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La Rosa de Acero: Hijos de La Madriguera (2/X)

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Había sido una noche larga para Malhadado. Pese a poder disfrutar, una vez más, de aquel cómodo colchón en Los Dejados, había dormido poco. La visión del cadáver abotargado de Recuero no le había dejado descansar. No sabía quién era el responsable del asesinato, pero por su cabeza pasaban tanto la banda de Lobo como el propio Serrín atando cabos. Sea como fuere, la sensación de que él podría ser uno de los siguientes no se le iba de la cabeza. Decidió que sería una buena idea pasarse por el Puerto Dulce, ya que allí hacía la mayor parte de sus negocios el difunto Recuero. Así que se fue allí con su atril de trilero y comenzó a desplegar su arte ante los transeúntes. Algún que otro marinero picó, también algún estibador. Por desgracia, atrajo otro tipo de atención que no le venía nada bien. Una pareja de guardias del bailío se acercó. Uno de ellos le había reconocido en el Barrio de los Sacos. Tras insultarle, e incluso escupirle, le volcaron el atril y le obligaron a marcharse. No era...

La Rosa de Acero: Hijos de La Madriguera (1/X)

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Parecía una mañana como otra cualquiera en el barrio de chozas podridas y callejones inmundos que era La Madriguera. Pero Picoafilado estaba preocupado: Romero, su empleado, no estaba allí para ayudarle con la apertura de la tienda. Y era extraño, porque Romero era un hombre puntual. No había tiempo para pensar. Era el primer día que se hacía cargo de aquella tienda, después de que sus padres se marchasen al campo para disfrutar de un merecido retiro. Picoafilado era un tipo alto y delgado, con una perpetua barba de tres días y una cicatriz en el cuello fruto de un antiguo intento de atraco en la tienda. Poco a poco, los primeros clientes fueron llegando para hacer sus compras matutinas. No es que el género de Picoafilado brillase por su calidad, pero tenía casi de todo; y aquello era más que suficiente en La Madriguera. Una pareja de jóvenes se interesó por un collar de cobre con una piedra lacada en azul. Se lo llevaron por unas pocas monedas. Hacía una hora de la campanada que ma...