Kinefall (T1) - Todas las almas de Ripfort (8/9)
Tras liberar a los prisioneros del penal de Ripfort, logrando escapar milagrosamente de la inquisidora Lavinia Darknoll, los compañeros habían logrado ocultarse en aquel almacén conservero que tantas veces había servido de guarida a Lafayette. La gendarmería patrullaba incesantemente las calles en busca tanto de los compañeros como de los más de cien fugitivos a quienes esconde el hampón Orlo Oneil en los Viejos Túneles. Por suerte, los compañeros tenían un plan para sacar a toda esa gente de Kinefall a bordo del Amphion, un carguero con destino a la República Azur.
Nada más caer el sol, en el día convenido con Orlo Oneil, los compañeros se escurrieron por las calles del Distrito Misthaig hasta el almacén del hampón. Allí, Orlo y sus hombres les aguardaban con las pistolas de chispa ya en el cinto. Además, un centenar y medio de hombres y mujeres de aspecto miserable y exhausto permanecían sentados en el suelo con el miedo reflejándose en el rostro. Los compañeros reconocieron a algunos de ellos del asalto a Ripfort.
Gertie se dirigió entonces a los fugitivos de Ripfort, aquellos a los que el propio grupo había liberado días atrás. Les prometió que pronto estarían a salvo en la República Azur y que ella y sus amigos se encargarían de llevarles hasta el barco que les conduciría a la libertad. Solo necesitaban un último esfuerzo y toda su pesadilla habría concluido.
Poco a poco, tímidas sonrisas comenzaron a hacerse visibles en los rostros de aquella gente, que incluso se susurraban palabras de ánimo unos a otros. Tanto sus compañeros como Orlo Oneil felicitaron a Gertie por su discurso, pero especialmente lo hizo su propio padre, que la abrazó con los ojos inundados de lágrimas por el orgullo.
Así, en cuanto se hubieron organizado un poco, se internaron en los Viejos Túneles. Orlo y un par de sus hombres abrían camino, guiando al grupo mientras sostenían sendas linternas de aceite que arrojaban una luz mortecina sobre los túneles. Tras ellos, los compañeros caminaban alerta, aferrados a sus fusiles de chispa, con Lafayette y Tillman caminando delante y Gertie con Sophía unos pasos más atrás. La marcha la cerraba el inmenso grupo de fugitivos de Ripfort, ciento cincuenta personas sucias y cansadas que avanzaban cansinamente siguiendo la poca luz que les llevaba desde vanguardia.
Salir de los Viejos Túneles resultó toda una bendición, con el aire fresco golpeando el rostro y las estrellas adornando la cúpula celeste. Pronto, de forma inevitable, las miradas se toparon con los focos de plasma de los dirigibles imperiales que patrullaban sobre la ciudad, lo que hizo que todos regresaran de forma algo abrupta a la realidad. Por suerte, todas esas aeronaves se encontraban demasiado lejos como para ser un problema.
Sorprendentemente, no encontraron gendarmería patrullando aquellas calles; quizá a excepción del sonido producido por algún carruaje de vapor que les llegaba desde la distancia. Orlo sugirió que quizá la gendarmería continuaba buscando a los fugitivos en Misthaig y Wehoot, como había hecho en los últimos días.
Sin más, condujeron a toda aquella gente a través de las calles del Distrito Mermaid amparados por una oscuridad solo rota por la luz de las farolas que les llegaba desde esas calles principales que se esforzaban en no tomar.
No tardarían en llegar a Mermaid Harbor.
Tal y como esperaban, dos gendarmes montaban guardia en el acceso a las instalaciones; ambos pertrechados con sus fusiles de chispa reglamentarios. Firmes e impertérritos, sin duda escrutaban la oscuridad con sus ojos mejorados biomecánicamente.
Tal y como habían previsto, Lafayette y Tillman se prepararon para intentar eliminar a los centinelas pero, en el último momento, Gertie les advirtió que cualquier disparo podría atraer a gendarmes de otros puntos de la ciudad. Tillman, por su parte, indicó que utilizaría su brazo biomecánico para acabar con uno de los centinelas. Lafayette le pidió entonces a Sophía su cuchillo de plasma, pero la mujer argumentó que ella era capaz de manejarlo mucho mejor, por lo que debería ser ella quien acabase con el gendarme.
Lafayette, que se negaba a permitir que la mujer a la que amaba se arriesgase de aquella manera, tuvo que ser convencido por todos los demás de que aquello era lo mejor, dada la situación. Antes de separarse del grupo junto Tillman, Sophía le dio un largo beso en los labios a su hombre.
Lentamente, Sophía se escurrió por las sombras en dirección a la suave rampa que conducía hacia el amplio acceso a las instalaciones de Mermaid Harbor con Tillman siguiéndola de cerca. Los dos gendarmes se habían posicionado a ambos lados de la entrada, con los fusiles acunados en los brazos. La mujer confiaba en que tanto Tillman como ella lograsen salir de las sombras justo al pie de la rampa, lo que les daría tiempo para correr los escasos metros que restaban hasta los gendarmes y acabar con ellos.
Sin embargo, los ojos biomecánicos de los agentes, mejorados para una visión en entornos de poca luz, detectaron a los dos intrusos mucho antes de lo que la mujer se hubiera temido. Con un movimiento fluido y simultáneo, ambos gendarmes empuñaron sus fusiles de chispa hacia la oscuridad y abrieron fuego.
Por suerte, Sophía y Tillman rodaron por el suelo a tiempo para que los proyectiles no les alcanzasen. Perdida toda posibilidad de sigilo, Tillman descolgó su fusil del hombro y, con un movimiento entrenado mil veces durante su época de combatiente, lo apuntó hacia uno de los gendarmes. El disparo hizo saltar la cabeza del agente por los aires, dejando una estela de chispas, sangre y pequeñas piezas mecánicas.
Sophía había empuñado ya su fusil, aunque de forma algo más lenta que su compañero. Sin embargo, los dos hombres de Orlo surgieron de la oscuridad disparando sus pistolas de chispa antes de que pudiese hacerlo. Uno falló por mucho, pero el otro impactó en el pecho del gendarme que quedaba en pie, haciendo surgir un chorro de sangre mientras el agente retrocedía un par de pasos a causa del impacto.
A toda carrera, Gertie Catchpole apareció al pie de la rampa empuñando su fusil para ayudar a sus compañeros. Justo en ese momento, el gendarme efectuaba un disparo terriblemente impreciso, lo que hizo pensar a los compañeros que el hombre de Orlo había dañado algún componente biomecánico con su disparo.
No hubo tiempo para más especulaciones, pues Lafayette disparó el fusil de chispa desde las sombras, impactando de nuevo en mitad del pecho del gendarme, que se desplomó de espaldas con un auténtico surtidor de chispas brotándole del pecho y haciendo burbujear la sangre que también manaba de la herida.
Los compañeros eran conscientes de que no tenían demasiado tiempo: el sonido de los disparos atraería a la gendarmería de la ciudad más pronto que tarde, así que urgieron a los fugitivos a entrar en las instalaciones de Mermaid Harbor.
A paso vivo, Orlo les condujo más allá de la sección aeroportuaria donde amarraban los dirigibles para llegar hasta el puerto marítimo. Allí, un desmoronante carguero con la palabra “Amphion” pintada toscamente en el costado, aguardaba con su tripulación en cubierta. Los marineros, que habían escuchado sin duda los disparos, se encontraban visiblemente nerviosos.
Sin dudarlo ni un momento, Gertie tomó el mando de la situación y comenzó a organizar a los fugitivos para que embarcasen del modo más ordenado y eficiente posible. Poco a poco, todos fueron subiendo a bordo. Los compañeros estaban tan exultantes como sorprendidos de que la gendarmería aún no hubiese aparecido, aunque sabían que solo era cuestión de tiempo.
Cuando les llegó el turno de embarcar, los compañeros se miraron entre sí. No tuvieron que hablar demasiado entre ellos para convenir que debían permanecer en Kinefall. El Nuevo Imperio de Lord Artemus Scarborough representaba todo lo que ahora mismo les repugnaba y estaban dispuestos a dar la vida para derribarlo. De nada sirvieron las suplicas de Hennery Catchpole para que su hija le acompañase a la República Azur.
Así, Gertie y su padre se fundieron en un largo abrazo antes de que el hombre embarcase en el Amphion.
En silencio, los compañeros contemplaron junto a Orlo y sus hombres cómo el carguero soltaba amarras y comenzaba a alejarse lentamente, mecido por las oscuras aguas. En cubierta, el padre de Gertie agitaba la mano mientras sus ojos derramaban mares de lágrimas al tiempo que los marineros corrían de un lado a otro afanándose en sus tareas.
Poco a poco el Amphion fue alejándose hasta perderse en la oscuridad, puesto que mantenía las luces apagadas para aquella travesía clandestina que estaba emprendiendo. No interesaba que los guardacostas decidieran realizar una inspección de última hora en el navío.
Los compañeros comenzaban a dialogar sobre la necesidad de marcharse rápido, antes de que la gendarmería hiciese acto de presencia cuando Orlo Oneil les interrumpió con unas palabras que les helaron la sangre.
“Deberíais haber subido al puto barco... todo hubiese sido más fácil así...”
Como si la fatalidad quisiera acompañar las palabras de Orlo, un potente zumbido llego desde el mar, acompañado de un resplandor azul. Inmediatamente después, la terrible explosión de llamas anaranjadas lo iluminó todo.
Con el gesto encogido por el horror, los compañeros contemplaron el Amphion envuelto en llamas y con una incandescente cicatriz en su casco metálico, allí donde el cañón de plasma había impactado. El resplandor de las llamas iluminaba también el enorme dirigible imperial que flotaba en el cielo, justo sobre el barco. Una nueva descarga del cañón de plasma acabó de volatilizar el carguero en medio de otra descomunal explosión, llevándose al fondo del mar a todas las almas de Ripfort.
Incrédulos y enfurecidos, los compañeros se volvieron hacia Orlo y sus hombres empuñando los fusiles de chispa. Orlo apuntó al rostro Gertie con su pistola mientras que sus hombres, que parecían no saber nada de los planes que había tramado su jefe, aún así apuntaron también hacia los compañeros.
Fue entonces una voz femenina hizo que un escalofrío recorriese las espaldas de los compañeros: acercándose por el muelle, la mismísima inquisidora Lavinia Darknoll se aproximaba caminando en compañía del capitán Gideon Fisher y cuatro gendarmes empuñando sus fusiles. La mujer invitó a los compañeros a rendirse y ponerse a disposición de la Inquisición del Nuevo Imperio.
Orlo Oneil iba a decir algo, quizá algo ocurrente a tenor de su expresión sonriente, pero nunca llegó a hacerlo. Lafayette alzó rápidamente su revolver y le disparó en el rostro. La bala entró por el ojo, brotando después por la nuca en una explosión de pedazos de cráneo y masa encefálica.
El cuerpo del hampón aún no había tocado el suelo cuando se desató la locura en el embarcadero.
Con una velocidad sorprendente y, más que probablemente fruto de implantes biomecánicos, Lavinia Darknoll corrió hacia el grupo mientras desenfundaba su delgado cuchillo molecular. Uno de los hombres del difunto Orlo se interponía en su camino: el malnacido intentó retroceder, quizá rendirse, pero la inquisidora se lo quitó de en medio con un tajo que le seccionó la garganta.
Tillman se adelantó para cortarla el paso al tiempo que gritaba a sus compañeros que escapasen. Intentó golpearla con el fusil, pero la mujer le esquivó sin dificultad y contraatacó con una puñalada que arranco chispas y fluido hidráulico del brazo biomecánico de su oponente.
El revólver del capitán Gideon Fisher detonó en la noche, impactando en el pecho del otro hombre de Orlo, quien se desplomó sin vida sobre el embarcadero. Gideon comenzó a caminar entonces a grandes zancadas hacia los compañeros mientras apuntaba de nuevo su arma.
Los cuatro gendarmes abrieron fuego entonces contra los compañeros, salvo contra Tillman, que se hallaba enzarzado con Lavinia Darknoll. Lafayette rodó por el suelo, golpeándose fuertemente contra unas cajas, mientras que Gertie se llevaba la mano al rostro, donde una bala le acababa de producir un corte en la mejilla. Por su parte Sophía rodó ágilmente por el suelo, eludiendo el fuego enemigo.
Tillman volvió a exhortar a sus compañeros a la huida y, a regañadientes, estos obedecieron, iniciando la carrera hacia la zona sur del sector portuario. Sin pensarlo un momento, Lavinia Darknoll ordenó tanto a Gideon Fisher como a los gendarmes que siguieran al grupo que huía. Parecía muy segura de poder encargarse de Tillman ella sola.
Quizá había subestimado a aquel viejo combatiente que, tras alejarla con una patada en el pecho, disparó su fusil de chispa contra el vientre de la mujer. Aunque el brotar de sangre y chispas resultó satisfactorio para Tillman, aquella inquisidora mejorada por la biomecánica necesitaba de mucho más para ser derribada.
Con un movimiento de rapidez imposible, Lavinia se proyectó hacia su oponente, hendiendo su cuchillo molecular en el vientre del mismo y haciendo ascender la hoja que, con un crepitar escalofriante, abrió el estómago y la caja torácica de Tillman, desparramando sus vísceras sobre el suelo del embarcadero. Lo último que vio aquel veterano fue el rostro inexpresivo de la inquisidora contemplándole con impasible frialdad.
Por otra parte, al grupo conformado por Lafayette, Gertie y Sophía pronto le quedo claro que no iban a poder dar esquinazo a aquellos sujetos mejorados que corrían tras ellos de forma incansable. De ese modo, decidieron parapetarse tras unas cajas apiladas en uno de los embarcaderos para intentar enfrentar a sus perseguidores.
El capitán Gideon Fisher avanzaba a grandes zancadas, disparando con su revolver contra Lafayette. Las balas impactaban una y otra vez sobre el enorme cajón tras el que se había ocultado el antiguo criminal, arrancando lluvias de astillas. Los gendarmes también abrieron fuego, reduciendo a simples pedazos de madera la caja que cubría a Gertie e hiriendo a Lafayette en la pierna.
La cosa se estaba complicando demasiado.
Los compañeros abrieron fuego a la vez con sus fusiles de chispa, todos apuntando a Gideon Fisher, a quien consideraban sin duda el contrincante más peligroso. Gertie y Lafayette ni se acercaron a darle, pero Sophía sí logro impactar en el hombro del capitán, haciendo que se tambalease mientras la sangre le brotaba de la herida.
Gideon, imperturbable ante su herida, volvió a alzar el revólver. Su proyectil surco el aire para impactar en el ojo izquierdo de Lafayette, que se desplomó sin vida junto a Gertie; que emitió una mezcla de alarido y sollozo que quedó bruscamente interrumpido por la detonación de los fusiles de chispa empuñados por los gendarmes: una bala alcanzó la rodilla de la mujer, mientras que otra le impactó en el costado. Gertie vio como todo se oscurecía mientras se desplomaba inconsciente sobre el embarcadero.
Más proyectiles impactaron sobre la caja tras la cual se protegía Sophía, haciendo que algunas astillas le arañaran el rostro. Sin pensárselo dos veces, y con el rostro inundado en lágrimas por la muerte de su amado Lafayette, la mujer corrió rápidamente los metros que la separaban del borde del embarcadero y se arrojó a las negras aguas del puerto.
Mientras se dirigía caminando lentamente hacia el cuerpo inconsciente de Gertie, Gideon Fisher hizo una seña a los gendarmes para que siguiesen a Sophía. Inmediatamente, los agentes arrojaron a un lado sus fusiles, inútiles bajo el agua, y se arrojaron al líquido elemento en persecución de la fugitiva.
Mientras buceaba, sintiendo como los pulmones parecía que fuesen a estallarle por falta de oxígeno, Sophía zigzagueaba entre los pilares submarinos que sostenían el embarcadero. Confiaba en que la oscuridad de la noche, junto con la naturaleza turbia de aquellas aguas, bastase para eludir a sus perseguidores.
Un rápido vistazo atrás le bastó para ver que, al menos uno de los gendarmes, la seguía de cerca. El resplandor rojizo de su ojo biomecánico era perfectamente visible en la oscuridad de aquellas aguas. El resto parecía haberse quedado algo atrás.
Vio una tubería de tamaño considerable que parecía sumergirse en el agua proveniente de algún edificio del puerto y trato de ocultarse tras ella. La argucia pareció funcionar, ya que el gendarme pasó de largo. Sin embargo, Sophía necesitaba salir a la superficie o iba a ahogarse.
Intentó orientarse, recordando aquel embarcadero para no emerger cerca de ese bastardo de Gideon Fisher ni de Lavinia Darknoll. Era perfectamente consiente de que no sobreviviría a un enfrentamiento con ninguno de ellos y, además, no siquiera creía tener fuerzas para ello.
Emergió junto a un viejo barco pesquero que estaba amarrado en el embarcadero, a una veintena de metros del punto en el cual se había arrojado al agua. Recuperó el aliento mientras observaba como, uno a uno, los gendarmes iban saliendo del agua para informar a su capitán de que no la habían encontrado.
Suponiendo que la mujer se había ahogado, Gideon Fisher ordenó a uno de los agentes que cargase el cuerpo de Gertie. Según pudo escuchar Sophía, aquella traidora al Nuevo Imperio sería trasladada a la Casa de la Ciudadanía para su interrogatorio.
Sophía no había oído hablar nunca de aquella “Casa de la Ciudadanía”, pero sabía cómo eran los interrogatorios de los gendarmes y no quería ni imaginar en qué modo transcurrirían los de la Inquisición.
Tenía que salvar a Gertie... costase lo que costase.

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