Los Reinos (T4) - Las Tablas del Destino (17/18)

Los compañeros se habían hecho con el último Glifo del Destino tras acabar con el vampiro Strahd Von Zarovich en el mundo de Barovia, lo que les permitió regresar a Sigil solo para descubrir que el Gran Príncipe Telamonte, de los Umbra, les llevaba la delantera. Tras subir a bordo del Atehereon, el navío astral capitaneado por la halfling Eola, los compañeros habían logrado llegar hasta el islote flotante en el que se encontraba el Templo del Destino para encontrar los restos estrellados de la fortaleza voladora netherese. Por desgracia, el propio Aethereon también había sido succionado por la terrible tormenta mágica que rodeaba el islote y, ahora, se precipitaba descontrolado hacia una letal colisión.



Sathelyn aferraba el timón junto a la capitana Eola, tratando de gobernar el barco sin conseguirlo del todo. Cinthork se disponía a correr en su ayuda cuando, de pronto, los cabos de las alas —tanto a babor como a estribor—se soltaron, lo que hizo que el barco se descontrolase aún más.

Hay que volver a atar esos cabos —gritó Eola con desesperación—. ¡El corazón arcano se ha desalineado! ¡Y, por los dioses, que alguien busque un buen lugar para aterrizar!

Viendo que la marinería se encontraba tratando de asegurar muchos otros cabos y aparejos que también se estaban soltando, Cinthork y Vanuath corrieron hacia la zona de cubierta más cercana a las alas, uno a babor y otro a estribor.

El minotauro, a babor, se ató con una cuerda antes de atrapar el cabo suelto y arrastrarse con dificultad sobre el astil del ala, que se sacudía enloquecido en mitad de aquella tormenta mágica. Con los dientes apretados, llegó hasta el extremo y logró atar el cabo, devolviéndole la funcionalidad al ala.

A estribor, Vanuath imitaba los movimientos de su compañero. Sin embargo, a mitad de camino, perdió asidero y cayó al vacío. La cuerda de seguridad se tensó, arrojando al semielfo contra la cubierta del barco, donde se estrelló dolorosamente.

Mientras tanto, Zenit había bajado hasta la bodega, donde encontró el corazón arcano del Aethereon. Se trataba de un artilugio tecnomágico de metal, con numerosas piezas y engranajes. Sobre él, flotaban una serie de runas iridiscentes hechas de pura energía arcana. Los ojos eruditos del mago elfo no tardaron demasiado en descifrar el patrón. A partir de ahí, le fue relativamente sencillo volver a alinear el artefacto, lo que le devolvió la capacidad de decelerar al navío.

Al mismo tiempo, Jesper se encaramaba al castillo de proa, tratando de encontrar un lugar relativamente despejado en aquella explanada contra la cual se iban a estrellar. Dado que la nave aún giraba a demasiada velocidad, no era una tarea sencilla. Aún así, el sacerdote logró divisar un lugar apropiado; señalándoselo a gritos a Eola.

La halfling asintió con la cabeza mientras, junto a Sathelyn, seguía tratando de gobernar el timón. Pero el barco aún estaba demasiado descontrolado. Aunque consiguieron enderezarlo un poco, no fue ni mucho menos todo lo que la capitana necesitaba.

Cinthork llegó a estribor, asomándose por la baranda para ver a Vanuath colgando sobre el vació de aquella cuerda y rebotando contra la cubierta. Sin pensárselo dos veces, agarró el cabo y lo impulsó con fuerza. En el extremo, Vanuath emitió un grito mientras el minotauro lo columpiaba, trazando un enorme arco que le llevaba directo hacia la vela inutilizada. Se estrelló con fuerza contra el astil, logrando aferrarse a él en el último momento. Casi sin aliento, el semielfo logró atar el cabo y devolverle la funcionalidad a aquella otra ala.

Viendo el impacto inminente a pesar de sus esfuerzos, Zenit trató de teleportarse junto con sus cuatro compañeros a la explanada. Pero la tormenta mágica que les rodeaba afectó de alguna manera al conjuro y se produjo un estallido de energía que les hizo apretar los dientes de dolor.

El Aethereon continuaba cayendo, aunque parecía estabilizarse por momentos. En el último segundo, cuando apenas estaban a unos treinta metros del suelo. Jesper y Zenit se transportaron envueltos en nubes de plateada bruma a la superficie de la explanada. Esta vez, la tormenta no había impedido el efecto mágico. Por su parte, Vanuath saltaba por la borda —esquivando los aparejos sueltos que latigueaban—, para activar el conjuro de caída de pluma de su daga mágica y posarse flotando suavemente sobre las baldosas de piedra.

Sathelyn, por su parte, estaba a punto de activar su medallón mágico para transportarse también a la explanada, cuando Cinthork la abrazó con fuera gritándola que él la protegería. La guerrera no tuvo tiempo de gritarle al minotauro que la soltase para que pudiera alcanzar su medallón. El navío ya se precipitaba sobre la explanada.

Las maniobras de los compañeros habían permitido a Eola cierto grado de control sobre el Aethereon, lo cual evitó que se estrellasen sin control. En lugar de eso, el navío impactó contra la explanada ligeramente ladeado, levantando una colosal nube de polvo y fragmentos de baldosas arrojados al aire.

Cuando la polvareda se asentó, pudieron comprobar que tan solo cinco de los veinte tripulantes habían desaparecido, probablemente tras salir despedidos en el impacto. Dadas las circunstancias, y lo destrozada que estaba la nave, era una gran noticia.

Los compañeros echaron un rápido vistazo a aquella inmensa explanada, donde varios edificios del tamaño de catedrales parecían rodear el templo central, una construcción de un centenar de pisos de altura. Al noroeste, podían verse los restos de la terrible colisión de la fortaleza netherese contra la explanada. Montañas de cascotes entre las cuales aún se podían adivinar partes intactas de algunas torres o murallas. Como su prioridad inmediata era poner a salvo a la tripulación, se encaminaron a uno de los edificios menores distribuidos por el lugar.

Una vez Cinthork empleó su gran fuerza para desplazar las hojas de madera reforzada con metal, se internaron en un descomunal recibidor que se encontraba tan pulcro como vacío. Al fondo, la enorme nave parecía disponer de una edificación interior dividida en varios pisos. Los compañeros echaron un rápido vistazo y no percibieron amenaza alguna allí. Lo único interesante fueron unos relieves en las paredes que mostraba a Ao junto a una procesión de deidades, algunas conocidas y otras ya olvidadas. De ese modo, indicaron a Eola y el resto de la tripulación superviviente que aguardasen allí.

Con la halfling y los suyos a salvo, al menos de momento, los compañeros se encaminaron hacia el gran templo central. De camino, se encontraron con algunos cadáveres de soldados umbra, que probablemente habían salido despedidos al impactar la fortaleza para encontrar la muerte estrellándose contra el suelo. Sus cuerpos estaban reventados, retorcidos en posturas imposibles.

Los compañeros siguieron adelante.

Según se acercaban al templo central pudieron distinguir una enorme puerta y, algo antes de llegar a ella, unos diez montones de ceniza. Además, dando unos pocos pasos más hacia allí, Zenit pudo percatarse de que las grandes puertas del templo no eran puertas reales, sino que estaban grabadas sobre la pared de piedra.

Antes de seguir avanzando, por temor a la existencia de algún tipo de trampa mágica, el mago elfo empleó su anillo mágico para invocar a un pequeño méfit de fuego. La diminuta criatura alada revoloteó hasta llegar a la puerta sin que le ocurriese nada. Sintiéndose más seguros, los compañeros se acercaron un poco más.

A pocos metros de las puertas pudieron ver cinco círculos grabados en el suelo, cada uno de ellos con multitud de glifos en un idioma arcano incognoscible. Fue Zenit, sin embargo, quien se percató de que entre todos los glifos que conformaban los círculos, se encontraban las formas de los cinco Glifos del Destino que el grupo había conseguido durante sus andanzas por los diferentes mundos.

Así, cada uno de los compañeros se colocó sobre uno de los círculos. Al poco de haberlo hecho, los glifos grabados en la piedra comenzaron a iluminarse con un tono verdoso. Un momento más y esa luz verde comenzó a pulsar, a palpitar con un zumbido arcano.

La explosión de luz verdosa barrió la zona. Los compañeros, si bien resultaron indemnes, pudieron escuchar el grito agónico del méfit mientras la oleada de energía le desintegraba. Cuando el resplandor verdoso se extinguió, las enormes puertas grabadas en la roca se habían vuelto reales.

Y se abrían ante ellos.

Con suma cautela, se internaron en una enorme nave de altos techos y columnas ciclópeas. Había allí más relieves, con Ao sosteniendo unas tablas de piedra. Otros mostraban a dioses desmoronándose cuando sus nombres eran borrados de las tablas. Algunos otros mostraban a mortales ascendiendo a la divinidad al grabar sus nombres en ellas. Los compañeros también encontraron evidencias de algún tipo de combate mágico acaecido en el lugar.

Una única puerta, también de gran tamaño, se encontraba al fondo de la nave. Fueron hacia ella para comprobar que una puerta más pequeña se perfilaba en una de las enormes hojas de madera. El grupo se posicionó en torno a ella.

Cuando todos estuvieron listos, Cinthork la abrió y cruzó el umbral seguido de sus compañeros.

Se encontraron ante una enorme escalera, con sus dos tramos separados por un enorme rellano en el que pudieron ver a cinco figuras, eran Umbra. Uno de ellos era el Gran Príncipe Telamonte. A los otros no los conocían.

Se produjo entonces un cruce de insultos, amenazas y ofertas de rendición ignoradas por parte de ambos bandos. Y, como aquello no parecía ir a ningún lugar, Zenit hizo aparecer ante él cuatro enormes esferas ígneas que volaron para impactar sobre el rellano donde estaban los Umbra. La terrible explosión arrancó peldaños, pedazos de pared y partes de columnas. Pero lo único que hizo con los enemigos fue disolverlos en nubes de bruma, demostrando que no eran sino ilusiones.

Zenit reaccionó deprisa, lanzando un rayo desintegrador sobre Telamonte que, sin embargo, lo evitó transformándose en una nube de sombras que se transportó a otro lugar. Cinthork activó entonces su capa de vuelo y ascendió a ras de escalera en busca del Gran Príncipe. A la vez que Jesper invocaba a un celestial para arrojarlo también sobre Telamonte, Sathelyn —imbuida de velocidad mágica por una de sus pociones— disparaba tres flechas que alcanzaban a otro umbra con aspecto de asesino, el cual se desplomaba en el suelo.

El sacerdote umbra restañó con su magia las heridas del asesino, al tiempo que el mago intentaba —sin éxito— doblegar la voluntad de Cinthork. El guerrero umbra trataba de zancadillear al celestial invocado por Jesper sin conseguirlo, mientras el asesino se levantaba para correr escaleras abajo hacia Jesper, Sathelyn, Vanuath y Zenit, que no habían seguido a Cinthork. Por su parte, Telamonte desataba una tempestad de fuego sombrío en la base de las escaleras que envolvía dolorosamente a esos cuatro compañeros.

Vanuath trató de acertar al asesino que corría hacia ellos con un proyectil mágico de su ballesta, pero erró el disparo.

Zenit convocó una erinye, enviando a aquel demonio femenino alado a atacar al asesino, mientras Cinthork asestaba un par de buenos golpes de martillo al guerrero umbra, después de que el Gran Príncipe se hubiese esfumado convertido en sombras. Sathelyn le colocó un par de flechas en las espalda al guerrero al tiempo que Jesper desataba su energía curativa sobre sí mismo, Sathelyn, Vanuath y Zenit. El celestial hirió al guerrero con su espada flamígera.

Las heridas de Telamonte y el guerrero fueron curadas por el sacerdote, mientras el mago lanzaba un haz de sombras a Cinthork que el minotauro lograba esquivar. No pudo esquivar la deflagración de fuego oscuro conjurada por Telamonte, aunque sí logró evitar que el guerrero le zancadillease. En el tramo inferior de escalera, el asesino se batía contra la erinye. Vanuath aprovechó esta circunstancia para clavarle un par de virotes a traición a aquel Umbra.

Convertidos en nubes de sombras, varios de los umbra se alejaron de la nube incendiaria que Zenit hizo explotar en torno a Cinthork. El minotauro se movió de nuevo hacia Telamonte, asestándole esta vez un buen golpe con su martillo, imbuida el arma de poder divino. Sathelyn lanzó un rayo desintegrador con su espada mágica sobre el Gran Príncipe, aunque el haz de energía verdosa salió bastante desviado. Jesper, por su parte, también erraba al disparar el rayo desintegrador de la armadura. El celestial, desvanecido Telamonte ante su espada, fue a atacar al sacerdote Umbra.

Las heridas de Telamonte fueron rápidamente sanadas por el sacerdote Umbra, que trataba de evitar como podía al celestial. El guerrero Umbra se lanzó convertido en sombras hacia Cinthork, materializándose justo un momento antes de llegar a él para embestirle con fuerza. Pero el minotauro era un coloso y resistió el embate. Poco después, el propio Telamonte se materializó también ante el paladín, lanzando un par de tajos que Cinthork bloqueó con su escudo.

El asesino umbra, quizá consciente de haberse metido en un buen lío bajando las escaleras, se desembarazó de la erinye y corrió de nuevo hacia arriba. Dos virotes de Vanuath se hendieron en su espalda, arrebatándole la vida.

Tras ordenar a la erinye que ascendiera volando, Zenit lanzó otro rayo desintegrador sobre Telamonte, que lo evitó transformándose en sombras mientras Cinthork propinaba un buen par de martillazos al guerrero Umbra. Sathelyn logró colocar un nuevo trío de flechas en el pecho de Telamonte, a la vez que Jesper lanzaba sobre sí mismo un conjuro de Santuario y comenzaba a ascender por la escalera.

Tras disipar al celestial de Jesper, el sacerdote umbra volvió a sanar a sus compañeros, a la vez que el mago fracasaba nuevamente al intentar dominar la mente de Cinthork. El minotauro, en estado de gracia, también evitaba otra vez ser zancadilleado por el guerrero. Mientras, Telamonte, en la parte superior de la escalera, se batía con la erinye de Zenit.

Vanuath ascendió un buen tramo de escalera en pos de Jesper, seguido por Sathelyn y Zenit. El ladrón semielfo erró un primer disparo de su ballesta, pero el segundo virote impactó en la espalda del guerrero Umbra que se batía con Cinthork.

Otra de las nubes incendiarias de Zenit envolvía en llamas las escaleras mientras los umbra la evitaban revoloteando en su forma de sombra. Sathelyn acertaba con su arco a Telamonte, mientras Jesper continuaba su ascenso por los peldaños. A unos pocos pasos, Cinthork descargaba un poderoso golpe con su martillo que hundía el pecho del guerrero, haciendo que se desplomase de espaldas, sin vida.

El sacerdote Umbra hizo entonces que una maraña de pequeñas criaturas hechas de pura sombra envolviesen a Telamonte y Cinthork. Si bien eran inofensivas para el Gran Príncipe, el minotauro podía notar el gélido tacto de esos seres, arrebatándole la vida poco a poco. Al mismo tiempo, el mago Umbra disipaba a la erinye y Telamonte se frustraba intentando alcanzar al paladín minotauro con su espada. Vanuath aprovecho la falta de atención del Gran Príncipe para acertarle con un par de virotes en la cadera.

Zenit trató de desatar una ilusión letal sobre el sacerdote Umbra, aunque no surtió efecto. Cinthork, descargó su martillo con toda la furia posible sobre Telamonte, acertándole en el costado. Jesper, por su parte, llegó a la zona superior de las escaleras, situándose entre el mago y el sacerdote umbras. La oleada de luz dorada les golpeó de lleno, haciéndoles gritar de dolor. Tres virotes de Sathelyn volaron también hacia el Gran Príncipe y, aunque solo dos de ellos impactaron, resultaron suficientes para arrebatarle la vida.

El sacerdote Umbra curó sus heridas, también las del mago. Pero este último, con su Príncipe ya caído, debió pensar que el combate no tenía demasiado sentido, así que optó por hacerse invisible. Vanuath, que se percató de esto, activó inmediatamente su Daga del Maestro Hurtador, que le permitía ver criaturas invisibles.

¡Vuestro Príncipe ha caído! —gritó Cinthork—. Rendíos y os perdonaremos la vida.

El sacerdote quizá fue a responder, quizá intentase algo distinto. No tuvo tiempo, de todos modos. Una rayo de energía verdosa surgido del dedo índice de Zenit le golpeó en el pecho, dejándolo reducido a un montón de cenizas humeantes.

Mientras, confiando en su invisibilidad, el mago Umbra corrió escaleras abajo, pasando entre los compañeros. Con una maligna sonrisa en el rostro, Vanuath le dejó pasar. Le dejó avanzar todavía un buen trecho.

Luego le incrustó uno de sus virotes en la nuca.

El cuerpo del mago Umbra se hizo visible justo antes de caer de bruces en la escalera y escurrirse hacia abajo sobre los peldaños, con la cabeza dando botecitos entre crujidos húmedos.

Todo quedó en silencio. Las miradas de los cinco compañeros confluyeron en las puertas. Aquellas enormes hojas de madera labrada, reforzadas con un metal dorado que no era oro, sino algún tipo de material desconocido, eran la última barrera que les separaba de las Tablas del Destino.

Pero estaban agotados y, temiendo lo que pudiese haber tras aquellas puertas, decidieron regresar al edificio donde aguardaban Eola y la tripulación para descansar. Antes de irse, Cinthork tomó la espada de Telamonte y, tras sopesarla, la ató a su espalda.

No tuvieron percance alguno al desandar el camino, y las enormes puertas del templo volvieron a abrirse para ellos. Cuando regresaron junto a la tripulación del Aethereon, fueron recibidos con entusiasmo. Vanuath incluso con ciertas insinuaciones indecentes por parte de Eola, las cuales decidió ignorar.

Y así, se dejaron vencer por el sueño.

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