One Shot (Sombra de la Bestia): Polvo, matorrales y sangre - Mesa #1

Todo comenzó la noche en que Teresa, la esposa de Jay Wallace, le despertó a media noche porque las vacas estaban inquietas. Jay tenía el sueño pesado y, aunque los animales hacían bastante ruido, no los había escuchado.

Maldiciendo mientras pensaba que, una vez más, los coyotes se habrían llevado a alguna ternera, tomó su rifle Winchester y se puso las botas; nada más. Y así, en calzoncillos, con nada más que sus botas y el rifle, Jay salió al exterior.


Las vacas estaban bastante más inquietas que de costumbre, lo que puso instintivamente en alerta al granjero y alcalde de Malasierra que, sujetando fuertemente su arma, entró en el cercado. No tardaría en encontrar el cuerpo despedazado de una vaca grande. Aquello no parecía obra de coyotes: quizá un lobo grande.

Pronto se percató de que las vacas se apelotonaban en la parte Este del cercado, lanzando de cuando en cuando miradas aterrorizadas hacia el granero. Sin pensarlo, Jay salió del cercado y se encaminó al granero.

La estructura se encontraba totalmente a oscuras, apenas iluminada por algunos rayos de luna que se filtraban entre las maderas. Cuando Jay escuchó un ronco gruñido, rápidamente encaró su Winchester hacia el lugar. Aunque llegó a disparar, no consiguió evitar que “algo” se abalanzase sobre él, haciéndole caer de espaldas con el pecho desgarrado. Jay perdió la consciencia en aquel mismo momento.

Tras escuchar el disparo, Teresa fue hasta el granero para encontrar a su malherido esposo. Sin pensarlo, telefoneó al sheriff Duncan.

El sheriff Duncan Cabrera no tardaría en presentarse allí, acompañado de la doctora Ayla Bradford, a quien había pasado a recoger. La doctora atendió a Jay con gran habilidad, llegando a la conclusión de que había sido atacado por algún puma de gran tamaño.

Con algún esfuerzo, el sheriff Duncan logró encontrar las huellas del felino dirigiéndose hacia el Llano Estacado. Reticente a internarse solo en la noche, Duncan decidió esperar al día siguiente.

Por la mañana, el sheriff se dirigió al Llano Estacado abordo del Chevrolet Colorado policial junto con Jay, que insistió en acompañarle pese a estar herido. Siguieron el rastro del enorme felino hasta una zona de rocas, donde lo perdieron. Sin embargo, allí pudieron encontrar ropas de mujer: por el estilo parecían de una chica joven. También encontraron una pulsera con motivos típicos mexicanos, como pudo reconocer Duncan.

Desde que comenzasen los trabajos para la construcción de la refinería de petróleo. La población de inmigrantes mexicanos se había disparado en Malasierra, asentándose estos en el viejo y abandonado cementerio de coches; donde habían aparcado sus caravanas o levantado infraviviendas. Temiendo que alguna joven inmigrante hubiese sido atacada, los hombres se encaminaron a indagar en el lugar.

Mientras tanto, la doctora Bradford decidió investigar sobre la actividad de enormes felinos en Texas y los posibles antecedentes de ataques a humanos en zonas pobladas. Su obsesión por el trabajo desencadenó una fuerte discusión con Luke, su pareja. Algo crispada, agarró su portátil y decidió trasladarse a una cafetería donde seguiría trabajando.

Duncan y Jay llegaron al cementerio de coches justo para encontrar a dos jóvenes locales haciendo unas pintadas racistas en la valla exterior. Sin muchos problemas, lograron inmovilizarles y dejarles esposados en la parte de atrás del vehículo mientras ellos entraban en el asentamiento para hacer unas preguntas.

La población inmigrante se mostró bastante hermética, a pesar de que la ascendencia mexicana del sheriff Duncan hizo que el oficioso líder de esas gentes, un tal Jerónimo Cabal, les recibiese. Fue una entrevista cortés durante la cual el sheriff Duncan pudo percibir que Jerónimo le preocupaba, por algún motivo, que los ataques de aquel felino se repitiesen.

Por su parte, la doctora Bradford encontró documentación sobre ataques, aunque no se había datado el de un espécimen tan grande nunca antes; al menos en Estados Unidos. De hecho, encontró tan solo un ataque similar en México, unos seis años antes. Al parecer, una familia entera había sido descuartizada por el animal en Piedras Negras. En aquella ocasión, los ataques fueron atribuidos a alguna especie de jaguar enorme.

Tras efectuar una llamada al sheriff para ponerle al corriente de sus indagaciones, Ayla decidió tomarse un respiro y llamar a su amiga Eleine para salir a tomar algo. Luke intentó llamarla un par de veces, pero Ayla estaba bastante molesta con él y decidió colgarle el teléfono.

Pasaron un par de días en los que el sheriff mantuvo vigilancia sobre el campamento de los mexicanos, lo que le valió alguna discusión con su esposa Rachel. La mujer se quejaba de que su hijo Michael estaba falto de atención paterna.

En esos días, la doctora Bradford hizo las paces con Luke e indagó en la prensa digital mexicana, donde encontró unas curiosas entrevistas realizadas a vecinos de la familia masacrada por el enorme jaguar: hablaban de la ira de algún antiguo dios azteca, vertiendo toda clase de temores supersticiosos acerca de venganzas ancestrales y cosas así.

Jay Wallace, por su parte, intervendría para, a pesar de sus heridas, darle una buena paliza a dos lugareños que la tenían tomada con una joven pareja de mexicanos. Se trataba de Freddie Francis y Ellis Johnson que, según le confirmaría más tarde el sheriff por vía telefónica, habían sido fichados un año antes por distribuir propaganda del KKK en la puerta de la Iglesia de Santa Matilde.

De nuevo, en plena noche, el sheriff recibió la llamada de Stanley Fisher, un granjero local. Al parecer, el animal salvaje que acechaba Malasierra había entrado en su cercado y matado a todo su ganado. Stanley había bebido un poco antes de acostarse, por lo que los mugidos de las vacas no le habrían despertado.

Pensando que aquello era un asunto de interés para el alcalde, Duncan despertó a Jay y le recogió de camino. De nuevo, el rastro del felino parecía perderse hacia el Llano Estacado. Sin embargo, encontraron un nuevo rastro que parecía indicar desde donde había llegado el animal hasta la granja Fisher.

Juntos, siguieron el nuevo rastro dejado por el felino hasta uno de las pequeñas explotaciones petrolíferas de Malasierra, donde encontrarían el cadáver descuartizado de un operario de mantenimiento. Sin pensarlo, llamaron a la doctora Bradford para que examinase el cadáver.

Conduciendo su Ford Mondeo, la doctora llegó en apenas media hora. Había tenido que salir en plena noche de casa, lo que le llevó a una nueva discusión con Luke. Habían estado a punto de dejar la relación.

El hombre fue identificado como Branden Walter a través de su tarjeta, encontrada a unos metros del cuerpo. Durante el examen del cadáver, la doctora encontró en el puño cerrado del hombre un pedazo de camiseta. Sin duda, era una de las camisetas que la empresa de construcción de la nueva refinería les proporcionaba a los operarios que trabajaban en la obra.

A la mañana siguiente, la doctora Bradford y el sheriff Duncan se personaron en la refinería, ya que mientras tanto, Jay asistía al funeral de Branden Walter, donde dedicaría unas palabras en su condición de alcalde.

Mientras la doctora y el sheriff indagaban por la refinería, interrogando a alguno de los inmigrantes que allí trabajaban, pudieron detectar a una muchacha que, según les vio, echó a correr. El sheriff intentó darle alcance sin éxito.

En ese momento, en el funeral de Branden Walter, un hombre alzaba la voz: se trataba se Evan Fletcher, de quien se sospechaba que era el líder del Klan en Malasierra, quien culpó a los mexicanos tanto de la muerte de Branden como de los ataques al ganado. Según su teoría, los inmigrantes estarían adiestrando perros de pelea y comprobaban su ferocidad mediante ataques al ganado y la población. A pesar de los esfuerzos de Jay por preservar la calma, los ánimos comenzaban a caldearse en Malasierra.

Jay, la doctora y el sheriff se reunieron en la cafetería del pueblo; donde mostraron su preocupación por la deriva de los acontecimientos. Finalmente, decidieron visitar de nuevo el cementerio de coches al día siguiente para intentar localizar a la muchacha que huyó de la refinería.

Aquella noche, el sheriff Duncan jugaba con su hijo en la campa situada frente a su casa. El hombre arrojaba una pelota que su crío recogía con su guante de baseball. Entonces, escuchó un sonido en la oscuridad; una especie de gruñido. Con lentitud, tomó a su hijo en brazos y retrocedió de espaldas hacia la casa, sin perder de vista la oscuridad.

Ya en la vivienda, cerró la puerta y cogió el revólver que colgaba con su funda de la percha de entrada. Aquella noche no durmió, quedó mirando la oscuridad hasta que sonó el teléfono.

Era la llamada de la doctora Bradford que, tras un episodio de sexo de reconciliación con su novio Luke, se había quedado viendo la televisión mientras el hombre salía a tirar la basura. Entonces, escuchó un alarido en el exterior. A toda prisa, se armó con un cuchillo y salió a la calle, en ropa interior.

Allí había encontrado a Luke sobre un charco de su propia sangre, con el pecho abierto y el corazón aún palpitando. El hombre extendió su temblorosa mano hacia Ayla antes de morir.

Cuando llegaron Duncan y Jay, los tres se fundieron en un abrazo. Poco a poco, empezaban a reunirse los curiosos. Los compañeros pudieron escuchar algunas voces más que culpaban a los inmigrantes y exigían justicia. Otros culpaban a Duncan de encubrir a los mexicanos ya que él también tenía sangre inmigrante en sus venas.

En ese momento, el sheriff Duncan decidió hacer una llamada al FBI. Los federales no se mostraron muy interesados en encargarse de un puma suelto y le dijeron que pondrían el asunto en manos de una división de la Guardia Forestal. Al parecer, alguien contactaría con Duncan en los próximos días.

Ayla pasó aquella noche con Duncan y su familia, ya que no quería quedarse sola.

A la mañana siguiente, los tres compañeros visitaron el cementerio de coches. Al principio, los inmigrantes cerraron filas al punto que Duncan llegó a agarrar la empuñadura de su revólver temiendo que se desatase la violencia. Sin embargo, Jerónimo Cabal tranquilizó a sus compatriotas.

El líder de los inmigrantes les llevó entonces a una desvencijada caravana. Allí les reveló su condición de chamán, de hombre santo que veneraba las viejas tradiciones de los aztecas. Aunque Jay actuó con cierta sorna y la doctora Bradford se mostró incrédula, el sheriff Duncan había oído historias de su madre y se mostró receptivo.

Entonces, Jerónimo hizo llamar a la muchacha que habían visto huir de la refinería, una joven de diecinueve años llamada Rosita y que resultó ser la propietaria de la pulsera y la ropa que Duncan encontró en el Llano Estacado.

Rosita les contó que sobre ella pesaba una maldición que la convertía en una bestia cada noche. Según contó, con trece años sufrió la primera transformación y mató a toda su familia. Había vagado desde entonces hasta que Jerónimo la había acogido.

Entre sollozos, el chamán explicó que creyó poder controlar a la bestia mediante unas hierbas, hacer que solo atacase a animales salvajes y quizá al ganado, alejarla de la sangre humana. Obviamente, había fracasado. Ahora, Rosita pasaría las noches encadenada en uno de los contenedores del cementerio de coches.

Ni Jay ni la doctora dieron crédito alguno a la historia, y Duncan no sabía que creer. De ese modo, Jerónimo les invitó a presenciar el cambio aquella misma noche. El grupo accedió.

Cuando comenzó a oscurecer, llevaron a Rosita a un contenedor en cuya pared metálica alguien había soldado una gruesa cadena con una argolla que Jerónimo ciñó al cuello de la muchacha. La trasformación sería a media noche, según les explicó.

Se encontraban esperando en el contenedor cuando el sonido de disparos les sobresaltó: al parecer, los hombres del KKK estaban atacando el cementerio de coches.

Duncan tomó la escopeta Remington del coche patrulla y le cedió su revólver a Jay, que era un excelente tirador. Por su parte, la doctora decidió quedarse en el contenedor e intentar telefonear al sheriff del pueblo más cercano.

Cuando los dos hombres salieron al exterior, se encontraron varios todoterrenos circulando por el cementerio de coches. A bordo de ellos, varios sujetos ataviados con ropajes del KKK disparaban con fusiles M16 a los inmigrantes desarmados.

Parapetándose entre la chatarra, tanto el sheriff Duncan como Jay Wallace hicieron lo posible por devolver el fuego.

La doctora Bradford, por su parte, presenció la horrible transformación de Rosita en un enorme jaguar que parecía enloquecer cada vez más con los gritos de terror de los inmigrantes provenientes del exterior del contenedor. La visión resultó tan pavorosa, que la mujer tuvo que huir.

En el exterior, la mujer se percató de que los hombres del KKK estaban llevando a cabo una auténtica masacre. Al mismo tiempo, Duncan y Jay retrocedían, cada vez más acorralados por los atacantes.

Haciendo acopio de valor, la mujer entró en el contenedor sosteniendo la M16 que había arrebatado del cadáver de uno de los hombres del Klan. Sin pensarlo, disparó contra la cadena que retenía al enorme jaguar (Rosita), rompiéndola.

La bestia arrancó a correr hacia la puerta, apartando a la doctora de un zarpazo que la dejó terriblemente malherida. Después, salió al exterior.

La jaguar se movía sigilosamente entre los coches destrozados, saltando entre la chatarra y aniquilando uno a uno a los hombres del clan. Algunos de ellos consiguieron herirla, pero su metabolismo privilegiado la hacía demasiado resistente.

El sheriff Duncan murió ametrallado a manos de Evan Fletcher, cuya cabeza a su vez, voló Jay Wallace casi a bocajarro. Poco a poco, el aterrador silencio de la muerte fue reinando en el cementerio de coches.

Solo faltaban unas horas hasta el alba cuando un malherido Jay se encontraba con la también herida doctora Bradford. Juntos caminaban renqueando hacia la salida cuando la jaguar les cortó el paso.

Jay disparó sobre la bestia, hiriéndola muy gravemente; aunque la jaguar tuvo tiempo de abrir su vientre, desparramando sus intestinos mientras el hombre sufría una muerte atroz. El animal quedó en el suelo agonizando.

La doctora Bradford tomó entonces la escopeta para rematar al animal, aunque no fue capaz.

Los primeros rayos de sol volvieron a transformar a la jaguar en Rosita, una muchacha muy malherida a la que atendió la doctora mientras las sirenas de la Guardia Nacional resonaban a lo lejos. En la historia oficial, había sido herida por los hombres del Klan.

Días después, la doctora Bradford, Rosita y Jerónimo Cabal cruzarían la frontera hacia México a bordo del Mondeo de la doctora, con un juego de cadenas y argollas en el maletero. Iban en busca de una cura para la maldición de Rosita.

¿La encontrarían?


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