Veneno en la sangre (T4) - El Lamento del Hierro (9/9)

Tras derrotar a más de una veintena de los guerreros enanos del traidor Baerrak y abrirse paso a través de los interminables túneles que horadaban el Espinazo de Hierro, los compañeros habían llegado hasta la Tumba de Momdas, el Rey Maldito. En un combate que casi le cuesta la vida Thydur, pudieron derrotar a las dos enormes estatuas guardianas del sepulcro. Ahora, dentro del osario donde descansaban los seguidores de Momdas, Baerrak les aguardaba para el combate mientras los oscuros sacerdotes de Yzumath se disponían a alzar de nuevo al Rey Maldito. La general Fiora y sus hombres cayeron en los túneles, así que ahora todo dependía únicamente de lo que ellos pudiesen hacer allí.


Mira actuó con presteza, disparando una de sus flechas, imbuida de magia paralizante, hacia Baerrak. Sin embargo, el general traidor logró esquivarla. A continuación, Elatha, Ingoff y Thydur cargaron a la vez contra el enano, blandiendo sus armas. La lanza de Elatha hendió la pierna de Baerrak, haciéndole gritar de dolor. El enano logró, sin embargo, bloquear con su escudo las acometidas de Ingoff y Thydur.

Al tiempo que propinaba un poderoso hachazo en la cadera de Thydur, atravesando la armadura para morder la carne, el enano corrompido por la esencia de Yzumath rugió con una voz gutural, una que, sin duda, no era la propia, sino la de su oscuro amo.

Guerreros del Rey Maldito... ¡A mí!

En ese momento, varios osarios explotaron en nubes de polvo, dejando surgir a cinco esqueletos de enanos, todos ataviados con armas y armaduras oxidadas. Dos de ellos acometieron a Mira que, gracias a su agilidad, pudo esquivar sus melladas armas. Los otros tres se abalanzaron sobre la retaguardia de Elatha, Ingoff y Thydur. El sacerdote enano, muy herido, tuvo verdaderos problemas para mantener el tipo.

Mientras, los cánticos provenientes de la cámara anexa se intensificaban. Una leve vibración pareció adueñarse del sepulcro y finos hilillos de polvo parecían caer desde el techo.

Otros cinco esqueletos surgieron de los nichos justo al mismo tiempo en que el hacha de Baerrak volvía a descender sobre Thydur. Esta vez, la voluntad del dios Ejun debió salvar la vida de su sacerdote, porque faltó realmente poco para que fuese decapitado. Mientras esquivaba los embates de tres esqueletos, mira trató, sin éxito, de quitarle algún esqueleto de encima al sacerdote.

Pero fue la lanza de Elatha, al atravesar a Baerrak, la que hizo que todos aquellos esqueletos se desplomasen como inservibles montones de huesos. Sin tiempo que perder, Ingoff y Thydur se apresuraron hacia la cámara de la que provenían los cánticos.

Cuando entraron en la estancia, un extraño e irreal destello de luz oscura les envolvió. Sobre un lecho de piedra, el cuerpo descarnado de un enano, enfundado en una negra armadura, parecía reposar. A los pies del lecho, los cadáveres degollados de tres sacerdotes, envueltos en negros sudarios. Un último sacerdote sostenía una daga de obsidiana contra su propio cuello y, antes de que pudiesen reaccionar, se quitó la vida.

Una andanada de energía helada les arrojó al suelo, mientras el polvo del sepulcro se levantaba para cegarlos. Cuando la nube comenzó a remitir, tenían ante ellos la figura de aquel enano descarnado, en pie, con los ojos llameando en un fuego negro y una enorme espada empuñada a dos manos.

Elatha y Mira llegaron a la cámara. La exploradora semielfa se quedó en la puerta, mientras la bárbara se colocaba junto a Ingoff. Thydur, por su parte, se alejó hacia una de las paredes. El Rey Caído les observó a todos con curiosidad.

—¿Quienes sois? —preguntó, mientras movía la cabeza, como si escuchase algo—. Da igual, escucho la voz de Yzumath, mi amo... y sé que debo destruiros.

Sin decir más, el Rey Maldito lanzó un potente golpe contra Elatha. Aunque la guerrera logró interponer el escudo, la fuerza del impacto la hizo retroceder varios pasos. Un momento después, Mira comenzaba a escuchar la voz de Momdas en su cabeza, ordenándola que atacase a Ingoff con una de sus flechas paralizantes. El paladín, mientras tanto, descargó su hacha contra el no muerto, que bloqueó su ataque sin demasiada dificultad.

Mira negó con la cabeza, logrando resistirse a la voluntad del Rey Maldito. Al tiempo, Thydur trataba de cegar al no muerto con un destello de su magia divina, sin conseguirlo. Elatha se empleó a fondo con su lanza, pero Momdas era demasiado rápido para ella, y bloqueaba cada ataque. El contraataque de Momdas fue esquivado por Elatha con bastante más fortuna que habilidad.

La voz del Rey Maldito volvió a sonar en la cabeza de Mira, pidéndola esta vez que disparase sobre Thydur.

Ingoff amenazaba al no muerto en nombre de su dios, lo que parecía divertir más que asustar a Momdas. Thydur, que corría para apoyar a Elatha e Ingoff en el cuerpo a cuerpo, recibió en la espalda la flecha de Mira. La semielfa, una vez consciente de lo que acababa de hacer, se desplomó de rodillas, con las manos cubriendo su rostro.

Ingoff gritó palabras de ánimo a sus dos compañeras, prometiéndolas que vencería a aquella aberración. Mira volvió a ponerse en pie, con la mirada perdida, mientras comenzaba a alzar su arco hacia Ingoff. Al mismo tiempo, la espada del Rey Maldito trazó un arco horizontal para cortar en el vientre de Elatha, que aulló de dolor. Era una herida terrible.

Apretando los dientes, la bárbara empuñó su lanza con ambas manos, lanzando un grito de guerra. Momdas bloqueó una vez más el golpe, aunque la potencia de la acometida le hizo retroceder a trompicones. La flecha de Mira cortó la mejilla de Ingoff que, sin embargo, volvió a gritar palabras de ánimo hacia sus compañeras, pidiéndolas un último esfuerzo.

Alentada por el paladín, Elatha propinó un nuevo golpe, logrando herir por primera vez a Momdas, que pareció realmente enfurecido. Mira sacudió la cabeza: había dejado de oír la voz del rey Maldito en su mente. Sin embargo, su sonrisa se esfumó cuando vio al enano no muerto enviar a Elatha rodando por el suelo de un fuerte empellón. Sin piedad, Momdas se abalanzó de nuevo sobre la guerrera, hiriendo su muslo. La bárbara estaba en las últimas.

Ingoff cargó sobre el no muerto, mientras gritaba a Elatha que se pusiera en pie y continuase luchando. Al tiempo, Mira descargaba una lluvia de flechas sobre Momdas, haciendo que el Rey Maldito tuviese que dejar un momento de lado a Elatha para desviarlas con su hoja. La guerrera aprovechó el momento, alzando su lanza para hendir el vientre de Momdas, que retrocedió tambaleante. Seguía en pie, pero el fuego negro de sus ojos parecía estar debilitándose.

Con un rugido terrorífico, el Rey Maldito se abalanzó sobre Elatha, que esta vez estaba demasiado débil hasta para intentar defenderse. La cabeza de la guerrera bárbara rodó por el suelo de piedra de la cámara. Ingoff, gritando de desesperación, no tuvo más remedio que rehacerse lo antes posible, pues Momdas ya cargaba sobre él. Un corte en el muslo le hizo apretar los dientes.

Las flechas de Mira lograron alejar un paso al Rey Maldito de Ingoff, justo cuando el no muerto acababa de herir nuevamente al paladín, ahora en el pecho. Ingoff trató de aprovecharse y atacar con su hacha, pero Momdas bloqueó con su hoja para luego contraatacar descargando un poderoso mandoble que envió también a rodar la cabeza del paladín. Mira lanzó un grito que era mitad angustia y mitad desesperación. Consciente de que sería incapaz de enfrentarse sola al no muerto, por muy debilitado que estuviese, echo a correr hacia el exterior del sepulcro.

Las risas de Momdas, el Rey Maldito, la persiguieron durante un buen trecho.

La semielfa no hubiese podido decir cuánto tiempo corrió por aquellos túneles hasta, por fin, dar con la cascada. Desde allí, logró llegar a Trono de Kantirm para contarle a la reina Anleen lo que había ocurrido. La soberana lamentó profundamente las muertes de Elatha, Ingoff y Thydur, al tiempo que mostraba una notable preocupación por el regreso de Momdas como un poderoso no muerto. Aquellos sucesos no hacían, en opinión de Anleen I, sino reforzar la necesidad de la alianza con Stormcliff.

Tras un par de días, en los que la Reina ordenó sellar los accesos a Trono de Kantirm. Anleen I envió un nuevo contingente a los túneles de Momdas en busca de los cuerpos de Elatha, Ingoff y Thydur. Mira quedó destrozada al recibir la noticia de que dichos cadáveres no habían sido hallados por los hombres de la Reina. Tampoco había ni rastro de Momdas, el Rey Maldito.

A la mañana siguiente, mientras los soldados enanos de Trono de Kantirm comenzaban a pertrecharse para la batalla en las enormes galerías subterráneas de la ciudad, Mira se preparaba para partir hacia Stormcliff: debía llevar la noticia de la alianza con los enanos, así como las de las muertes de Elatha e Ingoff. También llevaría consigo el orbe que habían recuperado de las ruinas de Hog-Gurum y que, según había sugerido el difunto Ingoff, pudiese ser la clave para hallar un remedio contra el sarpullido negruzo.

Así, Mira abandonó la ciudad para encaminarse, a través de las duras cumbres del Espinazo de Hierro, hacia la Carretera del Sur. Caminándola en sentido norte, sus pasos la llevarían hacia Stormcliff.

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