Draconis Tempora: Korvosa (T3), Huida del Viejo Korvosa (1/6)
La última vez que supimos de la paladina humana Kaylee, el guerrero minotauro Jarnarak y el elfo dorado Anduil, versado tanto en el acero como en la magia, habían regresado a la superficie con las notas del Doctor Davaulus, que permitirían a los médicos y curanderos de toda la ciudad fabricar una vacuna contra el Velo de Sangre.
Oficialmente, una vez erradicada
la epidemia, la Reina Ileosa declaró que el Doctor Davaulus no había sido sino
un traidor aliado con la secta de Loviatar. Alguien que había traicionado su
confianza, actuando a sus espaldas contra Korvosa y sus gentes.
Casi a continuación, la presencia
de las Doncellas Grises se había hecho mucho más evidente en la calle,
disolviendo los grupos de personas que parecían conversar… entrando en las
tabernas para que se hiciese rápidamente el silencio.
De todos modos, ni Ileosa ni sus
Doncellas Grises pudieron evitar que la gente comenzase a murmurar acerca de la
implicación de la Reina en la expansión del Velo de Sangre.
Tal fue así, que el mismo
comandante Marcus, de la Compañía del Sable, había intentado matar a la Reina
Ileosa durante un discurso que esta dio en la plaza frente al Castillo.
La Reina se personó en aquel
lugar acompañada del propio comandante, su guardaespaldas Sabina Merrin,
Cressida Kroft y Togomor, el nuevo senescal del castillo. Para la ocasión, la
reina llevaba puesta una extraña corona cuyas púas parecían enormes colmillos.
Ante la sorpresa de todo el
mundo, el comandante Marcus había empuñado su arco y disparado una flecha
contra la Reina, atravesando su frente. Todos los presentes contemplaron con
auténtico terror como Ileosa, en lugar de caer, había extraído la flecha de su
cabeza para caminar después con paso decidido hacia Marcus.
Ileosa había alzado al comandante
del suelo, agarrándole con una sola mano del cuello y le había arrojado
violentamente a un lado justo antes de que el mago Togomor tomase a la reina de
la mano y la teleportase de vuelta al castillo.
Los hombres de Marcus se habían
apresurado a llevarse a su comandante, tras entablar un breve combate con unas
Doncellas Grises a las que la situación había pillado con la guardia baja.
Nadie sabía si Marcus seguía vivo o no, parecía habérsele tragado la tierra.
Aún así, Ileosa había puesto un buen precio a su cabeza.
Dos días después de aquel intento
de magnicidio por parte del comandante Marcus, con cada miembro del grupo ya
dedicado a sus asuntos y en sus respectivas viviendas, la paladina Kaylee
recibió una misiva en su casa.
La carta, con el lacre de la
mariscal Cressida Kroft, rezaba lo siguiente:
“Necesito veros a todos. AHORA”
Kaylee pasó enseguida a buscar a
sus compañeros, el minotauro Jarnarak y el guerrero-mago elfo Anduil. Todos
coincidieron en que probablemente la llamada de la mariscal Kroft tendría que
ver con el atentado sobre Ileosa. A nadie le apetecía que les pusieran tras la
cabeza del comandante Marcus.
Se encaminaron de inmediato hacia
la Ciudadela Volshyenek, cruzando las casi desiertas calles de Korvosa. La
gente no salía demasiado de casa en los últimos tiempos, sobre todo desde que
las Doncellas Grises se habían hecho tan presentes en las calles. Incluso el
Acadamae permanecía cerrado desde el intento de magnicidio.
Se rumoreaba que las Doncellas
Grises habían entrado por la fuerza en las casas de varios ciudadanos, los
cuales habían emitido abiertamente opiniones en contra de la Reina. El destino
de esos ciudadanos era desconocido para sus vecinos.
Mientras tanto, aún con la
epidemia remitiendo, el Viejo Korvosa seguía en cuarentena, con escuadras de
Doncellas Grises apostadas a lo largo del canal y patrullando el Jeggare en
barcazas para evitar que nadie saliese de la isla de Endrin, donde estaba
erigido el barrio.
Lo primero que les chocó al
llegar a la Ciudadela Volshyenek fue la poca cantidad de soldados de la guardia
que allí encontraron. Al parecer, la Reina había continuado con su proceso de
desmantelamiento de las fuerzas locales a la par que aumentaba el número de sus
Doncellas Grises.
Encontraron a la mariscal
Cressida Kroft dando algunas instrucciones a esos pocos hombres. La mujer tenía
un aspecto terriblemente cansado, con la tez pálida y marcadas ojeras fruto de
la falta de descanso.
Cressida les llevó a una sala
privada donde les confesó que era consciente de que la Reina estaba implicada
en el proceso que estaba llevando a la ciudad a la muerte, pero que poco podía
hacer ella, ya que sus recursos habían sido desviados a las Doncellas grises y,
además, no gozaba de otros apoyos.
Después, les habló de Vencarlo,
el audaz maestro de esgrima. Por lo visto, a pesar de la cuarentena, Vencarlo
había seguido mandando informes a Cressida desde el Viejo Korvosa. En los
últimos, parecía divagar sobre algo acerca de magia oscura y el pacto con una
entidad infernal. Le contaba a la mariscal Kroft que había descubierto algo de
importancia vital respecto a la Reina.
Pero, abruptamente, había perdido
el contacto con Vencarlo. A Cressida Kroft le preocupaban los rumores acerca de
turbas y bandas de malhechores tomando los barrios del Viejo Korvosa; por lo
que la seguridad de Vencarlo la preocupaba sobremanera.
La mariscal les rogó que buscaran
a Vencarlo y averiguasen qué era lo que sabía acerca de la Reina Ileosa.
También les habló sobre la
aparición de alguien que se hacía llamar “El Emperador del Viejo Korvosa”,
aunque no podía determinar la identidad de ese individuo. Pero la mariscal
pensaba que quizá ese “Emperador” pudiese saber qué había sido de Vencarlo si
no estuviese en su casa o en la academia de esgrima.
A Cressida le interesaba
igualmente qué había sido del senescal Kalepopolis, quien llegado el momento,
pudiera constituir una forma legal de arrebatar parte de su poder a la Reina,
aunque no se la pudiese apartar del trono.
Tras debatir un rato, el grupo
pensó en recuperar sus alojamientos en “La Jarra de Jeggare” como base de
operaciones. Faltaban algunas horas hasta la noche, el momento que les parecía
más óptimo para intentar burlar el bloqueo que las Doncellas Grises mantenían
sobre el Viejo Korvosa.
De camino hacia aquella posada de
dudosa reputación, el grupo se encontró con Grau, aquel soldado borracho al que
una vez ayudaron y su familia, también la pequeña a la que ayudaron en los
primeros días del Velo de Sangre. Junto a la familia se hallaba un enano de las
colinas que vestía una armadura con los sagrados símbolos de Tyr.
Al parecer, la familia se
marchaba de Korvosa, puesto que la ciudad ya se había vuelto demasiado
peligrosa para ellos. El enano, un tal Thrainan, era un amigo que había ido a
despedirles.
Thrainan había oído hablar mucho
acerca del grupo, y estaba realmente impresionado con sus hazañas. Cuando
Kaylee le habló de la misión que pensaban acometer, el sacerdote enano ni
siquiera lo dudó un momento: el grupo contaba con un nuevo miembro.
La noche cayó con el grupo ya
alojado en sus antiguas dependencias de “La Jarra de Jeggare”, faltaban apenas
un par de horas para que se pusieran en acción y el grupo preparaba su equipo.
Sin embargo, la acción iba a
empezar mucho antes de lo que ellos esperaban.
Dos de las ventanas estallaron en
una lluvia de cristales y astillas, justo al tiempo en que la puerta se abría
de par en par, con la cerradura reventada. Antes de que se diesen cuenta,
tenían a seis luchadores rodeándoles, todos ataviados con una extraña
vestimenta roja y máscaras de aspecto insectoide.
Fue un combate feroz, en el que
tanto Anduil como Thrainan acabaron con heridas serias que obligaron a que el
sacerdote tuviese que echar mano de sus poderes curativos.
Aquellos tipos eran asesinos
profesionales, miembros del culto de La Mantis Roja; según les explicó
Jarnarak. Alguien había puesto un buen precio por la cabeza de los miembros del
grupo, así que era posible que la situación se hubiese puesto un poco más
difícil a aquellas horas.
Sin perder más tiempo, se
pusieron en camino. Decidieron dejar allí los cadáveres… después de todo, la
“Jarra de Jeggare” ya no era un lugar seguro para ellos. Tendrían que buscar
otra base de operaciones cuando regresasen de la misión encomendada por la
mariscal.
No les costó demasiado robar un
pequeño esquife y acceder al Viejo Korvosa por el extremo más alejado del Canal
de Santa Alika.
Cuando desembarcaron, encontraron
una zona en estado ruinoso, donde muchos edificios habían ardido o sido
destruidos, seguramente por las turbas y bandas de saqueadores. Enormes ratas
corrían entre los escombros e incluso encontraron algún cadáver desvalijado
entre los cascotes.
Unas calles más allá encontraron
a unos niños cantando “¡Sin cabeza, sin cabeza, así os veréis, muñecas nuevas
en el cementerio del Emperador! Corta, corta, corta, el cuchillo alto te llama,
esperando el día en que caiga Korvosa”.
Interrumpieron a los muchachos
para preguntarles acerca de Vencarlo y su academia de esgrima. Los niños
conocían a Vencarlo, aunque no sabían nada de su paradero. Eso sí, les dijeron
que la academia de esgrima había ardido hasta los cimientos unos días atrás.
Cuando Kaylee les preguntó por el
“Emperador del Viejo Korvosa”, los niños les contaron que el Emperador del
Viejo Korvosa dirigía Muelle Viejo desde su palacio en la calle de la Seda.
Allí había tomado el control de varias viviendas, y raramente abandonaba el
lugar. También les contaron que turbas de sus fanáticos rastreaban las calles
de Muelle Viejo, buscando más reclutas para la causa. Quienes se resistían, eran
capturados y nadie volvía a saber de ellos.
Tras despedirse de los niños, el
grupo continuó su avance, con la casa de Vencarlo como destino. Vieron a muchos
ciudadanos en un estado miserable, indefensos y abandonados entre toda aquella
inmundicia.
Preguntaron a algunos de ellos,
quienes les hablaron de la Turba de Pilts, que controlaba el barrio en nombre
del Emperador. Según les dijeron, el Emperador veía el Viejo Korvosa como su
escenario. Obligaba a algunos de sus prisioneros a tomar parte en juegos violentos
y mortíferos o bien en macabras interpretaciones, enfrentándoles contra sus
mascotas y seguidores más feroces. A otros se limitaba a decapitarles con su
juguete favorito, una extravagante guillotina llamada el “Cuchillo Alto”.
No tardaron, sin embargo, en
saber de la Turba de Pilts. Cuatro hombres mal encarados les rodearon en mitad
de la calle, empuñando espadas que habían visto tiempos mejores. Aquellos
hombres les pidieron que entregasen las armas y les acompañasen.
Ante la negativa del grupo, atacaron
sin mediar más palabra.
El grupo no había acabado de dar
muerte a aquellos hombres cuando, otros cuatro miembros de la turba aparecieron
de una calle aledaña. Los compañeros blandieron ferozmente el acero y desataron
su magia, tanto para curar las heridas recibidas como para llevar la muerte a
sus enemigos.
Otros cuatro contrincantes más
aparecieron en escena. Aquellos no eran matones de barrio, sino hombres
adiestrados en combate: probablemente, en otro tiempo, hubiesen sido soldados o
quizá guardias de la ciudad.
Finalmente, tras un combate duro
y extenuante, los compañeros lograron terminar con todos sus enemigos. Por
desgracia, el empeño había consumido todos sus recursos curativos y la cosa no
andaba demasiado bien: Jarnarak y Anduil se encontraban bastante heridos,
mientras que Thrainan estaba en un estado crítico.
Así las cosas, decidieron avanzar
algunas calles más y derribar la puerta de una casa aparentemente abandonada
para pasar allí lo que quedaba de noche. En el estado en el que se encontraban,
cualquier oposición bien pertrechada podía haber acabado por mandarles a la
tumba.
Fuera de la casa, pudieron
escuchar el griterío de personas buscándoles; probablemente más hombres de la
Turba de Pilts. Por suerte para ellos, esos individuos no eran lo bastante
diligentes o, quizá, simplemente no estaban acostumbrados a esas labores.
El grupo se relajó al escuchar
cómo la turba se alejaba.
El amanecer traería un nuevo día
y nuevos planes, pero ahora era momento de descansar.
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