DT8: Dragones de Krynn - En busca de los dragones (5/9)

Apenas un día después de su encuentro con Linsilee y sus guerreras kagonesti, el grupo formado por el sacerdote humano Estrellanegra, la guerrera elfa Iryl, la exploradora humana Shalindra y el guerrero-mago elfo Grendalas llegó a una zona donde los escuálidos pastos dejaban paso a un terreno lodoso y repleto de vegetación.

El zumbido de los innumerables insectos se dejaba escuchar por todas partes, al tiempo que podían verse pequeños reptiles correteando por aquí y por allá. El aire era tremendamente húmedo, dando lujar a una atmósfera asfixiante que hacía el viaje muy poco agradable.

En aquel lodazal, podían encontrarse sin embargo algunas zonas secas e incluso algún pequeño arroyo de aguas cristalinas en el que llenar los odres. El grupo usó una de aquellas zonas para acampar por la tarde, con la intención de pasar la noche y continuar al día siguiente.


La noche pasó sin incidencias y los compañeros se pusieron en camino a la mañana siguiente. Poco después de haber iniciado la marcha, el sonido de unos ladridos llamó su atención. Con precaución, decidieron acercarse al lugar del que provenían dichos ladridos.

Encontraron a media docena de perros salvajes peleando por el cadáver de algún tipo de criatura. A fin de que pudiesen examinar el cuerpo, Shalindra se ayudó de sus conocimientos para interactuar con animales para lograr que los canes abandonaran el lugar, reconociéndola como a un alpha ante el que debían retirarse.

Para sorpresa de los compañeros, el cadáver animal pertenecía a un caballo. Lo alarmante es que, a parte de estar parcialmente devorado, tanto la carne como los huesos que quedaban parecían estar en un estado gelatinoso, como si el cuerpo hubiese sido bañado en algún tipo de ácido.

Shalindra hizo saber a sus compañeros que aquello tenía toda la pinta de ser obra de un dragón negro, uno joven, en vista de la cantidad de ácido. Convendría que estuviesen atentos en adelante. Además, se dio cuenta de que el caballo estaba herrado, por lo que sin duda no era un animal salvaje.

Continuaron la marcha extremado la precaución, ninguno de ellos quería dárselas de bruces con un dragón negro si podían evitarlo.

Poco después, dos grandes plataformas de madera en equilibrio sobre altos y gruesos pilares se hicieron visibles en la distancia. Parecían algún tipo de torres de observación. A los compañeros les pareció ver una silueta moviéndose sobre la plataforma, así que decidieron acercarse.

Tras una buena caminata, llegaron a un cristalino lago de casi cien metros de diámetro. Un largo puente de madera llevaba hasta la isla situada en el centro del mismo. Dicha isla se hallaba rodeada por una empalizada de unos tres metros de alto. Las torres de vigilancia que habían visto los compañeros se hallaban el las esquinas noroeste y sureste de la empalizada, con dos hombres armados con arcos en cada una de ellas. El sonido de balidos de cabra y relincho de caballos escapaba desde el interior de la empalizada.

Cuando el grupo cruzó el puente hasta las puertas de la empalizada, un musculoso hombre de unos cuarenta años salió a recibirles, escoltado por dos hombres más. No había oído hablar de nadie llamado Tarligor, ni Khardra... pero pareció interesarse cuando los compañeros le hablaron sobre los dragones enfermos o desaparecidos y aquello de que un mal anidaba en los Pantanos Umbríos. Además, admitió que los restos derretidos del animal encontrado por el grupo podían ser de uno de sus caballos.

Enseguida, Dil Kwintter, que así se llamaba el dueño de aquella granja, les pidió que le acompañasen a su casa para hablar en privado. La casa era una edificación en madera, ubicada casi en el centro de aquella granja rodeada por la empalizada.

Una vez a solas en la vivienda, Dil les contaría que había estado recibiendo amenazas de una mujer llamada Artha. Aquella “gorda apestosa” había atacado la granja un par de semanas atrás, llegando a entrar en la vivienda y llevándose casi dos mil monedas que Dil había obtenido con la venta de unos caballos el día anterior. A partir de entonces, la tal Artha había reaparecido cada pocos días para exigir más y más dinero.

Ante la negativa de Dil, la tal Artha había intentado asustarle enviando a una bandada de ojos con alas. Aquello puso en alerta a los compañeros, recordándoles el ataque que habían sufrido por parte de los ojos-ala cuando se hallaban junto al cubil del dragón Escamalunar.

Pero aquello iría a más.

Según Dil, poco después Artha llegaría a las puertas de la granja con un dragón negro. Aún era joven, pero el reptil se bastó para derretir parte de la empalizada con su aliento de ácido y para tomar entre sus garras a uno de sus caballos y alejarse con él.

Hacía dos días, Artha le había dado un ultimátum a Dil Kwintter: debía entregarle cincuenta mil monedas o destruiría la granja. El plazo, según Dil, expiraba con el próximo amanecer. El granjero, entre lamentos, dijo que no tenía esa cantidad ni modo alguno de conseguirla. Desesperado, le pidió a los compañeros que le ayudasen a defender su propiedad.

Dil no deseaba abandonar su granja y, debido a los animales salvajes, no podía soltar al ganado para alejarlo de allí. Obviamente, no tenía demasiadas esperanzas de poder defender el rancho solo, aunque confiaba en que lo lograría con ayuda de los aventureros ya que los ojos-ala apenas eran media docena y el dragón no era demasiado grande. Además, la tal Artha nunca solía personarse durante los ataques, enviando a sus monstruosos lacayos.

Los compañeros aceptaron auxiliar a Dil en aquel trance, así que el entusiasmado granjero les presentó a sus hombres. Tres de ellos eran fibrosos y parecían saber defenderse bastante bien, el cuarto era un enano de las colinas llamado Jasper Botanegra algo entrado en años pero que tenía aspecto de saber emplear su hacha de guerra.

A la puesta de sol, Dil y sus hombres llevaron el ganado a los establos y dieron de comer a los animales. Después de eso, cenaron junto a los compañeros en el interior de la vivienda. Mientras tomaban pan de maíz, asado de cabra y té caliente, conversaron con sus anfitriones.

Jasper les aseguró que, pese que había oído rumores acerca de que los dragones plateados estaban enfermos y los broncíneos habían desaparecido, los dragones malignos parecían gozar de una excelente salud. Aquella noticia, según el enano, solo podía traerle problemas a Krynn.

Interrogado por la existencia de algún terrible mal en los Pantanos Umbríos, Jasper mencionó una antigua leyenda sobre un misterioso lugar en las profundidades de aquellos pantanos donde árboles vivientes custodiaban la cuna de un terrible mal. No conocía más detalles, ya que se trataba de algo que murmuraba su difunta abuela de cuando en cuando.

Los compañeros pasarían la noche en los barracones de la granja, junto a los hombres de Dil Kwintter. Fue una noche tranquila que permitió al grupo descansar en una cama, algo que era de agradecer.

A primera hora de la mañana, Dil distribuyó arcos y lanzas a sus hombres para que estuviesen preparados. El propio granjero y dos de sus hombres se colocaron en una de las torretas, mientras que Jasper y los otros dos se posicionaron en la plataforma opuesta.

Más o menos al medio día, la figura de una mujer obesa y de aspecto demacrado cruzó por el puente de madera que unía la orilla con la isla hasta detenerse en la mitad del mismo. Inmediatamente, Dil les advirtió a los compañeros de que se trataba de una ilusión proyectada por la tal Artha, algo habitual en ella.

Con voz desapasionada, la mujer exigió el dinero a Dil, obteniendo solo el silencio por respuesta. En ese momento, todos pudieron contemplar como de la espesura de la orilla surgía una bandada de seis ojos-ala, todos portando antorchas que sujetaban enroscándolas en sus colas. Parecía evidente que las criaturas pretendía incendiar la granha.

Antes de que nadie pudiese alzar su arco para abatir a aquellos monstruos, las aguas del lago explotaron dejando surgir las aterradoras figuras de, no uno, sino dos dragones negros. Si bien se trataba de ejemplares jóvenes, aquello era una complicación mucho mayor de lo que nadie esperaba. De hecho, los compañeros pudieron escuchar los lamentos gritados por algunos de los hombres de Dil Kwintter.

Los ojos-ala dejaron caer sus antorchas sobre los edificios, incendiando varios de ellos. Los animales entraron inmediatamente en pánico, saliendo en estampida de sus establos mientras intentaban huir del fuego. Al tiempo, cada dragón se posaba junto a una de las torretas de vigilancia para vomitar su ácido contra el pilar, haciendo que la estructura se tambalease.

Jasper Botanegra y los dos hombres que compartían plataforma con él hicieron llover flechas cobre el dragón que atacaba su estructura al tiempo que Estrellanegra le golpeaba con pura energía del Bien e Iryl empleaba su arco ígneo con gran pericia contra el reptil. El enfurecido dragón contraatacaría vomitando un nuevo chorro de ácido sobre la plataforma, convirtiendo al enano y a sus dos hombres en una pulpa sanguinolenta.

En la otra plataforma, el dragón gemelo había trepado el pilar para descargar su aliento corrosivo sobre Dil y sus hombres mientras era hostigado tanto por las flechas de Shalindra como por los rayos eléctricos que le arrojaba Grendalas. Si bien los dos hombres que compartían la plataforma con Dil Kwintter fueron arrasados por el ácido draconil, el dueño de la granja consiguió guarecerse, recibiendo solo alguna herida menor.

Mientras, los ojos-ala caían en picado sobre los aterrorizados animales que corrían por toda la granja en su desesperado intento por escapar de las llamas que devoraban las edificaciones.

El dragón que había arrasado la plataforma donde se encontraban Jasper, el enano, y sus hombres, se volvió contra Estrellanegra e Iryl. Ambos castigaron al reptil a base de flechas y magia. Aunque una de las garras del dragón negro hirió de cierta gravedad al sacerdote, finalmente el dragón consideró que ya había recibido demasiado daño aquel día y se alejó volando.

Grendalas y Shalindra treparon a la otra plataforma en auxilio de Dil Kwintter, que acababa de recibir un poderoso zarpazo por parte del dragón que aún quedaba en combate. Grendalas hendió su acero en la grupa del reptil, que se revolvió rápidamente hacia el guerrero-mago y la exploradora para vomitar su ácido.

La magia de Grendalas logró ponerle a salvo pero, lamentablemente, Shalindra no tuvo la misma suerte. El aliento corrosivo del dragón derritió el cuerpo de la humana, que murió entre horribles gritos de dolor. Enfurecido, el elfo lanzó una andanada de frío sobre el rostro del reptil que, tras rugir con furia, se batió en retirada agitando sus membranosas alas.

Tras la huída de los dragones, las flechas de Iryl y Dil Kwintter, en combinación de las aptitudes mágicas tanto de Estrellanegra como de Grendalas bastaron para barrer a los ojos-ala del cielo sobre la granja Kwintter.

Tras la batalla, todos lloraron amargamente la muerte de Shalindra. Especialmente Estrellanegra, quien lamentó no disponer de los componentes adecuados en aquel lugar con los que, sin duda, hubiese podido llevar a cabo la resurrección de su compañera caída.

Aquel anochecer, incineraron los restos de Shalindra junto con los de los otros cuatro hombres caídos sobre sendas balsas que flotaba en el cristalino lago. Un pesar indescriptible atenazaba el corazón de los compañeros. Aquella noche, apenas se habló durante la cena, tampoco hubo celebración alguna por la victoria.

A la mañana siguiente, Dil Kwintter les dio las gracias a todos por su ayuda, así como el pésame por la muerte de la exploradora. Igualmente, les dijo que si lo deseaban, tendrían caballos a su disposición para cuando regresasen de los Pantanos Umbríos: no era buena idea llevárselos ahora, ya que los pantanos en esa zona eran demasiado profundos para las monturas.

Tras despedirse de Dil, los tres compañeros se internaron en los pantanos hacia lo que se conocía como los Pantanos Umbríos.

No tardaron en toparse con una zona totalmente anegada por negruzcas aguas estancadas. Una densa bruma lo llenaba todo, dando la impresión de que siempre se estaba en un eterno atardecer. Los insectos zumbaban con mucho más brío que en la parte somera de los pantanos y los reptiles parecían más grandes y amenazadores.

Con exasperante lentitud, los compañeros comenzaron a vadear aquella zona inundada, con la pestilente agua llegándoles a la cintura. En mitad de aquel ambiente opresivo, pudieron sin embargo maravillarse con el descubrimiento de un centenar de sapos amarillos tomando el sol sobre los troncos de unos árboles caídos, así como con una bandada de grullas negras que observaba impasible al grupo.

Poco después de un pequeño percance con unas arenas movedizas que casi se tragan a Estrellanegra, los compañeros se toparon sorprendentemente con un cartel en aquellos lugares. El tablón, toscamente pintado con los dedos, rezaba la leyenda “Albergue de Culeman, siga de frente”.

Incrédulos, los compañeros continuaron en la dirección que indicaban los carteles para terminar encontrando un edificio de madera erigido sobre gruesos pilares que lo elevaban por encima del nivel de las turbias aguas. En el porche, varias tortugas parecían tomar el poco sol que penetraba a través de la bruma.

Se acercaban al edificio cuando, de pronto, se vieron rodeados por cuatro enormes cocodrilos. Justo en ese momento, una risa aguda llegó desde la puerta. “No temáis, solo muerden a los tacaños y a los ladrones” dijo una mujer de unos cuarenta años que salía por la puerta del albergue. Tenía el sucio pelo de color rubio y le faltaba un diente.

Pero vosotros no sois tacaños ni ladrones... ¿O sí?

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