ya en la vivienda de Lord Teophilus, durante la sobremesa más tensa en la vida de cualquiera de ellos, se hizo evidente que necesitaban un plan para, al menos, rescatar a sus familiares y amigos del penal de Ripfort.
Tras debatir largo y tendido sobre el asunto, el grupo decidió que sería un buena idea intentar acceder a las entrañas de Ripfort desde el subsuelo. Gertie sugirió que empleasen los viejos túneles que se usaron como refugio para los bombardeos durante las Guerras Azules. Ahora, como bien señaló Lafayette, aquellos túneles pertenecían al hampa, que los usaba para el contrabando; pero él estaba seguro de poder gestionar el acceso mediante sus contactos.
La red de alcantarillado, según apuntó Estella, era compleja al punto de resultar laberíntica. De ese modo, iban a necesitar los mapas del alcantarillado de Kinefall, los cuales se encontraban en el Archivo Municipal. Para sorpresa de sus compañeros, Teophilus aseguró que podría hacerse con esos planos sin demasiados problemas.
Por supuesto, opinó Lafayette, que necesitarían armas y gente si querían asaltar el penal de Ripfort. Él creía poder conseguir las armas en los bajos fondos, pero necesitaban gente motivada y concienciada para arriesgar la vida en aquella operación suicida de rescate... y él no conocía a demasiada gente así. Gertie creía poder reunir un buen contingente entre los mecánicos y estibadores de Mermaid Harbor, gente combativa que contaba con numerosos arrestados entre sus familiares y amigos. Estella se ofreció a acompañar a Gertie a aquella reunión, ya que su vida como activista la había acostumbrado a hablar para grupos de personas.
Por último, Lord Teophilus le preguntó a Gertie si era diestra en la fabricación de explosivos y ese tipo de ingenios, ya que necesitarían cargas para acceder desde el subsuelo hasta el penal. Tras asentir, Gertie añadió que también intentaría trabajar en una serie de bombas de pulso magnético que afectaran a los componentes biomecánicos de los gendarmes.
Con todo esto acordado, Lord Teophilus ordeno al servicio que dispusiese varias habitaciones para sus nuevos amigos. A partir de entonces, todos se alojarían en la Mansión Osborne. Algunos durmieron mejor que otros aquella noche, pero todos descansaron aceptablemente. Les esperaban unos días complicados.
Aquella misma mañana, Gertie y Estella se dirigieron al Distrito Portuario. Con discreción, se introdujeron en Mermaid Harbor por el acceso de visitantes. Gertie estaba visiblemente nerviosa, lo que llamó la atención del par de gendarmes que custodiaban la entrada. Sin embargo, Estella logró que los agentes perdieran pronto su interés contando un embuste acerca de que la joven acababa de enterarse de que estaba embarazada y venía a pedirle cuentas al futuro padre, un mecánico de Mermaid.
Con cuidado, y sabiendo perfectamente con quién hablaba, Gertie convocó a varios de los mecánicos e ingenieros de Mermaid Harbor en una taberna llamada El Pelícano, en el propio Distrito Portuario. El dueño de la misma había ayudado en el pasado a su padre, cuando el Sindicato Portuario era aún ilegal, antes de la creación del ahora disuelto Parlamento. El respeto de aquellas personas por la figura del padre de Gertie era inmenso, de modo que muchos prometieron asistir.
Así, cuando cayó la noche, unas cincuenta personas fueron accediendo con cuentagotas a El Pelícano, siendo desviados con discreción hacia el sótano por Foster, el dueño del local. Gertie sabía que detrás de aquellas cincuenta personas podía haber más gente, mucha más, que sería o no arrastrada por lo que allí se dijese.
Gertie comenzó por agradecer a los presentes su asistencia, continuando con la enumeración de las atrocidades que el Nuevo Imperio estaba cometiendo sobre los familiares y amigos de muchos de los presentes. La muchacha hizo hincapié en la necesidad de actuar contra sus opresores y dar un golpe de mano mediante la liberación de los prisioneros del penal de Ripfort.
Si bien muchos de los presentes se mostraron de acuerdo con el emocionado discurso de Gertie, algunos otros sentían que aquello era un completo suicidio. Fue entonces cuando Estella apeló al sentido de la responsabilidad de todos para con las generaciones venideras: era el momento de decidir si querían dejarle a sus hijos un legado de libertad o de tiranía.
No hubo más que hablar.
Pasada la media noche, las dos mujeres se escurrían por las calles de Kinefall ocultándose lo mejor que podían del resplandor de las luces de plasma en dirección a la Mansión Osborne. Sorprendentemente, el Nuevo Imperio no había declarado toque de queda en Kinefall, pero cualquier caminante nocturno tendría que dar demasiadas explicaciones si era parado por la gendarmería.
Más o menos al mismo tiempo, Lafayette Masheck llegaba a un decrépito almacén del Distrito Misthaig cuyas ventanas habían sido tapiadas con tablones. Un par de fornidos hombres, con aspecto muy peligroso, le arrebataron el revólver antes de dejarle acceder.
En el interior de la nave, casi una docena de hombres trasladaba enormes cajas de un lugar a otro, depositándolas en una especie de vagonetas que, bien sabía Lafayette, acabarían moviéndose por los viejos túneles. Así se movían las mercancías ilegales por todo Kinefall desde hacía décadas.
No tardaron en llevarle ante Orlo Oneil, el mandamás de una de las mayores familias criminales de Kinefall. Los Oneil se dedicaban mayormente al contrabando y al juego ilegal, aunque no le hacían ascos a la prostitución ni al suministro de sustancias prohibidas.
Con su estilo especialmente directo, Lafayette le contó a Orlo que iba a necesitar acceso a los túneles para un grupo bastante numeroso de personas. Obviamente, el patriarca de los Oneil no pensaba dar su permiso para tal cosa sin conocer más detalles. Cuando Lafayette le explicó que se trataba de una operación para rescatar a los prisioneros encarcelados en Ripfort, Orlo le tachó de loco entre carcajadas. No tenía intención de colaborar con algo así, ya que el riesgo de que el Nuevo Imperio inutilizase los túneles tras lo ocurrido, echando al traste los negocios de su familia, era demasiado alto. Eso sin contar que los gendarmes descubriesen que los Oneil estaban implicados y su familia fuese represaliada.
Lafayette le contó a Orlo que Sophía se hallaba encarcelada en Ripfort, pues sabía que en el pasado el patriarca de los Oneil había tenido cierto interés romántico en la mujer. Cuando se percató de que aquello había ablandado algo al hombre, continuó explicándole que, poco a poco, el Nuevo Imperio iría aumentando la presión sobre los bajos fondos. El régimen garantista de la democracia era, en cierto modo, una salvaguarda para la forma de vida de Orlo y Lafayette; una dictadura férrea como la del Nuevo Imperio no era más que una condena segura a la extinción.
Tras meditarlo con gesto grave, finalmente Orlo accedió a garantizar el acceso a los túneles para Lafayette y su contingente. Llegados a este punto, solo quedaba tratar el otro punto de la reunión: la adquisición de armas.
Lafayette le explicó a Orlo que necesitaba armar los mejor posible a sus hombres, ya que en Ripfort iban a enfrentarse a un gran número de gendarmes. Sin buenas armas, las posibilidades de confrontar con éxito a esos agentes biomecánicos era bastante más baja. No tardaron demasiado en negociar el precio, dándose cuenta Lafayette de que Orlo estaba siendo muy generoso. Además, por suerte, el dinero de Lord Osborne estaba respaldando la operación.
Tras despedirse de Orlo Oneil, Lafayette se movió por las calles con su sigilo habitual para regresar a la Mansión Osborne, donde pondría a sus compañeros al corriente de sus progresos.
No encontraría Lafayette a Teophilus en la Mansión Osborne, ya que el Lord se encontraba en aquel momento de la noche agazapado en la azotea de un bloque de viviendas del Distrito Foheag, justo en frente del Archivo Municipal. No le había costado demasiado trepar por la escalera de incendios y llegar hasta la azote, simplemente hubo de tener cuidado para mantenerse alejado del resplandor de las farolas de plasma.
Echó un rápido vistazo al edificio del Archivo Municipal, con el escudo del Nuevo Imperio proyectado holográficamente sobre su fachada. Dicha fachada estaba demasiado bien iluminada por lámparas de plasma y, en la entrada principal, un par de gendarmes montaban guardia. La luz de una linterna en el interior del edificio le informó de que también había vigilancia dentro.
Utilizando una pistola de resorte, lanzó un cable hacia la fachada del edificio del Archivo. El gancho ubicado en el extremo se afianzó en el soporte de una de las lámparas de la fachada. El tintineo metálico no pareció alertar a los guardias de la entrada. Un segundo después, Teophilus se descolgaba mediante una tirolina desde la azotea del edificio de viviendas hasta el Archivo Municipal.
El estilete con punta de diamante le ayudó a cortar el cristal de una de las ventanas, tras lo cual se introdujo rápidamente en el edificio gubernamental. A partir de ahí, solo tenía que escurrir se por los pasillos, evitando la vigilancia, hasta llegar a la sección de Infraestructuras Públicas, donde Estella le había indicado que encontraría los planos del alcantarillado.
Por desgracia, la ronda de vigilancia efectuada por el gendarme apostado en el interior del edificio, llevó a este a descubrir el la ventana violentada por el intruso. Pronto, las luces del edificio se encendieron y el ruido de los pasos de varios gendarmes recorriendo los pasillos alertó a Teophilus.
El Lord, maldiciendo en un susurro, usó el pañuelo negro que levaba al cuello para cubrirse parcialmente el rostro y evitar, dado el caso, ser reconocido. Por suerte, no tardo en encontrar la sección de archivos que buscaba. No tuvo tanta suerte a la hora de encontrar los planos en cuestión: el archivo no estaba todo lo organizado que debiera y se demoró más de la cuenta.
Cuando se giró para salir de la sala de archivos, el gendarme se encontraba bloqueando la puerta mientras apuntaba su fusil de chispa hacia él. La detonación retumbó en la sala como un trueno y, aunque Teophilus logró a hacerse a un lado, las astillas de la mesa contra la cual impactó el proyectil le llovieron encima, lacerándole la parte del rostro que no cubría el pañuelo.
Rápidamente, Teophilus desenvainó el cuchillo que llevaba en la bota para blandirlo hacia el gendarme. El rostro parcialmente mecánico apenas reaccionó, pero la culata del fusil golpeó con violencia al intruso, que cayó al suelo con una terrible brecha en la frente.
Sabiendo que no podía ganar aquella batalla, Teophilus echó a correr hacia el pasillo, aprovechando que el gendarme había avanzado, dejando libre la puerta hacia el pasillo. Iba tambaleándose, manteniéndose en pie más por fuerza de voluntad que por capacidad física. Solo tenía que ganar la esquina del pasillo para intentar ocultarse en alguno de los despachos... tomar algo de aliento para después pensar en cómo salir de allí.
El disparo resonó en el pasillo, a su espalda.
La bala entró por la espalda de Teophilus, emergiendo de su pecho como un auténtico volcán de vísceras y sangre. El Lord tuvo un pensamiento para sus amigos, Lord Willburn y Augusta, encarcelados en Ripfort. Pero el último de aquellos pensamientos se lo dedicó a aquellas personas que había conocido el día anterior: Estella, Gertie y Lafayette... les deseó la mayor de las suertes.
Y en aquel pasillo del Archivo Municipal, Lord Teophilus Osborne encontró la muerte.

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