La Rosa de Acero: Hijos de La Madriguera (2/X)

Había sido una noche larga para Malhadado. Pese a poder disfrutar, una vez más, de aquel cómodo colchón en Los Dejados, había dormido poco. La visión del cadáver abotargado de Recuero no le había dejado descansar. No sabía quién era el responsable del asesinato, pero por su cabeza pasaban tanto la banda de Lobo como el propio Serrín atando cabos. Sea como fuere, la sensación de que él podría ser uno de los siguientes no se le iba de la cabeza.


Decidió que sería una buena idea pasarse por el Puerto Dulce, ya que allí hacía la mayor parte de sus negocios el difunto Recuero. Así que se fue allí con su atril de trilero y comenzó a desplegar su arte ante los transeúntes. Algún que otro marinero picó, también algún estibador. Por desgracia, atrajo otro tipo de atención que no le venía nada bien.

Una pareja de guardias del bailío se acercó. Uno de ellos le había reconocido en el Barrio de los Sacos. Tras insultarle, e incluso escupirle, le volcaron el atril y le obligaron a marcharse. No era la primera vez que los guardias le trataban así, ni sería la última, pero estaba frustrado porque le hubieran echado antes de llegar a averiguar nada.

Caminó hasta la tienda de Picoafilado, donde puso al mercader al corriente de su fracaso en el puerto. Mientras hablaban, apareció en la tienda el hijo de Grito, que también se llamaba Grito y al que todos llamaban Gritito, y que también gritaba mucho al hablar.

El muchachos le dijo a Picoafilado que le enviaba su padre. Al parecer, un grupo de hombres había estado en Los Dejados preguntando, no solo por él, sino también por Luna y por alguien que pudiese encajar con la descripción de Malhadado, aunque los tipos aseguraban que tenía negocios en el puerto. Gritito les dijo que, según su padre, esos hombres trabajaban para la banda de Lobo.

Ambos le agradecieron la información al muchacho, pidiéndole que regresase a Los Dejados y les avisase si aquellos hombres regresaban haciendo preguntas.

Cuando ya se había marchado Gritito, Malhadado cayó en que aquello del trabajo en el puerto era la tapadera que había empleado con Recuero durante la timba. Sin duda, aquellos hombres que les buscaban habían hablado con Recuero antes de que muriese... o de que lo matasen. Pudiera ser que la banda de Lobo sospechase que la timba estaba destinada a facilitar el robo del libro de registros. Lobo había mandado matar a Recuero por su incompetencia, y ahora buscaba que pagasen los artífices del robo.

Estaban en un buen lío.



Luna despertó aquella mañana en casa de Amaranto. Le gustó verle feliz. Al parecer, la entrega del libro había hecho que Nadiegüelto tuviese en bastante estima al joven. Lo habían celebrado toda la noche.

Mientras la ladrona se vestía frente al espejo, Amaranto la observaba desde la cama, con una enorme sonrisa en los labios. Luna se fijó en que abría la boca para decir algo que finalmente calló. Ella le preguntó al respecto.

Tras dudar un momento, él le contó que Nadiegüelto le había dicho que quería hablar con ella. Seguramente por asuntos de negocios. Si bien Luna se mostró recelosa, Amaranto la tranquilizó, asegurando que la acompañaría a la cita.

Luna volvió a dudar. Él se lo volvió a pedir. Dijo que era importante.

Sintiéndose estúpida, aceptó.

Luego se marchó de la casa, caminando con gesto serio hasta la puerta trasera del Velo Nocturno. Allí sacó de la cama a Tiarella, quien ya se había echado a dormir tras una larga noche de trabajo. Entre lágrimas, le confesó a su amiga que sabía que Amaranto la utilizaba, que le daba igual ponerla en peligro con tal de cumplir con sus ambiciones, pero que le amaba y no era capaz de alejarse de él.

La prostituta le confirmó que Amaranto le parecía «un puto cerdo» y que pensaba que Luna debía dejarle, pero, al fin y al cabo, ella se dedicaba a tener sexo por dinero y quizá no era la más indicada para aconsejar sobre relaciones. Aunque bien era cierto que a ella nunca le habían rajado el cuello por culpa de un cliente, como le señaló a su amiga.

Viendo que estaban en un punto muerto, Tiarella descorchó una botella de vino y ambas decidieron bebérsela entera para ahogar un poco las penas.



La piedra atravesó el vidrio de la ventana, haciendo que tanto Picoafilado como Malhadado diesen un respingo. Al mirar hacia el exterior, vieron a Gritito esbozando una mueca de disculpa. Inmediatamente, el niño comenzó a hacer señas hacia la calle, como indicando que alguien se acercaba. Adivinando que se trataba de los hombres de Lobo, Malhadado se escurrió por la puerta hacia el callejón lateral, donde sonrió al encontrar a otro que se llamaba también Lobo, su perro callejero, que estaba tumbado sobre el suelo, esperándole.

Malhadado se acercó a una de las ventanas a fin de escuchar la conversación del interior.

Un par de hombres entraron en la tienda, con aspecto de tipos duros y espadas al cinto. Le preguntaron a Picoafilado por la timba de hacía dos noches y por su relación con Serrín. También por Malhadado, por una chica joven y rubia, y hasta por Romero. El mercader estuvo rápido de mente y diestro de lengua, asegurando que apenas conocía a Serrín, que Malhadado era poco más que un simple conocido que les había invitado a Romero y a él a la timba, y que ni siquiera conocía a esa mujer rubia de la que le hablaban.

Los tipos parecieron creerle. Uno de ellos anotó una dirección en un pedazo de pergamino y le dijo a Picoafilado que si encontraba a Malhadado o a la mujer rubia le diera aviso; cosa que el mercader prometió hacer.

Una vez los hombres se hubieron marchado, Malhadado volvió a entrar en la tienda. Después de que ambos meditasen lo que había ocurrido, le pidió a Picoafilado que le hiciese llegar a aquellos hombres que podían encontrarlo en Los Dejados. La idea de Malhadado pasaba por hacer que Serrín cargase con todo el peso de lo ocurrido y sirviera para saciar la sed de sangre de Lobo.

De ese modo, Malhadado se encaminó hacia la posada, mientras que Picoafilado iría a la dirección anotada para entrevistarse con Lobo.



Aquella tarde, Luna acompañó a Amaranto hasta la guarida de la banda de Nadiegüelto, un cuarteto de edificios apiñados en cuyo interior se habían derribado varios tabiques para convertir aquello en un enorme espacio interconectado. Estando ya ante la puerta del líder de la banda, Amaranto le dijo a la ladrona que debería entrevistarse sola con el jefe de la banda. Bastante contrariada con su novio —le había prometido que la acompañaría en la reunión con el criminal—, cruzó aquella puerta.

Nadiegüelto era un hombre bastante siniestro y de voz suave. Lo primero que hizo fue agradecer a Luna su gran trabajo a la hora de conseguir el libro de registros para él. Luego le ofreció a la muchacha la posibilidad de colaborar una vez más. El nuevo trabajo, además, le daría la posibilidad de entrar de manera formal en la banda.

Cuando Luna mostró interés por el trabajo, Nadiegüelto deslizó un libro sobre su mesa. La mujer lo conocía de sobra y, por si le cabía alguna duda, los restos de su propia sangre en una de las cubiertas disiparon todas las dudas. Se trataba del libro de registros que ella había robado en casa de Recuero.

Nadiegüelto le dijo que, si aceptaba el trabajo, sería contactada en breve por alguien de la banda. Llegado ese momento, debería dejar aquel libro en el lugar que se le indicase. A cambio, recibiría un par de bolsas y pasaría a formar parte de la banda.

Luna aceptó.

Cuando cruzaba la puerta para marcharse, Nadiegüelto le hizo un regalo, advirtiéndola de que la banda de Lobo andaba haciendo preguntas sobre una ladrona con el pelo de color rubio caramelo. Luna le agradeció la información antes de salir.

Menos de un par de campanadas después, Luna empleaba unos barros adquiridos en la botica para teñir sus cabellos de negro.



Cuando Picoafilado llegó a la dirección proporcionada por los hombres de Lobo, fue conducido de inmediato ante la presencia del líder de los contrabandistas. Lo encontró sentado tras su escritorio. Un par de hombres sujetaban a un tercero sobre la mesa, con el brazo extendido. El sujeto chillaba mientras Lobo le cortaba un par de dedos con su cuchillo. Según vio a Picoafilado, dejó aquello y ordenó a sus hombres que se llevaran a aquel tipo que gritaba, lloraba y sangraba demasiado.

Tal y como había convenido con su amigo, Picoafilado le contó a Lobo que podría encontrar a Malhadado en la taberna Los Dejados. Además, el mercader aprovechó la ocasión para sondear a Lobo con la posibilidad de hacer negocios juntos.

Si bien Lobo se mostró receptivo a ello, también parecía estar al tanto de que Picoafilado había cerrado algún tipo de trato con la banda de La Puta Coja. Cuando el mercader negó este punto, Lobo le advirtió de que mantener negocios en paralelo con dos bandas rivales de contrabandistas le podía llegar a costar muy caro.

Con su misión cumplida y una amenaza a cuestas, Picoafilado se marchó de allí.



Los hombres de Lobo encontraron a Malhadado con la tarde ya muriendo, en la taberna Los Dejados, justo donde les había dicho Picoafilado. El truhán estaba sentado tranquilamente en una de las mesas. Los tipos comenzaron a hacerle preguntas nada más sentarse: les interesaba todo lo relativo a la timba que había entretenido al difunto Recuero hasta altas horas la misma noche del robo.

Malhadado trató de desviar toda la culpa de aquello hacia Serrín, el hombre que le había contratado, asegurando que él se había limitado a jugar a las cartas en una partida. Por desgracia, uno de aquellos hombres le explicó que Lobo necesitaba aplicar algún tipo de solución sangrienta sobre alguien —igual que le explicó que la muerte de Recuero se produjo cuando había caído accidentalmente seis veces sobre su cuchillo— y que, al no encontrar a Serrín, probablemente sería el propio Malhadado quien acabase destripado para contentar al jefe criminal.

Ante tan aciaga perspectiva, Malhadado prometió que encontraría a Serrín para entregárselo a Lobo. Esto pareció servir, al menos de momento, a aquellos hombres. Tras despedirse con algunas amenazas más, se marcharon de la taberna.



* * *



A la mañana siguiente, Malhadado decidió husmear por algunos locales de juego para ver si lograba localizar a Serrín. Finalmente, el camarero de un establecimiento llamado El Dado Loco dijo conocerlo. Según aquel hombre, Serrín había abandonado la ciudad en barco hacía un par de días —la mañana posterior a la partida—, puede que con dirección a Buenapunta.

Algo frustrado por aquella revelación, Malhadado se interesó por la posibilidad de que aquel hombre le consiguiese una cita con alguien de la banda de Riofrío, a la que pertenecía Serrín. El camarero se mostró dispuesto a ello a cambio de una bolsa de plata. Aunque Malhadado quería aquella reunión, el precio le pareció excesivo, de modo que decidió no concertarla.

De ese modo, caminó hasta la tienda de Picoafilado para reunirse con el mercader. Una vez se pusieron al tanto de los avances de cada uno, el tendero pensó que quizá pudiesen ganar la protección de la banda de La Puta Coja en aquel asunto. Por mediación de Grito, concertaría una cita para aquella noche con Modrego en Los Dejados.



Aquella tarde, Picoafilado y Malhadado volvieron a reunirse en la tienda, esta vez con la presencia de Luna. Cuando sus compañeros se interesaron por el nuevo pelo moreno de la ladrona, esta les contó que los hombres de Lobo parecían estar buscándola. Los tres se preparaban para acudir a la cita con Modrego cuando Amaranto apareció en el lugar. Tras saludar a los compañeros, le indicó a Luna que Nadiegüelto quería verla.

Así, Luna dejó a Picoafilado y Malhadado encaminándose a su reunión con Modrego mientras ella se dirigía a ver a Nadiegüelto. Una vez en la guarida de este, recibió instrucciones de depositar el libro en una dirección indicada aquella misma noche.

Luna se desplazó junto a Amaranto hasta una casa en bastante buen estado para hallarse en La Madriguera. Aguardaron un buen rato allí hasta que vieron a un niño que le hizo algún tipo de seña al muchacho.

Es el momento —le dijo Amaranto a Luna, antes de marcharse y dejarla sola.

Un rápido vistazo le bastó a la ladrona para detectar al perro que dormitaba en el patio delantero, de modo que rodeó la casa para saltar la valla por la parte de atrás. La ladrona hizo girar la cuerda con el garfio en el extremo, lanzándola hacia arriba para fijarla al alféizar de la ventana.

Apenas había empezado a trepar cuando escuchó los ladridos del perro. Trepó más deprisa. Las mandíbulas del can chasquearon a menos de una pulgada de sus tobillos. Con el corazón desbocado en el pecho, la muchacha llegó hasta la ventana. No le costó colarse en el interior. Una vez allí, dejó el libro sobre el escritorio que había en una de las habitaciones.

Como escuchaba al perro ladrando aún en la parte trasera, se escurrió con sigilo por la casa. Sus pies se deslizaron sobre los escalones como si no pesaran, sin arrancar ni el más mínimo crujido. Salió por la parte delantera de la vivienda, saltando la valla con agilidad para volver a la calle.

Sin embargo, la sonrisa que se dibujaba en su rostro se borró al ver el pelotón de guardias que se acercaba por el otro extremo de la calle. Luna corrió. Un par de guardias corrieron tras ella, pero era demasiado rápida y logró ponerse a salvo.

Finalmente, segura ya de que nadie la seguía, se dejó caer en uno de los callejones para recuperar el aliento.



El encuentro con Modrego no fue como Malhadado y Picoafilado esperaban. Aquel hombre no tenía la más mínima intención de implicar a su banda en una guerra abierta con la gente de Lobo. Además, Malhadado comenzaba a sospechar que Modrego había actuado de forma relativamente independiente en todo aquello.

Ante la presión conjunta de los compañeros, el hombre reconoció que la persona de su banda encargada de hacerse con el libro era una tal Tisana. Al parecer, Modrego se había anticipado como forma de ganar terreno ante una rival en la propia organización. Cuando los compañeros se interesaron por dónde podían encontrar a aquella mujer, les dio el nombre de una posada de Las Leñeras llamada La Herradura Escarlata.

Modrego salió primero del local, seguido a unos pasos por los dos hombres que, con estupor, observaron cómo su contacto era abordado por la guardia del bailío apenas ponía un pie en la calle. Modrego juraba no haber hecho nada y nadie le explicaba los cargos de su detención, pero Malhadado y Picoafilado pudieron ver el libro de Recuero en las manos de uno de los guardias.

No pudieron curiosear mucho más, pues un par de puntas de cuchillo se apoyaron contra sus espaldas. Se trataba de los hombres de Lobo que el día anterior se habían visto con uno y otro por separado. Aquellos tipos parecían ansiosos por lograr algún resultado que llevarle a Lobo, y parecían sospechar que los compañeros estaban mareando demasiado la perdiz. Los compañeros usaron toda su retórica para tranquilizar a aquellos hombres y asegurarles que, en breve, pondrían a Serrín en sus manos. Tras unas cuantas amenazas bastante atroces, los tipos les soltaron.

Aún tragando saliva, los compañeros decidieron ir a ver a Tisana, esperando que aquella mujer les proporcionase la protección que Modrego les había negado por parte de la banda de La Puta Coja. De ese modo, se encaminaron hacia el barrio de Las Leñeras.

La Herradura Escarlata era una taberna de mercenarios. No les costó mucho dar con Tisana, quien escuchó con mucho interés la historia de cómo Modrego había maniobrado para anticiparse a ella en la consecución del libro, y con mucha satisfacción la de cómo este acababa de ser prendido por la guardia. Sin embargo, prácticamente se burló de la petición de ayuda de los compañeros.

En ese momento, Malhadado pensó que era una buena idea tratar de amenazar a la mujer con culparla ante Lobo de la operación en casa de Recuero. Bastó un gesto de Tisana, y ver a unos pocos mercenarios levantarse, para que los compañeros salieran a toda prisa del local. La propia Tisana les siguió junto a un par de tipos enormes, pero Malhadado y Picoafilado se movieron rápido por las calles hasta lograr perderlos.

Caminaban ya por La Madriguera, en plena noche, intentando pensar en un siguiente paso, cuando la noche acabó de torcerse. Un par de hombres les salieron al paso empuñando garrotes. Se trataba de hombres de Mirlo, que volvieron a reclamarle a Picoafilado la deuda con su patrón. Era solo una excusa. Se echaron sobre los compañeros.

Fue una pelea caótica, con los contendientes rodando por el suelo. Picoafilado perdió un par de dientes a causa de un garrotazo en la cara, antes de dejar a su oponente en el suelo y alejarse renqueando hacia un callejón, con la boca sangrando y una pronunciada cojera. Malhadado seguía en el suelo, forcejeando con el otro matón, quien le había dislocado un hombro, hasta que logró apuñalarlo en un costado y quitárselo de encima.

Con los hombres de Mirlo fuera de combate, los compañeros intentaron seguir hasta la tienda de Picoafilado, pero el mercader sentía un dolor terrible en la rodilla golpeada. Retirando el pantalón, pudo ver que tenía un enorme y creciente moratón en el lugar: parecía una especie de derrame interno.

Sin tiempo que perder, Malhadado le ayudó a llegar hasta la casa de un sanador, al que sacaron de la cama en plena noche. Por una buena suma, el hombre aplicó unos pinchazos sobre la pierna del mercader, antes de colocarle unas sanguijuelas. Luego, atendió el hombro de Malhadado.

Tal y como les aconsejo el sanador, pasaron el resto de la noche allí.



* * *



A la mañana siguiente, mientras Luna recibía un par de bolsas como pago por su trabajo y entraba oficialmente en la banda de Nadiegüelto, y Picoafilado regresaba con paso renqueante a su casa, Malhadado se desplazó hacia el cubil de Lobo, cuya dirección le había facilitado el mercader.

Allí, Malhadado hiló un embuste que describía a Serrín —que había abandonado la ciudad— como un mero instrumento en manos de la auténtica artífice de todo: una miembro de La Puta Coja llamada Tisana. El trilero le sugirió a Lobo que solo debería buscar a esa mujer y hacerla pagar por el robo del libro a Recuero.

Esto no le sentó muy bien a Lobo. El criminal le explicó a Malhadado que no podía participar en un agravio contra su persona —ayudando a robar el libro— y luego limitarse a señalar a un culpable para que fuera el propio Lobo quien lo arreglase todo. Debería ser el propio Malhadado, o cualquiera de sus estúpidos cómplices en todo aquello, quien le trajesen a Tisana hasta su maldita mesa. Para enfatizar sus palabras, Lobo hizo que uno de sus hombres, Coralino, sujetase a Malhadado mientras él le amputaba el meñique con su daga.

Con esas instrucciones, y un dedo menos, Malhadado se marchó de allí mientras intentaba no desangrarse.

Pasó el resto de la tarde en su habitación de Los Dejados. Al menos hasta que escuchó una serie de murmullos bajo su ventana, entre los cuales creyó escuchar su nombre. No le dio tiempo a asomarse, pues la puerta de su habitación se abrió de golpe. Entró Tisana y, detrás de ella, un hombre con armadura de cuero y espada al cinto.

Malhadado trató de salvar la situación hablando, como siempre, pero Tisana no parecía por la labor: ordenó a aquel tipo que le matase antes de salir por la puerta. La espada destelló al salir de su vaina, antes de hacer trizas la mesilla de noche, el colchón y el marco de la puerta. Malhadado blandió su daga con torpeza un par de veces, sin conseguir nada. Luego saltó por la ventana.

La caída desde el primer piso se solventó con bastante dolor y, afortunadamente, ninguna herida; aunque su daga rebotó por el suelo para ir a parar a cualquier sitio fuera de la vista. Tampoco iba a buscarla. Corrió.

Malhadado corrió para salvar la vida.



Luna y Amaranto habían pasado todo aquel día bebiendo y haciendo el amor, celebrando que la ladrona había entrado en la banda de Nadiegüelto. Por supuesto, Amaranto tenía planes para todo el dinero que la muchacha había ganado con el trabajo: le habló de doblar esa cantidad a través del juego.

A Luna, por supuesto, no le hacía ninguna gracia todo aquello, y prefería guardar toda esa plata. Sin embargo, nunca había podido resistirse a las súplicas de Amaranto, a sus caricias... Maldiciéndose, le entregó el dinero, sabiendo que ya estaba perdido.



* * *



Los siguientes seis días resultaron bastante intensos, en especial para Luna. La muchacha tuvo que escapar por la ventana de su casa cuando los hombres de Lobo, que habían averiguado lo del nuevo color de su pelo, se presentaron a por ella.

Se ocultó un par de días en casa de Amaranto, aunque también la encontraron allí. Pudo escapar, también por la ventana, solo gracias a que Gritito —el hijo pequeño de Grito— llegó para advertirla de que iban a por ella. Por desgracia, los matones de Lobo pagaron su frustración acuchillando al niño hasta la muerte.

Trató entonces de ocultarse en El Velo Nocturno, junto a Tiarella, pero los hombres de Lobo estaban ya allí cuando llegó. Se vio obligada a huir por los callejones mientras era perseguida por uno de ellos al que, con una ágil finta, logró hacer caer al Canal de los Suspiros.



Malhadado pasó esos días ocultándose, de callejón en callejón, durmiendo abrazado a su perro. Un par de matones de poca monta dieron con él. Mientras su perro destrozaba la garganta de uno de ellos, el trilero desarmaba al otro, arrebatándole el garrote que, un momento después, usaría para reventarle el cráneo al tipo cuando este trataba de huir.



Picoafilado fue el que estuvo más tranquilo esos días. Recibió la visita de los hombres de Lobo, quienes preguntaban por Malhadado, a la vez que exigían resultados. Una vez más, el mercader empleó su labia para ganar algo de tiempo.



* * *



Sabiendo que el margen con Lobo y su gente se acababa, y que Tisana les buscaba, Picoafilado decidió ir a buscar a Amaranto para que les pusiese en contacto con Luna, que estaba escondida en la guarida de Nadiegüelto. El chico accedió a cambio de que Picoafilado intercediese con Lobo para que Luna también quedara exonerada de toda culpa por el robo a Recuero.

Los tres compañeros se reunieron en la tienda del mercader, acompañados de Amaranto. Juntos, planearon emboscar a Tisana en su propia casa y llevarla ante Lobo. Amaranto les dijo que podría conseguir la dirección de la mujer.

Así, aquella noche, Malhadado, Picoafilado y Luna se personaron ante el domicilio de Tisana, en el Barrio de los Sacos. Tras cerciorarse de que la mujer no estaba en casa, Luna usó sus ganzúas para abrir la cerradura. Se colaron dentro.

Tisana llegó unas campanadas después, acompañada por un enorme mercenario. Ambos ebrios.

Según cruzaron la puerta, Luna apuñaló el muslo de la mujer, mientras Picoafilado hacía lo propio en el costado del hombre. Malhadado se acercó blandiendo su garrote pero, aunque logró golpear la sien del mercenario, se llevó un tajo de espada en el brazo. El mercader trató de acabar con el tipo, pero este le hizo rodar de una patada en el pecho antes de salir corriendo por la calle y llamando a gritos a la guardia. Mientras, Luna retorcía el brazo de Tisana y la inmovilizaba en el suelo.

No había tiempo que perder, de modo que los compañeros se llevaron a la prisionera, conduciéndola a punta de cuchillo por las calles de Plataviva mientras eludían a la guardia. Había pasado la medianoche cuando llegaron a la guarida de Lobo.

Lobo les recibió tras su escritorio, ataviado con su camisón de dormir. También estaban allí Coralino y otro par de hombres. Viendo su situación, Tisana se defendió ante el hampón, acusando a los compañeros de ser los únicos responsables, junto con el huido Serrín, del robo a Recuero y presentándose a ella misma como un chivo expiatorio.

Por suerte, Luna había previsto que aquello sucedería y había advertido convenientemente a Malhadado, quien ya tenía previstos sus argumentos para desmontar el discurso de la mujer.

Los hombres de Lobo pusieron a Tisana sobre la mesa para que su jefe comenzase a apuñalar salvajemente la nuca de la mujer. Una vez. Otra. Otra. Otra. En un momento, Lobo, su escritorio, sus hombres, todos estaban cubiertos de sangre y algún pedazo de cerebro.

Luego, Lobo les dijo a los compañeros que estaban en paz. Del mismo modo, le anunció a Picoafilado que, desde ese momento, empezarían a hacer negocios juntos.

Puede que por la mente del mercader pasase el pensamiento de que ya había cerrado tratos con la banda de La Puta Coja, pero ese era un problema del que se tendría que ocupar más adelante.

Habían salido de todo aquello con vida, y eso ya era bastante.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cuando las cosas no están saliendo bien

El Secreto de Ephestus (1/1)

Taller de Aventuras: La Cosecha