DT9: Los Reinos (T3) - La sombra de los derrotados (5/11)

Cinco largos meses habían transcurrido desde que los compañeros se reencontrasen de nuevo en Aguaprofunda para descubrir que el Culto del Dragón había regresado, más peligroso que nunca. Desde entonces, habían asestado algunos golpes a la maligna organización, aunque ninguno tan duro como el último: desarticular el suministro de prisioneros que habrían de servirle al Culto como sacrificios humanos en el ritual de advenimiento de la diosa-dragón Tiamat.

Después de haber capturado al esclavista Temmi Dharimm, liberando a los prisioneros destinados a servir como sacrificio humano a la gloria de Tiamat, Cinthork y Zenit se permitieron el lujo de descansar por una noche en un lugar seguro y acogedor: el Castillo de Aguaprofunda. Pero la tranquilidad del aventurero nunca dura demasiado, y los compañeros eran conscientes de que, junto a Thorvald, Quinnorin y Voros, habrían de ponerse pronto en movimiento de nuevo.



Aquella misma mañana, poco después del alba, Zenit empleó su magia para teleportarse hasta Luskan junto con Thorvald; concretamente a la entrada de la sede de la Hermandad Arcana. El mago elfo empleó la mañana para sumergirse en el laboratorio de la orden y hacerse con unos cuantos pergaminos que ampliaran su arsenal mágico.

Mientras tanto, Cinthork, el paladín minotauro de Tyr, disfrutaba con tranquilidad del magnífico desayuno que le sirvieron en uno de los comedores para invitados del Castillo de Aguaprofunda. Poco después de aquel banquete vespertino, el guerrero sagrado se toparía con Remallia Haventree y Khelben Aursún hablando en uno de los pasillos del castillo.

Tras despedirse cortésmente del archimago, la arpista se acercó a Cinthork, a quien saludó calurosamente. La elfa plateada resaltó la importancia del último logro del minotauro y sus compañeros, pues estos habían salvado a muchas almas de un destino peor que la propia muerte.

Del mismo modo, Remallia le hizo saber que los Zhentarim habían abandonado la alianza aquella misma mañana. Al parecer, Rian Nightshade había señalado que la organización consideraba que no estaban siendo tratados como iguales en la alianza.

Cinthork se preocupó, ya que sabía que, a pesar de lo indeseable de esta organización, los Zhentarim eran un valioso aliado contra el Culto del Dragón. Igualmente, lamentaba que quizá la negativa de él y sus compañeros a entregar a Temmi Dharimm a los Zhentarim hubiese propiciado el abandono de la alianza por parte de estos.

Remallia intentó tranquilizarle, señalando que la retirada de los Zhentarim seguramente se debiera a que esta organización se encontraba inmersa en una pugna interna por el poder entre la facción que adoraba al dios Cyric y los creyentes del antiguo y caído dios Bane.

Con amargura, la elfa plateada meditó sobre lo caprichoso del destino, que les hacía enfrentar a nuevos peligros que ya se creían casi extintos: el Culto del Dragón, la secta del dios Moander... y ahora también Bane.

Parece que nos amenaza la sombra de los derrotados” -Dijo Remallia, casi para sí misma.

Tras despedirse de la arpista, Cinthork empleó el resto de la mañana en pasear relajadamente por los jardines del Castillo de Aguaprofunda. Mientras tanto, Zenit y Thorvald permanecieron en Luskan, donde adquirieron una pequeña y modesta vivienda por un precio más que razonable que habría de servir como refugio eventual al grupo.

Había pasado el mediodía cuando Zenit se teletransportó con Thorvald de vuelta a Aguaprofunda. Allí, tras reunirse con Cinthork, ambos decidieron que su siguiente paso pasaría por viajar a Mithrill Hall para advertir al rey Bruennor de que el ataque del Culto sobre los territorios enanos tenía como objetivo la mina de Thurburn, lo que habían averiguado de labios del esclavista Temmi Dharimm. Tal y como esperaban, tanto el explorador Quinnorin Alamofuerte como el sacerdote de Helm, Voros Caim, insistieron en acompañarles.

Así, los cuatro compañeros fueron teleportados por Zenit hasta las inmediaciones de Mithrill Hall. Una vez allí, no tuvieron demasiados problemas para ser conducidos ante la presencia del rey Bruennor, quien les agradeció la información.

Según les dijo el soberano de los enanos, la mina de Thurburn era uno de los yacimientos más importantes de diamantes que dependían de Mithrill Hall. Tanto temían Bruennor que el Culto fuese a por el Mithrill, que ni siquiera habían pensado en sus otras minas. Hábilmente, Cinthork señaló que la necesidad del Culto en lo referente al ritual pasaba antes por las joyas que por el apreciado metal de los enanos.

Cuando Bruennor señaló que mandaría un pequeño destacamento a la mina, los compañeros insistieron en sumarse al contingente. Según dijo Bruennor, la mina debería ser fácilmente defendible, ya que solo contaba con un angosto acceso principal y otro, aún más estrecho, secundario; el cual podría incluso derrumbarse si era necesario.

Así, los compañeros se pusieron en camino junto a una fuerza de veinticinco enanos fuertemente pertrechados para la batalla. A lomos de asnos, viajaron casi un par de horas por peligrosos desfiladeros a través de La Espina del Mundo. Casi llegando a su destino, desde un saliente, pudieron contemplar sobrecogidos la imponente fortaleza netherese flotando en el horizonte: parecía como si alguien hubiese cortado la cumbre de una montaña y la hubiese puesto boca abajo para, sobre el plano de corte, haber erigido un castillo que, aunque antaño formidable, ahora se encontraba en un estado cercano a la ruina.

Y había dragones, dos ejemplares jóvenes. Montados por sendos jinetes, un dragón blanco y otro rojo sobrevolaban la fortaleza netherese.

Apretando los dientes y, conscientes del duro combate que sin duda se avecinaba, el grupo continuó su camino hasta las minas de Thurburn.

Apenas hubieron llegado al lugar, se pusieron manos a la obra. Mientras Zenit empleaba sus poderes para crear una enorme ilusión que camuflaba la entrada a las minas, Cinthork organizaba a las tropas enanas. Los compañeros, en consenso con el oficial de los enanos, decidieron que los mineros y sus familias se ocultasen en lo más profundo de la mina. De igual modo, Zenit ocultó con otra de sus ilusiones la cámara donde se depositaban los diamantes extraídos después de que los enanos sellasen el acceso con un derrumbe controlado.

Por último, tras valorar el potencial enemigo, los compañeros decidieron que Zenit enviase un mensaje mental al rey Bruennor solicitando más refuerzos. Sin dudarlo, el soberano accedió a enviar más tropas, las cuales llegarían en mitad de la noche.

Pasadas unas horas, tal y como había prometido Bruennor, cincuenta enanos más aparecieron a las puertas de Thurburn pertrechados con sus armas y armaduras. Curiosamente, debido al hechizo ilusorio de Zenit, los soldados de Mithrill Hall no eran capaces de encontrar la entrada aún sabiendo que debería estar allí.

Finalmente, para terminar con aquella rocambolesca situación, Cinthork salió de la protección de la ilusión (para sobresalto de los enanos) y les indicó el lugar de entrada a las minas.

Y así, entre los relevos de la guardia, transcurriría el resto de la noche.

Sería por la mañana, a la luz del alba, cuando Zenit se percatara de que la fortaleza flotante no parecía cercarse a Thurburn con la intención de desembarcar tropas desde las alturas: llevaba un indudable rumbo de colisión con la montaña donde se encontraba la mina. Según le advirtió el oficial de los enanos, la horadada montaña no resistiría, derrumbando las minas sobre los que se hallaban en el interior.

Los compañeros se vieron obligados a pensar rápidamente: no les quedaba otra opción que intentar el asalto de la fortaleza voladora para intentar detenerla. Así, decidieron que Zenit teleportase a un pequeño grupo conformado por el propio mago, Cinthork, Thorvald, Quinnorin y Voros. Una vez en la fortaleza, Zenit dibujaría un círculo de teletransporte que permitiría a las tropas enanas tomar el castillo flotante.

Mientras Zenit se encargaba de dibujar el círculo de teleportación de la mina que posteriormente habría de enlazar con el de la fortaleza, Cinthork organizaba a los soldados enanos. Finalmente, diez de ellos se encargarían de intentar evacuar a los mineros y sus familias de la mina por si el plan fracasaba; mientras que los otros cuarenta cruzarían el círculo mágico para unirse al asalto.

Con todo listo, Zenit oteó en la distancia para elegir un punto idóneo al que teletransportar al grupo de entre los que podía ver desde la montaña. Finalmente eligió una de las cuatro torres del castillo, la única sobre la cual el Culto había montado una enorme balista que parecía ser operada por dos soldados.

Con un parpadeo de hechicería, Cinthork, Thorvald, Quinnorin y Voros acompañaron al mago elfo hasta aquella lejana torre ubicada en la fortaleza voladora netherese que avanzaba rápidamente hacia Thurburn en rumbo de colisión.

La súbita aparición de los compañeros tomó a los dos soldados del Culto, alas de dragón, totalmente por sorpresa. Mientras Cinthork agarraba a uno de ellos e intentaba, sin éxito, arrojarle desde lo alto de la torre y Thorvald se batía con el otro, Zenit comenzaba rápidamente a dibujar en el suelo un círculo de teletransporte que habría de enlazar con aquel existente en la entrada de la mina.

Quizá había algún tipo de alarma mágica en la torre o quizá los ruidos del combate se extendieron porque, mientras el grupo trataba de doblegar a los dos alas de dragón que se defendían con inusitada ferocidad en la torre, trece personas salieron de una especie de templo situado en una explanada en la parte delantera del castillo, la cual era perfectamente visible desde aquella torre.

Finalizado el círculo de teleportación, los enanos comenzaron a materializarse en aquella torre, Rápidamente, los soldados de Mithrill Hall recibieron instrucciones de desplegarse y tomar la fortaleza. Thorvald, Quinnorin y Voros partieron al mando de los enanos, aunque dos de los robustos guerreros permanecieron en la torre con el fin de hacerse cargo de la balista una vez los alas de dragón fueran eliminados.

A la vez, zenit convocaba una especie de enorme araña de patas delgadas y alargadas con cabeza de perro descarnado que levitaba a un par de palmos del suelo, un rasto, el cual envió contra el último ala de dragón que se batía en aquella torre. Luego, el mago elfo descendía la escalinata de piedra que le llevaba al interior de la torre, donde se sabía menos expuesto.

Poco después, el rasto destrozaba con sus horribles mandíbulas la garganta del último defensor de la torre y los dos soldados enanos se ponían a cargo de la balista. Sin embargo, el sentimiento triunfal de los invasores de aquella fortaleza no duraría mucho, ya que un poderoso rugido les helaría la sangre.

El sonido de aquel rugido, acompañado de la visión del dragón rojo, cabalgado por un jinete, hizo zozobrar los corazones de Cinthork y Zenit. Los dos enanos afianzados en la balista, quizá porque estaba en juego la supervivencia de los mineros de Thurburn y sus familias, lograron superar el espanto y disparar un gigantesco virote contra el dragón.

Mientras, con el corazón encogido, Cinthork corría hacia el interior de la torre, pudo ver como el enorme proyectil rebotaba en las gruesas escamas pectorales del reptil volador, que simplemente se tambaleó ante el impacto.

Apenas unos instantes más tarde, cuando el minotauro, Zenit y el rasto salían de aquella torre hacia un pequeño patio interior, la lluvia de cascotes incandescentes les anunciaba que el dragón acababa de arrasar con su aliento la parte superior de la torre, reduciendo a cenizas a aquellos dos valientes soldados enanos que operaban la balista.

Cinthork, Zenit y el rasto habían cruzado el patio, llegando casi hasta el otro extremo, donde una puerta les conduciría a la protección del castillo, cuando el dragón rojo aterrizó a escasos pasos del minotauro. Por fortuna, Cinthork maniobró con gran destreza, logrando esquivar las garras del reptil y un coletazo que derribó un par de columnatas que sostenían un porche decorativo.

Aliviados, los dos compañeros se internaron en el castillo junto al rasto, con el dragón rojo rugiendo de frustración a sus espaldas por no poder seguirles a través de aquella puerta, demasiado pequeña para su envergadura.

A toda carrera, se movieron por un largo pasillo. Tras doblar un recodo, pudieron ver una bifurcación. De frente, el pasillo acababa en unas puertas abiertas que daban salida a otro enorme patio de armas donde las tropas del Culto se batían ferozmente con los soldados enanos, apoyados estos por Thorvald, Quinnorin y Voros. A la izquierda, un pequeño tramo de pasillo conducía a una enorme puerta de doble hoja en madera ornamentada.

Cuando Cinthork y Zenit trataron de acercarse a las puertas, descubrieron que algún tipo de magia les impedía seguir aproximándose. Sin embargo, aquel sortilegio no era un gran desafío para las capacidades de Zenit, que disipó el conjuro sin demasiados problemas. Luego, Cinthork hizo, de un empellón, que ambas hojas de madera se abriesen de par en par.

Tras esas puertas, los dos compañeros encontraron lo que parecía una especie de Salón del Trono. Allí había cuatro alas de dragón, además de dos viejos conocidos: Asbras Hlumin y Elmand, su guardaespaldas. El mago ataviado de púrpura se encontraba sentado en el trono, con la mano sobre una especie de esfera luminiscente sostenida por una plataforma metálica. A todas luces, el mago controlaba la fortaleza a través de ese artefacto.

Justo al tiempo en que Cinthork se trababa en cuerpo a cuerpo contra uno de los alas de dragón, Zenit desataba su magia para teletransportar a dos de ellos hasta un remoto lugar en el Mar de los Hielos Movientes del que, seguramente, jamás podrían regresar; quedando condenados a una gélida, lenta y agónica muerte. El rasto se arrojó levitando y gruñendo sobre otro de los alas de dragón.

Cinthork desató el poder sónico de su martillo contra Asbras, pero erró el ataque, que simplemente derrumbó el enorme tapiz tras el trono. Un segundo después, Zenit liberaba el relámpago de su bastón contra el mago, pero el rayo eléctrico impactaría en el respaldo del trono.

Cinthork se debatía contra dos alas de dragón mientras que el rasto lo hacía con otro oponente. Al tiempo, Elmand se alejaba de Asbras y corría hacia el paladín minotauro empuñando su espada bastarda. En ese momento, Zenit trató de conjurar un ataque mágico que incapacitaría al mago púrpura, pero Asbras logró deshacer su conjuro antes de que este tuviese lugar.

Siguiendo las instrucciones que le gritaba Cinthork, Zenit corrió entonces pasillo atrás, hacia el patio de armas, para ir en busca de Thorvald, Quinnorin y Voros. Justo cuando el mago elfo se perdía por el pasillo, una sección del techo del Salón del Trono se venía abajo en una lluvia de cascotes incendiados. Por el agujero del techo, entró entonces aquel jinete del Culto a lomos de su joven dragón rojo.

Cinthork, que aguantaba como podía la presión de Elmand y dos alas de dragón, retrocedió por el pasillo al ver surgir al dragón rojo: pensó que la situación comenzaba a sobrepasarle. En ese momento, llegaron junto a él Thorvald, Quinnorin y Voros. Zenit se mantenía en segunda línea, presto a apoyar al grupo con su magia.

Quinnorin empleó su anillo mágico para liberar un enjambre de insectos sobre Asbras para, un instante después, abatir a uno de los almas de dragón que presionaban a Cinthork de un certero flechazo.

Desde el interior del salón del trono, el dragón rojo rujía con furia por no poder internarse en el pasillo para perseguir a sus enemigos debido a su tamaño.

En mitad de la nube de insectos que le hostigaba, Asbras se las apañó para convocar un demonio de la sobra junto a Cinthork. Cuando la espectral criatura arrojó sus sombrías garras sobre el paladín, Zenit contraatacó enviando a su rasto contra el demonio.

Voros desató el poder del Bien sobre el demonio de las sombras, haciéndole estremecerse. Sin embargo, este poder golpearía colateralmente al rasto convocado por Zenit que resultó destruido por la andanada de magia divina.

En ese momento, Asbras no pudo soportar más el lacerante dolor producido por las picaduras de los centenares de insectos que componían el enjambre y perdió la concentración que requería para controlar la fortaleza netherese.

El castillo se bamboleó en el aire y comenzó a caer. Varios de los contendientes cayeron al suelo mientras que, desde el patio de armas, los gritos de pánico de enanos y cultistas llegaban por igual.

Asbras tardó unos segundos aún en recuperarse y volver a controlar la fortaleza, haciendo que todo volviera a estabilizarse.

A la misma vez que Zenit convocaba con su anillo mágico a un méfit de fuego en el interior del Salón del Trono para arrojarlo sobre Asbras, Quinnorin lanzaba una flecha a los pies del dragón que, al impactar en el suelo, levantó un enorme muro de zarzas y espinos frente al furioso reptil.

Las picaduras resultaban insoportables para Asbras, a quien el veneno comenzaba a afectarle notablemente. Una vez más, perdió el control de la fortaleza y muchos de los contendientes acabaron rodando por los suelos mientras la fortaleza netherese se precipitaba desde las alturas.

Poco antes de que el mago ataviado de púrpura se hiciese de nuevo con el control de la fortaleza voladora, el dragón rojo destrozaba el muro de zarzas con sus garras. Las afiladas espinas le rasgaron la carne, derramando sangre dracónida sobre el empedrado, pero el reptil estaba demasiado furioso como para retroceder ante el dolor.

Cinthork descargó su martillo con furia una vez más, aniquilando al demonio de las sombras; que desapareció con un alarido de dolor. Cuando el paladín alzó la vista, lo hizo para ver que Elmand y el ala de dragón se retiraban para regresar al Salón del Trono en el mismo momento en que el dragón rojo asomaba su cabeza al pasillo con los ojos refulgiendo de maldad pura.

El dragón descargó su aliento de fuego en el pasillo, envolviendo con él a todos los compañeros. Por suerte para el grupo, aquel era un ejemplar joven y todos lograron sobrevivir a las llamas.

El humo comenzaba a disiparse del pasillo cuando, desde el patio de armas, les llegó el sonido de voces gritando en la lengua de los enanos. Los soldados de Mithrill Hall parecían haberse impuesto a los del Culto, y ahora veinticinco enanos corrían desde el patio hacia el interior del castillo para auxiliar al grupo.

Para sorpresa de todos, el maltrecho Asbras elegiría aquel momento para teletransportarse a otro lugar y ponerse a salvo de aquel horrible enjambre de insectos que le estaba matando poco a poco. Como cabía esperar, la ausencia del mago provocó una nueva sacudida que envió a rodar a unos y otros por los suelos embaldosados.

Zenit, que no acababa de ver claro como iba a acabar todo aquello, enfiló el pasillo en dirección norte para comenzar a dibujar sobre el suelo un nuevo círculo de teletransporte que habría de conectarles con aquel que existía en la entrada de las minas de Thurburn.

Los veinticinco soldados enanos, que acababan de ponerse en pie tras la última sacudida de la fortaleza volante, comenzaban ya a enfilar el pasillo para dirigirse al encuentro del grupo.

Pero algo inesperado ocurrió.

De súbito, una oleada gélida irrumpió en aquel pasillo desde el patio de armas, envolviendo a la totalidad del contingente enano. Cuando la helada bruma se disipó, los cuerpos cristalizados en hielo de aquellos valerosos enanos se desmoronaron como vidrio roto. En la puerta del patio, un joven dragón blanco enseñaba los dientes mientras en su lomo se erguía con pose altiva un enano que lucía una máscara extraña, imitando las facciones de un dragón blanco: se trataba de Varram “El Blanco”, el Señor del Dragón Blanco que gobernaba aquella célula del Culto.

El grupo al completo pareció hallarse ante la certeza de que aquello era mucho más de lo que podían manejar y comenzaron a retroceder hacia el lugar donde Zenit estaba acabando de dibujar el círculo de teleportación. Este momento fue utilizado por Elmand y el ala de dragón que aún quedaba en pie para volver a hostigar a los compañeros.

En ese momento, Asbras regresó mágicamente al trono, volviendo a estabilizar una vez más la fortaleza al poner su mano en el orbe mágico. Sin embargo, como era de esperar, el enjambre de insectos volvió a abalanzarse sobre él. El méfit de Zenit también lo intentó, pero resultó destrozado por un zarpazo del dragón antes de que pudiese llegar.

Mientras los compañeros se esforzaban por retirarse con cierto orden, otra precisa flecha de Quinnorin atravesaba el cuello del ala de dragón, haciendo que se desplomase sin vida en el pasillo. Eso hizo que Elmand refrenase algo la determinación en su avance.

Asbras volvió a teleportarse lejos del Salón del Trono y, sobre todo, del enjambre asesino; mandando a algunos a rodar de nuevo por los suelos. Un momento después, Varram “El Blanco” desmontaba de su dragón y comenzaba a correr hacia el grupo empuñando su hacha de guerra.

Nunca llegó hasta ellos.

Uno tras otro, los invasores de la fortaleza fueron atravesando el círculo de teletransporte para materializarse a la entrada de las minas de Thurburn. Cuando todos hubieron cruzado, Zenit se apresuró a borrar el círculo mágico, impidiendo que nadie lo usara para perseguirles.

Desde su posición, pudieron ver con alivio como los mineros y sus familias marchaban por la ladera de la montaña. Aunque no habían logrado hacerse con la fortaleza, los compañeros habían logrado conseguirles el tiempo suficiente a aquellos inocentes como para que pudiesen ponerse a salvo.

También vieron como la fortaleza netherese volvía a estabilizarse y tras unos momentos, retomaba su rumbo de colisión con Thurburn.

Ya desde una distancia segura, el grupo contempló impotente como la ciudadela voladora embestía la mina de Thurburn empleando la masa rocosa de su parte inferior, haciendo que el complejo se hundiera sobre sí mismo. Luego los dragones rojo y blanco descendieron y comenzaron a apartar rocas con sus garras o a quebrarlas con la alternancia de sus alientos de hielo y fuego.

La marcha de vuelta a Mithrill Hall se hizo en silencio. Las almas estaban quebradas por la pérdida de aquellos valientes enanos y el sentimiento de derrota. A los compañeros apenas les reconfortó el hecho de que el rey Bruennor les recibiese como a auténticos héroes por haber salvado tantas vidas enanas.

Mientras se atendía a los refugiados y los compañeros eran agasajados con comida caliente y buena cerveza enana, el rey Bruennor les aseguró que, en adelante, podían contar con las hachas enanas para su batalla contra el Culto del Dragón.

Mithrill Hall iría a la guerra.

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