La Rosa de Acero: Hijos de La Madriguera (1/X)

Parecía una mañana como otra cualquiera en el barrio de chozas podridas y callejones inmundos que era La Madriguera. Pero Picoafilado estaba preocupado: Romero, su empleado, no estaba allí para ayudarle con la apertura de la tienda. Y era extraño, porque Romero era un hombre puntual.

No había tiempo para pensar. Era el primer día que se hacía cargo de aquella tienda, después de que sus padres se marchasen al campo para disfrutar de un merecido retiro. Picoafilado era un tipo alto y delgado, con una perpetua barba de tres días y una cicatriz en el cuello fruto de un antiguo intento de atraco en la tienda.

Poco a poco, los primeros clientes fueron llegando para hacer sus compras matutinas. No es que el género de Picoafilado brillase por su calidad, pero tenía casi de todo; y aquello era más que suficiente en La Madriguera. Una pareja de jóvenes se interesó por un collar de cobre con una piedra lacada en azul. Se lo llevaron por unas pocas monedas.

Hacía una hora de la campanada que marcaba la apertura de la tienda cuando Picoafilado se sobresaltó al ver llegar a Romero. El hombre traía la ropa rasgada y el labio sangrando. Algunos golpes más abultaban su cara. Según le explicó su empleado, acababa de recibir una paliza por parte de algunos hombres de Mirlo.

Mirlo era un antiguo socio del padre de Picoafilado. Tras un desacuerdo que incluía acusaciones mutuas de robo, disolvieron la sociedad y cada uno fue por su cuenta. Años después, la mala fortuna había querido que el padre de Picoafilado pasase estrecheces económicas. Mirlo había estado encantado de prestarle dinero a cambio de unos intereses abusivos que, al parecer, ahora pretendía cobrarle a su hijo.

Picoafilado le dijo a Romero que pasase a la trastienda a adecentarse mientras él se encargaba de seguir atendiendo.


El sol de media mañana brillaba sobre el Barrio de los Sacos, un laberinto asfixiante de voladizos donde el suelo era un lodazal de restos de pescado y sangre. Allí, Malhadado había dispuesto su pequeño atril, sobre el que movía los naipes a toda velocidad e invitaba a los transeúntes a averiguar dónde se encontraba una de las vírgenes. El proceso era siempre el mismo: las personas llegaban, apostaban unos cobres, señalaban una carta, erraban, y Malhadado se quedaba su dinero.

Malhadado era un hombre delgado, de estatura media y barba descuidada. Tumbado en el suelo, a su lado, se encontraba Lobo: un perro sucio y tuerto al que Malhadado había encontrado molido a palos hacía tiempo en una de esas calles. Por sus heridas, dedujo que había sido desechado tras salir bastante mal de una pelea de perros.

Una pareja de jóvenes fue la siguiente en apostar. El muchacho no tardó demasiado en perder las pocas monedas que llevaba. Como parecía seguro de ganar tarde o temprano, su novia trató de ayudarle. La muchacha sostuvo frente a Malhadado un collar de cobre con una piedra lacada en azul. El rufián estaba a punto de aceptarlo cuando algo, un borrón, arrebató la baratija de la mano de la chica.

Volvieron la cabeza para ver a un niño alejarse corriendo por el callejón con el collar en la mano. El joven novio salió corriendo tras él. Malhadado le hizo un gesto a Lobo, quien salió corriendo también. Por desgracia, el can debió de entender mal la orden, pues no alcanzó al ladronzuelo, sino al novio, a quien derribó sobre el suelo sucio. El chico gritaba y pedía que le quitasen de encima a la bestia.

Malhadado dio una orden y Lobo se apartó del chico, que parecía temer más a las garrapatas que a sus colmillos. Ignorándolo, el truhán y su perro se internaron en el callejón por el cual había desaparecido el ladronzuelo. No había ni rastro de él.

De ese modo, el trilero regresó a su atril, donde continuó con su trabajo.

Poco después, un hombre que se había dejado unas pocas monedas le hizo una pregunta interesante. Quería saber si Malhadado podría dejar que alguien ganase adrede, sin que se notara; y si podría prolongar una partida manejando el flujo de cartas para retener a los jugadores en la mesa con el vaivén de monedas.

Cuando Malhadado contestó afirmativamente, el hombre —que se presentó como Serrín— le dijo que le necesitaba para organizar una timba en una casa del mismo Barrio de los Sacos. En esa partida, el trilero debería entretener a uno de los jugadores hasta pasada la medianoche. También le dio la dirección de una tienda de aquel mismo barrio donde le proporcionarían ropa algo más decente que los harapos que vestía. También le dio algunas monedas para que se afeitase y asease un poco. Quedaron en verse al día siguiente en aquel mismo sitio.

Tras eso, Malhadado siguió el resto de la mañana en su atril, ganando unas cuantas monedas más.


Era bastante tarde. Eso pensó Luna cuando los rayos de sol la despertaron entrando por un resquicio de los postigos para colarse en la habitación de La Flor Blanca. Era una posada en Las Leñeras, un barrio de viajeros, soldados, mercenarios, herrerías y otras posadas como aquella.

Notó la piel de Amaranto contra su espalda desnuda. La besó en el hombro e intercambiaron palabras de amor. El joven tenía un regalo para ella: un collar de cobre con una piedra lacada en azul. Una baratija, pero a ella le hizo ilusión aquel detalle.

Luna era una mujer joven, con un cabello rubio caramelo que le llegaba a los hombros, delgada. Se levantó y comenzó a vestirse con aquella ropa que era bastante buena para alguien que se había criado en La Madriguera, aunque tampoco fuese ostentosa. Abrochó los últimos botones de la camisa para ocultar la pequeña cicatriz que un apuñalamiento había dejado junto a su ombligo años atrás.

Notó que Amaranto dudaba, como si tuviese intención de decir algo, así que le preguntó. Él tenía ganas de pedirle aquello, así que no se hizo el difícil. Le habló de un libro de registros que se encontraba en la casa de un tal Recuero, en el Barrio de los Sacos. El joven necesitaba aquel libro para, según explicó, marcarse un buen tanto ante su jefe, Nadiegüelto.

Luna le miró a los ojos. En el fondo sabía que Amaranto la estaba utilizando. Como siempre. Pero le daba igual, lo amaba. Le prometió que le conseguiría el libro.


El día transcurrió hasta avanzada la tarde, cuando Picoafilado entró en la taberna y posada —así rezaba el letrero— Los Dejados, un auténtico antro regentado por su amigo Grito, un hombre bajo y orondo que hacía honor a su nombre cada vez que hablaba. El mercader ocupó su mesa de siempre y esperó a Luna delante de una copa de vino que estaba demasiado aguado.

La joven no tardó en llegar, ocupando una silla junto a Picoafilado y pidiendo una copa del mismo vino barato. Poco después llegaron un grupo de matones enviados por Mirlo. Los tipos le requirieron a Picoafilado el pago de la deuda que su padre había dejado pendiente, regalándole algunas amenazas de paso. El mercader logró convencerles de que se marchasen, prometiéndoles que ya solucionaría el asunto con Mirlo.

Más tarde, entraría en la taberna Malhadado, quien conocía al mercader, ya que, de cuando en cuando, montaba su atril frente a la tienda de este. A Picoafilado le costó reconocerlo, ya que el trilero lucía ropa limpia y se había aseado y afeitado. También le reconoció por el chucho pulgoso que le acompañaba, este con el lamentable aspecto de siempre, que fue echado del local inmediatamente por Grito.

Los tres comenzaron a charlar animadamente. Durante la conversación, Picoafilado le contó a sus acompañantes sus problemas con Mirlo. Aprovechó para pedirle a Luna que intentase recabar información sobre su rival, con la esperanza de poder dañarle de algún modo. Como había una promesa monetaria de por medio, Luna aceptó el encargo. La joven aprovechó entonces para preguntar si Picoafilado o Malhadado conocían a un tal Recuero. Ninguno sabía quién era el tipo.

Bien entrada la noche, Malhadado alquiló una habitación con las monedas que le habían sobrado de aquello que le dio el tal Serrín. Luna se marchó un poco después, a visitar a una amiga, según dijo. Picoafilado se levantó el último. Antes de que se marchase, Grito le informó de que un tipo llamado Modrego había preguntado por él. Al parecer, se trataba de temas de negocios. Como negocios era a lo que el mercader se dedicaba, le dijo al tabernero que le dijese al tal Modrego que se pasase por su tienda y hablarían.


Aquella noche, antes de irse a dormir, Luna pasó por El Velo Nocturno, el burdel donde trabajaba Tiarella, una prostituta con la que la joven mantenía una gran amistad. Tras excusarse con un cliente, la mujer se acercó a hablar con Luna. Dijo conocer al tal Recuero, un tipo de la banda de Lobo, dedicado al contrabando. Según le dijo, solía moverse por el Puerto Dulce. De Mirlo sabía poco: que se trataba de un mercader de La Madriguera. Se decía que frecuentaba poco los burdeles, pero alguna vez le habían visto en alguno de los locales de Bienamado, un conocido proxeneta del barrio.

Tras obtener esta información e interesarse por el bienestar de su amiga, Luna se marchó a su casa para descansar.



* * *



A la mañana siguiente, Luna fue al Puerto Dulce. Hizo algunas preguntas entre aquellos almacenes y tabernas construidos con la madera de barcos desguazados, pero los estibadores no parecían muy dispuestos a hablar, ni de Recuero ni de Mirlo. Tras pasar algunas campanadas allí sin conseguir nada, decidió ir al Barrio de los Sacos para hacerse con el libro que le había encargado Amaranto en la casa del tal Recuero.

La casa no parecía gran cosa: un edificio de dos pisos. Puede que el piso inferior hubiese sido una tienda alguna vez, pero ahora se había habilitado como parte de la vivienda. Luna se acercó a la puerta e inspeccionó la cerradura. Se arrodilló e introdujo una de sus ganzúas en ella, comenzando a manipular el mecanismo.

—¿Qué coño haces? —la voz de un hombre la sobresaltó, haciendo que la ganzúa se le partiese en la cerradura.

Luna se volvió para encontrar a un tipo enorme, con ropas de estibador. Seguramente la había seguido desde el puerto. El hombre la arrinconó contra la fachada, amenazándola con un garrote. Sin perderla de vista, aporreó la puerta con la mano libre. La hoja no tardó en abrirse para que saliera otro tipo: alto y bien vestido. Era el tal Recuero.

Obligaron a Luna a entrar en la casa, donde la interrogaron acerca de por qué había intentado forzar la cerradura y por qué había estado preguntando por Recuero en el puerto. Luna lo negó todo, acusando al enorme estibador de estar inventándose todo aquello. El tipo, al parecer, no tenía muchas ganas de bromas, como demostró el hecho de que tumbase a Luna de un bofetón que casi la hace perder el sentido.

Luna siguió empeñada en no hablar, de modo que Recuero le ordenó al tipo enorme que la matase. Eso debió de animar a la muchacha a inventar algo que decir, así que escupió el nombre de Mirlo. Rápidamente, hiló un embuste según el cual Mirlo le había encargado espiar a Recuero.

Recuero y el tipo enorme se miraron desconcertados. Según hablaron delante de Luna, ambos sabían que Mirlo tenía negocios con la banda de La Puta Coja —Luna sabía que eran contrabandistas que competían con la banda de Lobo—, y se mostraron preocupados. Recuero le ofreció a Luna un trato irrechazable: vivir, a cambio de espiar al propio Mirlo para ellos y avisarles si el mercader realizaba cualquier movimiento extraño.

Luna aceptó. ¿Qué otra cosa podía hacer para salvar el pellejo?


Picoafilado llevaba algunas campanadas atendiendo su establecimiento cuando el tal Modrego entró en la tienda. Ambos se apartaron a la trastienda para hablar, mientras Romero —hoy había llegado al trabajo sin incidencias— se encargaba de atender.

En la trastienda, Modrego le explicó a Picoafilado que trabajaba para la banda de La Puta Coja. Según le contó, había tratado de hacer negocios en el pasado con el padre del mercader, pero este no se había mostrado dispuesto a vender contrabando.

Picoafilado sí lo estaba.

Modrego le explicó también que, debido a circunstancias que no quería detallar en ese momento, la mercancía que quería poner a disposición de Picoafilado estaba oculta en algún lugar fuera de su alcance. Para hacerse con ella, Modrego necesitaba la información codificada en un libro de registros que se hallaba en poder de un hombre llamado Recuero, quien vivía en el Barrio de los Sacos.

Modrego le prometió a Picoafilado que, si le conseguía la información recogida en el libro, le permitiría vender aquella mercancía con unos márgenes realmente jugosos. Al mercader se le antojó un buen trato, de modo que ambos se estrecharon las manos para cerrar el acuerdo.


Malhadado montó su atril en el Barrio de los Sacos, en la boca del mismo callejón de siempre. Serrín no tardó en aparecer, dando de inmediato su aprobación al aspecto limpio y aseado que el trilero mostraba aquella mañana. No pudo, sin embargo, evitar mirar con cierto asco al perro que le acompañaba.

Serrín le dijo que había organizado la timba para la noche del día siguiente. Asistirían el propio Serrín, Recuero, Malhadado y uno o dos jugadores más que el propio trilero debía encargarse de conseguir. La partida daría comienzo a última hora de la tarde y debería durar hasta pasada la medianoche. El pago para Malhadado sería una bolsa, aunque el trilero logró negociar que Serrín le pagase dos semanas de alojamiento en Los Dejados.

Cerraron el acuerdo, y Serrín le proporcionó una dirección en el Barrio de los Sacos. Allí se jugaría la partida.

Tras eso, Malhadado regresó a La Madriguera para pasar por la tienda de Picoafilado. Invitó tanto al mercader como a Romero a la partida, mencionando que esta estaba destinada a entretener a un tipo llamado Recuero durante algunas campanadas.

Picoafilado le contó entonces que él también tenía algún interés relativo al tal Recuero, por lo que aceptó de inmediato unirse a la partida. Romero se mostró dubitativo, alegando que no tenía demasiado dinero, pero el mercader se ofreció a financiar sus apuestas en la timba.

Luego, Malhadado y Picoafilado se emplazaron a encontrarse en Los Dejados aquella misma noche para hablar con Luna.


Aquella misma noche, en torno a la mesa de siempre y bebiendo el mismo vino aguado, los tres se pusieron al día. Parecía claro que el tal Serrín tenía intención de entretener a Recuero en la partida, seguramente con el objetivo de que alguien robase el mismo libro de registros que necesitaban tanto Picoafilado como Luna.

Picoafilado ideó una solución: él solo necesitaba la información recogida en el libro, de modo que si Luna se hacía con él, el mercader extraería la información que le había solicitado Modrego y la joven podría llevarle el manuscrito a su novio.

En ese punto, Malhadado les dijo que prefería no complicarse en aquel asunto más allá de lo que suponía entretener a Recuero en la partida. Todo aquel asunto del libro le daba mala espina y no quería jugarse el cuello más de lo necesario.

Así lo acordaron antes de despedirse.


Mientras Malhadado subía a su habitación en Los Dejados para dormir de nuevo sobre un colchón, por segunda noche en mucho tiempo, y Picoafilado se marchaba a su casa, Luna se encaminó hacia la vivienda de Amaranto, su novio.

Luna se enfadó al comprobar que Amaranto ni siquiera se había fijado en su labio, abultado tras el golpe de aquel enorme tipo en casa de Recuero. Su novio se excusó con bastante torpeza, aunque quedaba claro que su mayor interés era saber si la joven había logrado hacerse con el libro.

Luna le presionó para obtener información acerca de aquel libro de registros que le había encargado robar. Tras algunos titubeos, Amaranto acabó confesando que Nadiegüelto, su jefe, se había enterado de que la banda de La Puta Coja había pagado a alguien de la banda de Riofrío —un grupo rival de ladrones— para hacerse con el libro a cambio de una buena suma. Para Nadiegüelto sería un buen golpe hacerse con el libro antes que sus competidores y ser él quien se lo ofreciese a La Puta Coja.

Amaranto había pensado que entregar aquel manuscrito a Nadiegüelto haría que su jefe le tuviese en mucha mayor estima. Cuando Luna le preguntó si era consciente de que la estaba poniendo en peligro con todo aquello, él comenzó a besarla y a repetir: «Eres la mejor, nena».



* * *



Malhadado pasó todo el día siguiente disfrutando de su colchón en Los Dejados hasta que, bien entrada la tarde, se dirigió a la dirección del Barrio de los Sacos que le había proporcionado Serrín. El hombre había dispuesto comida y bebida. También le dejó una bolsa de monedas a Malhadado para que las emplease en sus apuestas, aunque advirtiéndole de que debería devolver la suma una vez finalizada la partida. Poco después llegaron Picoafilado y Romero.

Recuero llegó el último. Saludó con amabilidad a todos e hicieron las presentaciones de cortesía. Luego, se pusieron a jugar.


Luna se acercó a la casa de Recuero. No había ninguna luz y todo parecía en calma, aunque se fijó en que las ventanas de la buhardilla de la casa contigua estaban abiertas. Era extraño porque hacía frío. No obstante, pensó aprovechar esa ventana para afianzar su gancho, aquel que le había prestado Amaranto.

Hizo girar la cuerda con un suave zumbido y la proyectó hacia arriba, notando cómo el garfio de hierro se trababa en el marco de la ventana. Comenzó a trepar, pero algo ocurrió al poco de haber comenzado a ascender, porque el gancho se soltó, haciéndola caer dolorosamente de espaldas contra el suelo.

Apretó los dientes. No le apetecía una segunda intentona.

Renqueó unos pasos hasta la puerta y extrajo una de sus ganzúas de la funda. La introdujo en la cerradura. Un pequeño giro. Un clic. La hoja cedió sin ruido, dejándola atisbar aquel recibidor sumido en la penumbra, al fondo del cual se adivinaban unas escaleras. Se dirigió hacia ellas.


No había llegado aún la medianoche cuando Recuero hizo amago de levantarse de la mesa. Había perdido algo de dinero, no mucho. Había ganado bastante más. Sin embargo, el hombre aseguraba tener negocios que atender al día siguiente, por lo que debía marcharse.

Malhadado logró convencerle de que se quedase un poco más, ya que aquella noche la suerte parecía de su lado. Picoafilado también intervino, proponiéndole cerrar algunos negocios juntos. Recuero pareció animarse y, dado que se sentía bastante a gusto, decidió quedarse a jugar un rato más.


Luna subió las escaleras despacio, oyendo cómo sus pies hacían crujir los escalones a cada paso. Llegó hasta arriba, donde un recibidor mostraba varias puertas cerradas. La luz de Nidhám, entrando por la claraboya del techo, era lo único que le permitía ver.

La figura surgió de entre las sombras. El acero de una daga destelló bajo la luz pálida de la claraboya. Luna se echó a un lado, esquivando el acero por poco. La muchacha empleó su propia hoja para lanzar una cuchillada de vuelta, que alcanzó el costado de su atacante. El hombre se llevó la mano a la herida, que derramaba una sangre que parecía negra con aquella luz.

Luna acometió de nuevo, fallando. La daga rival trazó un corte limpio en un lado de su cuello. Profundo. Aunque, por suerte, no mortal. Sangraba mucho, empapando su camisa. El hombre retrocedió hacia la escalera, pero la joven no parecía dispuesta a dejarle huir: recortó distancias de una zancada y le empujó, haciéndolo rodar sobre los escalones. En un punto, el cuerpo rebotó contra la pared para luego hacer trizas la barandilla y precipitarse hacia el suelo, donde quedó inmóvil.

Tras comprobar que estaba muerto, Luna comenzó a registrar las habitaciones. No tardó en encontrar el despacho de Recuero. Sobre la mesa, el libro. Lo tomó y se lo metió dentro de la camisa. La sangre manchó la cubierta.

Bajó las escaleras y salió a la calle.

Abandonó el Barrio de los Sacos y, ya en Las Leñeras, se cruzó con un par de guardias que patrullaban la zona por la noche. Uno de ellos advirtió la sangre que empapaba el cuello y las ropas de la mujer. Le dio el alto. Ella corrió. Los guardias también. Pero no lo suficiente como para alcanzarla.

La joven llegó hasta la tienda de Picoafilado. Se tambaleaba. Había perdido mucha sangre. Hurgó tras el ladrillo hueco donde el mercader guardaba una llave. Entró en la tienda. Buscó a tientas, en la penumbra, hasta encontrar algunas vendas y se las puso contra la herida del cuello.

Se sentó en el suelo.


Cuando Picoafilado entró en su tienda, encontró a Luna sentada en el suelo. Estaba herida y tenía bastante mala pinta. La atendió lo mejor que supo, aunque de inmediato se dio cuenta de que la joven iba a necesitar un sanador por la mañana.

La ladrona le tendió el libro.

Ayudó a Luna a subir a la planta de arriba, donde la dejó descansar en una de las camas. Mientras, él se empleó a fondo en el libro. Recuero había hecho un buen trabajo a la hora de ocultar entre sus anotaciones el emplazamiento donde la banda de Lobo almacenaba la parte de su contrabando que el propio Recuero gestionaba. Un buen trabajo, pero no un trabajo excelente, y por eso Picoafilado acabó extrayendo esa información.

El mercader no había terminado de felicitarse por ello cuando el sonido de cristales rotos le llegó desde la planta baja. Sin tiempo que perder, se asomó por la ventana del piso superior. En la calle, distinguió a cuatro hombres. Le pareció que eran matones de Mirlo. Pero no se entretuvo en verlos mejor, porque un olor a quemado comenzó a ascender por las escaleras.

Bajó corriendo para encontrar uno de los estantes, el que estaba junto a la ventana rota, envuelto en llamas. Se apresuró a echar un cubo de agua sobre él. Por suerte, el fuego se extinguió con facilidad. Miró por la ventana rota. Uno de los hombres destapaba una botella de cerámica e introducía un paño dentro.

Picoafilado gritó por la ventana, llamando a la guardia.

Tres de los hombres parecieron asustarse y salieron corriendo. El cuarto se quedó. Continuaba manipulando la botella. Estaba arrodillado en el suelo y trataba de prender el paño de la botella con un yesquero.

Picoafilado corrió hacia él, propinándole una patada en la cara. El tipo cayó hacia atrás. La botella escapó de sus manos y el aceite se derramó sobre el suelo de tierra. El matón se rehizo y blandió un garrote que se estrelló contra las costillas del mercader, quien, sin embargo, no se amilanó: el puñal silbó en su vaina para luego hendirse sobre la cadera del secuaz de Mirlo.

El matón retrocedió a trompicones, agarrándose la herida mientras la sangre brotaba entre sus dedos. Dio media vuelta y salió corriendo. Picoafilado no le persiguió. Le parecía mucho mejor idea entrar en su casa y echarle un ojo a ese golpe que tenía en las costillas.



* * *



A la mañana siguiente, Luna visitó a un sanador que le desinfectó la herida del cuello y le cosió el corte. Mientras, Picoafilado abrió su tienda como de costumbre. La mañana transcurría con normalidad hasta que cuatro hombres de aspecto rudo irrumpieron en el establecimiento. Tras ellos, el propio Mirlo entró en la tienda. Era un tipo grande, tal y como le recordaba el mercader.

Mirlo le acusó de haber atacado a uno de sus hombres la noche anterior, aunque sabía perfectamente que era una patraña, por lo que no se molestó en rebatir la historia que Picoafilado le contó sobre el intento de incendiar su establecimiento que los hombres de Mirlo habían perpetrado.

En lugar de eso, pasó a instar a Picoafilado a saldar su deuda antes de que acabase el mes. De lo contrario, se lamentó, no podría garantizar que unos sujetos tan violentos e incontrolables, como eran sus hombres, se mantuvieran bajo control.

Picoafilado prometió que saldaría la deuda, con lo que Mirlo se marchó de allí.

Aquella misma tarde, Picoafilado se citó con Modrego a través de Grito. Tras entregarle la información que había extraído del libro, el mercader intentó que la banda de La Puta Coja dejase de suministrar mercancía de contrabando a Mirlo para favorecerle a él comercialmente, a lo que el contrabandista se negó. Modrego estaba dispuesto a negociar con Picoafilado, pero sin dejar de hacerlo con Mirlo. Si uno u otro acababan convirtiéndose en socio preferente, lo determinarían los resultados del negocio.

Picoafilado no tuvo más remedio que aceptar aquellos términos.


Mientras el mercader y Modrego se reunían, y Luna descansaba ya en su casa —donde le entregó el libro a un Amaranto que no le dio demasiada importancia a verla herida—, Malhadado regresaba a Los Dejados tras haber trabajado todo el día en el Barrio de los Sacos. De camino, se cruzó con una carreta escoltada por dos guardias. Dentro había un cadáver empapado al que alguien había asestado media docena de puñaladas antes de arrojarlo al Canal de los Suspiros.

Se le hizo un nudo en la garganta al comprobar que se trataba de Recuero.

Rápidamente, corrió hacia la tienda de Picoafilado. El mercader acababa de llegar allí tras su reunión con Modrego. Pasaron al interior y Malhadado le contó que alguien había asesinado a Recuero. El trilero no estaba seguro de lo que estaba ocurriendo, pero sospechaba que tenía algo que ver con la partida que habían jugado y el robo del libro.

O mucho se equivocaba, o tanto Luna y Picoafilado como él mismo estaban en peligro.

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