Blades In The Dark - Oblivio Idoli (2/9)

Tras haber aceptado el encargo del Círculo de la Llama para hacerse con el Oblivio Idoli, un artefacto capaz de manipular la memoria colectiva de Doskvol, la banda de los Gatos Grises se disponía a dirigirse al distrito de Charterhall. Allí esperaban obtener información de un antiguo compañero de estudios de Jack llamado Philander Isaiah, el cual ahora trabajaba en el Archivo de los Ecos.

Charterhall era el lugar donde, en los días anteriores al cataclismo, se había levantado la primera gran construcción de Doskvol. La antigua muralla, sobre la cual se había construido la primera barrera de rayos del Imperio, aún permanecía rodeando aquel distrito; aunque en estado ruinoso.

En Charterhall se encontraban los tribunales, las oficinas municipales, los archivos de registros y los bancos de la ciudad. Las viviendas de los funcionarios de Doskvol, así como las de los estudiantes universitarios también se encontraban allí, del mismo modo que las de los capitanes de la industria imperial, que preferían vivir cerca de sus fortunas.

Luther, Florence, Jack, Salomón y Wajeeha se movieron por aquellas calles en las que los empleados del gobierno caminaban a paso vivo con sus carpetas a reventar de papeles oficiales. Pesados carruajes traqueteaban sobre el empedrado, escoltados por guardias privados que garantizaban la seguridad de algún banquero.

Philander Isaiah residía en un imponente edificio de piedra adornado con trabajadas columnas y motivos escultóricos clásicos. No les costó mucho detectar al vigilante que permanecía apostado en una pequeña recepción a la entrada del edificio. Normalmente, hubiese sido Jack el encargado de distraer al vigilante con su cháchara mientras el resto del grupo se colaba en el edificio, pero dada su relación con Philander, Luther necesitaba que fuese otro el encargado de aquella misión.

Así, tras haberse desabrochado convenientemente algunos botones de la blusa, Florence se introdujo en el portal del edificio para dirigirse a la recepción. Allí, con aire coqueto, intentó hacerse pasar por una profesora de la Universidad de Charterhall que buscaba un apartamento donde mudarse y se había interesado en aquel edificio.

Obviamente, ni el lenguaje de Florence ni su aspecto correspondían a lo que el vigilante, acostumbrado a tratar con la gente culta de Charterhall, esperaba de una profesora universitaria. El hombretón agarró bruscamente a la mujer de un brazo y comenzó a arrastrarla de malos modos hasta la calle con la intención de echarla del edificio mientras amenazaba con llamar a los Casacas Azules.

Negando con la cabeza, mientras maldecía entre murmullos, Luther le hizo una seña a Salomón.

Sin perder un momento, el antiguo soldado se acercó al portal dando grandes zancadas. Justo a la vez que el vigilante del edificio arrojaba a Florence a la calle, Salomón le agarraba de la pechera con intención de introducirle en el portal para allí poder reducirle. Sin embargo, inesperadamente, el vigilante respondió propinando un potente puñetazo en el mentón de Salomón; que retrocedió tambaleándose.

Con un rugido de furia, Salomón se abrazó a la cintura del hombre y, alzándolo en volandas, se introdujo con él en el portal. El vigilante, seguramente un ex-soldado al igual que Salomón, propinó un fuerte codazo en el rostro de su oponente; que empezó a sangrar abundantemente por la nariz. Sin embargo, finalmente, Salomón logró noquear al vigilante con un par de fuertes puñetazos.

Sin perder el tiempo, Luther, Florence, Jack y Wajeeha se colaron en el edificio. Mientras Wajeeha atendía la nariz rota de Salomón, Luther y Florence se afanaban en amordazar al vigilante en un pequeño cuarto de escobas existente tras la recepción. Jack se había negado a tocar al vigilante por miedo a que la sangre de su rostro le manchase el traje.

Subieron al cuarto piso, donde se encontraba el apartamento de Philander Isaiah. Tras echar un vistazo por el desierto pasillo para cerciorarse de que no había ojos indiscretos, Florence se acercó a la cerradura del apartamento. Abrir aquella cerradura no le costó apenas tiempo ni esfuerzo, de modo que el grupo se coló silenciosamente en la vivienda.

Philander Isaiah, que se encontraba cocinando en ropa interior, casi se muere del susto cuando aquellas cinco personas irrumpieron en su cocina. Rápidamente, se armó con un cuchillo de cocina para arrojarse sobre Salomón, que se acercaba a grandes zancadas con aquel rostro ensangrentado de nariz destrozada.

Si bien el ex-soldado logró reducir a Philander, no pudo evitar llevarse un buen corte en el brazo. Entre maldiciones y exabruptos, Salomón llevó a Philander en volandas hasta el salón de su casa, donde le sentó bruscamente en uno de los sillones.

Mientras, una vez más, Wajeeha atendía el corte en el brazo de Salomón, esta vez fue Jack quien se acercó a su compañero de estudios. Intentó parecer lo más encantador e inofensivo posible, lo cual no era fácil ante aquel hombre aterrado por la presencia de cinco siniestros intrusos en su casa.

Al cabo de un rato, la labia de Jack consiguió que Philander se tranquilizase al menos lo suficiente como para que mantuviesen la conversación por la que habían ido hasta allí.

Philander no sabía mucho más que ellos acerca del robo: conocía la naturaleza del Oblivio Idoli y sabía que había sido robado de una de las cámaras del tesoro del Consejo Municipal, un lugar de alta seguridad. Lord Penderyn, su jefe, estaba muy preocupado pero no parecía compartir demasiada información con el propio Philander.

No obstante, la alguacil encargado del caso había ido a visitar a Lord Penderyn en más de una ocasión para ver las instalaciones. Según les dijo Philander, se trataba de la inspectora Thena Mitcher, una iruviana de piel ambarina y cabello oscuro que hablaba con un lenguaje culto que quizá denotase algún tipo de pasado académico.

Tras despedirse con cordialidad de Philander, sugiriendo que no era necesario que se informase a los Casacas Azules de aquel pequeño allanamiento de morada y rogándole a la vez porque intercediese con el vigilante de la entrada para que tampoco revolviese el asunto, los compañeros se marcharon del apartamento. De todos modos, Luther no tenía muy claro que aquel tipo no fuese a avisar a la guardia urbana, pero eran gajes del oficio.

En esta conversación, susurrada, se encontraban los compañeros cuando, al llegar al hall de entrada del edificio, se toparon con una situación realmente inesperada. Cinco personas de aspecto y vestimenta severosí se encontraban allí. La puerta del cuarto de escobas estaba abierta, dejando ver el cadáver degollado del vigilante junto al que uno de aquellos tipos limpiaba despreocupadamente su ensangrentado cuchillo curvo.

Cualquiera en Doskvol sabía quienes eran aquellas personas: Los Clavos Plateados. Una compañía de mercenarios severosí que había combatido en la Guerra de la Unidad. Famosos asesinos de fantasmas, se sabía que solían andar en buenos términos con miembros del ejército imperial.

La única mujer les señaló con el índice al tiempo que susurraba una orden en severosí. Los compañeros no la entendieron, pero el hecho de que los cuatro tipos comenzasen a correr hacia ellos empuñando sus largos cuchillos curvos no presagiaba nada bueno.

Luther, que marchaba a la cabeza de los compañeros, intentó retroceder a toda carrera para situarse en retaguardia, pero uno de los cuchillos severosí silbó en el aire para clavarse en su hombro, haciendo que cayese de rodillas sobre los escalones. Casi al tiempo, Florence recibía un corte en el abdomen por parte de otro Clavo Plateado, aunque contraatacó ferozmente pateando el rostro de su atacante y haciéndole caer por las escaleras.

Jack, que había desenfundado su bastón espada, se interpuso entre Luther y su atacante, logrando hacer retroceder al mismo. Sin embargo, aquel severosí era tan hábil como tozudo y, un momento más tarde, era el propio Jack quien retrocedía a trompicones y acababa llevándose un buen tajo en el muslo.

Tras apartar a Florence de un empellón, Salomón se arrojó sobre uno de aquellos hombres empuñando su daga. La hoja del ex-soldado se enterró tres o cuatro veces en el torso de su enemigo mientras ambos caían rodando por las escaleras. Al llegar abajo, Salomón se puso trabajosamente en pie mientras comprobaba, dolorido, que se había roto una costilla. No estaba siendo un buen día para el antiguo soldado imperial.

Rápidamente, Wajeeha extrajo una de las bombas de chispa que había fabricado de su zurrón, aunque no le dio tiempo a mucho más. Mientras hurgaba en la bolsa en busca del encendedor, otro de los Clavos llegó hasta ella y le propinó un corte en el antebrazo, haciendo que la pequeña esfera metálica cayera de su mano y rodase escaleras abajo.

Luther logró incorporarse por fin y, tras gatear un trecho de escaleras hacia arriba, se giró para extender la mano hacia el severosí que se batía con Jack en las escaleras. Justo al tiempo en que el Clavo asestaba una puñalada en el brazo de su compañero, el resorte oculto en la manga de Luther proyectaba la pequeña pistola hasta la palma de su mano. La detonación resonó en todo el hall del edificio antes de que el pequeño proyectil de plomo destrozase la cabeza del severosí.

Wajeeha se desplomó en el suelo cuando su atacante la apuñaló en el abdomen, aunque tuvo la suerte de que Salomón llegase enseguida a su rescate; agarrando desde atrás al Clavo para degollarle con su daga. La sangre llovió sobre la alquimista tycherosí.

La mujer que lideraba a aquel grupo de Clavos Plateados les dedicó una mirada furibunda. Sin embargo, a pesar de que aquella mirada prometía violencia, era consciente de su situación de inferioridad, con lo que echó a correr para cruzar la puerta del edificio y salir a la calle.

Los compañeros se miraron entre sí para descubrir un panorama desolador: si bien Luther y Florence no estaban demasiado mal, Jack, Salomón y Wajeeha se encontraban en un estado bastante precario.

Mientras que el magnífico traje de Jack estaba empapado por la sangre que manaba de sus heridas en el brazo y el muslo, Salomón apretaba los dientes por aquella costilla rota que junto con el corte del brazo que le infligiese Philander y su nariz rota hacían milagroso el hecho de que aún no se hubiese desmayado. Por su parte, Wajeeha se retorcía por el dolor de la cuchillada que había recibido en el abdomen, tanto que el corte de su brazo casi se le había olvidado.

Salieron a la calle, intentando sin mucho éxito ocultar la sangre en sus ropas y siendo conscientes de que el disparo de Luther habría hecho que algún vecino avisase a los Casacas Azules. Con el vigilante del edificio y cuatro cadáveres severosí esparcidos por el hall, iban a tener que dar demasiadas explicaciones si les cogían.

Renqueaban a paso vivo, tambaleándose mientras arrancaban gritos de espanto de las bocas de aquellos transeúntes que contemplaban sus ropas ensangrentadas, cuando el silbato de la guardia urbana resonó en la calle. Dieron gracias de encontrarse en Charterhall, lo que hacía que aquellos cabrones no hubiesen disparado una andanada con sus fusiles por miedo a herir a algún funcionario importante que transitase la calle. En lugar de eso, los Casacas Azules desenvainaron sus sables y corrieron tras los compañeros.

Torcían por una de las calles cuando uno de los guardias agarró a Wajeeha de los cabellos, haciéndola caer al suelo. El Casaca Azul propinó una fuerte patada en el rostro de la mujer, saltándole varios dientes, y solo la llegada de Salomón, arrojando al hombre al suelo con una fuerte patada en el pecho, impidió que la alquimista fuese ensartada por el sable del guardia.

Los compañeros corrieron hacia Seis Torres, logrando milagrosamente dar esquinazo a los Casacas Azules que les perseguían. Sin embargo, eran totalmente conscientes de que aquellos guardias se habían acercado lo suficiente como para verles con claridad, además de intuir hacia donde se dirigían. A partir de ahora, iban a tener que ir con mucho cuidado porque los Casacas Azules iban a poner patas arriba Seis Torres para encontrar a los malnacidos que habían llevado a cabo aquella carnicería en el prestigioso distrito de Charterhall.

Se dejaron caer desordenadamente sobre sus respectivos sillones en el viejo vagón de tren. Wajeeha estaba inconsciente y había tenido que ser transportada en brazos por Salomón las dos últimas manzanas. El estado del grupo era crítico: todos tenían heridas sangrantes que corrían peligro de infectarse y, especialmente, la tycherosí tenía el aspecto de poder dejar el mundo de los vivos de un momento a otro.

A pesar de saber que los Casacas Azules estarían ya registrando Seis Torres, Luther comenzó a asearse como pudo apenas hubo descansado una media hora. Tras colocarse una chaqueta nueva y rezar porque la sangre de su hombro no la empapase demasiado pronto, se dispuso a salir en busca de un sanador; ignorando las protestas de Florence y Jack.

En menos de una hora, Luther regresó con Wester; un matasanos de Seis Torres que cobraba mucho pero preguntaba poco. Metódicamente, el sanador fue atendiendo a los heridos. Suturó las heridas sangrantes de todos, vendó el torso de Salomón tras recolocarle un poco la costilla fracturada y empleó un extraño artilugio para hacer una transfusión de sangre desde el ex-soldado a Wajeeha.

Con los miembros del grupo a salvo de morir por desangramiento o a causa de una infección, Wester se despidió de Luther tras cobrar sus generosos honorarios.

Luther decidió que los Gatos Grises debían permanecer escondidos un par de días en el vagón, donde esperaba que estuviesen a salvo de los registros efectuados por los Casacas Azules. Después de todo, habían muerto un vigilante privado y cuatro criminales en aquel portal de Charterhall; nada que justificase un gran despliegue policial.

Sin embargo, le preocupaba más el hecho de que Philander Isaiah le hablase a alguien de que habían estado preguntando por el Oblivio Idoli. Habían decidido dejarle con vida por las complicaciones implícitas que podían derivarse de asesinar a un funcionario de Doskvol pero, si hubiesen sabido lo que iba a desencadenarse cuando bajasen al portal, habría ordenado a Salomón que le partiese el cuello a ese infeliz.

Así, durante dos días enteros, tuvieron que permanecer en el vagón, doloridos y alerta; mientras una maltrecha Wajeeha atendía las heridas de todos y escuchaban a Jack quejarse interminablemente sobre el hecho de que era inhumano dejarle en ese estado: con la ropa rota, manchada y sin poder darse un baño perfumado como las personas civilizadas.

Luther, bastante circunspecto todo ese tiempo, era consciente de que pronto deberían volver a ponerse en movimiento. Después de todo, tenían cuentas que saldar con el Círculo de la Llama.

Les iba la vida en ello.

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