(Scrap): El Despertar del Caos Reptante (1/2)

El reino de Ceattania estaba experimentando una era de paz y prosperidad sin precedentes desde que el rey Brentan III ascendiese al trono. Desde entonces, las tierras bajo su dominio habían ganado progresivamente en estabilidad, dejando atrás los conflictos sangrientos que asolaron el reino en el pasado.

De no ser así, no hubiese convocado a los más importantes héroes del reino.


Alshana Albadorada entró por una de las enormes puertas de la ciudad de Pudale, ataviada con sus modestas ropas de exploradora. A pesar de la fascinación que su condición de elfa parecía despertar en los ciudadanos, ninguno de estos la reconocía como lo que realmente era: la princesa y heredera del Bosque de Mirie; además del mejor arco de Ceattania.

Alshana había sido convocada por el mismísimo Brentan III mediante una misiva, y era una llamada que no podía ignorar. No en vano, hace muchos años, fue Brentan quien detuvo el conflicto con los elfos del Bosque de Mirie, retirando las tropas que su difunto padre había ubicado en Andton y Blacaster para firmar una tregua con los liosalfar en la que se reconocía la propiedad del bosque al pueblo élfico a cambio de una ventajosa relación de vasallaje.

La elfa cruzó la ciudad en dirección al castillo para, tras ser retenida brevemente por los guardias de la entrada mientras se comprobaba su identidad, acabar siendo conducida al interior del castillo por uno de los sirvientes del Rey.

No muy lejos de allí, arrodillado ante el altar de Agaaz, el Dios de la Luz, un enorme minotauro que respondía al nombre de Cinthork finalizaba sus oraciones antes de dirigirse al castillo, donde había sido convocado por el Rey. El paladín temía que las plagas y epidemias que últimamente asolaban el reino se debiesen a algún tipo de maldición.

Y es que algunos hablaban de que el rey, aunque bueno y justo, había descuidado quizá sus obligaciones religiosas con Agaaz, el Señor de la Luz, lo que habría podido desembocar en forma de maldición divina sobre el reino. Brentan parecía mofarse de estos rumores, pero resultaba obvio que algo le preocupaba.

Sea como fuere, Cinthork pondría su martillo de guerra al servicio del Rey y sobre todo, del Señor de la Luz.

Al mismo tiempo en que el minotauro abandonaba el templo de Agaaz en dirección al castillo, Brilvak Grimzenu, apodado "El Cuervo" paseaba absorto por uno de los pasillos del castillo. Y es que el Maestro de la Cábala de Magos de Ceattania sospechaba que, tras las plagas y epidemias que castigaban últimamente el reino, se ocultaba una causa oscura y sobrenatural.

El carraspeo de un sirviente le sacó de sus pensamientos. Irritado, el mago decidió ignorarle... al menos hasta que el sirviente carraspeó una segunda vez, ahora con mayor fuerza. Con una mirada severa en el semblante, Brilvak se volvió hacia él. El sirviente dio un paso atrás de forma instintiva. Y es que, aunque el rey Brentan tenía a Brilvak como a un valioso consejero, el mago despertaba una gran desconfianza en gran parte del reino debido a su misterioso comportamiento y su profundo conocimiento de lo prohibido.

"El Cuervo" apenas agradeció al sirviente que le informase de que los asistentes al cónclave ya habían comenzado a llegar al castillo. Despidió a aquel hombre con un despreocupado gesto, si bien sería justo decir que el sirviente estaba tan feliz de marcharse de allí como Brilvak de que este se retirase.

En el patio de armas del mismo castillo, un fornido enano observaba las evoluciones de los nuevos reclutas de la guardia. El guerrero, embutido en su pesada armadura, daba instrucciones a los jóvenes mientras asentía o negaba con la cabeza.

La mente de este veterano de la Guerra del Bosque Frío estaba, sin embargo, en otros asuntos. La creciente amenaza de plagas y epidemias en el reino de Ceattania habían inquietado profundamente a Thaldus. Como el capitán de la Guardia Real, se sentía responsable de la seguridad del rey y del pueblo; aunque quizá estos asuntos no pudiesen solucionarse tan fácilmente con un hacha de guerra.

En aquellos pensamientos estaba cuando uno de los sirvientes se acercó para indicarle que los invitados al cónclave estaban comenzando a llegar. Tras delegar la supervisión del entrenamiento de reclutas a su segundo, un joven no muy hábil emparentado con alguien de alta cuna, marchó hacia el salón del trono.

El último en recibir la noticia de que el cónclave estaba a punto de comenzar fue Neshim, con su característico parche en el ojo. Un individuo que recibía el apodo de "La Sombra", el encargado de pagar el precio que nadie quería pagar por la paz y la estabilidad del reino. El Maestro de Asesinos se encontraba en una de las muchas salas del castillo. La noche anterior no había sido una buena noche, había tenido que "encargarse" de una de las doncellas de palacio. La mujer estaba preñada, probablemente por el Rey, y eso era algo que hubo que solucionar, discretamente... el soberano tampoco tenía porqué enterarse y se iban a ahorrar muchos problemas potenciales.

Uno de sus agentes apareció en las sombras de la estancia, a pocos pasos de Neshim. El Maestro de Asesinos ni se inmutó, pues le había detectado hacía rato. Cuando el agente le comunicó que el cónclave estaba a punto de iniciarse, su maestro se limitó a agradecer la información antes de que su subalterno se retirase de un modo tan sigiloso como había llegado.

Alshana, Cinthork, Brilvak, Thaldus y Neshim se encontraron en la antesala del trono. Eran los únicos asistentes al cónclave. De hecho, todos ellos se sorprendieron al percatarse de que ni siquiera los sirvientes más cercanos o los guardias del Rey estarían presentes.

Tras recibirles con cortesía, el soberano les puso rápidamente al corriente del motivo por el cual les había convocado.

El anciano rey Brentan III estaba muy preocupado: un mal desconocido hasta entonces se cernía sobre el reino de Ceattania. Las gentes vivían con temor y desconfianza de las autoridades ante una reciente ola de secuestros de aldeanos, agravada por la aparición de enfermedades y plagas de una virulencia jamás vista.

El pueblo hablaba de una maldición traída por un poder maligno, cosa que Brentan se había tomado a broma hasta hacía poco; cuando los guardias de la ciudad interrumpieron uno de los secuestros, abatiendo a uno de los asaltantes para descubrir en su cuello un medallón con un extraño y desconocido símbolo.

Brentan quería solucionar aquello con discreción y eficiencia, por lo que solo confiaba en aquellos cinco héroes del reino para la misión.

El medallón con un símbolo desconocido era un misterio para todos. Mientras que Cinthork decidió consultar a sus superiores del templo en busca de respuestas acerca del objeto, Brilvak pensó que la información sobre el símbolo podría estar en los viejos manuscritos de la biblioteca de la Orden Gris, por lo que esbozó el símbolo del pergamino en un pedazo de papiro a fin de poder mostrárselo a la Suma Sacerdotisa.

Por su parte, Neshim si encontró cierta familiaridad en aquel símbolo del medallón. Y es que algunos de sus agentes le habían informado de la aparición de extraños símbolos en el Cementerio de Los Quebrados, símbolos que recordaban vagamente al de ese medallón. Sin embargo, el asesino prefirió no compartir esta información con el resto de sus compañeros.

Ahora, además, el rey estaba preocupado por los rumores acerca de que la Torre de los Velos, abandonada y presuntamente maldita, parecía tener un inquilino. Los ciudadanos rumoreaban que se trataba de un espectro. De hecho, el propio Thaldus había enviado a la guardia hace dos noches para comprobarlo. Los soldados dijeron no haber encontrado nada, aunque el enano sospechaba que los guardias ni siquiera habían entrado en la torre.

Así, una vez se despidieron del Rey, los cinco compañeros intercambiaron impresiones en la antesala antes de separarse, quedando en volver a reunirse todos a media tarde para dirigirse juntos a la Torre de los Velos para saber qué había de cierto en los rumores que aseguraban que el edificio había vuelto a estar habitado.

Brilvak se disponía a partir hacia la biblioteca de la Orden Gris cuando, de súbito, se percató de que Neshim le hacía gestos discretos, emplazándole a que se reunieran. Como de costumbre, pues el mago y el asesino tenían acuerdos desde hacía ya tiempo, se reunieron en un pasadizo secreto del castillo que ambos conocían.

Allí, Neshim le contó a Brilvak que tenía intención de efectuar un rápido reconocimiento en el Cementerio de los Quebrados, ya que sus agentes habían encontrado símbolos extraños allí que podían coincidir con el del medallón. Ambos quedaron en compartir información más adelante.

Alshana, que en principio se encontraba desocupada hasta la tarde, empleó el tiempo en moverse por la ciudad, intentando tomar el pulso a las gentes comunes por si era capaz de escuchar algo interesante. Por desgracia, las gentes de Pudale estaban poco acostumbradas a la presencia de los liosalfar, así que cualquier conversación casual quedaba de inmediato interrumpida, ya que los ciudadanos desviaban su atención hacia la propia elfa a causa de la pura curiosidad.

Tras una breve visita a la armería del castillo para coger algunos pertrechos, como cuerda y antorchas, Cinthork y Thaldus se dirigieron al templo de Agaaz. Allí, el minotauro le mostraría el extraño medallón a su superior, el Sumo Sacerdote. El jerarca del templo, sin embargo, no pareció prestar demasiada atención, limitándose a vincularlo con algún tipo de superstición rural.

La Biblioteca de la Orden Gris se encontraba en el mismo centro de la ciudad de Pudale, capital de Ceattania. Era un edificio ancestral y polvoriento lleno de estanterías plagadas de tomos antiguos y donde, desde las sombras, estatuas de figuras inhumanas parecían acechar a los visitantes. Allí, Brilvak fue recibido por Lua Paginsa, la Suma Sacerdotisa de la Orden Gris, cuyo culto se encargaba de custodiar el saber de los hombres desde que el tiempo era tiempo.

El mago se mostró cortes, intentando adular a la sacerdotisa. La mujer, que no pareció reconocer en absoluto el símbolo que Brilvak llevaba dibujado en su retazo de pergamino, le instó a consultar una sección específica de los archivos de la Orden donde creía que su visitante podría encontrar información.

Y así, en un un arcaico volumen, Brilvak pudo leer referencias a un antiguo credo consagrado a una deidad que era mencionada como el Dios de la Lengua Sangrienta. Según esos escritos, hubo un antiguo templo erigido a esta deidad en lo que ahora era el Cementerio de los Quebrados.

Mientras sus compañeros hacían todo aquello, Neshim se acercó hasta el Cementerio de los Quebrados. Era un lugar sombrío y silencioso, rodeado de un alto muro de piedra que lo aislaba del resto de la ciudad. El suelo estaba cubierto de huesos rotos y cráneos agrietados, dejados fuera de las tumbas por los saqueadores que durante décadas habían visitado el lugar en busca de objetos de valor. Algunas de las desgastadas lápidas tenían inscripciones que contaban las historias de los difuntos, otras solo tenían una fecha y un nombre. El aire olía a muerte y podredumbre. Los restos de los ciudadanos más pobres, los traidores y los criminales ajusticiados por las autoridades de Pudale yacían allí.

En su corto paseo, el Maestro de Asesinos encontró unas huellas recientes de hombres acompañados por perros de gran tamaño. Aquello le hizo recelar, pero el tiempo se le echaba encima y no quería faltar a su cita frente a la Torre de los Velos, de modo que abandonó el lugar sin haber descubierto nada más.

Así, cuando la tarde comenzaba a oscurecerse, los cinco forzosos compañeros se encontraron ante la temida Torre de los Velos.

La Torre de los Velos era una estructura maltratada por el tiempo que se erguía en la zona noreste de la ciudad de Pudale. Su alta estructura, de unos diez pisos de altura, se encontraba rodeada por un pequeño patio circular repleto de plantas muertas que se antojaban garras surgiendo de la propia tierra.

Este patio estaba a su vez rodeado por un muro de viejas piedras que llegaba a la altura de la cintura. La torre se alzaba sobre el resto de los edificios de la zona, como un dedo acusador que señalaba al cielo. En su fachada, desgastadas figuras sin rostro parecían señalar también el firmamento.

Nadie sabía en Pudale quién la construyó ni con qué propósito, pero todos parecían sentir un escalofrío al pasar por su sombra. Las gentes de la ciudad aseguraban que la torre estaba maldita, que en su interior habitaban fantasmas, demonios y otras criaturas innombrables. Lo cierto es que nadie se había atrevido a entrar en ella desde que se tenía memoria.

Brilvak se dio cuenta de que la Torre de los Velos estaba construida de un modo muy especial. Las figuras de su fachada señalaban posiciones en el firmamento que parecían señalar una ruta: un camino que llevaría directamente hacia la barriada de Miserypool.

Penetrar en la torre era una experiencia inquietante. Según uno se acercaba a la entrada, atravesando ese jardín de hierbas desecadas, no podía evitar sentirse extrañamente intranquilo. La puerta de la torre estaba bloqueada por unas grandes rocas que alguien debió colocar allí hace mucho tiempo, como si tratasen de impedir que alguien pudiese entrar… o quizá salir

Aunque Cinthork empleó todas sus fuerzas para retirar las rocas de la entrada, estas suponían una barrera insalvable hasta para el fornido minotauro. Finalmente, Alshana emplearía su extraordinaria agilidad para trepar la fachada hasta una de las ventanas de la primera planta y, desde ese punto, tender la cuerda que le había facilitado Thaldus para que sus compañeros pudieran seguirla.

La ascensión resultaría algo más costosa de lo esperado, puesto que Brilvak carecía del suficiente empaque físico para esas lides. Para su escarnio, acabó siendo atado a la cuerda para ser alzado como un burdo fardo por Cinthork.

El interior de la torre se encontraba en completo silencio, un silencio antinatural. Una escalera de caracol sin barandilla ascendía hacia la parte superior. Las paredes de la torre estaban adornadas con inquietantes máscaras que, al ser observadas brevemente, daban la sensación de tomar vida. Una inspección minuciosa de ellas no desvelaba que el efecto parecía deberse únicamente a la habilidad del artesano.

Sin embargo, cuando Neshim se acercó a intentar manipular una de estas máscaras, una voz comenzó a susurrar en su cabeza, recordándole un momento del pasado cuando, durante su infancia como huérfano en las calles, fue atacado por un perro. El miedo que pasó en aquel momento le hizo orinarse encima. Sobresaltado, el asesino golpeó la máscara, haciéndola añicos para sorpresa de sus compañeros.

Cuando se interesaron por él, el asesino no quiso hablar de su experiencia. Simplemente se limitó a pedir a sus compañeros que destruyeran las máscaras. Aún sin conocer el motivo de aquella extraña petición, el grupo se puso manos a la obra.

Lamentablemente, aquello no evitaría que, uno a uno, todos los demás acabasen por ser víctimas de aquellos susurros intrusivos.

Aquellas voces insidiosas le recordaron a Alshana la desconfianza que sentía por el traidor corazón de los humanos, erizando sus nervios notablemente. Al Cinthork le recordaron las dudas que el minotauro guardaba sobre la fuerza de su propia fe. Brilvak, por su parte, reviviría una infancia en la que los otros niños le acosaban tirándole piedras; mientras que las voces recriminaron a Thaldus el haber abandonado a un amigo en el campo de batalla para salvar la propia vida.

Acosados por aquellas inquietantes voces, los compañeros continuaron su ascenso hasta lo alto de la Torre de los Velos.

En la cima de la torre les esperaba una figura encapuchada a la que no podían ver el rostro y que sostenía un grueso libro. Cuando Cinthork se aproximo y tomó a aquel individuo del brazo, este se giró para mostrarle el rostro. Nadie sabe lo que el paladín vio, pero no era de este mundo, por lo que el guerrero sagrado dio instintivamente un paso atrás, liberando a la figura de su agarrón.

El individuo no quería revelar su identidad, limitándose a señalar que esta no importaba realmente. Sin embargo, les advirtió de que se estaban enfrentando al Caos Reptante, una entidad que amenazaba la existencia misma del mundo que todos conocían.

También les diría que gran parte de lo que querían saber y él no podía revelar estaba en los textos antiguos que la Orden Gris robó de la Torre de los Velos. En la biblioteca de la orden, podrían encontrar respuestas.

La figura también señaló que existe una herramienta que podría ayudarles, si es que estaban persiguiendo a aquellos que servían al Caos Reptante. Se trataba de un ancestral medallón que en su día le perteneciese a él mismo, el cual se encontraba en lo que fue el antiguo templo del Caos Reptante. Desde la ventana, la figura señaló inequívocamente el Cementerio de los Quebrados y dijo:

Bajo ese lugar, entre lo que queda de los muertos de Pudale, encontraréis lo que fuese la morada del culto a Nyarlathotep”.

También les dijo que la Secta del Caos Reptante se vio obligada a erigir un nuevo templo para su Señor. Esto se debía a que el antiguo lugar ya no era seguro. Cuando Alshana le preguntó acerca de la ubicación del nuevo templo, se limitó a caminar lentamente hacia otra de las ventanas para señalar hacia la zona que actualmente ocupa la barriada de Miserypool.

Después de todo esto, la figura volvió a quedar mirando por una de las ventanas hacia la ciudad, en completo silencio. Pensando que poco o nada más sacarían de allí, los compañeros abandonaron la Torre de los Velos con la noche ya cerrada.

A pesar de la reticencia de sus compañeros, Cinthork insistió en que debían acercarse al Cementerio de los Quebrados lo antes posible en busca de aquel medallón que habría de ayudarles en su misión. El ímpetu del minotauro fue suficiente como para convencer a casi todos los demás, con la excepción de Brilvak, quien decidió regresar a la biblioteca de la Orden Gris en busca de más información.

De ese modo, Alshana, Cinthork, Thaldus y Neshim cruzaron las calles de Pudale hasta un Cementerio de los Quebrados que era aún mucho más inquietante durante las horas nocturnas. Ya en el camposanto, los compañeros decidieron separarse: Alshana y Cinthork irían por un lado, y Thaldus con Neshim por otro.

Los ojos de elfa de Alshana resultaron una herramienta precisa a la hora de buscar elementos inusuales, máxime cuando Cinthork empleaba sus conocimientos religiosos para explicarle a aquella habitante de los bosques lo que era habitual y lo que no en un cementerio humano. Tras casi una hora, encontrarían una extraña estatua de una mujer arañándose el rostro. Tras la estatua, parecía ocultarse alguna especie de pasaje descendente.

Mientras tanto, Thaldus y Neshim mantenían una infructuosa búsqueda en otra zona del cementerio. En eso estaban, al menos, cuando los afinados sentidos del Maestro de Asesinos captaron varios hombres rodeándoles desde varios puntos. No tardaron en distinguir sus siluetas, doce hombres que se aproximaban acompañados de dos mastines de gran tamaño. Iban armados con cuchillos largos y ballestas, y su actitud era claramente hostil.

Rápidamente, Neshim arrojó un puñado de abrojos en el pasillo que formaban las hileras de tumbas a su flanco derecho, frenando en seco la carrera del mastín que se acercaba por ese camino. El can emitió un lastimero quejido cuando sus patas delanteras pisaron los clavos metálicos. Justo al mismo tiempo, Thaldus se arrojaba hacha en mano sobre cuatro de los atacantes que se acercaban por la izquierda empuñando sus cuchillos.

Alshana y Cinthork, que habían escuchado los gritos de guerra de Thaldus, corrían ya entre aquel océano de lápidas decrépitas hacia el lugar del combate. Apenas habían divisado las siluetas de los misteriosos atacantes, la arquera elfa descargó un preciso flechazo que atravesaría el cuello de uno de ellos.

Cinco de aquellos desconocidos harían llover virotes sobre la elfa, que hábilmente buscó cobertura tras una tumba mientras Cinthork llegaba ya con su martillo al lugar donde Thaldus y Neshim combatían con sus adversarios. El enano acababa de decapitar a uno de los mastines y estaba rodeado por tres hombres, al tiempo que Neshim trataba como podía de usar su cuchillo para mantener lejos al otro perro. Tres hombres se acercaban al Maestro de Asesinos con los cuchillos desenvainados, pero el martillo de Cinthork les despacharía mucho antes de que pudiesen llegar.

El hacha de Thaldus no tardó en dar buena cuenta de sus tres oponentes, casi el mismo tiempo que tardaría Alshana en abandonar su cobertura para disparar, una tras otra, las flechas que acabaron con las vidas de los enemigos que disparaban sus ballestas desde la distancia, intentando parapetarse sin éxito tras varias lápidas.

Con el combate ya finalizado, los compañeros lamentaron no haber dejado con vida a ninguno de aquellos misteriosos atacantes, los cuales sin duda podrían haberles facilitado alguna información de interés. Pero ya no se podía hacer nada con aquello, de modo que Alshana y Cinthork compartieron con sus aliados el hallazgo del pasaje subterráneo.

Mientras todo esto pasaba, Brilvak se hallaba inmerso en el mar de viejos volúmenes de la biblioteca de la Orden Gris. Allí, su esfuerzo no resultaría para nada infructuoso, pues su habilidad para bucear en los códices le hizo extraer una información muy valiosa.

En el mismo libro que consultara aquella mañana, se mencionaba una reliquia llamada El Medallón de Hastur, que estaba custodiada en el antiguo templo y parecía tener la capacidad de mantener a raya a una criatura llamada chakota, de la cual no se hacía más mención. El mago, sin embargo, sabía que el chakota era una criatura mitológica que se componía de docenas de monstruosos rostros unidos a una masa viscosa y cambiante. Según las leyendas, era muy difícil de herir con armas convencionales.

En otro libro, que aparentemente versaba sobre astronomía, se hacían algunas veladas referencias al Caos Reptante. Se indicaban unas coordenadas astronómicas que señalaban un lugar específico de la ciudad de Pudale, concretamente en el barrio de Miserypool.

Pero lamentablemente, el mago no podía compartir este conocimiento con sus compañeros, pues estos se encontraban descendiendo al subsuelo del Cementerio de los Quebrados.

El templo se encontraba en lo más profundo de la tierra, oculto a la luz del sol. Era una construcción de piedra negra, tallada con extraños símbolos y relieves que representaban escenas de horror y locura. El aire estaba viciado por el olor a podredumbre, y se escuchaban ecos de voces inhumanas que susurraban blasfemias.

Pronto los compañeros descubrirían el origen de aquellas voces, pues los ojos de Alshana captaron las aterradoras formas de cinco no-muertos que se aproximaban a toda velocidad gateando por paredes y techos. Pero Alshana era una guerrera acostumbrada a reaccionar rápido para sobrevivir en el mundo salvaje: con una velocidad vertiginosa, la princesa liosalfar descargó una lluvia de flechas sobre los engendros, que rugieron de ira.

Cuando aquellos monstruos llegaron hasta los compañeros, sus cuerpos erizados de flechas ya estaban demasiado maltrechos. Cinthork aplastó los cráneos de dos de ellos de un sólo martillazo justo a la vez que Alshana atravesaba el ojo de otro con una de sus flechas. Neshim intentó apuñalar a uno de los seres, pero su hoja solo arrancó un jirón de carne de una criatura que ni siquiera pareció inmutarse. Si lo hizo, sin embargo, cuando el hacha de Thaldus la partió por la mitad. Después, murmurando maldiciones, golpearía con el plano de su hacha al último monstruo, aplastando su sesera contra la pared de piedra.

En el centro del templo, encontraron un santuario dedicado a Nyarlathotep. Allí, se hallaba un gran altar, sobre el que se alzaba una estatua de bronce del dios, con un rostro sin rasgos y unos tentáculos que se retorcían. La estatua parecía estar viva, y sus ojos vacíos seguían los movimientos de los visitantes. Neshim no tardó en darse cuenta de que se trataba del mismo efecto escultórico que habían presenciado en la Torre de los Velos.

Sobre el altar, encontraron un cofre de metal que parecía llevar allí mucho tiempo. Una vez Alshana hubo comprobado que no había trampas, Cinthork abrió el cofre para encontrar un medallón con extraños símbolos: sin duda era lo que habían venido a buscar.

Mientras Thaldus tomaba el cofre con la intención de llevárselo a Brilvak, Alshana continuó explorando la estancia. El mural estaba escrito en una lengua extraña pero, por suerte, también incluía una transcripción al lenguaje de Ceattania.

El mural mostraba coordenadas astronómicas que indicaban dos localizaciones en la ciudad de Pudale: una era aquel mismo lugar, mientras que la otra era un lugar ubicado en lo que actualmente sería el barrio de Miserypool. Parecía tratarse de los dos únicos emplazamientos aptos para erigir un templo al Caos Reptante en la ciudad de Pudale.

Ya con el amanecer derramando los primeros rayos de sol sobre el Cementerio de los Quebrados, los compañeros abandonaron el lugar para reunirse con Brilvak en la biblioteca de la Orden Gris. Allí, los compañeros intercambiaron la información obtenida. Igualmente, el mago no tuvo problemas en descifrar los símbolos del cofre que le entregase Thaldus: se trataba de runas de poder que, presumiblemente, mantendrían a raya el poder del Medallón de Hastur.

Los compañeros, a aquellas alturas, tenían dos cosas meridianamente claras: debían descansar... y sobre todo, debían encaminar su siguiente paso hacia aquel lugar señalado por los astros en el mismo centro de Miserypool.

Antes de dormir un rato, Alshana decidió emplear algo de tiempo en escribir a su madre. La elfa se encontraba bastante turbada por todo lo que estaba acaeciendo y, a pesar de que era consciente del hecho de que quizá cuando su madre recibiese la misiva ya todo habría concluido, el mero hecho de redactar esas líneas para decirle a su madre cuánto echaba de menos tanto su presencia como su consejo, contribuyo a devolver la calma a la mente de Alshana.

Así, cuando la tarde ya comenzaba a anunciar la noche, los compañeros volvieron a reunirse para marchar hacia Miserypool.

Miserypool era el barrio más pobre de Pudale, un lugar de pobreza, suciedad y crimen. Sus calles estrechas y tortuosas estaban llenas de casas de madera podrida y maloliente, donde se hacinaban familias enteras en condiciones insalubres. El aire estaba viciado por el humo de las chimeneas y el olor a basura, excrementos y cadáveres.

En el lugar señalado, podía verse una escuálida construcción de madera en mitad de un gran solar lleno de montículos de tierra que, como señaló Thaldus, indicaban que allí se había estado excavando. Había también un par de individuos vestidos con ropa de trabajo que patrullan el exterior de la propiedad armados con garrotes y cuchillos.

Para Alshana y Neshim no resultó ningún desafío sorprender a aquellos hombres, quienes no se percataron de la presencia de sus atacantes hasta que estos ya les tenían inmovilizados y con una hoja de acero en el cuello. Tras arrastrarles tras un montículo, Brilvak tomó las riendas del interrogatorio.

El mago gozaba de una aterradora reputación, probablemente tan eficaz como infundada, pero bastó para que los hombres dijeran todo lo que sabían: dentro aguardaban una docena de sectarios de Nyarlathotep, además del sumo sacerdote Nheban y su guardaespaldas, un tipo al que Thaldus conocía bien. Y es que Grovulan, que así se llamaba, era un antiguo capitán de la guardia de Pudale, el cual había sido apartado del servicio por ser considerado mentalmente inestable.

Además, los hombres les contaron que dentro había diez niños, los cuales serían sacrificados al chakota, un terrible monstruo que moraba en un pozo excavado en el santuario. Sabiendo esto, los compañeros decidieron apresurarse. Los dos hombres, degollados por Neshim, aún boqueaban cuando los compañeros corrían ya hacia la construcción de madera.

En el interior del edificio, se pudieron encontrar sin mucha dificultad una mal disimulada trampilla que mostraba unas escaleras descendentes.

Cuando los compañeros descendieron por la oscura escalera, les abofeteó el hedor a humedad, sangre y excrementos. Los escalones de madera crujieron a cada paso, amenazando con romperse. La escalera les condujo hasta un pequeño descansillo en el que solo había una puerta. Del otro lado de la misma parecía llegar el sonido de macabros cánticos emitidos por una pequeña multitud de voces. También llegaba el sonido de llantos y gritos proferidos por niños pequeños.

Al otro lado de esa precaria puerta de madera, los compañeros lo tenían claro, se encontraba el Templo del Caos Reptante.

Neshim trató de abrir sigilosamente la maltrecha puerta empleando su cuchillo, pero tal era el estado de la puerta que la cerradura acabó por desprenderse de la madera podrida. Por suerte, los impecables reflejos del asesino le permitieron agarrar la cerradura antes de que chocase con el suelo, al igual que una de las bisagras de la puerta; que también se desprendió.

Con todos sus compañeros suspirando aún de puro alivio, Neshim echó un rápido vistazo al otro lado de la puerta.

El templo era una amplia estancia excavada directamente en la tierra. Se trataba de una enorme sala cuadrada en cuyo centro se había excavado un amplio pozo circular con paredes repletas de textos labrados en ellas.

En la zona norte de la estancia había una plataforma escalonada sobre la que se encontraba Nheban, oficiando el ritual. Tras él, también en la plataforma, estaba un hombre robusto enfundado en su armadura pesada: Grovulan, el Gran Guardián de la Casa del Caos. Además, una docena de sectarios se encontraban distribuidos por la sala, enfundados en túnicas negras cuya capucha tenía un fleco rojo que colgaba de la frente.

En el fondo del pozo, diez niños lloraban y gritaban mientras permanecían encadenados al suelo. También en el pozo se encontraba el chakota: una masa viscosa que parecía compuesta por docenas de rostros monstruosos que se movían sobre un cuerpo semifluido.

Sin tiempo que perder, Neshim arrojó la bomba de humo que siempre guardaba tras el parche de su ojo. En cuanto cundió la confusión en la estancia, el asesino aprovechó para escurrirse a toda velocidad hacia Grovulan. Mientras, Cinthork cargaba martillo en mano contra un cercano grupo de sectarios.

Brilvak fue el siguiente en cruzar la puerta, descargando una bola de fuego sobre el chakota, que rugió de dolor con sus múltiples bocas. Tras el mago, Alshana entró en la estancia, disparando sus flechas para abatir a varios sectarios que se encontraban en el extremo opuesto de la sala.

En ese momento, el chakota comenzó a acercarse a uno de los pequeños abriendo sus terroríficas fauces, de modo que Thaldus decidió saltar al pozo y comenzar a batirse con el monstruo. El chakota, que atacaba con furia al enano, sufría ante la presencia del Medallón de Hastur, que hacía más vulnerable su carne al hacha de su enemigo.

Nheban, el sacerdote del Caos, desplegó una serie de sombríos zarcillos de entropía en dirección a Brilvak que, sin embargo, trazó un amplio círculo con su bastón para generar un escudo que detuvo con éxito aquel ataque mágico.

Cinthork, que acababa de dar cuenta del grupo sobre el que se había abalanzado, emitió un mugido furioso mientras corría para auxiliar a Neshim, que aunque había logrado herir a Grovulan, estaba pasando por algunos apuros.

Mientras Alshana abatía a dos enemigos más con su arco, Brilvak desplegaba su magia sobre el sacerdote, que retrocedía con el rostro desfigurado por el dolor. Al tiempo, Thaldus continuaba resistiendo los embates del chakota mientras, con su hacha, castigaba una y otra vez a la criatura.

Los brutales golpes de Cinthork lograron distraer lo suficiente a Grovulan como para que Neshim pudiera escurrirse a su espalda y hundir su daga para arrebatarle la vida al mismo tiempo en que Alshana atravesaba con una flecha el cuello del último de los sectarios.

Un instante más tarde, el chakota emitía un rugido de dolor cuando Thaldus hacía descender por última vez su hacha de guerra, arrebatándole la vida.

Nheban, solo y rodeado de enemigos, retrocedió con gesto suplicante. El martillo de Cinthork no tuvo piedad: un golpe horizontal del minotauro le partió ambas piernas al sacerdote del Caos.

Derrotado, Nheban aún se mostró desafiante cuando los compañeros le interrogaron. Les contó que Nyarlathotep era llamado el Caos Reptante por su capacidad de arrastrarse entre los planos de existencia. La llegada del Dios de la Lengua Sangrienta a Ceattania estaba cerca, pues la Suma Sacerdotisa, Orsine, le convocaría en la gloriosa Ciudad Durmiente de Kadath.

Cuando Alshana le preguntó por el sacrificio de niños, respondió que se alimentaba al chakota por ser una de las criaturas hijas del Caos Reptante y que la sangre de los niños iba a servir para sacralizar la nueva Casa del Caos en Pudale.

Brilvak sabía que Kadath era una ciudad mitológica de tiempos pretéritos, la cual se creía ubicada en el Desierto Gélido. Además, en las paredes del pozo se podía leer una profecía que hablaba de cómo el Caos Reptante podría llegar a este mundo a través de un portal que la Suma Sacerdotisa abriría en Kadath. La fecha del advenimiento venía señalada a través de un calendario astronómico. Era una fecha demasiado apremiante para los compañeros, sin duda, ya que faltaba apenas un mes para que tuviese lugar.

Brilvak descubrió también un mapa de coordenadas astronómicas en la plataforma escalonada que servía de altar. Estas coordenadas señalaban un punto específico en el Desierto Gélido. Junto a las coordenadas, se encontraban las leyendas “Kadath, Ciudad Durmiente” y “Advenimiento de Nyarlathotep”.

No había tiempo que perder, disponían de tan solo un mes para cruzar el Desierto Gélido y evitar el ritual que habría de permitir la entrada de Nyarlathotep en el reino de Ceattania.



Comentarios

  1. Gran aventura, gracias tío, además ya puedes decir que dirigir rol te ha dado de comer xD

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