Campaña (Morir en Akkar): La venganza de Fluriu (4/4)
Capítulo 4: La
venganza honra a los muertos
Tras casi un mes de penosa recuperación, por fin Fluriu se encontraba en condiciones de volver a la acción. Así lo percibió su amigo Domirio al verle aquella mañana, lavando su cara en una palangana con la fría agua de la mañana. También lo percibió su amante, Loliin, que solo pudo mirarle no sin cierta melancolía y preguntar “¿Ha llegado la hora?”.
Y había llegado la hora. La hora de volver a partir en pos de su venganza.
Domirio y Loliin habrían de acompañarle, no hubiese podido impedírselo a ninguno de los dos ni aún queriendo. Pero no era suficiente: Fluriu quería enfrentarse a una tribu tyrneana, a un sabueso del caos y los dioses sabían a qué poderosa magia desplegada por el sacerdote del clan.
Aquella misma mañana, Fluriu visitó al sargento Pluriu, que mandaba provisionalmente en Salius hasta la llegada de un oficial de mayor rango. Desgraciadamente, Pluriu no tenía autoridad para proporcionar un contingente a Fluriu que cruzase con él la frontera.
Finalmente, Fluriu hizo valer la deuda que con él tenía el sargento después de lo decisiva que fuese la ayuda de Fluriu para la supervivencia del asentamiento nícico. Diez legionarios nícicos acompañarían a Fluriu en su cruzada a Tyrne.
Partieron a la mañana siguiente, internándose en las nevadas montañas de Tyrne sin demasiados problemas más allá de un rodeo que hubieron de dar para no internarse en un desfiladero que, según dijo Loliin, era propenso a sufrir aludes. No sabían donde estaba acampado el Clan de la Luna, pero se encaminaron hacia la localización que ocupaban hacía un mes, la última conocida por ellos.
Días más tarde, acosados por una brutal tormenta de nieve, el contingente se vio obligado a internarse en una cueva en busca de protección. Para su mala suerte, la cueva estaba ocupada por una osa que, más allá del sobresalto, no hizo mucho más que morir bajo las armas de los intrusos.
Un par de noches más tarde, un par de supervivientes irrumpirían de forma inesperada en el campamento que el contingente había establecido en las llanuras. Se trataba de un hombre bastante herido y una mujer que casi lo arrastraba. De inmediato, Fluriu empleó sus conocimientos como sanador para atender al herido.
Ambos pertenecían al Clan del Hueso y contaron una historia acerca de no muertos que habían atacado el campamento de su tribu, matando a todos menos a ellos; que habían conseguido escapar. La mujer les habló que otra tribu de su clan, mandada por su padre, se encontraba a un par de días de distancia. Fluriu accedió a que escoltasen a los supervivientes, a pesar de que significaba desandar parte del camino.
Cuando llegaron al campamento del Hueso, el jefe les dio las gracias. Después, el sacerdote de la tribu llegó a la conclusión, tras hablar con la mujer superviviente, de que tras el ataque se encontraba una plañidera, un peligroso ultraterreno con la capacidad de alzar muertos.
El jefe le propuso un trato a Fluriu: si le ayudaba a dar muerte a la plañidera, le prestaría a diez hombres para enfrentarse al Clan de la Luna. El nícico, pensando que aumentar su contingente de diez a veinte hombres era un buen negocio, accedió.
Así que junto a Loliin, Domirio, diez soldados nícicos y diez guerreros tyrneanos del Clan del Hueso, Fluriu partió hacia el campamento de los supervivientes que había encontrado unas noches atrás. Desde allí, confiaba en que Loliin pudiese seguir el rastro dejado por los no muertos.
Llegaron a ese campamento unos días después, de mañana. Aunque le llevó todo el día, Loliin finalmente encontró un rastro hacia el noroeste. Ya que era tarde, Fluriu decidió que aquella noche acamparan allí y partiesen al alba.
Así lo hicieron y, aquella misma noche, fueron atacados por un grupo de cuarenta putrefactos. Los no muertos se abalanzaron sobre ellos en busca de carne viva con la que alimentarse, pero fueron masacrados por los defensores del campamento. Aunque se logró rechazar el ataque, Loliin recibió heridas de gravedad, ya que fue mordida por varios de los monstruos.
A la mañana siguiente y, una vez Fluriu atendió convenientemente las heridas de Loliin, emprendieron la marcha, siguiendo el rastro que habían dejado los putrefactos sobre la nieve. Así llegaron a un lago helado, que no se atrevieron a cruzar; desconfiando de la fragilidad del hielo.
Durante el rodeo que les retrasó un par de días, encontraron huellas indicando que habían entrado en el territorio de caza de una manada de lobos cuyo alpha era un lobo atroz. Por suerte, gracias a las habilidades de Loliin, consiguieron aprovechar la dirección del viento para no ser detectados por los lobos.
Finalmente, llegarían a un desfiladero tan angosto que el sol no iluminaba su interior. La numerosa presencia de putrefactos en su boca indicaban que aquella era la guarida de la detestable plañidera.
Con cautela, Loliin empleó una hora en hallar una bajada al desfiladero que les permitiese sorprender a la plañidera sin tener que bregar con aquellas dos veintenas de putrefactos. Encontró un camino, pero por desgracia era tan estrecho que solo cuatro de ellos podrían descender por él sin alertar a los monstruos.
Así pues, bajaron Fluriu, Loliin, Domirio, un soldado nícico y un guerrero del Hueso. Mientras ellos descendían, el resto del contingente atacaba la boca del desfiladero para distraer a los putrefactos.
Tal y como había previsto Fluriu, tomaron por sorpresa a la plañidera. Una flecha del soldado y el hacha arrojadiza del tyrneano allanaron el camino para que el enorme hacha de Fluriu rematara el trabajo. Sólo la mala suerte quiso que el frío de ultratumba proyectado por la bestia ultraterrena quebrase la hoja del arma; aunque eso no la librara de morir horriblemente demediada.
Con la cabeza de la plañidera como trofeo, regresaron al campamento del Clan del Hueso, donde el jefe cumplió su promesa, cediéndole a Fluriu a los mismos diez hombres que le habían acompañado en pos de la plañidera.
Antes de partir en busca del Clan de la Luna, cuya ubicación exacta desconocía, Fluriu decidió pasar por el asentamiento tyrneano de Areto, donde podría conseguir provisiones para quince días y veinte hombres. Los soldados nícicos aguardaron a las afueras de Areto, a fin de que un pelotón de soldados extranjeros no causase demasiados problemas en el asentamiento.
Una vez en el asentamiento, Loliin decidió darse una vuelta y hablar con algunos de sus compatriotas, consiguiendo que un tratante de pieles les diese la ubicación del Clan de la Luna a cambio de una buena suma. Tras solventar una trifulca de taberna y tumbar a un tipo inmenso, Fluriu gasto la última de aquellas cornalinas que aún conservaba de su fuga de las minas en las que estuviese prisionero hacía algunos meses en obtener la ubicación de sus enemigos.
Viajaron a lo largo de la tundra, castigados por el inmenso frío del invierno tyrneano. Cansados y helados, castigados por la Salvaje Tyrne, se acercaban a su objetivo.
Acampados a un par de noches de camino del campamento del Clan de la Luna, fueron atacados por un grupo de guerreros Luna, acompañados de Noche, el enorme sabueso del caos que servía al sacerdote Miach.
Mientras el grueso de los soldados perseguía a los Luna, que se retiraban con Loliin como prisionera; Fluriu, Domirio y otros dos soldados quedaron algo atrás y a punto estuvieron de ser emboscados por el sabueso del caos. Sin embargo, la capacidad de Fluriu para leer la situación y una treta consistente en atraer al monstruo hacia el campamento al incendiar unas mantas, les permitieron burlar a la criatura.
Cuando se reunieron con su contingente, los hombres habían dado caza a la mayoría de los guerreros Luna, dándoles muerte. Sin embargo, no habían podido recuperar a Loliin. Fluriu tenía claro que debía rescatarla, pero antes decidieron dar un rodeo a fin de evitar al sabueso del caos, que sin duda debía andar rondando el lugar.
Al día siguiente, Fluriu decidió mandar a dos tyrneanos como exploradores hacia el campamento del Clan de la Luna. Sólo uno regresó, medio muerto y con un brazo medio amputado, para contarles que habían divisado el campamento, con unos veinte guerreros. También les advirtió que el sabueso del caos patrullaba a medio camino. De hecho, había atacado a los exploradores de regreso; matando a uno y dejándole a él tan malherido que moriría muy poco después.
Al día siguiente, Fluriu idearía una trampa consistente en que la mayoría de los hombres cavasen una suerte de madrigueras en la nieve, mientras que un par de ellos aguardarían en el exterior, como cebo para el sabueso. Cuando el monstruo atacase a los hombres, el resto de guerreros saldría para abalanzarse sobre el monstruo.
El plan salió bastante bien, menos quizá para los dos hombres que hacían de cebo, que acabaron cruelmente despedazados por las potentes mandíbulas del monstruo.
Con una amenaza menos, prosiguieron su camino hacia el campamento del Clan de la Luna.
La siguiente noche, sería la decisiva. Las fuerzas iban a estar bastante igualadas en cuanto a número de hombres, así que Fluriu esperaba contar con el factor sorpresa: su plan era abatir a la media docena de centinelas que guardaban el campamento y matar a todos los demás mientras dormían.
Aunque la pericia de los arqueros de Fluriu fue suficiente para acabar con los centinelas, no pudieron evitar que uno de ellos diese la alarma antes de morir. Con los guerreros Luna saliendo de sus iglús, Fluriu replegó a su contingente hacia una colina cercana a fin de ganar una posición ventajosa.
Los guerreros del Clan de la Luna ascendieron la colina bajo una lluvia de flechas. Cuando casi se encontraban arriba, Miach, el sacerdote de Tazzior, lanzó un haz de sombras sobre Domirio, cuya carne se marchitó hasta que el valeroso soldado murió entre horribles sufrimientos.
Enloquecido por la muerte de su amigo, Fluriu cargó colina abajo entre alaridos de furia y maldiciones. Sus ojos reflejaban en ese momento toda la oscuridad de ese alma consumida por el deseo de venganza.
Se abalanzó sobre el sacerdote, atravesándolo con su espada. Aunque su oponente intentó defenderse con el cuchillo que empuñaba, solo logro hacer un corte de poca importancia en el cuello del nícico.
La batalla era devastadora, ambos bandos habían luchado hasta casi la aniquilación. La nieve humeaba al contacto con ese océano de sangre vertida. Un vapor rojizo, siniestro a la luz de la luna menguante.
Entonces Fluriu se encontró cara a cara con Cogrik, el jefe del clan; el hombre que hacía un par de años había asesinado a su mujer y a su hijo. Iba envuelto en su pesada armadura y sostenía un espadón que ya se hallaba empachado de sangre. Tenía algunas heridas de la refriega, pero nada muy serio.
Fluriu se tomó un tiempo, esquivando las arremetidas de su enemigo mientras le observaba en busca de un punto débil. Cuando lo encontró, dio un paso al frente y tras agacharse ante un mandoble horizontal de su oponente, le hendió su espada bajo la axila hasta la empuñadura.
“Por mi familia”, le susurró Fluriu, casi al oído.
Cogrik le miró incrédulo y, tras escupir un borbotón de sangre, se desplomó muerto.
La batalla había acabado con apenas tres soldados nícicos como supervivientes, todos con heridas bastante críticas. Tras atenderlos de la forma más diligente que pudo, Fluriu se internó en el campamento, donde solo quedaban algunas mujeres y niños.
Una asustada tyrneana le indicó donde se encontraba Loliin retenida. El nícico la encontraría amarrada a un poste en el iglú del difunto Miach. Le habían dado una paliza, pero se encontraba razonablemente bien.
A la mañana siguiente, Fluriu quemó los restos de su amigo Domirio y los guardó en un recipiente. Esos restos le acompañarían en su nueva vida, ubicados en la más bella parte del jardín que el nícico anhelaba tener en su casa, una casa en la que compartiría en un futuro junto a Loliin.
Tras fabricar unas camillas de arrastre para transportar a los heridos, Fluriu y Loliin partieron de regreso a la frontera. Antes de entrar en territorio nícico, visitaron el campamento del Clan del Hueso, donde alabaron ante el jefe el valor demostrado por aquellos feroces guerreros que habían acompañado a Fluriu para saldar la deuda de su clan.
Lo que sigue es ya otra historia…
La historia de Fluriu reincorporándose al ejercito nícico en un puesto como sargento en Noonia, su antiguo pueblo. El asentamiento estaba siendo reconstruido y era un sitio tan bueno como cualquier otro.
Fluriu ocupó su antigua casa, ahora rehabilitada. Junto a Loliin, ya encinta, contemplaron el sol ponerse, apoyados en el árbol bajo el que descansaban los restos de la antigua familia de Fluriu y de Domirio, su gran amigo.
Si el bravo Fluriu Urtaerivio llevo una vida apacible tras esto o si vivió más peligrosas aventuras, es algo que tendremos que conocer más adelante…

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