Los Reinos (T4) - Las Tablas del Destino (18/18)

Tras salvar la vida milagrosamente cuando su navío volador —el Aethereon— se estrelló contra la isla flotante del Plano Astral donde se encontraba el Templo del Destino, los compañeros descifraron el modo de entrar en el edificio sagrado. Allí, se enfrentaron en un duro combate al Gran Príncipe Telamonte y sus hombres, acabando con los últimos miembros de la raza de los Umbra. Exhaustos por el combate, el grupo se replegó a uno de los edificios de la explanada para descansar y, de ese modo, poder acometer su último desafío, aquel que sin duda les aguardaba tras las enormes puertas que conducían al corazón mismo del Templo del Destino.


Cuando despertaron, completamente restablecidos, volvieron a encaminarse al Templo, donde, tras colocarse una vez más sobre los círculos, las enormes puertas se abrieron para ellos. Atravesaron la amplia nave hasta las puertas que daban a las escaleras, donde aún se encontraban tendidos los cadáveres de los Umbra. Según se aproximaban a las puertas, Vanuath usó su capa mágica para hacerse invisible.

Las puertas cedieron ante el empuje de Cinthork, dejándoles acceder a una cámara sumida en una profunda oscuridad de carácter mágico, pues ni siquiera la visión de los elfos era posible allí. La única y tenue iluminación parecía provenir de cinco enormes tablas de piedra, rodeadas por un halo de luz verdosa.

Entonces, las puertas se cerraron a sus espaldas. Una poderosa respiración resonó en la estancia.

Qué inesperado —dijo aquella voz cavernosa—. El minotauro que perdió a su dios y luego recuperó la fe. El ladrón semielfo que sufrió una pérdida irreparable. El mago que busca un conocimiento aunque este le ponga en peligro. El sacerdote que se debate entre su fe y su ambición. La guerrera huérfana que encontró una familia entre este grupo de aventureros... no esperaba que fuerais vosotros los que llegaseis hasta aquí.

Los compañeros permanecieron en silencio, escuchando la poderosa respiración que provenía de la oscuridad.

Y ahora yo... Yo soy el heraldo de vuestra destrucción —prosiguió la voz—. Yo... soy... ¡Niv-Mizzet!

La luz se hizo en aquella estancia que parecía tener una altura infinita, dejando ver a un enorme dragón con unas escamas entre doradas y purpúreas, con una cola retorcida, largas alas con flecos azules, membranas espinadas alrededor de la cabeza y largos cuernos oscuros.

Cinthork trató de convencer al dragón de que no querían combatir, pero sus compañeros ya hacían acopio de magia y activaban sus objetos mágicos.

El combate era inevitable. Las garras de Niv-Mizzet se crisparon sobre el suelo, destrozando las baldosas.

Zenit lanzó una tormenta de meteoros flamígeros sobre el dragón que, sin embargo, la hizo desvanecerse con su magia antes siquiera de que llegase a él. A la vez, Vanuath hendía dos de sus virotes en las escamas del colosal reptil . Sathelyn trató de usar la ilusión mortífera de su Arco de Pesadillas, pero el dragón también contrarrestó el efecto mágico. Jesper, por su parte, hacía que un celestial se materializase ante el dragón y atacase con su espada de llamas.

Mientras despojaba con su magia a Cinthork, Sathelyn y Vanuath de su velocidad mágica con un simple pensamiento, Niv-Mizzet descargaba su aliento, envolviendo a Jesper y Sathelyn con él. Ambos, no obstante, lograron rodar por el suelo para evitar lo peor. Un momento después, Cinthork se acercaba volando, merced a su capa mágica, para plantarse ante él, enarbolando la espada de los Umbra.

Esta vez, Zenit invocó una erinye junto al dragón. La diablesa atacó con furia, pero no logró atravesar las gruesas escamas. Vanuath si acertó con otro par de disparos —uno de los cuales inutilizó una de las alas del dragón—, al igual que Sathelyn. Entre ambos, estaban erizando el lomo de la bestia con proyectiles. Como respuesta, el dragón desplegó un poder psíquico que causo un tremendo dolor mental a Cinthork, Vanuath y Zenith.

Jesper desplegó entonces su energía curativa, aliviando tanto a Sathelyn como así mismo. A la vez, su celestial seguía intentando herir al dragón. La hoja de llamas rebotaba una y otra vez contra aquellas escamas blindadas. Al tiempo, las garras de Niv-Mizzet alcanzaban a Cinthork, causándole un daño atroz; aunque el minotauro se defendió devolviendo un profundo corte en el costado del dragón, intensificado por el poder de su dios.

Mientras la erinye lograba herir con su hoja negra al reptil, Zenit le lanzaba un rayo desintegrador que volvía a ser contrarrestado por la magia del dragón. Entonces, otra oleada psíquica, que hizo encogerse a Vanuath y Sathelyn, hizo derrumbarse a Zenit, agonizando. El ladrón semielfo fue rápido, arrodillándose junto a su compañero y vertiendo en sus labios una poción curativa a la vez que Sathelyn mantenía ocupado al dragón clavándole flechas por todo el cuerpo.

Jesper se acercó a donde estaban Vanuath y Zenit, devolviéndoles la vitalidad con el poder de Lathander, mientras su celestial volaba hasta Cinthork para emplear sus propios poderes curativos con el minotauro. Esto no debió gustarle a Niv-Mizzet, ya que disolvió al celestial con una orden de su mente. Pero el dragón tenía más preocupaciones: Cinthork acababa de asestarle otro buen tajo con la espada.

La erinye volvió a herir al dragón, que harto, la disolvió con un pensamiento mientras, a la vez contrarrestaba una ilusión letal de Zenit. Vanuath acertaba con dos virotes más, mientras que Sathelyn usaba su espada mágica para herir con un rayo desintegrador al reptil. Jesper también lo intentó con su coraza, aunque el rayo desintegrador de esta erró por bastante.

Niv-Mizzet golpeó con su látigo psíquico a Cinthork y Jesper, para luego volver a descargar su aliento de fuego sobre el sacerdote y Sathelyn. Las heridas eran terribles. Aunque Sathelyn consiguió rodar de nuevo para evitar lo peor, Jesper estaba bastante herido. Cinthork, por su parte, asestaba otro golpe en una de las patas del dragón.

La siguiente ilusión proyectada por Zenit sí penetró las defensas mágicas del dragón, haciéndole rugir de terror y dolor mientras Vanuath aprovechaba para acertarle de nuevo, esta vez en el rostro. Sathelyn disparó otro par de flechas, una de los cuales escarchó la carne del reptil alrededor de la herida. Jesper empleó entonces el poder de su dios para sanar sus quemaduras antes de disolverse en una bruma plateada para reaparecer justo junto al dragón.

Niv-Mizzet golpeó mentalmente a Cinthork, Jesper y Sathelyn, antes de tratar de dominar la voluntad del paladín minotauro. Pero la fe de Cinthork era fuerte, como la protección de su dios, y el dragón no logró doblegarlo. Como respuesta, el guerrero sagrado, asestó a la bestia una nueva cuchillada.

Las defensas mágicas del dragón parecían haberse venido abajo, ya que un rayo de luz verdosa arrojado por Zenit trazó una terrible herida en el lomo del dragón. Dos flechas más de Sathelyn, una de ellas heladora, acertaron en los cuartos traseros de la bestia, que rugía de dolor. Jesper, de pie ante el monstruo, como un baluarte, desplegó una andanada de luz dorada que hizo saltar por los aires varias escamas de la criatura, entre sangre pulverizada al viento y hedor a carne quemada.

Niv-Mizzet apretó los dientes, arrojando una andanada mental sobre Vanuath y Zenit que acabó con el ladrón semielfo tendido en el suelo. Luego, el enorme dragón abrió sus fauces y descargó su aliento flamígero sobre un Jesper que estaba demasiado cerca. El cuerpo del sacerdote, humeante, rodó por el suelo para quedar inmóvil. Niv-Mizzet sonrió, a pesar de que la espada de Cinthork volvía a entrar e su costado.

Zenit corrió los pasos que le separaban de Vanuath para tomar una de las pociones del cinto del semielfo y verterla en su boca. El mago curvaba sus labios en una sonrisa al ver cómo su compañero se restablecía cuando la andanada psíquica volvió a golpearles. Esta vez fue el propio hechicero quien se desplomó en el suelo. Mientras, Sathelyn usaba la magia de su Medallón de Zancada para tratar de llegar hasta Jesper. Por desgracia, la guerrera vio exhalar al sacerdote su último aliento justo cuando estaba a un paso de él.

Niv-Mizzet se volvió entonces hacia Cinthork, descargando su poderosa cola contra él. Entonces, el minotauro logró activar a tiempo su anillo mágico para que un escudo de energía detuviese el golpe mortal. La respuesta del paladín fue brutal: la hoja de la espada Umbra resplandeció con el poder de Tyr y se hendió en el pecho del dragón, que retrocedió con un rugido.

Apretando los dientes mientras el poder mental del dragón le destrozaba, Vanuath logró verter otra de sus pociones en los labios de Zenit, haciendo que el mago abriese los ojos. El mago se puso en pie para lanzar otro haz de energía desintegradora que derramó la sangre del colosal reptil.

Entonces, Niv-Mizzet se volvió hacia Sathelyn. Lo hizo justo a tiempo para contemplar a la guerrera con el arco tenso. La cuerda se liberó y la flecha zumbó en el aire para clavarse en el cuello del dragón. Rápidamente, el hielo se extendió sobre las escamas.

Se oyó un crujido.

El cuello helado de Niv-Mizzet se quebró en una explosión de pequeños cristales de color sangre, dejando que la cabeza de la bestia rodase sobre el suelo. Poco a poco, el repiqueteo de aquellos pedacitos gélidos se fue extinguiendo de forma gradual.

Todo quedó en silencio.

Al menos hasta que unos pesados pasos resonaron en la sala. Desde algún lugar, apareció un anciano que, pese a su apariencia humana, medía unos tres metros de altura. Con un gesto de la mano, hizo que el cuello de Niv-Mizzet se uniese de nuevo y el enorme dragón volviera a cobrar vida.

El anciano, al que los compañeros habían reconocido como Ao, el dios de dioses, acarició la cabeza del descomunal reptil, que se frotó contra él.

¿Te encuentras bien, amigo mío? —preguntó el anciano.

Ha sido un buen combate —respondió el dragón, mirando a los compañeros.

Sí lo ha sido —reconoció Ao—. Ahora regresa a Ravnica. Te llamaré si te necesito.

Tras hacer una profunda reverencia, Niv-Mizzet se elevó hacia aquel techo infinito, perdiéndose en las alturas hasta desaparecer de la vista del grupo.

Ao hablo entonces a los compañeros, explicándoles que las Tablas del Destino estaban ahora a su merced. Podían inscribir sus nombres en ellas, convirtiéndose en dioses. Podían borrar el nombre de algún dios, arrebatándole la divinidad. O podían destruirlas, haciendo que el panteón de divinidades quedase inmutable para toda la eternidad.

Antes de tomar una decisión, los compañeros le pidieron a Ao que le devolviese la vida a Jesper. Aunque le parecía una petición bastante insignificante para una deidad como él, accedió. Con una convulsión, el sacerdote elfo abrió los ojos y emitió un profundo jadeo cuando la vida regresó a su cuerpo.

Ya con el grupo al completo, los compañeros decidieron destruirlas, de modo que Cinthork las golpeó una y otra vez con su martillo hasta reducirlas a polvo. Después, le pidieron a Ao que les devolviese a sus hogares, y que hiciese lo mismo con la tripulación del Aethereon, que aguardaba en uno de los edificios de la isla flotante, fuera del templo.

A Ao solo le hizo falta un gesto. Era el dios de los dioses, después de todo.

* * *

Un año más tarde, en una enorme casa dentro de las murallas de Alcázar Zhentil, Vanuath observaba cómo jugaban todos aquellos niños que había rescatado de las calles. A los que había dado un futuro, aunque también enseñado ciertas... “habilidades”. Tras él apareció una mujer, su madre. Aquella a la que su trato con Laeral le había devuelto la vida.

Nunca pensé que lograses traerme de vuelta, hijo —susurró la elfa—. Pero esto —señaló a los niños— hace que todo haya merecido la pena.


En otra casa, lejos de allí, Sathelyn se despedía de su marido y de su hijo. No lo hacía para marcharse a guerrear, sino para ir a encargarse del albergue para huérfanos que ella misma había levantado con el dinero de sus aventuras. Un lugar donde, a los niños de la calle, se les buscaba una familia y un futuro.


Mientras, en los Valles, los aventureros de todo pelaje seguían contando historias sobre un mago que habitaba una torre en el bosque, la cual estaba hoy aquí y mañana allá. Pero lo importante era que Zenit —o Fenbalar, según algunos—, que así se llamaba el mago, se alzaba como un faro de ayuda y conocimiento para todos los aventureros que acudían a él.


No muy lejos de aquella torre, en La Maraña, Cinthork, el ya conocido por todos como Defensor de Tyr, libraba las últimas batallas de una larga guerra contra el Eldret Veluuzhra. Un combate más doloroso que nunca en mucho tiempo, pues quien ahora lideraba a aquellos elfos supremacistas era Jesper.

No era el Jesper de siempre, sin embargo. Era un Jesper que había renegado de Lathander para volver a adorar —en teoría— a Collerion Larethian, el dios de los elfos. Aunque en el fondo de su alma, Jesper era totalmente consciente de que no era a ese dios a quien escuchaba, sino a un ente mucho más oscuro.


¿FIN?

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