Kinefall (T1) - Todas las almas de Ripfort (5/9)

Algo había salido tremendamente mal, eso quedó claro para los compañeros cuando los primeros carruajes de vapor de la gendarmería comenzaron a estacionar frente a la Mansión Osborne. Lord Teophilus había sido capturado o estaba muerto, y el Nuevo Imperio había tirado de la madeja. Los policías biomecánicos ya habían puesto cerco a la mansión y solo era cuestión de tiempo que algún agente de la Inquisición llegase para comenzar a interrogar a todo aquel que se encontrase en el interior de la vivienda.


Estella, Gertie y Lafayette se encontraban en una de las salas de estar de la mansión. Llevaban algunas horas aguardando la llegada de Lord Teophilus, sin saber muy bien que hacer ya que esta no se producía, y viendo como la ansiedad de cada uno aumentaba progresivamente.

Asomada a una de las ventanas, Estella pudo divisar el último carruaje que aparcó frente a la mansión. Se trataba de otro de los carros de la gendarmería, aunque la presteza con la que un par de agentes se acercaron a la portezuela le indicó a la mujer que alguien importante viajaba a bordo. Pronto, Estella pudo descubrir al capitán Gideon Fisher descendiendo del vehículo.

Fue entonces cuando Tillman, el cochero de Teophilus, irrumpió en la sala de estar. Portaba un enorme fusil de chispa y, fue entonces, cuando los compañeros se percataron de que el brazo derecho del hombre era biomecánico. Sabiendo que una prótesis robótica de tal calidad solo podía provenir del Ejército Imperial, Lafayette se echó mano al revólver.

Tillman tranquilizó al grupo, asegurándoles que solo pretendía ponerles a salvo. Aunque todos dudaron, el hecho de que Lord Teophilus siempre hubiese confiado en aquel cochero les otorgó cierta calma. Así, los cuatro se dispusieron a abandonar la mansión en dirección al jardín trasero.

Aunque Estella, Gertie y Lafayette se movieron con bastante soltura a través de los jardines, el propio Tillman no se mostró tan hábil, quizá porque sus antiguas habilidades de soldado estaban algo oxidadas, y el grupo fue descubierto cruzando el jardín en dirección al lado sur de la valla que rodeaba la mansión. Tres gendarmes les dieron en alto.

Siguiendo las indicaciones de Tillman, Gertie corrió para ocultarse en el laberinto de setos de la mansión. Uno de los gendarmes echó a correr tras ella mientras empuñaba su fusil de chispa pero, en cuanto el agente se introdujo en el laberinto, no encontró ni rastro de la mujer. Realmente, Gertie estaba oculta a pocos pasos, intentando desesperadamente mantenerse en silencio para no ser descubierta.

Otro de los gendarmes disparó su fusil, arrancando un pedazo de suelo a pocos pasos de Lafayette. Tierra y algunas piedrecitas en forma de metralla percutieron en el rostro del hombre, lacerándolo. El último gendarme disparó también sobre él, pero Lafayette rodó hábilmente por el suelo, evitando el disparo.

Sin dudarlo, Tillman contestó al fuego con su fusil de chispa. El proyectil reventó la cabeza de uno de los gendarmes, esparciendo sus componentes por el jardín en una lluvia de chispas y pequeñas piezas metálicas. Acto seguido, el revólver de Lafayette detonó disparando otra bala directamente al ojo del segundo gendarme, que cayó rígidamente hacia atrás, con un surtidor de chispas en su cuenca vacía.

Dentro del laberinto, Gertie se armó de valor para, armada con una llave metálica de su cinturón, abalanzarse sobre el gendarme que la buscaba. Por desgracia, este la detectó acercándose por la espalda y, de un certero culatazo con su fusil, la mandó a rodar por el suelo. En ese mismo momento, Estella irrumpía en el laberinto gritándole improperios al agente.

El gendarme, que un segundo antes apuntaba a Gertie, volvió rápidamente el cañón de su fusil de chispa hacia Estella para abrir fuego. La bala rozó la cabeza de la mujer, haciéndole un corte en la sien y chamuscando algo de cabello. Apenas Estella había dado un par de tambaleantes pasos hacia atrás, Lafayette y Tillman irrumpieron en el laberinto vegetal para auxiliar a sus compañeras.

Gertie, que se había puesto en pie como un rayo, volvió a abalanzarse sobre el gendarme con su llave. De nuevo, el agente biomecánico la repelió con un culatazo que partió el labio de la joven. Esta vez, nadie le distrajo, y el gendarme disparó su fusil a bocajarro sobre la mujer. La agilidad de la joven la permitió rodar hacia un lado y llevarse apenas un rasguño en el brazo.

Tillman no falló: el veterano de guerra colocaría un instante después el cañón de su fusil de chispa en la sien del gendarme para hacer saltar su cabeza biomecánica en mil pedazos.

El estruendo del último disparo pronto dio pasó al sonido de las voces de más gendarmes acercándose al lugar. Sin tiempo que perder, Tillman guió a sus compañeros a través del laberinto vegetal hasta la parte trasera de la mansión, donde una tapa metálica se encontraba oculta entre algunas plantas de jardín.

Según abrían la tapa, el cochero les explicó que se trataba de una vía de escape de Lord Teophilus. El noble siempre había temido que algún día sus actividades delictivas le obligasen a huir precipitadamente. La apertura bajo la tapa daba al alcantarillado a través de un corto pasaje que disponía de una pequeña lámpara de aceite en la pared. Tras encender el candil, Tillman guió al grupo por las alcantarillas.

Los túneles les llevaron hasta otra mansión a un par de manzanas que, según les dijo el cochero, también era propiedad de Lord Teophilus. Allí, tomaron el carruaje de vapor que descansaba en las cocheras para alejarse del distrito de Waterside Slul.

Sin dudarlo un momento, Lafayette le dio indicaciones a Tillman para que se dirigiese al viejo almacén conservero del distrito de Misthaig que el criminal usaba habitualmente como guarida.

El almacén estaba vacío, salvo por el pequeño dirigible oscuro, el “Orgulloso Truhán”, que flotaba a apenas dos metros del suelo, amarrado por varios cabos. Poco a poco, Lafayette fue ayudando a sus compañeros a instalarse.

El día siguiente amaneció con noticias funestas: los diarios de Kinefall anunciaban que “el traidor” Lord Teophilus Osborne había sido abatido por la gendarmería tras intentar colocar un artefacto explosivo en el Hospital General de Kinefall. Según aquel diario, controlado obviamente por el Nuevo Imperio, el noble buscaba asesinar a cientos de personas inocentes.

Los compañeros estaban bastante afectados por la muerte de su reciente amigo, sobre todo Tillman. Además, la demonización propagandística que el Nuevo Imperio había hecho de la figura de Teophilus les provocaba indignación. Por si fuera poco, se enfrentaban a otro problema tras el fallecimiento del noble: no tenían dinero para sufragar la compra de armas a Orlo Oneil.

Así las cosas, los compañeros tuvieron que reorganizarse. Tenían que continuar con su misión a pesar de la pérdida de Teophilus: él no lo hubiese querido de otro modo.

Estella pretendía acercarse a Elk Creek School, donde podría reunir algunos compuestos para que, posteriormente, Gertie fabricase los explosivos que necesitarían para el asalto a Ripfort. Mientras tanto, Tillman y Lafayette tratarían de regresar a la mansión Osborne para acceder a la caja fuerte del difunto Lord Teophilus y así conseguir los fondos necesarios para la compra de armas.

A Estella no le costó demasiado acceder al laboratorio de la escuela, quedando incluso sorprendida por el hecho de que estuviese bastante mejor surtido de lo que ella esperaba. Cuando le llevo los componentes a Gertie, esta sonrió satisfecha. Rápidamente, la ingeniera se puso a trabajar en un espacio que había habilitado en el almacén durante la ausencia de su compañera.

Por otro lado, Lafayette y Tillman encontraron una mansión desierta por la mañana. Al parecer, la gendarmería había registrado la vivienda en busca de pruebas, dejando tras de sí un rastro de caos y muebles destrozados. Por suerte, no habían dado con la caja fuerte de Lord Teophilus, oculta tras uno de los paneles de madera que cubrían las paredes de su estudio.

Sin tiempo que perder, Lafayette se arrodilló junto a la compuerta metálica, listo para hacer saltar la cerradura de combinación. El delincuente apoyó la oreja sobre la superficie de acero y comenzó a manipular la ruedecilla. A su lado, Tillman sostenía una pequeña libreta donde iba anotando las cifras que su compañero le susurraba, correspondientes a los diferentes chasquidos que escuchaba.

Tras unos pocos minutos, la portezuela metálica se abrió con un suave chasquido, dejando que Lafayette y Tillman comprobasen el contenido del interior con los ojos abiertos de par en par: allí había una fortuna en lingotes de oro, más que suficiente para sufragar la compra de armas a Orlo Oneil. Tras cargar los lingotes en un par de bolsas de viaje, los dos hombres regresaron al almacén.

Tras el regreso de Lafayette y Tillman al almacén conservero, los compañeros descansaron el resto del día mientras Gertie se afanaba en montar los explosivos caseros, mezclando con cuidado los componentes en una enorme lata metálica que había encontrado en el propio almacén. Además, consiguió reconvertir algunas viejas baterías de plasma provenientes del sistema de iluminación del carruaje de vapor para crear cuatro pequeños explosivos de pulso magnético que, según explicó, podrían causar bastante daño a los componentes biomecánicos de los gendarmes. Cada compañero tomó uno de los dispositivos, si bien Gertie le advirtió a Tillman que mantuviese su brazo robótico lejos de cualquier detonación de pulso.

Al día siguiente, Estella, Gertie y Lafayette se ocuparon de reunirse con sus diversos conocidos para convocarlos en un parque de bomberos abandonado del distrito Misthaig. Allí, varios hombres de Orlo Oneil les aguardaban para entregarle los correspondientes fusiles de chispa al más de medio centenar de personas que allí se habían congregado entre los cincuenta mecánicos, ingenieros y estibadores de Mermaid Harbor y una decena de hombres y mujeres de aspecto patibulario que conformaban la banda de Lafayette

Dos de los hombres de Orlo les guiaron a través de los viejos túneles, aquella maraña de pasadizos que había servido como refugio a los ciudadanos de Kinefall durante los bombardeos de las Guerras Azules. Ahora, aquellos túneles servían básicamente para el contrabando.

Tras casi una hora de camino, llegaron al punto en que los viejos túneles comunicaban con el alcantarillado de la ciudad. A partir de ahí, deberían continuar sin la guía de los hombres de Orlo.

Dado que el difunto Lord Teophilus había fracasado a la hora de hacerse con los mapas del alcantarillado, el contingente debería encontrar otro modo de orientarse en las cloacas. Gertie estimó que podría hacerse una idea observando las vertientes de agua, ya que un lugar como Ripfort tendría unas bajantes muy características. La mujer solo necesitaba que alguien la ayudase a orientarse en la dirección correcta hasta estar lo suficientemente cerca del penal. Lafayette se ofreció para hacerlo: había dado más de un golpe moviéndose por el subsuelo en su juventud y creía saber orientarse allí correctamente.

Lentamente, el contingente comenzó su periplo por las cloacas, unos túneles semicirculares de unos tres metros de altura e inundados de agua turbia y pestilente hasta la altura de las rodillas. Algunas ratas de gran tamaño les contemplaban desde montículos de desperdicios que emergían aquí y allá o pasaban nadando junto a ellos.

Sorprendentemente, aquello se les dio mucho mejor de lo esperado, logrando mover a aquel numeroso grupo por las alcantarillas a buen ritmo. En apenas un par de horas, guiados por Gertie y Lafayette, habían llegado a las cloacas bajo el penal de Ripfort. Tuvieron la certeza de que se trataba del lugar correcto ya que encontraron vigilancia en las alcantarillas: media docena de gendarmes controlaban el último túnel, inmóviles, con el fusil de chispa en las manos y las aguas fecales llegándoles a las rodillas.

Los compañeros sabían que debían actuar rápido para acabar con aquellos gendarmes, antes de que ninguno pudiese escapar para alertar al personal que, sin duda aguardaba en Ripfort. Tillman se extrañó de que precisamente las alcantarillas que daban al penal estuviesen vigiladas, pero Estella le explicó que, probablemente, el hecho de que se sorprendiese a Teophilus intentando robar los planos del alcantarillado había provocado que la gendarmería vigilase los objetivos sensibles de recibir un ataque desde el subsuelo: simplemente, Ripfort sería uno de ellos. Era muy posible que otros lugares importantes estuviesen también vigilados.

De cualquier forma, se veían obligados a enfrentar a aquellos seis gendarmes de un modo rápido y eficaz. Estimado el tamaño del túnel, Tillman propuso que los compañeros se encargasen de ello, acompañados por tres de los hombres y mujeres que les acompañaban. Todos se mostraron de acuerdo.

Tillman intentó adelantarse en silencio, con uno de los explosivos de pulso en la mano, pero pronto fue descubierto por los agentes. Según el gendarme alzaba su arma, Lafayette se adelantó para disparar el fusil de chispa sobre el hombro de Tillman, acertándole en la frente al agente, que se desplomó de espaldas sobre el agua sucia.

Estella disparó su fusil, emitiendo un alarido mitad sorpresa y mitad jubilo cuando la bala arrancó medio rostro de otro gendarme en una explosión de chispas. Fue entonces cuando Tillman arrojó su dispositivo de pulso hacia los enemigos.

Por desgracia, se quedó algo corto y el pulso electromagnético solo alcanzó a uno de los agentes. El gendarme comenzó a sacudirse espasmódicamente mientras chispas y arcos eléctricos surcaban las partes biomecánicas de su cuerpo. Un segundo después, se desplomaba envuelto en una nube de humo.

Gertie también disparó su fusil, alcanzando el cuello de otro agente, cuya cabeza cayo al agua un par de segundos antes que el cuerpo. En ese momento, uno de los gendarmes dio media vuelta para correr por el túnel, alejándose del lugar, mientras que el restante abría fuego para cubrir su retirada.

Las tres personas que apoyaban a los compañeros, dos hombres y una mujer, abrieron fuego contra los gendarmes sin demasiado éxito. Mientras, Tillman gritaba que había que abatir al gendarme que escapaba antes de que pudiese dar la alarma.

Lafayette abrió fuego contra la espalda del fugitivo, fallando por bastante y viendo como el proyectil arrancaba pedazos de ladrillo de una de las paredes del túnel. Estella también falló su disparo, incluso más estrepitosamente. Tillman tampoco logró acertar al gendarme, que ya estaba a punto de doblar un recodo del túnel, lo que dejó a Gertie como única esperanza de abatir al agente antes de que pudiese dar la alarma.

Gertie tomó aliento, apunto... y falló. Un rugido de furia surgió de sus labios.

El grupo siguió intercambiando disparos con el gendarme que cubría el túnel, el cual había retrocedido para parapetarse tras una gruesa tubería. Un par de minutos después, el agente había logrado acabar con los dos hombres y la mujer que acompañaban al grupo.

Finalmente, fue un certero disparo de Lafayette el que logró impactar el rostro del gendarme, haciendo que este se desplomase sin vida.

Tillman urgió al contingente a avanzar. A aquellas alturas, el gendarme que escapó habría dado la alarma y el personal de Ripfort se estaría reorganizando, incluso habría mandado a alguien a pedir refuerzos.

El nutrido grupo se encaminó hasta el recodo por el cual había desaparecido el agente que escapó. Allí, tras unos cincuenta metros más de túnel, una oxidada escalera metálica conducía hasta una compuerta de acero en el techo.

Uno de los ingenieros de Mermaid trepó por la escalera solo para comprobar que, tal y como sospechaban, esta había sido bloqueada por el otro lado. Con una mueca pícara en los labios, Gertie ordenó al hombre que descendiese para subir ella misma y colocar la enorme lata de conservas a la cual había acoplado un mecanismo de relojería junto a la compuerta, fijándola con unas correas a la manivela de apertura.

Luego, todos se alejaron a una distancia prudencial mientras el “tic-tac” del reloj resonaba en el sepulcral silencio del túnel como si fuese un auténtico martillo en la fragua.

La brutal explosión arrojó al suelo a todos los presentes en el túnel, mientras fragmentos de ladrillo, polvo y humo lo inundaban todo. Entre toses, el contingente se puso en pie trabajosamente, con paso tambaleantes. Cuando los compañeros alzaron la vista al techo, entre una nube de polvo que comenzaba a disiparse, lo que vieron fue un enorme agujero que parecía dar a algún tipo de habitación de piedra.

Era hora de asaltar Ripfort.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Dirigir Rol : Subtramas

Cuando las cosas no están saliendo bien

Los Reinos (T4) - Las Tablas del Destino (12/18)