Veneno en la sangre (T4) - El Lamento del Hierro (3/X)
Tras ser encarcelados por los enanos a causa de la discusión entre Ingoff y el general enano Baldrik, los compañeros habían conseguido convencer a su carcelero para que los liberase una vez se descubrió que los gigantes habían irrumpido en una de las galerías de Trono de Kantirm. Armados con lo primero que encontraron a mano, lograron derrotar a sus enormes contrincantes y ponerlos en fuga. Ahora, por la gracia del rey Thorgrim, los compañeros descansaban en uno de los barracones del ejército enano bajo la estrecha supervisión de Baldrik.
Suponían que debía de haber amanecido hacía poco, dada la actividad en el distrito castrense de Trono de Kantirm. Aquella zona de la ciudad que los enanos habían excavado en la montaña ya había cobrado vida, con los soldados marchando de acá para allá, haciendo traquetear sus armaduras bajo los gritos de sus mandos o practicando ejercicios de combate individual en algunas de las numerosas balconadas de piedra.
En el interior de aquel barracón que el rey Thorgrim les había asignado, los compañeros desayunaban unas espesas gachas acompañadas de cerveza negra, que parecía ser el típico desayuno de los enanos combatientes.
—No me extraña que estén siempre de mal humor —rezongó Mira, en un momento dado.
El general Baldrik se personó en el lugar poco antes de que acabasen de desayunar. Saludó con tanta corrección como sequedad a los compañeros, aunque evitó cruzar miradas con Ingoff. Por su parte, el paladín también evitó todo contacto con el enano.
Con el rostro teñido por el rubor, Baldrik les confesó que necesitaba ayuda. Alguien había abierto una de las puertas de Trono de Kantirm desde el interior para que entrasen aquellos gigantes, y lo había hecho desde dentro. El rey Thorgrim le había encomendado encontrar al traidor.
Baldrik era consciente de que, en un momento dado, podía verse en una situación comprometida con alguno de sus congéneres que hubiese decidido unirse al enemigo... incluso podía verse rodeado de tantos que no pudiera llegar a manejar la situación.
El caso era que no sabía en quién confiar y le gustaría que los compañeros le ayudasen. Al fin y al cabo, habían llegado recientemente y habían demostrado más que de sobra que estaban allí para ayudar. Aunque dijo todo esto, el enano aún miraba de cuando en cuando a Ingoff con algún recelo.
Lyrendë le preguntó a Baldrik si ta tenía alguna pista, a lo que este contestó que quien fuera que matase a los centinelas, había tenido que pasar antes por algún lugar vigilado. De ese modo, el enano había pensado en hablar con todos los que estaban de guardia aquella tarde en las galerías de la zona este del complejo.
A los compañeros les pareció bien, de modo que se encaminaron hacia el Cuerpo de Guardia, donde Baldrik ya había mandado reunir a todos los que habían estado de guardia cuando se produjo la intrusión de los gigantes. Eran una docena de soldados, todos de aspecto recio y malhumorado.
Lyrendë fue la encargada de auxiliar a Baldrik en el interrogatorio. Mientras que el enano presionaba a los soldados con gritos y amenazas, la elfa trataba de desarmarlos con preguntas inquisitivas y se mantenía tan atenta a sus respuestas como al lenguaje corporal de los interrogados.
Finalmente, tras varias horas de interrogatorio, uno de los soldados se derrumbó y, si bien dijo no haber visto nada ni estar implicado en traición alguna, reconoció haber estado bebiendo aquel medio día en su puesto. Dijo no haber bebido mucho, pero aún así se quedó dormido en su puesto, despertando cuando comenzó el tumulto del ataque de los gigantes.
Cuando Lyrendë le preguntó de donde había sacado la bebida, el enano contestó que era un aguardiente magnífica que le había proporcionado Barnar, el chico que trabajaba para Dulmar, un tabernero de la ciudad famoso por destilar un magnífico aguardiente. Barnar le había dicho que ese aguardiente era un obsequio para “los héroes que protegen Trono de Kantirm” de un benefactor que prefería mantener el anonimato por modestia.
El soldado no se había bebido toda la botella, y aún la guardaba en su mochila con parte del aguardiente. Lyrendë olió el recipiente, constatando que el licor estaba mezclado con alguna sustancia, posiblemente somnífera. Le tendió la botella a Mira, pero la exploradora no pudo reconocer tampoco el componente exacto.
Con esta nueva información, Baldrik volvió a presionar a los soldados, descubriendo que cuatro de ellos habían bebido el aguardiente y quedado inconscientes. A todos se lo había proporcionado Barnar, de modo que los compañeros estuvieron de acuerdo en que era hora de hacer una visita a la taberna del tal Dulmar.
Era media tarde cuando el grupo se presentó en uno de los distritos mineros de Trono de Kantirm. La guerra con los gigantes había paralizado las minas, así que los trabajadores que aún no habían sido reclutados para las milicias se encontraban abarrotando El Barril de Hierro, que era como se llamaba la taberna de Dulmar.
Apenas habían entrado en aquel atestado local, fueron conscientes de que todas las miradas convergían sobre ellos, muchas de ellas cargadas de recelo. Ingoff y Lyrendë acompañaron a Baldrik hasta la barra, mientras que Elatha y Mira intentaban entablar conversación con alguno de los clientes.
Dulmar, un enano de mediana edad que había dejado la mina tras perder el brazo en un accidente de trabajo, era un tipo bastante más jovial que el enano promedio. El tabernero agravó el gesto cuando el general le dijo que tenían que hablar sobre su aguardiente y le hizo pasar a la trastienda junto a la elfa y el paladín.
Allí, el muchacho enano del que los compañeros habían oído hablar, Barnar, apilaba algunas cajas. Le pidieron que se quedase para ser también interrogado. Tal y como esperaban, Dulmar negó que su aguardiente contuviese algún tipo de sustancia o droga. Pero sí les contó que un soldado llamado Horram le había encargado el aguardiente la mañana antes del ataque, pidiendo que fuera llevada a cuatro centinelas de las galerías de la zona este. El tal Horram hizo bastante hincapié en el hecho de que se mantuviese su anonimato, incluso aflojó unas cuantas monedas más para ello.
Lyrendë estaba bastante segura de que Dulmar no les mentía, aunque sospechaba que el joven Barnar se estaba guardando algo. En ese momento, Ingoff alzó por la pechera al muchacho que, entre sollozos les dijo que había visto salir a Horram de la taberna y reunirse con otro grupo de soldados. Todos le habían parecido extrañamente nerviosos.
Cuando Baldrik le preguntó si había reconocido el emblema de su compañía, el chico le contestó negativamente, aunque supo describirlo: un martillo de guerra sobre un relámpago. El general reconoció el emblema de los Martillos del Trueno, una de las compañías asignadas bajo su propio mando y encargadas de la defensa de los accesos a Trono de Kantirm. De hecho, era la misma a la que pertenecían los centinelas acribillados en la puerta que se le abriese a los gigantes.
Baldrik les dijo a los compañeros que lo mejor sería ir a hablar con el capitán Melmin, quien estaba al cargo de la compañía. Quizá él pudiese ayudarles a identificar soldados que hubiesen mostrado algún tipo de comportamiento herrático en los días previos al ataque de los gigantes. Los compañeros estuvieron de acuerdo, así que todos se encaminaron de nuevo hacia el distrito de los cuarteles.
Faltaba poco para la hora de la cena cuando el grupo llegó ante el barracón de los Martillos del Trueno. El emblema lucía orgulloso sobre la puerta, con el martillo y el relámpago grabados sobre una placa de bronce que necesitaba ser lustrada. La mayoría de los soldados cenaría a aquellas horas en el comedor, por lo que solo una veintena de hombres holgazaneaba sobre los camastros. Todos se pusieron firmes de inmediato al ver entrar al general Baldrik.
Los compañeros llevaban suficiente tiempo combatiendo a víctimas del sarpullido negruzco como para saber que aquellos enanos estaban infectados: sus miradas huidizas y sus muecas compulsivas les delataban, aunque el mal no fuese visible sobre sus pieles. Pensaron que el sarpullido podía estar oculto bajo las armaduras y ropas (como en el caso de Elatha y Mira).
Entraron sin llamar en los aposentos del capitán Melmin, confirmando de inmediato sus sospechas. El lugar estaba casi totalmente sumido en la oscuridad, desordenado. Varias botellas de aguardiente estaban dispersas sobre el suelo y decenas de mensajes enloquecidos habían sido grabados a cuchillo en los paneles de madera que cubrían las paredes. El capitán estaba sentado tras su mesa de trabajo, donde parecía garabatear algo en un puñado de hojas dispuestas en total caos.
Melmin alzó una mirada enloquecida hacia ellos y, sabiéndose descubierto, les gritó que Trono de Kantirm estaba condenada. Luego, tras apretar los dientes en una feroz sonrisa, echó a correr hacia una pequeña puerta existente en el fondo de la habitación. Casi al tiempo, los compañeros escucharon el matraqueo de las armaduras y el característico sonido indicando que los soldados del pabellón estaban tomando las armas.
Ingoff le gritó a Mira que persiguiese al capitán Melmin mientras tanto el paladín como Elatha y Baldrik tomaban posiciones en el ancho pasillo para recibir a los soldados que llegaban armados con lanzas, hachas y martillos. Lyrendë invocaba la iridiscente armadura de energía arcana entorno a sí mientras la exploradora semielfa ya abandonaba la estancia para correr en pos de Melmin.
Ingoff tuvo tiempo de efectuar un disparo de ballesta para derribar a un enemigo antes de que los enanos se les echasen encima. Baldrik y él cerraron filas, combatiendo hombro con hombro como su nunca hubiesen estado molestos el uno con el otro. El general enano recibió el feo corte de una punta de lanza en el muslo. En el otro flanco del pasillo, Elatha veía como la lilenda invocada por el anillo de Lyrendë se materializaba junto a ella.
Fuera de allí, Mira corría por una estrecha cornisa rocosa a la que había ido a dar la salida trasera de los aposentos de Melmin. El capitán enano corría por delante, a lo largo de aquella repisa pétrea flanqueada, aun lado, por una escarpada pared de piedra y al otro por un insondable abismo que se perdía en la negrura. En un momento dado, Melmin se volvió para arrojar una daga sobre su perseguidora, que recibió un leve corte en la mejilla, esquivando por poco el proyectil.
Pero eso ralentizó la huida del enano, haciendo que la semielfa le diese alcance. Ambos rodaron por la estrecha cornisa en una maraña de brazos y piernas para quedar colgados del borde. Pendiendo de un precario agarre y con el infinito abismo abriéndose a sus pies, ambos se observaron el uno al otro durante un segundo. Luego, Melmin esbozó una sonrisa feroz.
—No entendéis nada... no conocéis la verdad —dijo, antes de soltarse para caer al abismo.
En el pasillo del barracón, Elatha y la lilenda retrocedían ante el empuje de media docena de soldados enanos, la criatura extraplanar con varios cortes sobre su torso de elfa. A su lado, Ingoff y Baldrik no lo pasaban mejor: el general enano había recibido un par de cortes de bastante importancia, por lo que el paladín se interpuso entre él y los cinco soldados que les acosaban, obligándole a desplazarse a retaguardia.
De pronto una explosión de gélida ventisca envolvió a los contendientes. Maravillados, Elatha, Ingoff y Baldrik contemplaron cómo la maestría arcana de Lyrendë lograba que el viento helado ni siquiera les tocase, mientras que sus oponentes se convertían en un suspiro en azuladas estatuas de hielo que no tardarían más de unos segundos en desmoronarse en pedazos.
Los ocho soldados enanos que conformaban la retaguardia enemiga en el pasillo, lejos de amedrentarse ante aquel despliegue de magia letal, rugieron con furia asesina. Mientras tres de ellos se abalanzaban sobre Elatha y la lilenda, otros tres hacían lo propio sobre Ingoff. Los dos restantes permanecieron a retaguardia, desde donde dispararon sus ballestas contra Lyrendë, logrando hacerle algún rasguño.
La hechicera contraatacó arrojando un par de proyectiles mágicos que impactaron contra las paredes del pasillo. Sus oponentes volvieron a disparar las ballestas sobre ella, hiriéndola de nuevo. Mientras tanto, Elatha ensartaba a uno de los soldados y, en el movimiento de extraer la lanza, hería de gravedad a otro que, tras tambalearse hacia atrás, era decapitado por la espada de la lilenda.
Por su parte, Ingoff se abalanzó sobre los tres enanos que tenía frente a él, subiendo y bajando su hacha entre alaridos de guerra para dar lugar a una escabechina que acabó con los restos descuartizados de sus enemigos esparcidos por el pasillo. El paladín se agachó instintivamente cuando dos esferas acuosas pasaron surcando el aire junto a su cabeza desde retaguardia para ver como los orbes de ácido impactaban en los pechos de los ballesteros, produciéndoles enormes orificios de carne y vísceras derretidas que los enanos miraron con horror antes de desplomarse muertos.
El último de los enanos infectados murió cuando la lanza de Elatha le entró por la boca, atravesándole la cabeza de delante a atrás. El pasillo quedó en silencio, con el único sonido de la voz de Ingoff invocando a su dios para curar las heridas de Baldrik. El poder de Oteyar llegó de forma muy leve, para disgusto del paladín.
Mira apareció un rato después, para contarles el resultado de su persecución al capitán Melmin.
Frustrados por no poder interrogar al traidor, los compañeros comenzaron a registrar los aposentos del capitán.
Aparte de los habituales mensajes enloquecidos y caóticos típicos de aquellos cuya mente había sido corrompida por la esencia de Yzumath, grabados en las paredes o garabateados en las hojas dispersas sobre la mesa. Entre las hojas, encontraron un mapa del Espinazo de Hierro donde estaban señalada varias posiciones tanto enanas como de los gigantes. A Baldrik, sin embargo, le llamó la atención que estuviese marcada la antigua fortaleza de Hog-Gurum.
El general iba a empezar a hablarles de aquello cuando, de pronto, un grupo de soldados enanos irrumpió en la habitación. Los compañeros desenvainaron las armas, preparándose ya para el combate cuando la general Anleen entró en los aposentos del difunto capitán Melmin.
La enana comenzó acusando a Baldrik de ser el traidor y de estar asesinando enanos, lo que desembocó en una lluvia de insultos por parte del general. Fue entonces cuando Ingoff le mostró las marcas del sarpullido en los cuerpos de los soldados a Anleen, así como el mapa que habían encontrado.
Tras disculparse tanto, con Baldrik como con los compañeros, la general instó al grupo a llevar aquella información ante el rey Thorgrim.
La reunión con el soberano del pueblo enano no se produjo en el salón privado, sino en los aposentos del propio Thorgrim, donde el monarca escuchó con tanta tristeza como preocupación la noticia de que la corrupción de Yzumath ya había penetrado los muros de Trono de Kantirm. Encargó a los generales Anleen, Baerrak y Malmand que buscasen a más infectados en el interior de la ciudad.
Después, les contó a los compañeros que Hog-Gurum era una antigua prisión fortificada que los enanos mantuvieron en el Espinazo de Hierro durante el tiempo que duró una antigua guerra con los ogros que poblaron las montañas. Los grotescos humanoides capturados, fueron recluidos allí durante décadas como prisioneros. Expulsados los ogros de las montañas, de eso habían pasado casi dos siglos, la prisión quedó en desuso y fue abandonada.
A todos les quedaba bastante claro que algo relacionado los gigantes, también con Yzumath, se estaba fraguando en aquella antigua fortaleza. El rey Thorgrim dio permiso a Baldrik para que, al alba del siguiente día, partiese hacia el lugar en compañía de una docena de hombres.
Cómo no, los compañeros irían con él.

Comentarios
Publicar un comentario