Blades In The Dark - Oblivio Idoli (3/9)
Después de dos días malviviendo en el vagón abandonado que servía las veces de guarida a los Gatos Grises, los compañeros se atrevieron a salir de su escondrijo. Aún sufrían secuelas de las heridas recibidas durante su violento encuentro con los Clavos Plateados, pero todos se encontraban más o menos en condiciones de ponerse de nuevo en movimiento.
Sin embargo, pronto la frustración se adueñó del grupo, ya que pudieron comprobar que los Casacas Azules mantenían vigilancia de incógnito sobre las viviendas particulares de todos ellos. De ese modo, no les quedó más remedio que regresar al vagón y convertirlo en su residencia común, al menos de momento.
Por suerte para todos, ya que así dejaron de escuchar sus lamentos, Jack se había acercado a una de las sastrerías de Brightstone para hacerse con un nuevo (y carísimo) traje.
Ya reunidos, Luther les indicó que el siguiente paso de los Gatos Grises pasaba por descubrir qué sabía exactamente la alguacil Thena Mitcher acerca del robo. Quizá los Casacas Azules les aligeraran un poco el trabajo a los Gatos Grises, por una maldita vez.
Luther concertó una reunión con Laroze, su contacto en los Casacas Azules. El hombre, visiblemente nervioso, le dijo al líder de los Gatos Grises que su encontronazo con los Clavos Plateados en Charterhall había levantado mucho revuelo De hecho, Lady Drake había sido la encargada de llevar el caso para tranquilizar a los funcionarios que residían en aquel distrito. Aquella astuta magistrada solía ser bastante flexible con la delincuencia callejera siempre que esta se limitase a los barrios más deprimidos de Doskvol: no había sido el caso.
Aunque Laroze había doblado su precio habitual, aprovechándose de las circunstancias, finalmente Luther había logrado regresar al vagón abandonado con la dirección de Thena Mitcher. Según le había contado el Casaca Azul, las autoridades habían incrementado la presencia de guardia urbana en Charterhall debido al incidente entre los Gatos Grises y los Clavos Plateados, incluso le había hablado de caballería imperial en Clerk Street.
Aunque, por suerte, la residencia de Thena Mitcher no se hallaba cerca de aquella avenida principal llena de edificios gubernamentales rodeados por vallas de hierro forjado; el mero incremento de la seguridad en el distrito ya era de por sí preocupante. Así, Luther sacó de un cajón los viejos planos que poseía del subsuelo de Doskvol para examinarlos en busca de una ruta alternativa que les llevase lo más cerca de Lane Street, donde residía la alguacil Mitcher en una de las casas-cuartel de los Casacas Azules.
Mientras Luther examinaba aquellos documentos con ayuda de Florence, en el fondo del vagón Wajeeha manipulaba una vieja pistola de chispa, ya inservible, que había adquirido en un viejo bazar de Pata de Cuervo. La alquimista trataba de acoplar un pequeño garfio con una bobina de cable de acero al arma.
A media tarde, los compañeros salieron del vagón al atardecer para caminar hasta un callejón cercano donde Salomón levantaría la pesada tapa metálica para que todos pudiesen acceder a las cloacas. Ya abajo, con las aguas fecales por las rodillas, para lamento de Jack, comenzaron su periplo. Salomón marchaba en cabeza, con un farol de ojo en una mano y su trabuco de chispa a la espalda: no quería sorpresas como la de la última vez y había salido con la artillería pesada.
Luther caminaba tras el ex-soldado, con el mapa desplegado mientras indicaba el camino correcto. Wajeeha y Jack caminaban detrás, el dandy cargando con una mochila en la que llevaba sus ropas decentes ya que, para el periplo por las aguas fecales, había optado por vestir las ensangrentadas ropas que arruinó en la reyerta con los Clavos. Florence cerraba la comitiva, vigilando la retaguardia del grupo con las aparatosas gafas de visión nocturna de carga electroplasmática que en su día le fabricase Wajeeha.
Los Gatos Grises salieron de las cloacas en un estrecho callejón relativamente cercano a Lane Street, donde daban a parar las puertas traseras de algunos pequeños cafés del distrito. Inicialmente, la idea había sido colar subrepticiamente a Florence en la casa de la alguacil mientras esta dormía y la vigilancia exterior de la casa-cuartel era más relajada. Una vez dentro, la ratera se encargaría de revisar los documentos relativos a la desaparición del Oblivio Idoli que Thena Mitcher tuviese en su despacho.
Por desgracia, los planos de Luther no habían resultado estar tan actualizados como hubiese sido deseable, lo que les llevó a dar muchos y largos rodeos hasta llegar a su destino. Faltaban apenas un par de horas para amanecer, por lo que el tiempo apremiaba y eso solo significaba más complicaciones.
El plan pasaba porque Jack distrajese lo suficiente a la pareja de Casacas Azules que custodiaban las puertas enrejadas del vallado perimetral de la casa-cuartel el tiempo suficiente como para que los demás se colasen en los jardines. Al amparo de la vegetación, la pistola-garfio de Wajeeha debía ayudar a Florence a escalar la fachada hasta la cuarta planta, donde forzaría la cerradura de la ventana para introducirse en la vivienda. Salomón subiría después por la cuerda, por si Florence tenía problemas, mientras Luther y Wajeeha aguardaban abajo en el jardín por si se hacía necesario reaccionar a alguna evetualidad.
El plan se puso en marcha, el tiempo jugaba contra ellos.
Ya embutido en su elegante (y limpio) traje, Jack se aproximó a los Casacas Azules de la puerta. Con su gran labia y exquisitos modales, el dandy interpretó magistralmente el papel de ciudadano preocupado: había oído que peligrosas bandas criminales amenazaban la seguridad en Charterhall y exigía garantías de aquellos miembros de la guardia urbana.
Mientras los Casacas, hastiados, trataban de quitarse a aquel pelmazo de encima, el resto de los Gatos Grises pudieron aprovechar la distracción para colarse sin muchos problemas en los jardines. Por desgracia, los guardias despacharon más bien pronto a Jack, que no pudo alargar su interpretación a fin de no levantar sospechas. Lamentablemente, sus compañeros iban a tener que ingeniárselas para salir por otro lado si no querían toparse con aquellos guardias.
Luther, preocupado por esto, le daba vueltas a la cabeza mientras cruzaban los jardines a toda prisa; moviéndose sigilosamente entre los setos. No tardaron en llegar a la fachada, donde Florence apuntó la estrambótica pistola-garfio de Wajeeha hacia una de las chimeneas del tejado: el cable siseó mientras el garfio ascendía una vez disparado para, con un tintineo metálico, enroscarse en torno a la chimenea.
Florence trepó con agilidad hasta el alfeizar del cuarto piso para comenzar rápidamente a manipular la cerradura de la ventana con sus ganzúas. Aunque la tosca cerradura cedió sin mucho problema, la mujer había ejercido demasiada presión en uno de sus movimientos, haciendo que uno de los cristales de la ventana crujiese mientras una ancha grieta lo surcaba de lado a lado. Apretando los dientes en una mueca de disgusto, la ratera aguardó por si algún ruido en el interior de la vivienda la indicaba que su intrusión había sido detectada.
A la vez que Florence se escurría en el interior de la vivienda de la alguacil, Salomón comenzaba a trepar por el cable de acero. Era una ascensión lenta pero eficaz, a base de fuerza en contraposición con la ágil escalada de su compañera. Entonces, quedó claro que los cálculos de Wajeeha en cuanto a la resistencia del cable habían servido para el liviano peso de Florence, no tanto para el musculoso y enorme cuerpo del ex-soldado.
Todo empezó a torcerse en aquel momento.
El cable se partió cuando Salomón se encontraba a la altura del segundo piso. Viéndose arrojado al vacío, el hombretón no pudo sino emitir un alarido de pánico mientras caía, por fortuna, sobre uno de los esponjosos setos que rodeaban la fachada. Sin embargo, todos eran conscientes de que su grito habría llamado la atención tanto de los Casacas Azules de la puerta, como de quien estuviera dentro de la casa-cuartel: es decir, al menos una veintena de miembros de la guardia urbana que dormían hasta que, en un par de horas, tuvieran que marchar a iniciar su servicio.
Visto el panorama, Florence decidió apresurarse a encontrar la información que buscaba. Después de todo, ya les habían descubierto y no tenía la intención de que todo el peligro que estaban corriendo fuese en vano. Por suerte para ella, el despacho de la alguacil se encontraba en la primera habitación de la casa con la que se encontró.
Rápidamente, la mujer espachurró todos los documentos desperdigados sobre la mesa en el interior de un maletín de cuero que también se encontraba sobre el escritorio. Florence sonreía triunfante hasta que detectó una sombra por el rabillo del ojo: una mujer en ropa interior, probablemente la alguacil Thena Mitcher, se aproximaba por su espalda blandiendo un sable.
Cuando los Casacas Azules de la puerta llegaron a la zona de jardines con sus sables desenvainados, las mechas de dos bombas de chispa ya siseaban: una en la mano de Luther y otra en la de Wajeeha. Por su parte, Salomón ya se había rehecho de su caída y apuntaba su trabuco hacia los guardias. El arma del ex-soldado detonó, haciendo que una lluvia de postas destrozase el pecho de uno de los guardias. El segundo Casaca gritó aterrorizado justo antes de que la esfera metálica que Wajeeha lanzó rodando a sus pies explotase arrancándole las piernas.
Una puerta lateral del edificio se abrió bruscamente, dejando salir entonces a varios guardias a medio vestir que empuñaban sus sables con cierta torpeza mientras, a todas luces, intentaban sacudirse el sueño de encima. La bomba de chispa de Luther golpeó el rostro del que iba en cabeza, haciendo crujir su nariz antes de caer justo a los pies del desdichado y detonar. Llovieron trozos de Casacas Azules en el jardín.
Estaban en un buen lío.
Arriba, en el despacho, la alguacil Thena Mitcher hacía retroceder a Florence a golpe de sable mientras esta trataba de protegerse torpemente con el maletín de documentos. Un tajo en el muslo hizo caer de rodillas a la ratera para satisfacción de su atacante. Cuando la alguacil alzó su hoja para rematar el trabajo, Florence se arrojó sobre ella con un rugido de furia y la alzó en volandas de la cintura para estrellarla contra la pared. Thena Mitcher se golpeó con fuerza la cabeza, quedando inconsciente.
Florence tomó el sable del suelo, sopesándolo por unos momentos antes de desecharlo. No era ducha en el manejo de armas y lo más probable es que acabase por cortarse alguna parte del cuerpo si trataba de usar esa hoja. Miró rápidamente alrededor: sabía que con la pierna herida, y el cable de la pistola-garfio roto, no podría destrepar la fachada; así que salió de la vivienda al descansillo y comenzó una renqueante carrera escaleras abajo.
Las escaleras estaban llenas de humo y hedía a carne socarrada. Desde abajo le llegaban lamentos agonizantes y sollozos. Cuando se encontraba a la altura del primero piso, pudo averiguar lo que ocurría, aunque a punto estuvo de vomitar. En el hall de la planta baja podía ver los cuerpos de ¿cuatro? Casacas Azules. Uno de ellos carecía de cuerpo desde el pecho hacia abajo, al segundo le desaparecía bajo la cintura, el tercero estaba mutilado de rodillas para abajo y al último le faltaba un pie.
Florence no dudó ni por un momento que aquel era el efecto de una de las bombas de chispa de Wajeeha.
La ratera se preparaba para saltar sobre aquellos cuerpos y ganar la puerta de salida a los jardines cuando, de súbito, una aterradora aparición irrumpió en el hall con sus pesados pasos.
Se trataba de un extraño y pesado armazón metálico con forma humanoide, de unos dos metros de altura. Los centenares de engranajes matraqueaban haciendo mover sus articulaciones al tiempo que pequeños chorros de vapor surgían aquí y allá. Se trataba de un cascarón: una de aquellas extrañas formas de tecnología arcana que utilizaban un espíritu capturado para animar un armazón de tecnología de chispa. Sin duda aquella casa-cuartel de Charterhall recibía los suficientes fondos como para poder costearse aquel recurso de seguridad.
El cascarón apuntó hacia ella un antebrazo que no acababa en una mano, sino en una especie de cañón con cinco orificios de cada uno de los cuales asomaba la punta de un virote metálico. Un potente siseo acompañado de una nube de vapor lanzó uno de los proyectiles contra el hombro de Florence, haciéndola caer de espaldas sobre la escalera con un aullido de dolor.
En ese momento, una esfera metálica rodó por el suelo, explotando a los pies del cascarón y arrancándole de cuajo una de sus piernas mecánicas. Luther, que había arrojado la bomba, se hizo rápidamente a un lado para que Wajeeha pudiese entrar en la estancia y arrojar su propia bomba. Sin embargo, con una rapidez vertiginosa, el engendro mecánico apuntó su brazo hacia la alquimista para dispararle uno de sus virotes en el pecho.
Salomón, que se encontraba tras Wajeeha, alejó de una patada la bomba que había rodado a sus pies y saltando sobre el cuerpo desplomado de su compañera, entró en la estancia a la vez que el explosivo detonaba en el jardín. Justo cuando el cascarón apuntaba su brazo armado hacia él, Salomón disparó su trabuco de chispas contra la cabeza del engendro, haciendo saltar sus piezas por todo el hall.
Luther ayudaba a caminar a Florence, que mantenía a duras penas la consciencia debido a la abundante pérdida de sangre. Salomón, por su parte, llevaba en brazos a la inconsciente Wajeeha. Cuando salieron a los jardines, pudieron ver una gruesa columna de humo alzándose en el exterior, probablemente al otro lado de la calle: Jack había incendiado un café cercano para crear una distracción.
Cuando salieron por la puerta enrejada del perímetro de la casa-cuartel, encontraron allí a dandy, cuyo semblante palideció nada más ver el estado de sus dos compañeras. No tuvo tiempo de preguntar nada, ya que desde el interior de los jardines llegaba media docena de Casacas Azules empuñando fusiles de chispa.
Corrieron hacia el callejón por el que habían llegado al distrito lo más rápido que pudieron. Salomón le entregó el cuerpo inconsciente de Wajeeha a Jack para poder emplear su trabuco a fin de repeler el fuego enemigo. Florence casi tuvo que arrastrarse hasta la alcantarilla, ya que Luther dejó de sostenerla para emplear también su pequeña pistola para devolver el fuego contra los Casacas Azules.
Finalmente, lograron escurrirse por la alcantarilla, no sin que antes Jack recibiese dos impactos de bala: uno en la espalda y otro en la cadera. Tan maltrechos como desesperados, los Gatos Grises se arrastraron por las aguas fecales con los chapoteantes pasos de los Casacas Azules tras de sí. Por suerte para los compañeros, los inexactos mapas de Luther superaron con creces a la desorientación de sus perseguidores; consiguiendo que su agónica fuga tuviese éxito tras varias horas de una angustiosa persecución durante la cual Wajeeha recuperó la consciencia para que la perdiese Florence, a punto de morir desangrada.
El grupo salió de las cloacas casi a media tarde. Los compañeros, que estaban exhaustos y sucios, renquearon hasta el vagón abandonado que les servía de guarida. El precio que les cobró Wester esta vez fue desorbitado: el sanador sabía que los Cascacas Azules buscaban un grupo de delincuentes que acababa de asaltar una de sus casas-cuartel en Charterhall... un grupo cuya descripción concordaba peligrosamente con la de los Gatos Grises. Ayudar a la banda en aquel momento era peligroso, Wester se jugaba la pena de muerte, así que Luther pagó sin rechistar.
Mientras el matasanos extraía la balas del cuerpo de Jack, los virotes del hombro de Florence y el pecho de Wajeeha y suturaba las heridas de todos, Luther comenzó a examinar con detenimiento los documentos del maletín que habían conseguido en la vivienda de la alguacil Thena Mitchel.
Tras un par de horas, el doctor Wester se marchó, una vez hubo realizado una transfusión de sangre desde el brazo de Salomón al de Florence. El matasanos le advirtió al ex-soldado que había donado demasiada sangre en pocos días y que no sería prudente que aquello se repitiera al menos en dos o tres semanas.
Aquella noche, mientras todos dormían, Luther continuó estudiando los informes de Thena Mitchel a la luz de una lámpara de aceite. Los informes de la alguacil reflejaban las declaraciones de varios testigos que afirmaban haber visto a sujetos en actitud sospechosa, excesivamente vigilante, en las calles aledañas al edificio de las cámaras del tesoro del Consejo Municipal. Los testigos hablaban de sujetos de piel cobriza y cabello oscuro: isleños de las Daga.
Los puños de Luther golpearon la mesa. La más que probable participación de isleños en el robo del Oblivio Idoli en combinación con el ineperado ataque sufrido por su banda a manos de los Clavos Plateados solo indicaba una dirección: La Colmena, un gremio de comerciantes dedicado en secreto al contrabando y cuyo símbolo era una abeja dorada.
Sin duda, los Clavos Plateados habían sido contratados por La Colmena para neutralizar a cualquier banda que tratase de investigar el paradero del Oblivio Idoli para hacerse con él. No sería de extrañar que el Círculo de la Llama tuviese a alguno de sus miembros trabajando para La Colmena y hubiese dado el nombre de los Gatos Grises.
La Colmena no tenía un cuartel general, lo que dificultaba la tarea de encontrar dónde ocultaban el Oblivio Idoli. Sin embargo, Luther sabía que aquella organización poseía muchas tiendas, tabernas, almacenes y otros establecimientos en toda la ciudad. Solo se trataba de encontrar a alguien lo suficientemente importante en La Colmena como para conocer el lugar donde la organización tenía el artefacto.
Por suerte, Luther sabía a quién recurrir para conseguir esa información. Había una banda en Doskvol que odiaba tanto a La Colmena que no sentiría la tentación de informarles de las indagaciones de los Gatos Grises ni por toda la plata de la ciudad: Los Espectros.
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