Kinefall (T1) - Todas las almas de Ripfort (7/9)
El penal de Ripfort había caído, aunque al alto precio de sesenta hombres y mujeres que habían apoyado aquella causa y, sobre todo, de la vida de Estella Iris. Ahora, los reos liberados corrían para ponerse a salvo por las calles de Kinefall mientras Gertie Catchpole, Lafayette Masheck, Sophía y Tillman se elevaban hacia los cielos a bordo del Orgulloso Truhán junto a un par de hombres de la banda de Lafayette, el padre de Gertie y Lonzo Iris, el apesadumbrado hermano de su difunta compañera Estella. Sin embargo, todo aquello estaba lejos de haber acabado, pues dos enormes dirigibles imperiales perseguían a la pequeña aeronave en la que viajaban los compañeros.
Los dirigibles imperiales eran más rápidos que el Orgulloso Truhán en cielo abierto, eso lo sabían demasiado bien tanto Lafayette como Sophía. Además, cada segundo que pasaban expuestos a aquellos cañones de plasma instalados en la parte inferior de las cabinas de esas aeronaves era un riesgo superlativo.
Sin que hiciese falta hablar, Sophía apartó de los mandos del Orgulloso Truhán al piloto, al tiempo que Lafayette abría la puerta lateral del pequeño dirigible para asomar por ella el falconete instalado sobre un trípode del que disponía la nave. Cuando la portezuela se abrió, tanto Gertie como Tillman se asomaron por ella, mirando hacia las naves.
Tanto la mecánica como el ex-soldado pudieron percatarse de que en uno de los dirigibles imperiales viajaban tanto el capitán de la gendarmería Gideon Fisher, como la inquisidora Lavinia Darknoll, a quienes tristemente ya conocían como responsables de las muertes o el encarcelamiento de muchos de sus conocidos.
Sophía hizo descender bruscamente el Orgulloso Truhán, colándolo entre los altos edificios de Kinefall. Las anchas calles les parecieron, sin embargo, demasiado reto a los pilotos de ambos dirigibles imperiales, que continuaron en las alturas, intentando seguir de cerca a su pequeña presa pero sin aproximarse demasiado a los peligrosos tejados.
El potente zumbido del primer cañón de plasma rasgó el sonido viento mientras el haz de luz azulada surcaba el cielo en dirección al Orgulloso Truhán. El metal de la cabina se derritió casi al instante, dejando dos enormes orificios, de entrada y de salida, al tiempo que segaba la vida de los dos hombres de Lafayette, que se desplomaron en un amasijo sanguinolento de vísceras hervidas. El padre de Gertie, Lonzo y el propio Tillman también recibieron algunas quemaduras.
Apretando los dientes, Lafayette apuntó el falconete hacia el dirigible más cercano. Era consciente de que debía ponerles las cosas lo mas complicadas que pudiese a sus perseguidores o todo aquello iba a acabar demasiado pronto. El cañón de pólvora sonó como un trueno al detonar, enviando por los aires un proyectil del tamaño de un melón pequeño que terminaría por abrir una enorme rasgadura en la tela.
Los compañeros aún gritaban de júbilo cuando el segundo dirigible, en el que viajaban Lavinia Darknoll y Gideon Fisher, abrió fuego con su cañón de plasma. Por suerte, esta vez Sophía maniobró a tiempo el timón, logrando que el Orgulloso Truhán se hiciese a un lado. El haz de plasma derritió el tejado de una vivienda, haciendo que una explosión de humo y llamas brotase por todas las ventanas de la última planta del inmueble.
A bordo de su dirigible, Lavinia Darknoll apretaba los dientes antes de comenzar a gritar a los gendarmes para que hicieran descender sus aeronaves. La inquisidora no parecía dispuesta a dejar escapar a los compañeros, aunque tuviese que arriesgar la vida para ello. El cañón de plasma volvió a zumbar, pero el pequeño blanco que era el Orgulloso Truhán logró evitar de nuevo el haz, que atravesó la fachada de otro edificio, alzando al cielo una columna de polvo y fuego.
Lafayette respondió de inmediato con el falconete, alojando el proyectil de hierro en la cabina del dirigible imperial, donde la bala hizo saltar en pedazos a uno de los gendarmes e hirió a otro. El segundo cañón de plasma disparó también su haz, fallando debido a la pericia en el pilotaje de Sophía, que logró apartar la aeronave para que el rayo azulado golpease sobre el empedrado de la calle, seccionando un carruaje de vapor que estaba en su camino.
Sophía volvió a ganar distancia a base de arriesgadas maniobras entre los bloques de Kinefall. Sin embargo, de nuevo la cabina de su nave fue alcanzada por el haz de plasma, que abrió una profunda hendedura en la cubierta metálica. Los tripulantes apretaron los dientes a causa de la alta temperatura que tomo el aire del habitáculo, que incluso les produjo alguna quemadura. Por desgracia, Lonzo Iris se encontraba en la parte de la cabina que había sido alcanzada, y de él solo quedaba un amasijo de carne y sangre humeante.
Con un alarido de furia, Lafayette volvió a disparar el falconete, esta vez acertando de lleno en el hinchable para atravesarlo de lado a lado y provocar un enorme orificio que, de inmediato, la propia tensión del helio se encargó de ampliar exponencialmente. Los compañeros alzaron los puños mientras contemplaban como la aeronave enemiga iniciaba un descontrolado descenso hacia las calles de Kinefall.
Pero aún quedaba otro perseguidor: el dirigible en el que viajaban la inquisidora y el capitán de la gendarmería. El cañón de plasma disparó de nuevo y, otra vez, Sophía logró apartar a tiempo el Orgulloso Truhán. La fachada de un edificio de cuatro plantas quedo surcada por una horrible cicatriz de ladrillo fundido.
Y entonces fue cuando Sophía llevó a cabo su última maniobra: a toda velocidad, hizo descender el Orgulloso Truhán casi a ras de suelo para efectuar un giro cerrado hacia un estrecho callejón donde el hinchable quedo atorado. La sacudida hizo que todos rodasen por el suelo al tiempo que el pequeño dirigible se frenaba en seco, atrapado entre dos bloques de viviendas a apenas dos metros del suelo.
El cañón de plasma de la aeronave imperial hizo llover cascotes incendiados sobre ellos, pero la propia situación del Orgulloso Truhán hacía que los bloques les ofrecieran algo de protección, al menos durante el tiempo justo para que los compañeros saltaran de la cabina para huir por las calles de Kinefall. Lafayette tuvo tiempo de efectuar un último disparo de su falconete, acertando en la cabina del dirigible imperial, donde la bala de hierro se llevaría por delante a otro de los gendarmes.
Los compañeros continuaron su frenética carrera a través de las calles de Kinefall. Aunque sabían que el enorme dirigible imperial había sido dejado atrás, los faros de los carruajes de vapor de la gendarmería comenzaron a hacerse visibles en la calle. Estaban exhaustos y heridos, por lo que cada zancada, si bien les alejaba de la muerte o la prisión, parecía consumir sus almas y cuerpos hasta que pareció que no iban a poder dar un paso más.
Por fortuna, acabaron llegando a Misthaig, donde aquel almacén conservero abandonado volvió a servir de refugio como tantas y tantas veces lo había hecho para Lafayette y Sophía. Los compañeros se dejaron caer en cualquier parte, totalmente vacíos. Gertie se abrazó a su padre entre sollozos, llorando hasta quedarse dormida.
El primero en rehacerse fue Tillman que, a pesar de que Lafayette le asegurase que allí estaban a salvo, decidió montar guardia junto a la puerta, con el fusil de chispa acunado entre los brazos.
El grupo pasó un par de días más en aquel viejo almacén, descansando, recuperándose de sus heridas y manteniéndose ocultos de la gendarmería. Pasado este tiempo, Sophía y Lafayette se atrevieron a dar una vuelta por el Distrito Misthaig para ver qué podían averiguar.
No les costó mucho descubrir que la Inquisición había movilizado a todos los gendarmes de Kinefall, trayendo incluso efectivos de otras partes del Imperio. El asalto a Ripfort había sido un duro golpe para la credibilidad de Lord Artemus Scarborough, cuya capacidad para mantener el orden en el Nuevo Imperio habría sido cuestionada abiertamente por algunos nobles, según decían las malas lenguas.
Les costó algo más aflojar alguna lengua que les dijera que Orlo Oneil y los suyos estaban cobijando a muchos de los fugitivos de Kinefall en los Viejos Túneles. Lafayette y Sophía sabían perfectamente que aquella situación no podría mantenerse mucho más tiempo: había que ayudar a aquellas gentes a abandonar Kinefall.
Regresaron bien entrada la tarde al almacén conservero, donde pusieron a sus compañeros al corriente de sus averiguaciones. Todos estuvieron de acuerdo en que había que ayudar a los fugitivos a huir de Kinefall. Por su parte, el padre de Gertie sugirió que intentasen subir a toda aquella gente a un barco en Mermaid Harbor para trasladarlos a la República Azur, más allá de las fronteras imperiales.
Todos se mostraron de acuerdo en aquello.
A la mañana siguiente, Gertie, Lafayette, Sophía y Tillman fueron a visitar a Orlo Oneil. El hampón les recibió cordialmente, mostrándose realmente impresionado por la hazaña que los compañeros habían llevado a cabo en Ripfort. Igualmente, les expresó sus condolencias por la muerte de Estella Iris.
Tras beber unos vasos de buena ginebra con Orlo, brindando por la caída del Nuevo Imperio, los compañeros pasaron a esbozar un plan que habría de sacar de Kinefall a las más de cien personas que se ocultaban de la gendarmería en los Viejos Túneles. Además, Orlo les contó que otras cincuenta personas más, fugitivos de Ripfort o buscados por las autoridades, estaban siendo ocultadas por amigos, familiares o almas caritativas en otros puntos de la ciudad y sería conveniente ponerlos también a salvo.
Así, Orlo prometió que se encargaría de reunir a toda la gente a la que debía ponerse a salvo en su almacén. Desde allí, podrían emplear los Viejos Túneles para llegar bastante cerca de Mermaid Harbor. Habría que hacer cruzar unas cuantas calles a unas ciento cincuenta personas en mitad de la noche, rezando para que la gendarmería no les detectase... pero no había otro modo.
Después deberían entrar en Mermaid Harbor, para lo que tendrían que neutralizar a los gendarmes que custodiaban el acceso, algo que Lafayette y Tillman se comprometieron a hacer. Con el acceso expedito, los fugitivos tendrían que ser conducidos hasta algún carguero en el que Orlo se encargaría previamente de conseguirles un espacio para viajar clandestinamente.
Los compañeros lamentaron no disponer de más oro que ofrecer a Orlo a cambio de sus servicios, pero este le restó importancia al asunto: había comenzado a tenerle demasiada manía a aquellos indeseables que se habían hecho con el poder y, según sus palabras, colaboraría gustoso con cualquiera dispuesto a causarles problemas. El hampón emplazó a Lafayette a visitar dos días más tarde uno de los callejones de Misthaig que los Oneil utilizaban para la prostitución para recibir noticias suyas de una de las chicas.
Los compañeros regresaron al almacén conservero, donde aguardarían noticias de Orlo durante un par de días. Pasado este tiempo, que los compañeros aprovecharon para descansar y poner a punto sus armas, Lafayette fue hasta el callejón indicado por el hampón, donde una joven prostituta le pasó una nota manuscrita de Orlo.
Tal y como había prometido, Orlo Oneil había conseguido que un carguero con destino a la República Azur transportase a los fugitivos, el Amphion. El navío zarparía pasados dos días, en la media noche. Asimismo, el hampón informaba de que reuniría a los fugitivos dispersos por la ciudad en su almacén un día antes.
El plan ya estaba en marcha. Había que sacar a toda esa gente de Kinefall.

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