Veneno en la sangre (T4) - El Lamento del Hierro (8/X)
Los compañeros habían logrado por fin la ansiada adhesión de los enanos de Trono de Kantirm a la alianza contra Yzumath. Por desgracia, un nuevo e inquietante evento podría volver a dificultarlo todo: los guerreros de Baerrak, el general traidor de los enanos, habían robado del Templo de Ejun los mapas de la tumba de Momdas Hacha de Sangre, el Rey Maldito. Baerrak tramaba algo, y no sería nada bueno.
Elatha le preguntó a Thydur por aquel rey Momdas. El sacerdote les contó a todos que Momdas fue un antiguo general enano que se hizo con el trono dando un sangriento golpe contra el rey. Sometió con crueldad a los enanos y aplastó con terrible violencia cualquier indicio de oposición —real o imaginaria— en Trono de Kantirm.
En un momento dado, la ambición de Momdas, y quizá también su paranoia, le llevaron a buscar poder e inmortalidad en un pacto con fuerzas oscuras. Así, se entregó a un ritual llamado “El Lamento del Hierro”. Dicho ritual requería que Momdas se quitase la vida para que, después, un grupo de sacerdotes oscuros entonase un cántico, alimentado por la sangre de un oficiante, que habría de traerle de vuelta como a un poderoso no muerto.
Por desgracia para Momdas, sus enemigos en Trono de Kantirm se enteraron de sus planes. Irrumpieron en el palacio para interrumpir el ritual poco después de que Momdas se hubiese quitado la vida bebiendo veneno. Tras ejecutar a los sacerdotes impíos, sepultaron el cuerpo del Rey Maldito en lo más profundo del Espinazo de Hierro, donde permanecería custodiado por poderosos guardianes.
Según les explicó Thydur, el pergamino robado no solo contenía la ubicación exacta del sepulcro, sino las palabras de poder que controlaban a los guardianes. Ese era el verdadero poder del pergamino, pues aunque la ubicación de la tumba era desconocida, se sabía que se encontraba en algún lugar de los conocidos —evidentemente— como Túneles de Momdas. Fuesen lo peligrosos que fuesen aquellos túneles, lo que disuadía a curiosos o saqueadores era la presencia de los guardianes, aunque nadie sabía muy bien qué clase de criaturas eran.
Para todos era bastante claro que, fracasado el plan de los esbirros de Yzumath para subyugar trono de Kantirm tras la muerte del cacique gigante Almauj, Baerrak se encontraba desesperado. Su única posibilidad de éxito pasaría por llevar a cabo el ritual del “Lamento del Hierro” para alzar al Rey Maldito. No sabían de dónde podía haber sacado el general traidor a los sacerdotes oscuros, pero sospechaban que la mano de Yzumath estaba detrás de aquello.
La general Fiora se ofreció de inmediato para internarse en aquellos túneles junto a un grupo de soldados. No quería llevar un grupo demasiado numeroso, en parte por la naturaleza angosta de aquellos túneles y en parte porque todavía había presencia de gigantes y trolls en las cercanías de Trono de Kantirm y no quería desproteger la ciudad. Además, a Baerrak no podían quedarle ya demasiados hombres: la general estimó que, a lo sumo, una veintena.
De inmediato, los compañeros se ofrecieron a acompañar a Fiora. Una vez más, la reina Anleen les agradeció su ayuda. Trono de Kantirm estaría por siempre en deuda con ellos.
Sin tiempo que perder, el grupo partió al anochecer. Guiados por Thydur, que conocía el camino a los Túneles de Momdas, los compañeros salieron de Trono de Kantirm por la Puerta Noreste junto a la general Fiora y cinco de sus mejores hombres. Tomaron un angosto sendero de montaña que les llevó, zigzagueando durante horas, hasta una enorme pared vertical que se hallaba dividida en dos por una cascada que se desplomaba desde las alturas hasta un pequeño estanque a los pies de la pared. La masa de agua continuaba luego a modo de riachuelo su descenso por las montañas hacia el Río Esmeraldino. Thydur les indicó que la entrada a los Túneles de Momdas se encontraba tras la cortina de agua.
No sin cierta dificultad, vadearon un trecho del estanque hasta encaramarse a las rocas sobre las que rompía el agua de la cascada. De tan cerca, y a la luz de las antorchas, la entrada al túnel era visible tras la cortina de agua: un oscuro arco de piedra casi cubierto por la hiedra daba paso hacia las entrañas del Espinazo de Hierro.
Como siempre, Mira se ofreció para abrir la marcha. Antes de que cruzase aquel arco hacia la oscuridad, Ingoff murmuró unas plegarias a Oteyar, implorando la protección de su dios.
Con las ropas aún empapadas, Mira cruzó el arco para adentrarse en un pequeño pasillo que, después de unos pocos metros, se abría a una estancia cuadrada en la que había otros dos corredores. Apenas había dado unos pasos dentro cuando el sonido de las armaduras matraqueando llegó hasta ella.
El sonido de los resortes de las ballestas precedió a sendas lluvias de virotes que surgieron desde la oscuridad de cada uno de los corredores. Mira rodó por los suelos, aunque alguno de los proyectiles llegó a morder su carne. Un momento después, casi una decena de enanos armados con hachas y espadas irrumpieron a toda carrera en la sala. Todos estaban infectados por el sarpullido negruzco: eran los hombres de Baerrak.
Alertados por el sonido del combate, Elatha, Ingoff y Thydur entraron en la sala empuñando sus armas. Fiora también entró con dos de sus soldados, ya que la estancia era tan pequeña que los otros tres tuvieron que quedarse fuera. Mientras retrocedía para dejar paso a sus compañeros, Mira disparó varias flechas consecutivas sobre un grupo de enemigos, que tuvo que frenar su avance.
Dos de los soldados de Fiora cayeron bajo las hachas de los traidores al tiempo que Thydur pronunciaba el nombre de Ejun para que un destello cegase momentáneamente al grupo de enanos sobre los que Elatha se arrojaba, lanza en mano. Un momento después, dos de ellos se desplomaban tras haber sido atravesados por la guerrera.
Fiora y dos de sus soldados llegaban en apoyo de Elatha cuando Mira disparó su arco contra el grupo de tres traidores que combatían contra ellos, pero el miedo de la semielfa a herir a sus compañeros hizo que errase el tiro.
Mientras el sonido de más combatientes llegando por los túneles retumbaba en la estancia, Ingoff y Thydur retrocedían acosados por cinco guerreros. Dos de los soldados de Fiora llegaron en su apoyo, pero el sarpullido negruzco parecía hacer infatigables a aquellos traidores. Por suerte, esta vez sí, Mira disparó tres flechas consecutivas que abatieron a los tres enanos que aún combatían con Elatha, Fiora y uno de los solados. El grupo, liberado, corrió a posicionarse en la entrada de un corredor por el que, podían oírlo, llegaban más enemigos.
En el otro lado de la sala, Ingoff interponía su escudo ante una lluvia de hachazos enemigos. Thydur alzó la mano e imploró a su dios para que otro destello cegase a sus oponentes el tiempo suficiente para que el paladín acometiese en respuesta, auxiliado por los dos soldados de Fiora que combatían junto a ellos. El hacha de Ingoff llevó a cabo una auténtica carnicería, dejando cuatro cadáveres sobre el suelo de piedra en apenas unos segundos. El último enano cayó con el cuerpo atravesado por una flecha de Mira, que disparó mientras caminaba para situarse en el centro de la sala, ahora vacía, mientras Ingoff, Thydur y los dos soldados se preparaban para defender el segundo corredor.
La segunda oleada de enemigos llegó, con otros diez enanos infectados intentando entrar en la sala, cinco por cada corredor. Uno de los soldados que luchaban junto a Ingoff y Thydur, perdió la vida. En el otro corredor, otro soldado caía al tiempo que Fiora resultaba gravemente herida.
Ingoff, que acababa de destrozar a otros res enemigos con su hacha, le gritó a Thydur que curase a Fiora. El sacerdote enano se movió hacia allí rápidamente, sanando con su magia curativa a la general al mismo tiempo en que Mira cubría su retirada disparando el arco.
Embriagada por un frenesí homicida, quizá los efectos del sarpullido negruzco que empezaban a manifestarse, Elatha comenzó a cortar y ensartar con su lanza mientras Fiora, renovadas sus energías, la seguía a golpe de espada. Acabaron con sus cinco contrincantes justo a tiempo para recibir la tercera oleada de traidores que llegaban por el túnel. Thydur se colocó junto a ellas, empuñando su martillo de guerra. En el otro corredor, Ingoff y el soldado parecían controlar la situación. Los dos enemigos contra quienes combatían no tardaron en caer y no parecía que por aquel pasillo llegasen mas oponentes.
Un nuevo destello sagrado de Thydur hizo retroceder a los últimos cinco oponentes, lo suficiente para que Elatha y Fiora se arrojasen sobre ellos. Uno de ellos cayó ensartado por la lanza de Elatha justo a la vez que una de las flechas de Mira pasaba entre la guerrera y Fiora para abatir a otro enemigo.
Thydur retrocedió, dejando espacio a Ingoff en vanguardia, pero no sin hacer destellar su magia para cegar nuevamente a los tres adversarios. El hacha de Ingoff abatió a uno de ellos. La lanza de Elatha acabó con los otros dos.
Los compañeros quedaron en un silencio roto tan solo por sus propios jadeos. Los cadáveres de veinticinco enemigos atestaban el lugar, llenándolo todo de un hedor a sangre y muerte. Ninguno de ellos estaba herido de gravedad, así que no fue necesario que ni Ingoff ni Thydur volvieran a emplear su magia curativa.
Tras el reparador descanso, tomaron el túnel norte de la estancia. De nuevo, era Mira quien guiaba al grupo. Los pasillos eran estrechos y oscuros, tallados de manera tosca. El aire era pesado y rancio. Los compañeros, encontraron también viejos relieves de advertencia narrando las infamias de Momdas, el Rey Maldito.
Mira se encontraba distraída con uno de aquellos relieves. Era inusual en la exploradora, pero el avance del sarpullido negruzco, a veces, también la enturbiaba la mente. No vio a tiempo el pequeño cable oculto en el suelo del corredor y, de pronto, un escalofriante crujido precedió al desplome de parte del techo.
Elatha logró saltar hacia atrás a tiempo de eludir las rocas, si bien Ingoff, Mira y Thydur recibieron el impacto de algunas de menor tamaño. Por desgracia, Fiora no había podido evitar la enorme roca que se había desplomado sobre ella, aplastándola de forma fatal. Thydur se lamentó con amargura por la muerte de aquella heroína. Pero había trabajo que hacer, así que, después de que Ingoff y el propio Thydur empleasen su magia para sanar al grupo, continuaron.
Encontraron varios túneles colapsados en su camino, por lo que dedujeron que quizá algunos de los hombres de Baerrak también habían caído en varias trampas. Cada vez parecían descender más, y solo esperaban estar siguiendo el camino correcto. Mira les guiaba sin dudar y, pese a lo ocurrido con la trampa, no dudaban de ella.
De hecho, fueron los agudos sentidos de la semielfa los que detectaron lo que parecía un charco de brea en mitad del pasillo, casi cubierto por completo por el polvo terroso del corredor. Thydur les dijo que se trataba de un pudin negro, una especie de cieno viviente que atrapaba a los desprevenidos para devorarlos. No les costó demasiado encontrar otro corredor que les permitiese rodear a la criatura.
Así, continuaron otro largo trecho por aquellos túneles hasta llegar a una especie de puerta pétrea de forma circular. En su superficie había una serie de piezas móviles con runas talladas en cada una de ellas. Sin duda se trataba de una especie de combinación. La presencia de aquella puerta les indicaba que habían tomado el camino correcto, pero las huellas de pisadas en el suelo decían que Baerrak, y al menos cuatro personas más, les dijo Mira, habían pasado por allí.
Tras escupirse en las palmas de las manos y frotárselas, Thydur se aproximó a la puerta. Mira le indicó al sacerdote unas casi imperceptibles huellas de dedos sobre algunas de las runas, lo que podría ayudarle a averiguar cuáles eran las correctas. Solo faltaba averiguar la disposición en la que debían ser colocadas. A Thydur no le costó demasiado, tras un par de intentos.
Con un crujido, la enorme puerta circular se abrió y los compañeros pudieron seguir su camino hasta una caverna enorme, iluminada por la bioluminiscencia de hongos que crecían en las paredes. En el centro, había un profundo abismo y un antiguo puente de piedra que lo cruzaba. Dicho puente estaba parcialmente desmoronado y sería necesario saltar algunas grietas de importante tamaño.
Los compañeros avanzaron penosamente, estando a punto de caer al abismo en más de una ocasión. Finalmente, cuando lograron llegar al otro lado, se desplomaron, exhaustos por el esfuerzo y la tensión. La magia curativa de Ingoff y Thydur hizo su trabajo, aunque el sacerdote enano daba la sensación de estar algo cansado.
Continuaron un camino que no fue mucho más allá, pues al poco trecho llegaron a una gran bóveda natural en cuya pared opuesta podían verse las dos enormes puertas de la Tumba de Momdas. Flanqueando la puerta, dos gigantescas estatuas que representaban a guerreros enanos, armados por imponentes espadas de dos manos.
Apenas hubieron dado unos pasos, todos comprendieron la naturaleza de aquellos guardianes de los que hablaba la leyenda. Las dos enormes estatuas comenzaron a moverse en dirección a los compañeros. Una de las flechas de Mira rebotó inofensivamente contra el cuerpo pétreo de uno de los guardianes, mientras un haz de energía convocado por Thydur tampoco lograba hacer mella en la otra estatua.
Los guardianes llegaron hasta ellos. Esta vez, Mira activó el poder de su arco mágico y, cuando la flecha impactó en el guardián, este quedo paralizado. Elatha lanzó un grito furioso al tiempo que saltaba para hendir su lanza mágica en el pecho de piedra de la estatua, que se agrietó con un crujido atroz. El guardián de piedra se hizo añicos en un momento.
Thydur trató de usar su magia para cegar al otro guardián, aunque no pareció surtir efecto. La enorme espada de piedra descendió un momento después sobre Ingoff, obligándole a rodar por el suelo para no ser demediado. El paladín trató de rehacerse, pero su hacha apenas logro poco más que arrancar chispas del cuerpo pétreo.
Mira trató de emplear nuevamente el poder de su arco, pero este guardián no pareció verse afectado. Elatha trató de hendir su lanza en este nuevo adversario, inútilmente. Sin el efecto de la poderosa magia del arco élfico afectándole, el cuerpo del coloso parecía impenetrable. La enorme estatua lanzó un sesgo horizontal que golpeó de lleno a Thydur, arrojándolo a varios metros de distancia.
Tras escupir algo de sangre, el sacerdote cargó con su martillo hacia el flanco izquierdo del guardián, dando una posibilidad a Ingoff para que acometiese por la derecha. Si bien el hacha del paladín no logró abrir brecha en la piedra, la estatua se tambaleó. Al tiempo que Mira disparaba otra inofensiva flecha contra el guardián, Elatha se acercaba por su retaguardia y lograba arrancar con su lanza una buena porción de piedra del gemelo derecho del coloso. Lejos de siquiera inmutarse, el guardián proyectó nuevamente su enorme espada contra Thydur, arrojándolo por los aires hasta caer sobre el suelo de la caverna, inmóvil.
Con lágrimas en los ojos, Ingoff rodeó por la izquierda al guardián, mientras que Mira lanzaba una lluvia de flechas contra su rostro. Con la atención del coloso dividida, Elatha intentó aprovechar su oportunidad: empuñando la Lanza del Pantano con ambas manos, cargó contra la lumbar del gigante pétreo. La hoja se hendió hasta brotar por el abdomen, haciendo que el cuerpo del titán se agrietase por completo. Un momento después, la gran estatua se hacía añicos.
Sin tiempo que perder, Ingoff corrió junto a Thydur. El sacerdote enano estaba a punto de reunirse con los dioses, de modo que Ingoff invocó el poder de Oteyar para traer a su compañero de vuelta. Poco a poco, Thydur abrió los ojos. Con ayuda de Ingoff, se puso trabajosamente en pie. Estaba muy débil, pero ni el propio Yzumath con todas sus huestes iban a convencerle para no entrar en aquella tumba y enfrentarse a Baerrak.
Así, los compañeros se acercaron a las enormes puertas de piedra. No sin esfuerzo, lograron empujar una de las hojas para entrar en una amplia estancia. Para su sorpresa, encontraron casi un centenar de nichos excavados en las paredes, todos ellos llenos de huesos. Al parecer, Momdas había sido sepultado allí junto con sus partidarios.
Los obscenos cánticos rituales llegaban desde detrás de un arco situado en la pared este. Un arco frente al que no estaba otro sino el mismísimo Baerrak, enfundando en su armadura de combate y empuñando su hacha de guerra. El sarpullido negruzco casi cubría su rostro por completo.
—Llegáis tarde, el ritual casi se ha completado —dijo—. Ya he vertido mi sangre sobre los restos de Momdas y los sacerdotes que me envió el poderoso Yzumath casi han concluido.

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