Campaña (Morir en Akkar): Shimir, oro en las venas. (2/?)
Ammitar Shimir era un mercader que acababa de alcanzar la cuarentena, alto y delgado. Tenía buenos modales y un carisma que le hacía arrebatador. Acababa de heredar de su difunto padre una modesta tienda en el Barrio Popular de la ciudad de Radagg. Su casa se encontraba en la parte superior de esa misma tienda.
Ammitar había enviudado unos años atrás, pero tenía un hijo llamado Irikme al que había mandado a la Liga Kenkriana para que cursara estudios en una de aquellas reputadas universidades. A parte de eso, mantenía una fuerte amistad con otro mercader llamado Aramme, quien les había ayudado a él y a su padre en el pasado, cuando el negocio no andaba demasiado bien.
Capítulo 1: Un trato lucrativo.
Aquella mañana, Ammitar salía de una de las armerías del Barrio Popular. Se había encaprichado de una daga de buena factura con la que, tras regatear un poco, se hizo a cambio de un buen precio. La presencia de Nubikan le hizo dar un respingo.
Nubikan era un ladrón de la ciudad con el que Ammitar tenía algunos tratos: el delincuente le proporcionaba objetos provenientes de sus fechorías y el mercader los revendía, obteniendo un lucrativo beneficio para ambos.
Aquel día, no obstante, Nubikan no tenía nada que vender.
Le habló a Ammitar de un par de extranjeras, dashetanas, que necesitaban contactar con un mercader de confianza para algún tipo de negocio. Obviamente, con Nubikan como intermediario, aquel trato tendría algún tipo de matiz ilegal y probablemente peligroso.
Pero todo lo peligroso es lucrativo, como bien sabía Ammitar, así que aceptó en verse con aquellas extranjeras.
El encuentro se produjo en un autentico antro de la zona del puerto. Un local a medio camino entre taberna y burdel, frecuentado por marineros y contrabandistas de todo tipo. Allí le esperaba Nubikan, quien le llevó hasta uno de los reservados del establecimiento.
Ammitar se entrevistó con las mujeres: una joven llamada Sarda y una anciana que apenas hablaba. El trato consistía en transportar un cargamento de armas hasta la ciudad de Kize, en el Reino Dashet. El envío debía mantenerse en secreto, sobre todo a los oídos de la Conmiseración.
El negocio presentaba enormes riesgos: una inversión inicial bastante fuerte para la casa Shimir y la posibilidad de que la Conmiseración interceptase el cargamento, convirtiendo súbitamente aquella inversión en una desastrosa pérdida. Así que Ammitar empleó todas sus dotes negociadoras para conseguir el mejor acuerdo económico posible.
Finalizada la reunión con las mujeres, Ammitar le hizo un encargo a Nubikan: necesitaba un carro grande para transportar las armas hasta Kize. El mercader tenía en mente emplear mucho capital en la compra de las armas, así que no deseaba afrontar la compra de un carro en ese momento. El ladrón prometió que robaría un carro aquella misma noche.
Sin embargo, las cosas no salieron tan bien como esperaba Nubikan. Cuando aquella noche el ladrón se introdujo en la explanada del mercado donde las casas mercantes dejaban sus carros, fue descubierto por la guardia de la ciudad; quienes le dieron muerte.
La noticia de la muerte de Nubikan contrarió a Ammitar, quien lamentó la muerte de su contacto. Sin embargo, seguía necesitando un carro que no quería comprar, de modo que decidió tomar otro tipo de iniciativa.
Se traslado al cuartel de la guardia, donde se entrevistó con el capitán Illiphud. Conocía al capitán porque, en el pasado, el soldado se había encargado de las inspecciones en busca de contrabando de las casas comerciales. Ammitar y su difunto padre habían llenado más de una vez la bolsa de Illiphud a cambio de su silencio.
Ammitar le pidió dos favores al capitán: que le consiguiera un contacto fiable en los bajos fondos y que localizase a las dos dashetanas, ya que solo el difunto Nubikan sabía cómo contactar con ellas.
Illiphud tardó un par de días en localizar a las dashetanas, aunque solo uno en conseguirle a Ammitar una cita en los suburbios con una tal Idacre, líder de una banda de ladrones que operaban en Radagg.
El mercader se dirigía a la dirección facilitada para la cita cuando se percató de que una mujer le seguía. Hábilmente, emboscó a su perseguidora, quien negó estar siguiéndole. Sin embargo, Ammitar era un hombre observador, y hubiese apostado todo su oro a que aquella mujer era una Dama de la Conmiseración.
Aunque Ammitar no sabía muy bien que pasaba, ni por qué le seguía aquella mujer, consideró buena idea suspender el encuentro y regresar a su casa. Al día siguiente, le pediría al capitán Illiphud que mediase para que la tal Idacre fuese quien le visitara a él en su casa.
La noche siguiente, Ammitar se llevó un buen sobresalto al encontrar a aquella mujer en el salón de su casa. Idacre parecía una mujer peligrosa y arrojada, justo lo que él necesitaba en aquel preciso momento. Por cierto, la ladrona informó a Ammitar de que tenía a una mujer (otra Dama de la Conmiseración) vigilando su casa.
La mujer le contó que, desde el robo fallido de Nubikan, la guardia había intensificado su presencia en la explanada de los carros, así que sería muy arriesgado robar un armatoste allí. Idacre pensó que sería más fácil salir a los caminos y hacerse con algún carro que los transitara a un día o dos de la ciudad, para evitar a la guardia.
Mientras la ladrona marchaba a cumplir con su cometido, Ammitar contrataba a un criado por mediación del capitán Illiphud. Se trataba de un despojo humano que se hacía llamar Torrezno. El mercader mandó a aquel borrachín a contactar con las dashetanas para comunicarles que el negocio estaba en marcha.
Un par de días después, Idacre volvió a colarse en su casa. La ladrona le contó que se había hecho con un carro, pero este tenía los colores fácilmente reconocibles de una de las casas mercantes de la ciudad y, para ser utilizado sin peligro, debía dársele una buena mano de pintura.
Ammitar intentó que uno de los carreteros del Barrio Popular accediese a pintar el carro, pero el hombre se negó al ver los colores de la casa propietaria: no quería tener que ver en asuntos ilegales, y se olía que este era uno. Así, el mercader se vio obligado a recurrir de nuevo a Idacre para que uno de sus contactos accediese a pintar el carro con los colores de la casa Shimir.
Al día siguiente, el mercader se dirigió a una de las armerías de la ciudad para adquirir las armas. Previamente le había pedido un préstamo a la casa Almman, por lo que estaba en condiciones de hacer una fuerte inversión que trajese de vuelta suculentos beneficios.
Saliendo de la armería, se dio cuenta de que la Dama de la Conmiseración que le siguió en los suburbios, le estaba vigilando de nuevo. Contrariado, tomó la decisión de ir a visitar al capitán Illiphud.
Ammitar diseño un embuste sobre espías dashetanas en la ciudad, señalando al capitán que podía encontrar a una de ellas en la misma puerta de su casa. La labia del mercader envolvió al soldado al punto que este no tuvo ni la más mínima duda de que aquello era verdad.
Ya que estaba allí, Ammitar le pidió al capitán el nombre de unos cuantos soldados que quisiesen ganarse unas buenas monedas escoltando una caravana hasta el Reino Dashet. Illiphud se los facilitó, dejándole claro que le hacía un favor al liberar a esos hombres de sus obligaciones durante diez meses, que es lo que duraría aquella empresa.
A la mañana siguiente, dos Damas de la Conmiseración que se daban novedades en plena calle, en frente de la tienda de Ammitar, fueron abordadas por la guardia de la ciudad. Una de ellas fue capturada, mientras que la otra murió cosida a lanzazos; no sin antes haber desplegado su magia de tierra para que una enorme púa pétrea brotase del suelo y ensartara a un soldado.
Con aquellas Damas fuera de juego, Ammitar envió a Torrezno a contactar con las dashetanas. En una hora, el borrachín volvió con un mensaje que le citaba a media noche del día siguiente en la zona del puerto.
Antes de que acabase el día, no obstante, se vio obligado a realizar una inesperada gestión: Idacre se coló en su casa para pedirle que usase sus contactos en la guardia para liberar a un par de sus hombres, que habían sido capturados y esperaban ejecución. A Ammitar no le costó demasiado convencer a Illiphud de que los liberase, aunque ya comenzaba a deberle muchos favores al capitán.
La noche siguiente, Ammitar acudió a la cita en el puerto con las dashetanas. Lo hizo acompañado de Torrezno. El borracho no era un gran escolta, pero era mejor que nada.
Poco antes de llegar al lugar convenido, encontraron a una Dama de la Conmiseración merodeando la zona. Intentaron rodearla sin ser vistos, pero la torpeza etílica de Torrezno les puso desgraciadamente al descubierto.
La Dama invocó su magia para hacer que una enorme púa de roca surgiese del suelo y empalase al desafortunado Torrezno, que murió exhalando un grito de horror mientras Ammitar corría para salvar su vida.
Una nueva lanza de roca surgió y, aunque Ammitar logró esquivarla por poco, no pudo evitar que aquella mole pétrea le hiriese gravemente en un hombro. Arrastrándose por el suelo, impotente, el mercader veía como la Dama de la Conmiseración se le acercaba con una mirada cruel en el rostro.
Fue entonces cuando un potente chorro de agua arrastró a la mujer , levantándola del suelo para estrellarla contra la pared de un edificio, destrozando sus huesos y arrebatándole la vida. Con gesto atónito, Ammitar vio como aparecían de entre las sombras sus dos socias dashetanas. Al parecer, había sido la anciana quien invocó aquel torrente acuoso.
Viendo que se encontraba en mitad de un asunto mucho más peligroso de lo que había estimado en un principio, Ammitar pidió explicaciones a las mujeres.
La anciana, que se hacía llamar Espuma de Mar, estaba preparando una rebelión religiosa en el Reino Dashet y para ello necesitaba todas esas armas. Ammitar maldijo, pensando que quizá podría haber negociado un precio mucho mayor de haber tenido todos los detalles. Pero un trato era un trato, y la casa Shimir siempre cumplía.
Las mujeres le facilitaron la dirección de Kize donde debían ser entregadas las armas a cambio del pago y cada cual volvió a perderse en la oscuridad, dejando allí los cadáveres de la Dama y el desafortunado Torrezno.
A la mañana siguiente, las armas partieron hacia la ciudad de Kize.
Capítulo 2: Favor con favor se paga.
Con el cargamento de armas en camino hacia Kize, Ammitar decidió enfocar su atención hacia nuevos negocios. Quería hacer dinero rápido y, como bien sabía, el dinero rápido solía ser también dinero peligroso.
Y si alguien quería hacer dinero peligroso en Radagg, era una suerte conocer a Idacre.
El mercader se reunió con la ladrona en la morada de ésta y, entre ambos, urdieron un ambicioso plan: Ammitar se haría con una gran cantidad de grano en el mercado y, justo al día siguiente, varios almacenes de grano de otras casas mercantes arderían por la noche. Aquello dispararía notablemente el precio del grano, haciendo que el negocio resultase bastante jugoso. Los beneficios irían a partes iguales.
Tal y como habían planeado, al día siguiente Ammitar pidió una ampliación de su préstamo a la casa Almman para adquirir una importante cantidad de grano en el mercado de Radagg. En la noche del día siguiente, Idacre y sus hombres prenderían fuego a los almacenes de grano de tres casas mercantes distintas, las principales proveedoras de este producto.
Al día siguiente, todas las casas mercantes que disponían de grano obtuvieron importantes ganancias debido a la subida del precio del grano, pero especialmente la casa Shimir, que disponía de más grano que nadie.
La “afortunada” maniobra comercial de la casa Shimir, sin embargo, no pasó para nada desapercibida para Idubila Almadir, la propietaria de la casa mercante Almadir; una de aquellas cuyos almacenes de grano ardieron en la noche.
Idubila, una anciana ciega de modales refinados que siempre iba acompañada de una joven que le servía de lazarillo y varios hombres armados, se personó en la tienda de Ammitar. La anciana le hizo ver la curiosa coincidencia que había tenido lugar: una casa mercante se hace con una cantidad exagerada de grano y, al día siguiente, los almacenes de grano de los principales proveedores acaban en llamas. Aquella mujer sospechaba de todos aquellos que habían salido ganando con los incendios, pero especialmente de Ammitar; estaba claro.
Cuando la anciana se marchó, Ammitar tomó la decisión de conseguir una escolta: las casas mercantes ashuríes no siempre juegan limpio y, más de una vez, una cuestión de negocios había acabado pagándose con sangre. Así, contrató a dos enormes guerreros asgheleos de piel oscura que le servirían de guardaespaldas: Okemelar y Arkaluesh.
Aquella tarde, además, el mercader recibió la visita de su buen amigo Aramme. La casa mercante del hombre no pasaba por un buen momento: se encontraba terriblemente endeudada y el plazo de pago expiraba en tres días. Por si fuera poco, la casa con la que Aramme había contraído la deuda era la Almadir, la casa de aquella maldita anciana ciega.
Sin dudarlo, Ammitar se ofreció a ayudar a su amigo, intentando renegociar la deuda de este con la casa Almadir. Así, se emplazaron para ir juntos al día siguiente a entrevistarse con la anciana Idubila y conseguir algo más de tiempo para el pago.
Lamentablemente, la reunión con Idubila no fue tan bien como podría esperar Ammitar: aquella vieja, a esas alturas, ya le había convertido en el principal sospechoso del fuego en sus almacenes y, por lo tanto, no tenía demasiada intención de hacerle favores a su amigo Aramme.
Aquello requería una acción audaz, así que Ammitar se puso en movimiento.
El mercader le hizo una visita al capitán Illiphud y fue bastante explícito con él: necesitaba alguien a quien cargarle los incendios en los almacenes; un culpable que, a ser posible, muriese durante la detención.
A la mañana siguiente, se corrió la noticia de que la guardia había dado con el culpable de los incendios: un seguidor loco del dios Braku que había jurado prender fuego a la ciudad. El enajenado había muerto bajo las espadas de la guardia en un crudo enfrentamiento.
Por suerte, el plan de Ammitar funcionó a las mil maravillas. Idubila se tragó la versión de la guardia de Radagg, apartando sus sospechas acerca de la casa Shimir. Así, la casa Almadir consintió en extender el plazo de pago a Aramme, el buen amigo de Ammitar.
Todo hubiese sido perfecto si, al día siguiente, no se hubiesen presentado tres soldados de la guardia en la tienda de Ammitar. El sargento, un tal Azinilit, le dijo que ellos habían sido los encargados de llevar a cabo el montaje del falso culpable de los incendios. A cambio de su silencio, exigía un pago.
El sargento se mostró agresivo y amenazante, destrozando varios objetos de la tienda de Ammitar mientras aseguraba que no tenía inconveniente en descubrir al propio Ammitar o al capitán Illiphud. Los guardaespaldas del mercader estuvieron a punto de intervenir, pero este los contuvo por temor a agrandar el problema.
Finalmente, Ammitar accedió a pagar el chantaje.
Al día siguiente, otra pareja de soldados apareció en la tienda. Esta vez, venían mandados por Illiphud, quien quería entrevistarse urgentemente con Ammitar. Sin tiempo que perder, el mercader partió hacia el cuartel de la guardia.
Allí, el capitán Illiphud le puso al corriente del reciente robo perpetrado en el palacete de un shaid. Durante el robo, los ladrones fueron sorprendidos por los hombres del noble, que capturaron a uno de ellos. El infeliz confesó que un tal Sedarabi había sido el cerebro del golpe.
El shaid estaba furioso y reclamaba la cabeza de Sedarabi, por lo que los superiores del capitán Illiphud estaban presionando notablemente en busca de resultados. A sabiendas de que Ammitar tenía contactos en los bajos fondos, el capitán le pidió que localizase al ladrón.
Ammitar le debía demasiados favores a Illiphud como para negarse a ello.
Así, el mercader fue a entrevistarse con Idacre. La ladrona dijo conocer al tal Sedarabi, pero no saber donde se encontraba. No obstante, se comprometió a intentar localizarle.
Ammitar esperó todo un día las noticias de la ladrona. Cuando por fin Idacre se personó en la casa del mercader, fue con malas noticias: le había sido imposible localizar al ladrón Sedarabi.
Bastante frustrado, el mercader decidió dar un paseo por los alrededores del palacete asaltado por los ladrones en busca de algún tipo de pista, pues Ammitar era un hombre de mente aguda y sentidos despiertos.
Tuvo suerte: junto a uno de los muros, encontró un broche de aspecto valioso. La factura era bastante original, así que mediante sus contactos comerciales logró localizar al fabricante; un orfebre del Barrio Rico.
El orfebre dijo haber fabricado la valiosa pieza para una dama llamada Lalnal Hikmen, hija de un mercader de Radagg. Al parecer se trataba de un regalo que, por los motivos grabados en el broche, debía ser un amante o pretendiente.
Confiando en que el broche perteneciese a Sedarabi, o quizá a uno de sus hombres, quien podría llevar hasta el jefe de los ladrones, Ammitar decidió llevar tanto la joya como la información sobre la dama Lalnal a Idacre.
Justo cuando volvía a casa, tras entregar dicha información a la ladrona, el mercader encontró en su puerta al capitán Illiphud. El hombre estaba destrozado: su puesto pendía de un hilo si no capturaba a Sedarabi y, para colmo, quien ocupase el puesto de capitán sería el sargento Azinilit, quien había chantajeado a Ammitar.
Tras tranquilizar al capitán, prometiéndole que la investigación progresaba, le despidió cortésmente.
Y es que Ammitar no mentía, ya que esa misma noche, Idacre siguió a la dama Lalnal hasta una casa en los suburbios. Allí, la ladrona pudo ver como la joven de buena cuna se veía con el mismísimo Sedarabi. El mercader amaneció con Idacre dándole esa información en el salón de su casa.
Cuando aquella información llegó al capitán Illiphud, la captura de Sedarabi fue cuestión de menos de una hora. Así, el capitán pudo mantener su puesto y Ammitar saldar alguna de sus deudas con el soldado.
Pero todo no iba a ser tan bueno, ya que alguien había salido perdiendo con todo aquello.
El sargento Azinilit se personó aquella tarde en la tienda de Ammitar, junto con dos soldados más. Estaba frustrado por no haber podido ascender debido al éxito del capitán Illiphud, un éxito que sabía de dónde había salido: de la intervención de Ammitar.
Azinilit amenazó al mercader, exigiéndole un cuantioso pago como compensación por los trastornos que le había ocasionado.
Con una sonrisa lobuna en los labios, Ammitar les prometió a Azinilit que le daría “exactamente lo que merecía”.
Sin mediar palabra, uno de los guardaespaldas asgheleos del mercader decapitó a un soldado. Aunque Azinilit y su compañero se batieron con destreza, llegando a herir de gravedad a uno de los asgheleos, acabaron muriendo bajo las espadas de los guardaespaldas.
Por la noche, los asgheleos sacaron los cuerpos de los soldados de la tienda y los arrojaron en cualquier lugar discreto.
Con todo atado, al menos de momento, Ammitar siguió dedicándose a sus negocios durante los meses siguientes hasta que, por fin, regresó el carro que había enviado con armas al Reino Dashet.
Todo había salido bien, sin un solo contratiempo. La casa Shimir había conseguido una fuerte suma con aquel negocio, el suficiente oro como para dar un impulso a la casa y empezar a pugnar por situarse entre las más importantes de Radagg.

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