Veneno en la sangre (T4) - El Lamento del Hierro (1/X)
Tras derrotar a Viccard, el Consejero de la Hoja que había sido corrompido por Yzumath, y a la hechicera Durriele, los compañeros habían conseguido la adhesión de los elfos del Bosque de Mirie a la lucha que el rey Amodius se disponía a llevar a cabo contra Yzumath, el dragón de oscuridad, y sus huestes. Ahora, los compañeros marchaban hacia Trono de Kantirm, en el Espinazo de Hierro, para intentar sumar también la ayuda de los enanos a su causa.
Pasaron junto a una antigua aldea, probablemente humana, que yacía en ruinas entre los últimos árboles de la falda, con sus muros cubiertos de musgo y las viejas calles envueltas en un inquietante silencio. Embocaron luego por un desfiladero en el que el viento ululaba con fuerza, arrancando extraños ecos que se asemejaban a lamentos.
No tardaron en llegar al Paso del Cuervo, que era el camino más directo hacia la ciudad enana de Trono de Kantirm. Sin embargo, encontraron el camino bloqueado por lo que parecía una avalancha de rocas desprendidas. Escamados, los compañeros aprestaron sus armas mientras Mira se adelantaba a echar un vistazo.
Con agilidad, la semielfa comenzó a encaramarse por las rocas pero, desafortunadamente, pisó una piedra que no estaba bien asentada y varios cascotes de gran tamaño comenzaron a caer por la ladera hacia sus compañeros a la vez que la propia Mira caía dolorosamente al suelo. Ladera abajo, Ingoff y Elatha recibieron el impacto de algunas de las piedras, si bien Lyrendë logró esquivar los cascotes sin demasiada dificultad.
Los ecos del desprendimiento resonaron aún durante unos segundos en el desfiladero, aunque poco a poco se fueron apagando. El rugido de la roca dio paso a un gemido apagado, el de una voz que pedía auxilio. Rápidamente, Mira comenzó a buscar entre las rocas hasta encontrar a un enano bastante herido que se debatía atrapado entre dos enormes piedras.
Cuando los compañeros le hubieron liberado, el enano les contó que se llamaba Gorin. Al parecer, era el sargento de uno de los puestos de guardia enanos en las inmediaciones. Unas horas atrás, Gorin patrullaba junto con sus hombres el Paso del Cuervo cuando los gigantes habían provocado un desprendimiento, matando al resto del pelotón.
Entre sollozos, Gorin les juró que, aunque los gigantes siempre habían sido violentos y despreciables, ahora parecían estar poseídos por una sed de sangre inusual. Tras secarse las lágrimas, el enano les contó que podía llevarles hasta el puesto de guardia enano al que estaba asignado, donde podrían al menos pasar la noche. Trono de Kantirm estaba aún a casi cuatro días de camino, por lo que a todos les pareció una estupenda idea.
Durante un par de horas, Gorin les guió a través de senderos de caza por laderas escarpadas, surcadas por grietas profundas que atestiguaban el paso del tiempo y la furia de los elementos. Era un paisaje majestuoso de granito y basalto que comenzaba a teñirse de tonos rojizos bajo el sol poniente.
El puesto de guardia enano era poco más que una especie de estancia diáfana excavada directamente en la roca a la que se le había puesto una puerta de madera no demasiado gruesa. Cuando llegaron, tres famélicos enanos con aspecto de mineros se apiñaban junto a una mortecina lumbre. Gorin les explicó que se trataba de habitantes de algunos asentamientos mineros que se habían visto obligados a abandonar sus hogares ante el acoso de los gigantes.
Los mineros se mostraron desolados al percatarse de que Gorin era el único de los soldados enanos que había regresado. Aquellos trabajadores se mostraban de acuerdo con Gorin en aquello de que los gigantes se habían vuelto mucho más crueles y agresivos. Los compañeros empezaron a sospechar que el sarpullido negruzco podría estar detrás de aquello.
Los compañeros también recibieron la descorazonadora noticia de que el rey Thorgrim mantenía cerradas las puertas de la ciudad, aunque Gorin esperaba que el grupo pudiera convencer al soberano de que querían ayudar y les permitiese el paso. Además, el sargento enano les proporcionó un mapa de las montañas donde estaban señalados muchos de los enclaves enanos, así como las zonas ocupadas por los gigantes.
Estaban agradeciéndole el obsequio a Gorin cuando, de pronto, un estruendo llegó del exterior: una mezcolanza de rugidos furiosos y crujido de rocas. Antes de que pudieran darse cuenta, una lluvia de rocas de gran tamaño llegó desde el exterior a través de la puerta, reduciéndola a añicos.
Mira y Lyrendë se hicieron ágilmente a un lado, mientras que Elatha e Ingoff se protegían con los escudos. Gorin también alzó el escudo, aunque resultó herido en la pierna por un cascote. Por desgracia, los tres mineros fueron destrozados por las enormes rocas. Un momento después, tres enormes yetis con la piel agrietada y surcada por las oscuras venas propias del sarpullido negruzco entraban por lo que había sido la puerta blandiendo enormes garrotes de hueso.
Lyrendë activó su armadura arcana al tiempo que Ingoff cargaba hacha en mano contra el monstruo más cercano: el garrote de hueso se astilló contra el escudo del paladín antes de que la cabeza del yeti rodase por el suelo de la estancia. Un instante más tarde, Elatha se abalanzaba sobre otra de las criaturas para incrustar su arma en el hombro de la misma. El yeti retrocedió rugiendo de dolor antes de que la flecha de Mira le atravesase el cráneo, derribándole ya cadáver.
El yeti que quedaba en pie se arrojó sobre Elatha que, pese a interponer el escudo, fue arrojada contra la pared por el potente garrotazo del monstruo. Lyrendë disparó su arco corto, colocando una flecha en el hombro del ser, poniéndolo aún más furioso. Ingoff trató de acercarse, pero el yeti le mandó a rodar por los suelos de un empellón.
Elatha abrió un tremendo corte en el vientre de la criatura que, sin embargo, respondió con un revés que la arrojó de nuevo dolorosamente contra la pared. Por suerte, cuando el monstruo se abalanzaba para rematarla, una flecha disparada con precisión por Mira entró por el ojo de la criatura que, tras dar un par de tambaleantes pasos, se desplomó muerta.
Tras comprobar que no podían hacer nada por las vidas de los mineros y que todos los demás estaban bien, los compañeros arrastraron al exterior los cuerpos de los yetis con el mayor cuidado para no tocar las zonas infectadas por el sarpullido.
Gorin les dijo que no era la primera vez que un yeti se acercaba a un puesto de guardia enano, pero que era extraño que se mostrasen tan determinados, ya que solían huir tras sufrir alguna baja o ser heridos de gravedad. Estaba claro que aquel sarpullido les había vuelto mucho más violentos de lo normal.
Pasaron la noche en el puesto de guardia enano, haciendo guardia por turnos mientras el viento aullaba en la oscuridad de la noche. Fue una noche tranquila y, con las primeras luces del alba, partieron hacia el Puente del Rugido en compañía de Gorin, quien obviamente ya no podía quedarse a proteger aquel puesto. El enano se ofreció a mediar para que pudiesen acceder a Trono de Kantirm.
La titánica construcción que era el Puente del Rugido se extendía en un arco perfecto, sostenido por ciclópeos pilares, esculpidos con los rostros severos de antiguos reyes enanos, que se hundían en el abismo. Una densa niebla ascendía desde el fondo, como un aliento gélido mientras los propios pasos apenas eran audibles sobre el rugido del río embravecido que espumaba en las profundidades. Desde donde estaban, les era imposible vislumbrar más que la extensión de medio puente.
Pero había algo que andaba mal, Gorin se dio cuenta enseguida.
Dos enormes grietas se abrían más o menos a la mitad del puente, una destrucción que había sido, sin duda intencionada. Parecía que los gigantes se hubiesen estado afanando en echar abajo aquel puente. Según les explicó el enano, sin ese puente, la llegada de suministros a Trono de Kantirm, así como el desplazamiento de tropas enanas en la zona, se vería enormemente resentido.
Lyrendë dio la voz de alarma al percibir algo moviéndose entre la niebla. En un momento, los dos enormes gigantes, de seis metros de altura, aspecto raquítico y evidentemente siendo consumidos por el sarpullido negruzco, surgieron de entre la niebla. La hechicera conjuraba su armadura arcana cuando el primero de los gigantes saltó la grieta del puente para aterrizar ante Mira: el enorme garrote de madera impactó brutalmente en la semielfa, arrojándola por los aires.
El gigante lanzó otro brutal golpe hacia Elatha, que rodó por el suelo después de recibir el impacto del garrote en su escudo. Ingoff corrió el mismo destino que la guerrera. Lyrendë, que había tenido tiempo de reaccionar, lanzó una bola de fuego para envolver en llamas al segundo gigante justo antes de que saltase la grieta. Las llamas aún no se habían extinguido cuando la saeta de Gorin se clavó en el pecho del monstruo.
Mira disparó una flecha que entró por la mejilla del gigante que la había herido, atravesándole la cara antes de rodar para alejarse un par de metros de él. Ingoff hendió entonces su hacha de guerra en el vientre del monstruo que, con su último estertor, arrojó al paladín por los aires, golpeándole contra la balaustra de piedra del puente.
Lyrendë y Gorin dispararon arco y ballesta contra el gigante que quedaba en pie, que se cubrió el rostro con el antebrazo, donde quedaron alojados ambos proyectiles. Elatha corrió entonces hasta él, incrustándole la lanza en las tripas, haciendo que retrocediese a trompicones. Ingoff se sumó a la acometida amputando el antebrazo izquierdo del gigante de un hachazo. Con un rugido lastimero, el monstruo propinó un último golpe al paladín, arrojándole unos metros hacia atrás, bastante malherido. Luego, el enorme ser dio un par de pasos vacilantes y se precipitó sobre la balaustra para acabar cayendo al abismo.
Ingoff intentó recurrir sin éxito a los poderes curativos de su deidad, de modo que Elatha le cedió una de sus pociones de curación. El bebedizo tampoco le hizo demasiado efecto, así que la guerrera le cedió también la última que le quedaba. Mira también se vio obligada a consumir la suya, ya que sus heridas eran importantes y no sabían lo que les aguardaba más adelante.
Con Mira más o menos repuesta e Ingoff en un estado nada óptimo, los compañeros siguieron adelante, evitando las grietas del puente y encaminándose hacia el otro extremo del mismo. Allí, encontraron el cadáver de otro gigante infectado por el sarpullido, acribillado por virotes enanos. Parecía que los soldados del rey Thorgrim habían estado por allí, quizá intentando proteger el puente.
Continuaron avanzando durante tres días a través de estrechos senderos, con la única compañía de las cabras montesas y algunos buitres que les sobrevolaban. El frío les castigaba, el viento les zarandeaba y la altura les hacía difícil respirar. Sin embargo, hubo algo que ensombreció el ánimo de los compañeros más que cualquier otra cosa.
Tanto Elatha como Mira, sobre todo la primera, presentaban una pequeña erupción negruzca sobre su piel. Estaban infectadas por el sarpullido negruzco, y ambas sabían en lo que podía acabar aquello. Compartieron esto con Lyrendë e Ingoff, quienes estuvieron de acuerdo en ocultárselo de momento a Gorin.
Aunque Mira y Elatha se ofrecieron a abandonar el grupo, temerosas de lo que aquel sarpullido podía hacer con ellas, Ingoff se negó en rotundo: necesitaban la ayuda de ambas para derrotar a Yzumath y debían luchar hasta que ya no pudieran hacerlo. El paladín confiaba en que Oteyar acabaría salvando a aquellas dos valerosas mujeres.
Así, llegaron ante las imponentes puertas de piedra de Trono de Kantirm, la ciudad que los enanos habían excavado en el interior de la montaña. Tal y como les había advertido Gorin, las puertas estaban cerradas. El enano se adelantó para hacer sonar el descomunal aldabón y, al cabo de un rato, un enano con armadura pesada se asomó por una especie de ventana que se reveló en la pared de roca, a unos veinte metros del suelo.
Baldrik, ese era el nombre del general que se había asomado, les informó de que no eran bienvenidos en Trono de Kantirm después de que Gorin le contase la caída del puesto de guardia en el que servía, lo que el general escuchó con gran consternación.
Ingoff mencionó entonces la palabra de Oteyar y exigió a Baldrik la hospitalidad para con aquellos que habían vertido su sangre defendiendo al pueblo enano. La conversación subió tanto de tono que, cuando las puertas de Trono de Kantirm se abrieron, fue para que un pelotón de diez soldados enanos saliese a apuntar a los compañeros con sus ballestas.

Comentarios
Publicar un comentario