Veneno en la sangre (T4) - El Lamento del Hierro (6/X)
Los compañeros había regresado a Trono de Kantirm para descubrir que la ciudad enana estaba siendo invadida por gigantes y trolls debido a una traición interna. No habían podido evitar la caída de Trono de Kantirm ni la muerte del bardo Odge, su nuevo compañero. Finalmente, guiados por Mira, escaparon por los túneles mientras eran perseguidos. Ya en el exterior, la general Anleen les había confirmado tanto la muerte del rey Thorgrim como la traición de Baerrak. Agotados y al borde de la muerte, iniciaron una huida por el Espinazo de Hierro con el objetivo de encontrar un lugar donde descansar e intentar rehacerse.
La general Anleen les condujo, junto con el resto de refugiados, hasta unas ruinas abandonadas en la parte más alta del Espinazo de Hierro. Los soldados enanos tenían el ánimo por los suelos, mientras que la desesperación más absoluta era la tónica entre los civiles.
Mientras descansaban, Mira observó con preocupación el avance del sarpullido negruzco sobre su cuerpo. Ingoff trató de tranquilizarla, diciéndole que el orbe negro encontrado en Hog-Gurum sin duda albergaría el secreto que les permitiría combatir la terrible enfermedad. Con lágrimas en los ojos, Mira se cubrió el sarpullido lo mejor que pudo y fue junto con sus compañeros a reunirse con la general enana Anleen.
La general, ahora convertida en la forzosa líder de su pueblo, planeaba organizar un ataque frontal contra Trono de Kantirm. Evidentemente, la guerrera sabía que esto jamás funcionaría debido a los pocos efectivos que le quedaban. De ese modo, el ataque no era sino una distracción destinada a que un pequeño grupo lograse infiltrarse en la ciudad para asesinar a Almauj, el cacique de los gigantes. Anleen esperaba que, caído Almauj, los gigantes se dispersasen.
Inmediatamente, Elatha, Ingoff y Mira se ofrecieron para aquella infiltración, lo que levantó murmullos de admiración entre los enanos mientras la general asentía con satisfacción. Anleen les presentó entonces a uno de sus capitanes, Thydur Truefinder, quien les acompañaría y guiaría en la infiltración a través de unos túneles de servicio abandonados. Thydur era un sacerdote de Ejun, el dios patrón de los enanos.
Pasaron un par de días descansando, mientras Thydur les hablaba sobre los túneles que iban a transitar. También les contó lo que sabían de Almauj a través de varios supervivientes: se trataba de un gigante enorme, sobre cuyo cuerpo el sarpullido negruzco había avanzado enormemente. Los testigos hablaban de una agresividad en combate inusual hasta para tratarse de un miembro de su especie.
Tras discutirlo largamente, los compañeros decidieron ocultar el orbe oscuro de Hog-Gurum en aquellas ruinas a fin de recuperarlo una vez hubiesen ayudado a los enanos en lo referente a Trono de Kantirm. En cuanto pudiesen, lo enviarían a Stormcliff para su estudio por parte de los sacerdotes de Oteyar.
Así, llegado el día, se movieron por las escarpadas laderas del Espinazo de Hierro esquivando a los trolls y sus asquerosos sabuesos hasta llegar a la entrada de aquellos túneles conocidos por Thydur. Eran unas galería mineras ya olvidadas, horadadas en los primeros tiempos de Trono de Kantirm, cuando era un poblado y no llevaba la palabra “Trono” delante de su nombre.
El estado de los túneles era bastante precario. De hecho, en un momento dado, cuando atravesaban un montículo de rocas que bloqueaba parcialmente el camino, se produjo un pequeño derrumbe. Aunque Mira reaccionó muy rápido y pudo alejarse de un salto, algunas piedras cayeron sobre sus tres compañeros. Por suerte, ninguna les causó daños de gravedad.
Tras un par de horas de camino, llegaron a un punto donde el túnel acababa. En el techo de la galería había una trampilla que, según les dijo Thydur, daba a las Cocinas Reales. Era de esperar que Almauj se hubiese aposentado en el palacio del difunto rey Thorgrim, como buen conquistador. Al menos, el plan había apostado porque así fuese.
Todavía era pronto y los compañeros podían permitirse un descanso. Estimaron que faltaban unas cuatro horas para que el ataque de la general Anleen tuviese lugar. Cuando el sonido de la actividad frenética se escuchase sobre sus cabezas, sería el momento de actuar.
No habían calculado mal. Aproximadamente cuatro horas más tarde comenzaron a escucharse las carreras, los rugidos furiosos y las órdenes gritadas por los jefes gigantes. Con precaución, los compañeros retiraron la trampilla para escurrirse en el interior de las cocinas.
Se movieron en silencio por aquella estancia vacía. Sin embargo, escuchaban con claridad los sonidos de enemigos moviéndose por los pasillos cercanos. Thydur comenzó a guiarles por los enormes pasillos del palacio hacia el Salón del Trono, donde presumían que se encontraría su objetivo, al menos en esta fase inicial del combate.
Con tanta suerte como habilidad, el grupo logró escurrirse hasta el salón, donde encontraron al que debía ser Almauj junto con otros tres gigantes. El cacique era un gigante de gran tamaño, casi una cabeza más grande que sus congéneres. Su piel era ya casi negra, invadida por el sarpullido. Sus ojos, negros totalmente, carecían de pupilas. En la diestra, Almauj sostenía un enorme martillo de obsidiana.
Elatha, Ingoff y Thydur corrieron hacia los gigantes mientras Mira, algo rezagada, colocaba una de sus flechas en el hombro de un monstruo. Almauj, furioso, arrancó de cuajo el trono de piedra sobre el que, durante décadas, se sentase el difunto rey Thorgrim para arrojarlo contra Mira. La exploradora lo esquivó por muy poco.
Elatha se arrojó sobre el gigante herido por Mira, disparando el rayo necrótico de su lanza mágica contra el pecho del monstruo, que aulló de dolor. Ingoff y Thydur cargaron con hacha y martillo respectivamente, golpeando también a los otros dos seres que custodiaban a Almauj. El cacique arrancaba esta vez un pedazo del suelo para arrojarlo, de nuevo, contra Mira: esta vez pasó aún más cerca, el corazón le martilleaba en el pecho a la exploradora semielfa.
Elatha atravesó la rodilla de su enemigo, haciéndole caer de rodillas para luego hendirle la lanza en un ojo: el gigante se desplomó sin vida. Mientras, Ingoff y Thydur seguían manteniendo a raya a sus oponentes. Mira aprovechaba para acertar a Almauj en el pecho con uno de sus proyectiles.
Un segundo después, Elatha llegaba hasta el cacique para clavarle la lanza en uno de sus muslos. Unos pasos por detrás, mientras Ingoff interponía el escudo para detener a duras penas el mazazo de un gigante, Thydur asestaba un doloroso golpe en la rodilla de otro monstruo. Mira acertó con otra de sus flechas sobre Almauj mientras, con una sonrisa, vio cómo el cacique quedaba momentáneamente paralizado por efecto del arco mágico.
Elatha aprovechó la circunstancia para volver a herir a su ahora indefenso enemigo. Mientras, Ingoff seguía retrocediendo ante el empuje de su oponente. Por suerte, Thydur acababa de derribar a otro de los gigantes de un poderoso mazazo en la sien. Almauj, saliendo de su inmovilización, golpeó con su maza el suelo, arrojando un a lluvia de fragmentos de piedra en dirección a Mira que, aunque nuevamente los esquivó, empezaba a estar agotada.
Elatha sufrió un fuerte empellón por parte del cacique, que la mandó a rodar por el suelo. Justo al tiempo, entre Ingoff y Thydur acababan con el último de los guardaespaldas de Almauj a base de hacha y mazo. Mira volvió a acertar con su arco al cacique, que ya comenzaba a tambalearse cuando Ingoff y Thydur llegaban a su altura para apoyar a Elatha en el combate cuerpo a cuerpo.
Mientras los dos luchadores eran obligados a retroceder, Elatha incrustaba su lanza en la cadera del gigante, que gritaba de furia cuando una flecha de Mira le pasó demasiado cerca. Almauj golpeó una columna, enviando un gran pedazo de mármol volando hacia la semielfa. El pétreo proyectil la golpeó de refilón, haciéndola caer con los dientes apretados.
Esta vez fueron Elatha e Infoff quienes tuvieron que retroceder ante el empuje del cacique mientras Thydur se escurría por su espalda para golpearle las corvas. Cuando el gigante abrió la boca para gritar, Mira le introdujo una de sus flechas dentro: el proyectil entró hasta el cerebro, silenciando abruptamente el alarido.
Almauj se desplomó de bruces sobre el marmóreo suelo del Salón del Trono.
A toda prisa, los compañeros regresaron hasta los túneles por los cuales se habían colado en el palacio. Una vez allí, a salvo, pudieron descansar tranquilos. Los gigantes no tardarían en descubrir el cadáver de su cacique, lo que desembocó en una sangrienta refriega entre sus generales para dilucidar quién debía suceder al líder caído.
Las tropas de la general Anleen aprovecharon la coyuntura para echar abajo las desorganizadas defensas que los gigantes habían establecido en Trono de Kantirm. Sin un liderazgo claro, se produjo una desbandada en el ejército de colosos. Los enanos no tuvieron demasiados problemas para recuperar su hogar, aquel que habían perdido apenas un par de días antes.
Como era de esperar, los compañeros fueron aclamados como héroes por los enanos. Los soldados mostraban respeto a través de sus recios saludos militares, mientras que los civiles estrechaban sus manos o —inaudito viniendo de un enano— les abrazaban efusivamente en plena calle.
Tras asegurar de nuevo la ciudad, los miembros de las familias enanas más importantes se prepararon para elegir un nuevo rey, ya que Thorgrim había muerto sin descendencia. Así, tras una ajustadísima votación, la general Anleen fue coronada como Anleen I “La Liberadora”.
Tras su coronación, la nueva soberana recibió a los compañeros, de quienes Thydur no se había separado en los últimos días. Ante la insistencia de Ingoff porque los enanos apoyasen a Stormcliff en la batalla contra las hueste de Yzumath, la reina no pudo sino lamentar que muchos de sus consejeros no creían que la nación enana estuviese en condiciones de embarcarse en una guerra tras el largo y sangriento conflicto con los gigantes. La situación de Anleen en el trono era aún precaria, y necesitaría algo de tiempo para amarrar firmemente el poder.
Tras discutirlo un rato, los compañeros solicitaron audiencia oficial a la Reina, a fin de exponer ante sus consejeros las razones por las que Trono de Kantirm debería unirse a la guerra. A Anleen le pareció buena idea, prometiendo que haría lo posible por inclinar la balanza en ese sentido. Por otro lado, Thydur también se ofreció a hablar en nombre de los intereses del grupo.
Parecía que se avecinaba otra batalla, pero esta habría de librarse con la lengua y no con el acero.

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