One Shot (Sombra de la Bestia): Polvo, matorrales y sangre - Mesa #2
Aquella noche, el sheriff Duncan Cabrera se encontraba en la propiedad de Brandon John, un obeso granjero que le había dado aviso a causa de una intrusión. Al parecer, alguien había entrado en sus tierras y, en uno de los sembrados, colocó un espantapájaros al que había tiroteado posteriormente. Del cuello del espantapájaros colgaba un cartel con la leyenda “putos mexicanos”.
La vida en Malasierra había cambiado desde que comenzasen los trabajos para la construcción de la refinería de petróleo. La población de inmigrantes mexicanos se disparó en el lugar, asentándose estos en el viejo y abandonado cementerio de coches; donde aparcaron sus caravanas y levantaron infraviviendas.
La construcción de las nueva refinería atrajo la mano de obra inmigrante desde el otro lado de la frontera, lo que fue bien visto por algunos sectores de la población; ya que asociaban la inmigración a la delincuencia. De cuando en cuando, no era extraño que se produjesen altercados menores debido a la tensión racial.
Brandon John no sabía mucho: simplemente escuchó disparos y vio de lejos como una furgoneta salía de su propiedad. La mala luz del crepúsculo le impidió ver con claridad el modelo o el color.
Duncan encontró marcas de rodadas pertenecientes a una furgoneta cerca del límite de la propiedad, así que decidió dirigirse a su oficina para comprobar datos sobre los propietarios de ese tipo de vehículos en Malasierra.
Cuando Duncan conducía de vuelta al pueblo, algo, quizá un animal, se cruzó bruscamente por delante de su vehículo; obligándole a reaccionar con un volantazo. Afortunadamente, la pericia del sheriff al volante evitó que su Chevrolet Colorado se saliese de la carretera.
En ese momento, le sonó el teléfono
…
La doctora Ayla Bradford se encontraba en el salón de su casa, intentando consolar a su hermana Eva, quien se hallaba en una relación tóxica con su pareja. Mientras tanto, Luke, la pareja de Ayla, se ocupaba de preparar la cena en la cocina.
Mientras Ayla intentaba aconsejar a su hermana, recibió una llamada de teléfono.
Al parecer, algún tipo de animal salvaje había atacado al alcalde, Jay Wallace, que se encontraba gravemente herido. Teresa, su mujer, ya había avisado también al sheriff. Sin pensárselo dos veces, la doctora Bradford salió por la puerta ante la estupefacción de su hermana y las protestas de Luke, que ya tenía listas unas deliciosas chuletas para cenar.
Ayla llegó a la granja de los Wallace al mismo tiempo que el sheriff. Rápidamente, Teresa Wallace les condujo al granero, donde se encontraba su esposo.
Al parecer, habían oído mugir a las vacas. Jay había bajado con la escopeta para encontrar a un res totalmente destrozada por algún tipo de depredador. Entonces, el hombre había escuchado un ruido en el granero.
Cuando entró en la estructura, apenas tuvo tiempo más que de disparar a aquella figura que se abalanzaba sobre él y le abría el pecho con sus zarpas. Eran unas heridas terribles: Jay Wallace tenía suerte de seguir vivo.
Mientras la doctora atendía las heridas del alcalde, Duncan inspeccionó la zona del granero donde Jay le había dicho que estaba ese animal que no había llegado a ver bien. Allí, el sheriff encontró unas enormes huellas de felino, probablemente pertenecientes a un puma de gran tamaño.
Con Jay Wallace fuera ya de peligro, la doctora Bradford se dio una vuelta por el cercado, donde encontró muchas más huellas de felino que se dirigían hacia el llano estacado.
Finalmente, tanto ella como el sheriff llegaron a la conclusión de que sería más fácil seguir el rastro por la mañana, así que se emplazaron a hacerlo juntos al día siguiente.
La doctora Bradford regresó a su casa para comprobar que su hermana se había marchado. Por enésima vez, había hecho las paces con el estúpido de su marido y había decidido regresar a su relación infernal. Contrariada, se fue a dormir.
Por su parte el sheriff decidió pasar por su oficina antes de ir a casa, ya que quería comprobar qué dueños de furgonetas en Malasierra tenían también antecedentes penales. Por suerte, solo dos nombres aparecían en esa lista: Hank Stafford y Timothy Manning.
Satisfecho, volvió a casa. En la cama, encontraría a Rachel, su mujer, bastante molesta por el hecho de que Duncan se hubiese presentado tan tarde en casa sin avisar siquiera. Pero Duncan sólo pensaba en el trabajo que le aguardaba al día siguiente.
A primera hora de la mañana del día siguiente, Duncan telefoneó a Ayla para recogerla en el coche. Antes de ir en busca del rastro de aquel animal en la granja Wallace, pasarían a hacer una visita a Hank Stafford y Timothy Manning.
La visita a Stafford no resultaría muy esclarecedora. El tipo vivía en un auténtico cuchitril junto a sus dos hijos tan terriblemente desaliñados como él. El hombre aseguraba haber estado toda la tarde anterior en casa, cuidando de sus críos, ya que su mujer le había abandonado un par de días antes.
Sin nada en claro, se marcharon de allí.
Timothy Manning vivía en una gran casa a las afueras, en cuya entrada ondeaba la bandera confederada. El hombre se mostró bastante hostil, especialmente hacia Duncan, con quien se negó a hablar en todo momento, emplazándole a que regresase con una orden judicial. Además, vertió algún que otro comentario racista acerca de los mexicanos y de cómo la propia ascendencia mexicana del sheriff estaba encubriendo las fechorías de ese colectivo.
Se marcharon de allí, no sin que antes el sheriff advirtiera a Manning que regresaría con una orden judicial.
Después de esto, la doctora y el sheriff se dirigieron hacia la granja Wallace, desde donde siguieron el rastro del enorme felino desde el cercado del ganado hasta una pequeña formación rocosa en el llano estacado.
Allí encontraron una camiseta de mujer rasgada que parecía no llevar demasiado tiempo allí. La doctora Bradford la recogió cuidadosamente para analizarla después. Además, encontraron un nuevo rastro del animal que se dirigía hacia el pueblo.
Siguiendo aquel nuevo rastro, encontraron también unas destrozadas zapatillas deportivas de mujer y unos shorts; también en bastante mal estado. Después, el rastro acabaría por perderse en el mismo pueblo.
Mientras Duncan se encaminaba a su oficina para solicitar una orden judicial que le permitiese interrogar a Timothy Manning y registrar su propiedad, Ayla se ocupó de hablar con aquellos vecinos que habitaban las casas cercanas al lugar donde se perdió el rastro del felino.
La señora Maddison Scott le contó a la doctora que, la noche anterior, había escuchado a una joven gritando en el exterior de su casa, pero que ella misma la había ahuyentado empuñando un rodillo de cocina. Varios vecinos más confirmaron haber escuchado los gritos de la joven, aunque no vieron nada y no hicieron demasiado caso a estos.
Con la orden judicial en la mano, el sheriff recogió a la doctora apenas esta hubo acabado de enviar al laboratorio las ropas que habían encontrado en el llano estacado. Juntos, se dirigieron hacia la propiedad de Timothy Manning.
Cuando llegaron allí, Manning se encontraba en compañía de Adam Morris, otro vecino del pueblo que demostró una abierta hostilidad hacia Duncan. Tras ojear la orden, Manning solicitó al sheriff que aguardase a la llegada de su abogado. Duncan se mostró conforme.
Evan Fletcher, el elegante abogado y también vecino del pueblo, llegó en apenas media hora. Tras examinar minuciosamente la orden, indicó que se podía proceder tanto al registro de la casa como al interrogatorio de Manning.
Manning dijo haber pasado la tarde del día anterior conduciendo sin rumbo por las carreteras regionales en compañía de Adam Morris, quien confirmó este punto. No hubo manera de sacarle nada más.
La casa, por otra parte, estaba llena de banderas y simbología confederada. Además, Duncan encontró una foto antigua de miembros del Ku Klux Klan. En el armero de la vivienda, había un fusil de asalto M16, que el sheriff requisó ante las protestas de Manning, a fin de comparar las balas con aquellas halladas en el espantapájaros de la propiedad de Brandon John.
Mientras el sheriff iba a su oficina para enviar el fusil a balística, la doctora decidió pasar a ver a su hermana.
Eva estaba en casa, con los ojos hinchados y el maquillaje corrido por haber llorado. Ayla intentó convencerla de que encarrilara su vida y se plantease aquella relación tóxica con su pareja. Durante la conversación, llegó el marido de Eva. Tras un tenso intercambio de frases más bien cortas de falsa normalidad, Ayla se marchó de allí.
Ya caída la noche, el teléfono del sheriff Duncan Cabrera sonó. Se trataba del granjero Michael Dixon cuyo ganado, según explicaba, había sido destrozado por algún tipo de animal salvaje. Inmediatamente, Duncan telefoneó a Ayla para recogerla e ir juntos a la granja Dixon.
El espectáculo era dantesco, con casi una docena de vacas destrozadas, algunas aún agonizando lastimosamente. Michael Dixon no tenía mucho que decir: había vuelto de hacer unas compras en el pueblo y se había encontrado con esa situación.
Mientras Ayla permanecía sobrecogida ante ese terrible espectáculo, Duncan revisó la zona. El sheriff encontró un fuerte golpe en uno de los travesaños del cercado y algo de pelo de animal en él.
La doctora se retiró a su domicilio, mientras que el sheriff Duncan decidió pasar la noche patrullando la zona de las granjas en su vehículo.
En plena madrugada, Duncan recibiría la llamada telefónica de Richard McCray. Este vecino le avisaba de que se había activado el alarmado de intrusión en el pequeño pozo de petróleo de su propiedad, a las afueras de Malasierra.
El sheriff llegó al pozo casi a la vez que McCray. Pertrechados con linternas, Duncan empuñando también su revólver Colt Python, se internaron en el perímetro vallado cuya puerta parecía haber sido violentada por un tremendo golpe.
Con cautela, el sheriff se aproximó hacia un grupo de barriles del que, sin previo aviso, surgió un jaguar de tamaño descomunal. Duncan abrió fuego, llegando a acertar a una criatura que pareció no inmutarse. Además, la bestia lo apartó de un empellón, haciéndole rodar por el suelo a la vez que perdía el revólver.
En seguida, Duncan se dio cuenta de que el animal corría hacia la salida, en cuyo camino se interponía un aterrado McCray. Rápidamente, el sheriff recuperó su arma y volvió a disparar sobre el animal: la bala apenas pareció molestarle un poco.
En su carrera, el descomunal jaguar apartó a McCray de un violento zarpazo; esparciendo sus intestinos por el suelo de tierra. Cuando la doctora Bradford llegó allí, atendiendo la llamada de Duncan, McCray ya había muerto.
Duncan registró el perímetro del pozo, encontrando más ropa de mujer en ese lugar. Además, del cadáver de McCray, Ayla pudo extraer un fragmento de garra que había quedado incrustado en una de las costillas del desafortunado hombre.
Aquella mañana, mientras Duncan dormía en su casa, la doctora Bradford enviaba al laboratorio la ropa encontrada en el pozo petrolífero junto con el fragmento de garra. Además, vio que había recibido las pruebas de la ropa enviada el día anterior.
Una fugaz idea, totalmente descabellada, pasó por la mente de Duncan: pensó en una mujer-jaguar. Quizá recordaba alguna vieja leyenda mexicana que le contase su madre de niño.
Según le explicaron en el laboratorio, las muestras parecían estar contaminados, ya que en ellas se apreciaba ADN de una mujer combinado con el de un felino, probablemente algún tipo de jaguar mexicano. La idea de Duncan acerca de la mujer-jaguar ya no parecía tan descabellada.
Ayla pasó el resto de la mañana en el ambulatorio, atendiendo a los enfermos de Malasierra.
Cuando el sheriff despertó, comprobó en su oficina el resultado de las pruebas de balística: los casquillos encontrados en el espantapájaros de la granja de Brandon John concordaban con el M16 propiedad de Timothy Manning.
Ayla pasó por la oficina del sheriff, para acompañar a este a la casa de Manning. Cuando se disponían a salir, se vieron rodeados por una multitud.
Freddie Francis, un vecino del pueblo, parecía haber reunido a un grupo de vecinos descontentos y atemorizados. Freddie culpaba a los mexicanos de las muertes en Malasierra, indicando que, seguramente, hubiesen entrenado a algún tipo de perro de pelea para que atacase al ganado y a los vecinos.
Por suerte, Ayla era una persona influyente en el pueblo y bastante respetada, por lo que consiguió tranquilizar poco a poco a los vecinos y hacer que estos regresasen a sus casas. La mirada que Freddie Francis le dedicó a la doctora estaba cargada de odio.
Arreglado el problema, al menos provisionalmente, se dirigieron hacia la propiedad de Manning.
Encontraron a Manning en el porche, junto a su amigo Adam Morris. Ambos estaban bebiendo unas cervezas. Aunque Manning no se resistió al arresto, Adam estaba mucho más ebrio y atacó al sheriff. Duncan rodó por el suelo y acabó recibiendo una patada en las costillas, aunque la simple visión de su Colt desenfundado hizo que Adam se lo pensase bien y prefiriese escapar de allí a toda carrera.
Duncan llevó a Manning esposado en la parte de atrás del coche hasta su oficina, donde esperaría en una celda hasta que una patrulla de El Paso le recogiese para ponerle a disposición judicial.
Se acercaba la tarde y con ella llegaría la noche. Con varios vecinos hostiles en el escenario, Duncan pensó que sería buena idea reclutar como ayudantes a algunos mexicanos para patrullar el pueblo por la noche. De este modo, se dirigió al viejo cementerio de coches donde los inmigrantes habían establecido su campamento.
Todos los esfuerzos de Duncan por hacer que los mexicanos colaborasen fueron infructuosos. Un tal Jerónimo Cabal, que parecía ser el líder de los inmigrantes, incluso le advirtió de que dejase de patrullar por las noches, insinuándole que había demasiadas cosas que no comprendía.
Mientras el sheriff y Jerónimo hablaban, Ayla se percató de que una joven de aproximadamente dieciséis años se escabullía del lugar, visiblemente afectada por la presencia del sheriff. Sin pensárselo, decidió ir tras ella.
Encontró a la muchacha frente a una caravana, intentando ocultarse. Se llamaba Rosita, y sus características físicas podían encajar perfectamente con el tallaje de las ropas que habían encontrado en el llano estacado y en el pozo de petróleo.
Ayla intentó sin éxito convencerla para que les acompañase a comisaría a fin de contestar a algunas preguntas. La muchacha parecía aterrorizada. Así, la doctora optó por un hábil recurso: empleó una treta para que Rosita le sujetase un pañuelo, devolviéndoselo después.
Ahora tenía el ADN de la muchacha, quizá eso resolviese algunas dudas. Lo enviaría a analizar en cuanto regresasen al pueblo.
Aquella actitud tan poco colaborativa por parte de los mexicanos, hizo sospechar a los investigadores, que decidieron vigilar el asentamiento aquella misma noche, aparcando a una distancia prudencial del mismo.
Habían acertado: no tardaron en ver como varios de los hombres acompañaban a rosita al interior del cementerio de coches anexo al campamento. Unas horas más tarde, escucharon los gritos de aquellos hombres y, mientras Duncan se internaba en el campamento, Ayla pudo ver a un enorme jaguar huyendo de allí en dirección al llano estacado. Era una bestia descomunal, casi del tamaño de un caballo.
Rápidamente, Ayla telefoneó a Duncan para que regresase al vehículo y se dirigiesen a toda velocidad en pos del enorme animal. Sin embargo, pronto debieron detener su persecución, al menos momentáneamente: en el jardín de una de las viviendas por las que había cruzado el animal, encontraron a Armin Middleton acurrucado junto al ensangrentado cuerpo de su esposa Gianna.
Ya que la mujer aún vivía, Ayla decidió quedarse allí para atenderla mientras que el sheriff Duncan continuaba hacia el llano estacado. El hombre tenía la sospecha de que el jaguar podría dirigirse hacia las rocas.
Frustrado por no haber encontrado nada en las rocas, posteriormente Duncan condujo hacia la zona de los pozos de petróleo, donde tampoco encontraría nada. Fue entonces como una llamada telefónica de Ayla le heló la sangre: en ella solo pudo escuchar gritos y rugidos.
Ayla dirigió su mirada hacia el mismo lugar que apuntaba la de Armin Middleton, totalmente desencajado por el terror. Antes de ver siquiera al descomunal jaguar, ya había escuchado su ronco rugido. Olvidando por completo a Gianna, los dos corrieron hacia la entrada de la casa con la primaria intención de salvar la vida.
El jaguar saltó sobre la espalda de Armin, cusándole una terrible herida y proyectando su cuerpo hacia delante, el cual colisionó con Ayla, haciéndola perder el equilibrio. La doctora se golpeó la frente contra el marco de la puerta y cayó de bruces en el recibidor de la casa.
Como pudo, gateó alejándose de la puerta. Por un momento, Armin apareció arrastrándose bajo el humbral, pero cuando el hombre ya tenía toda la parte superior del cuerpo en el interior de la casa, algo tiró de él; haciéndole desaparecer mientras alargaba la mano hacia Ayla en forma de súplica.
Aquello fue demasiado para la doctora, que acabó desmayándose a causa del shock.
El sheriff llegaría unos minutos después, encontrando el cadáver de Gianna en la puerta y el cuerpo inconsciente de la doctora en el recibidor de la casa. No había ni rastro del bueno de Armin.
Tras ayudar a Ayla a incorporarse, se hicieron cargo del cadáver de la mujer y regresaron a sus casas con la intención de visitar el poblado de los inmigrantes al día siguiente.
A la mañana siguiente, ambos se personaron en el poblado de los mexicanos con la intención de llevarse a Rosita a comisaría para un interrogatorio. Sin embargo, Jerónimo no les dejó siquiera verla, emplazándoles a regresar con una citación judicial.
Contrariados, regresaron al pueblo donde, mientras Duncan intentaba tramitar la citación, Ayla recibía los resultados del laboratorio referentes a la ropa encontrada en el pozo de McCray y aquel fragmento de garra. Nuevamente, las pruebas arrojaban ese confuso resultado de ADN humano y animal en combinación.
A aquellas alturas, tanto la doctora como el sheriff ya ni siquiera dudaban de que aquella descabellada teoría de la mujer-jaguar fuese cierta.
Ayla investigó en la red acerca de las leyendas sobre hombres y mujeres jaguar. Al parecer, según estas historias, ese tipo de licantropía era una especie de bendición que los dioses aztecas otorgaban a individuos elegidos para que estos pudiesen proteger a sus comunidades.
Lamentablemente, no había mucho más allá de folclore y las noticias de algunos sucesos violentos al otro lado de la frontera que habían sido atribuidos a hombres-jaguar por algunos excéntricos religiosos.
Las respuestas estarían en el asentamiento.
Regresaron aquella misma tarde al poblado, con la citación judicial para tomar declaración a Rosita. Sin embargo, Jerónimo les indicó que Rosita no estaba. Al parecer, la muchacha había desaparecido la noche anterior y no había regresado aún.
Desconfiando de los mexicanos, Ayla y Duncan decidieron volver a vigilar el poblado aquella noche.
Recién caído el sol, unos veinte hombres del campamento subieron a cinco camionetas y partieron hacia el llano estacado. Duncan condujo en pos de ellos, pero quizá su afán de no perderlos pudo más que su prudencia, ya que los mexicanos descubrieron pronto que tenían un perseguidor.
Tres de los vehículos se detuvieron, cortando el paso al sheriff. Mientras uno de los hombres intentaba disuadir a Duncan de seguirles, otro se escurría sigilosamente en dirección a la parte trasera del vehículo policial. Aunque Ayla descubrió al mexicano, no pudo evitar que este rajara la rueda trasera del coche.
Duncan detuvo al sujeto, que no opuso resistencia alguna, pero no pudo evitar que los demás mexicanos continuasen su camino hacia el llano estacado.
Tras cambiar la rueda y dejar al vándalo en el calabozo, Ayla y Duncan condujeron de vuelta hacia el llano estacado, donde encontraron al convoy regresando hacia el campamento. Decidieron seguirles y, una vez en el asentamiento, tener unas palabras con Jerónimo.
Cuando llegaron allí, encontraron a los hombres comunicándole a Jerónimo que no habían logrado encontrar a Rosita.
El oficioso líder de los inmigrantes les imploró que dejasen a Rosita en paz, que era víctima de un mal que la hacía transformarse en bestia por las noches. Jerónimo insistió en que su comunidad podría controlarla y les guió hasta un contenedor donde había unas argollas soldadas al suelo y gruesos pedazos de soga. “Solo hay que cambiar cuerdas por cadenas”, les dijo.
Duncan se mostró firme en su intención de interrogar a la muchacha y comunicó a Jerónimo que regresaría al día siguiente a por ella, si es que para entonces la chica había regresado.
Tanto Ayla como Duncan despertaron casi al medio día, después de haber pasado toda la noche enfrascados en el caso. Para entonces, las pruebas del laboratorio referentes al pañuelo que Rosita había sostenido en sus manos dejaban claro que el ADN de rosita era el mismo que el existente en las ropas e incluso en el fragmento de garra.
Se disponían a dirigirse al campamento cuando fueron rodeados por una multitud enfurecida justo a las puertas de la oficina del sheriff. Entre los vecinos, se encontraban Timothy Manning y Evan Fletcher. Aquella gente culpaba a los mexicanos de haber adiestrado alguna especie de animal salvaje que les estaba matando uno a uno. Esta vez, los esfuerzos de la doctora y el sheriff no lograron calmar demasiado a la gente.
Condujeron hasta el poblado de los mexicanos, donde esta vez sí encontraron a Rosita. La muchacha había vuelto poco después del alba. A regañadientes, Jerónimo no tuvo más remedio que aceptar que Rosita fuese a comisaría, aunque insistió en acompañarla. Duncan no puso objeción alguna a este punto.
En el despacho de Duncan, aquella joven les habló de la maldición que la convertía en jaguar cada noche, de cómo perdía el control; aunque en los momentos iniciales y finales de su estado bestial, conservaba algunos retazos de consciencia humana. Sobrecogidos, Ayla y Duncan escucharon todo el relato, al menos hasta que este fue interrumpido por una inesperada visita.
A última hora de la tarde, Evan Fletcher y Timothy Manning se personaron en la oficina del sheriff mientras una multitud de vecinos furiosos se congregaban en torno al edificio. Con amenazas más o menos evidentes, exigieron que la muchacha (a la que ya sabían culpable, aunque no supieran para nada el cómo) fuese entregada a la ciudadanía para que esta aplicase su justicia.
Ante la negativa de Duncan a permitir un linchamiento, Evan Fletcher intentó apelar al sentido común de Ayla, quien apoyó con firmeza la decisión de su compañero. “He hecho lo que he podido” dijo Fletcher, despidiéndose.
El cielo había empezado a enrojecer anunciando el ocaso cuando Jerónimo recibió una aterradora llamada del campamento: había hombres armados a bordo de camionetas que estaban abriendo fuego contra los inmigrantes del asentamiento.
Maldiciendo, Duncan encomendó a Ayla la vigilancia de Rosita, a quien esposaron e introdujeron en una de las celdas. La muchacha aún lloraba desconsolada cuando Duncan y Jerónimo salieron por la puerta de la oficina.
Duncan condujo a toda prisa hasta llegar al asentamiento, donde llegaría justo al caer la noche.
Allí, pudo percatarse en seguida de que había una camioneta zigzagueando entre las autocaravanas de los inmigrantes. En la caja del vehículo, un hombre ataviado con la vestimenta del Ku Klux Klan abría fuego sobre los mexicanos que corrían despavoridos con un fusil de asalto M16.
Había varios cadáveres en el suelo y, los sonidos que llegaban desde el cementerio de coches, indicaban que al menos había otro vehículo más llevando a cabo la misma infame tarea.
Sin perder el tiempo, Duncan empuñó su escopeta Remington 1.100 mientras se parapetaba tras el coche patrulla y disparó sobre el hombre que iba en la caja, impactándole de lleno. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que debía llevar algún tipo de chaleco antibalas, ya que se mantuvo en pie.
A gritos, el hombre indicó al conductor la dirección en la cual se encontraba el sheriff y, en unos segundos, la camioneta se dirigía hacia allí. El hombre del Klan siparó su fusil, destrozando la luna del coche patrulla. Un fragmento de cristal produjo un pequeño corte en la mejilla de Duncan.
Mientras la camioneta se dirigía a toda velocidad hacia Duncan, este apuntó. Las balas de M16 repiqueteaban a su alrededor. El disparo de la Remington atravesó el parabrisas e hizo que el vehículo se descontrolase, estrellándose contra una autocaravana. El hombre que viajaba en la caja salió despedido, aterrizando a unos diez metros sobre su cuello, que crujió al hacerse pedazos.
El conductor, bastante maltrecho, salió de la camioneta empuñando un M16. Era evidente que también llevaba un chaleco antibalas, pero debía tener las costillas machacadas, porque un hilillo de sangre resbalaba por su boca.
Esta vez, Duncan falló el tiro, a lo que el miembro del Klan respondió con una larga ráfaga de su M16. Las balas percutieron sobre el coche patrulla e hirieron gravemente a Duncan en el estómago y un hombro.
Duncan, en un estado bastante precario, intentó apuntar de nuevo su escopeta hacia el hombre que se acercaba, pero este ya le tenía encañonado. Sonriendo, el hombre del Klan apretó el gatillo solo para descubrir que ya no le quedaba munición. La escopeta del sheriff le arrancó la cabeza de encima de los hombros.
…
Ayla escuchó el sonido de varios vehículos deteniéndose abruptamente en el exterior de la oficina del sheriff. Al asomarse, vio como cuatro hombres ataviados con ropajes del Ku Klux Klan se bajaban de dos camionetas, armados con fusiles de asalto.
En ese momento, Rosita comenzó a aullar de dolor. El rostro se le deformaba y sus articulaciones comenzaban a retorcerse entre horribles crujidos.
Con gran determinación, la mujer agarró el monitor de aquel ordenador que había sobre la mesa de Duncan y lo empleó para romper el cristal de aquella vitrina donde se guardaban cinco escopetas Remington. Municionando el arma, se dirigió hacia la ventana, desde donde abrió fuego contra aquellos hombres que se encaminaban a la puerta.
Las postas de la escopeta atravesaron la ventana, pero no encontraron a su blanco. Mientras retrocedían hacia los coches, los cuatro hombres abrieron fuego a ráfagas contra el edificio. Varias balas impactaron en el cuerpo de Ayla, hiriéndola en la cadera y una pierna. Eran heridas bastante feas: estaba perdiendo demasiada sangre.
Una rápida mirada hacia la celda de Rosita le permitió ver a un enorme monstruo antropoide, a medio camino entre un jaguar y un ser humano. La bestia emitía roncos rugidos.
Acurrucada en un rincón, desangrándose, usó su teléfono para llamar al sheriff Duncan.
…
Duncan recibió la llamada y escuchó las palabras de Ayla con preocupación. Durante un instante dudó si internarse en el asentamiento a acabar con el resto de hombres del Klan o regresar a la oficina para auxiliar a la doctora.
Optó por lo segundo.
…
Ayla se percató de que los hombres del Klan se separaban: dos se dirigían hacia la puerta y los otros dos desaparecían tras el edificio. En aquel momento no se le ocurrió una opción mejor: justo cuando el cerrojo de la puerta reventaba bajo los disparos de un M16, ella abrió la celda de Rosita.
El enorme jaguar se precipitó sobre los hombres del clan, que abrieron fuego con sus fusiles de asalto. Aunque las balas hirieron al monstruo, no evitaron que la criatura despedazase a ambos en un abrir y cerrar de ojos.
Después, la bestia se volvió hacia Ayla, quien la contemplaba aterrorizada. Ya no había nada de humano en ese monstruo.
Justo cuando parecía que el animal iba a arrojarse sobre la doctora, los otros dos hombres del Klan irrumpieron en la oficina por una de las ventanas laterales. Ambos parecieron quedar petrificados por un momento al contemplar a aquel enorme animal.
Ayla decidió entonces correr hacia la celda que dejó vacía Rosita, con la intención de encerrarse dentro. Por desgracia, justo a la vez, la bestia arrancó a correr para abalanzarse sobre los hombres del Klan. El enorme cuerpo del animal impactó con la doctora, arrojándola fuertemente contra los barrotes. El impacto fue brutal, dejando a Ayla tendida en el suelo, quizá con varias costillas rotas.
Cuando el sheriff Duncan entró en su oficina, encontró a Ayla tendida en el suelo y al enorme jaguar terminando de devorar a los hombres del Klan. La bestia había recibido numerosas heridas y sangraba abundantemente.
Duncan apuntó su Colt hacia el animal y disparó. La bala arrancó un enorme mechón de pelo, pero no hizo brotar la sangre. Al parecer, la piel de ese animal era bastante más dura de lo que pudiese parecer. Ahora, toda la atención del monstruo se había fijado en el sheriff.
Mientras el jaguar corría a toda velocidad hacia él, Duncan apuntó a la cabeza de la criatura. El segundo disparo rebotó en el cráneo del monstruo. Al parecer, el revólver no disponía de la suficiente potencia para atravesar su piel o sus huesos. Mientras el animal golpeaba el cuerpo del sheriff, arrojándolo al exterior del edificio de un empellón, Duncan lamentaba no haber apuntado a un ojo.
Duncan estaba en el suelo, indefenso, con ese enorme y sangrante jaguar a punto de saltar sobre él. La bestia estaba muy herida, jadeando mientras derramaba sangre a borbotones sobre el suelo. Pero, sin duda, tenía las energías necesarias para saltar sobre el sheriff y destrozarle.
Entonces, Ayla gateó hacia la escopeta que dejase caer cuando la habían herido. Con más corazón que método, disparó la Remington hacia la puerta.
Justo cuando el monstruo se preparaba para saltar sobre Duncan, una ensordecedora explosión le arrancó una de las patas delanteras. La bestia cayó de bruces con un quejido lastimero y comenzó a convulsionarse.
Poco a poco, aquel cuerpo bestial fue transformándose en el de una joven adolescente desnuda, con el cuerpo cosido a balazos y el antebrazo derecho arrancado. Boqueó apenas un par de veces antes de morir.
En silencio, Ayla y Duncan quedarían largo rato contemplando el cuerpo exánime de Rosita.
Las explicaciones que dieron al FBI al día siguiente o las consecuencias a las que debieron enfrentarse aquellos hombres del Ku Klux Klan que habían atacado el asentamiento de los inmigrantes, las desconozco.
Quizá podáis preguntárselas a la doctora Bradford o al sheriff Duncan, si alguna vez pasáis por Malasierra.

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