Campaña (Sombra de la Bestia): Samedi. (6/6)
El Barón
Samedi espera en los cruces de caminos, donde las almas de los muertos pasan en
su camino a Guinee. Es asimismo el dios de la resurrección, pues solamente el
Barón puede aceptar a un individuo en el reino de los muertos. Si está de buen
humor, puede conceder a sus seguidores que sigan viviendo, pero si está de mal
humor, puede cavar sus tumbas demasiado pronto y enterrarlos vivos o, aún peor,
traerlos como zombis.
Es
notorio su comportamiento obsceno y siniestro, jurando continuamente y haciendo
bromas asquerosas a los otros espíritus. Es cruel y sádico en su humor. Le
gusta fumar y beber y se le ve raramente sin un cigarro en la boca o una
botella de ron en los dedos huesudos.
El Barón
tiene una legión de espíritus a sus órdenes. Estos espíritus están vestidos
todos como el Barón y todos de oscuro como su amo, a quien ayudan a llevar a
los muertos al mundo terrenal.
El Barón
Samedi tiene su origen en el Nuevo Mundo, no en África.
Capítulo 1: Hedor, fango y
mosquitos.
El
detective David A. Zimmerman fue contratado por el empresario Clayton Goldman
para encontrar a su nieta. Los padres de la niña habían muerto durante un
atraco de gasolinera que había acabado en tiroteo: la niña había desaparecido.
Por si
encontraba problemas, Zimmerman pasó a recoger a su amigo Joe “El Oso”, un
antiguo delincuente que le debía un par de favores y uno de los tipos más duros
de New Orleans.
La
gasolinera estaba en la Interestatal 10, volviendo a New Orleans desde Baton
Rouge. Allí, tras esquivar a un par de polis que montaban guardia, lograron ver
los videos de seguridad de la gasolinera y comprobar que no había sido un
atraco: habían ido a por la niña desde el principio.
El hecho
de que no se hubiera pedido un rescate desconcertaba a Zimmerman, pero se
pusieron a buscar la camioneta que aparecía en los videos de la gasolinera.
Tras registrar infructuosamente una granja en la que un lugareño les recibió
escopeta en mano (y al que Joe zurró de lo lindo), decidieron acercarse al
pueblo de Blackville; el asentamiento más cercano.
El
pueblo les recibió de maravilla: cuatro jóvenes locales quisieron dar una
paliza a Joe por intentar ligarse a una camarera, aunque la intervención de
Zimmerman evitó que las cosas se saliesen de madre.
Tras dar
unas vueltas por el pueblo, comenzaron a sospechar de un mecánico local, así
que entraron por la noche en su local y encontraron indicios de que había
reparado un vehículo similar al que aparecía en las grabaciones.
Joe
visitó a la camarera, por si disponía de información. Nuevamente, los jóvenes
del bar aparecieron para irrumpir en la casa. Los cuatro se llevaron una buena
paliza por parte de “El Oso”
Aquella
noche, por cierto, Zimmerman decidió tomar prestado el todoterreno de Joe para
ir al pueblo de al lado a tomar unas copas. Alcohol y velocidad no combinaron
bien, acabando con el coche de Joe estrellado contra una farola.
Mientras
su amigo dormía la mona, Joe dio una vuelta más por el pueblo. Cuando volvieron
a presentarse los cuatro matones locales, “El Oso” no pudo más: empleo el destornillador
de su cinturón de herramientas para atravesar rodillas y hombros, dejando a los
tipos incapacitados para un buen tiempo.
Por lo
demás, el día resultó infructuoso.
A la
mañana siguiente, Zimmerman y Joe irrumpieron en la casa del mecánico local,
arrancándole la confesión de haber reparado el vehículo de los Hamilton: los
responsables del secuestro. Los Hamilton eran una familia de paletos que
habitaban en los pantanos, gente peligrosa.
Desafortunadamente,
algún vecino había avisado a la policía tras escuchar los gritos del mecánico y
su mujer, por lo que los investigadores tuvieron que huir. Lamentablemente, la
policía les dio alcance y acabaron en el calabozo del sheriff.
Gracias
a un carísimo abogado enviado por Clayton Goldman, Zimmerman y Joe se vieron
libres en apenas un día.
Tras
hacerse con un rifle y algo de dinamita, decidieron poner rumbo a los pantanos
para localizar la vivienda de los Hamilton.
En el
mismo embarcadero de Blackville, tuvieron un encontronazo con varios
integrantes de la funesta familia. Joe no hirió a nadie con su dinamita, aunque
logró volar casi todo el embarcadero. Fueron las impresionantes dotes de
tirador de Zimmerman las que volaron unas cuantas rodillas y dejaron a los
Hamilton aullando en el suelo.
Los
disparos y las explosiones habían vuelto a llamar la atención de la policía,
así que los investigadores cogieron la lancha que quedaba intacta en el
embarcadero y se adentraron en los pantanos.
Dieron
bastantes vueltas por aquel laberinto de agua cenagosa y árboles retorcidos, e
incluso sufrieron el ataque de un caimán que mordió el brazo de Joe, aunque esa
mala bestia (Joe) atravesó el cráneo del reptil con su destornillador.
Justo
cuando anochecía, llegaron a la destartalada casa de los Hamilton. Una antigua
residencia colonial rodeada por densa y alta maleza y una valla de espinos.
Aunque
intentaron moverse en silencio, fueron detectados por los habitantes de la
vivienda.
Mientras
Zimmerman intercambiaba disparos con Rufus Hamilton, el patriarca, que estaba
encaramado al tejado, Joe empleaba su dinamita para hacer saltar en pedazos a
los demás miembros de la familia, que disparaban desde la maleza.
En un
momento dado, Joe arrojó su último cartucho al tejado de la casa, desmoronando
parte de la estructura y haciendo caer a Rufus al interior de la vivienda.
“El Oso”
no perdió un minuto: tras arrancar de cuajo la puerta principal, la enarboló
como un arma contra el patriarca de los Hamilton. Ni siquiera las postas de la
escopeta impactando contra su pierna lo detuvieron a la hora de aplastar la
cabeza del tipo con la puerta. Rufus ya estaba más muerto que vivo cuando un
disparo del rifle de Zimmerman llegó desde el exterior para volarle la sien.
Cuando
la policía llego, descubrieron a varios niños hacinados en un cobertizo cerano.
La nieta de Goldman no estaba allí, pero uno de los otros niños la recordaba:
se la habían llevado un par de días antes unos desconocidos que le dieron algo
de dinero a Rufus Hamilton.
Capítulo 2: Sombras de New
Orleans.
El
periodista Jason Miller, del New Orleans Herald, fue el encargado de cubrir la
noticia de la aparición del cadáver de la nieta de Clayton Goldman, que había
aparecido con la garganta rajada a orillas del río Missisipi.
La
cobertura de aquella noticia le hizo contactar con Joe “El Oso”, ya que este
había sido uno de los investigadores de la desaparición de la muchacha a manos
de una familia de inadaptados que habitaban en los pantanos de Blackville.
La desaparición
de una nueva niña, esta vez en New Orleans, hizo que ambos se pusieran a
investigar. Joe el Oso impulsado por el sentimiento de culpa de no haber podido
salvar a la chica Goldman y Miller ansiando conseguir el Pulitzer.
La
pequeña Amanda Smith, de 8 años de edad e hija de dos tenderos locales había
sido secuestrada al salir del Colegio Católico Saint James. Allí, Joe y Miller
se entrevistaron con la hermana Rita Clarcke, quien les dio la descripción de
un hombre bastante sospechoso al que había visto un par de días antes de la
desaparición, merodeando cerca del colegio.
Miller
se cobró algún favor que le debían en la redacción, por lo que Julia, una
compañera, le puso en contacto con un patrullero local. El agente le habló de
un tipo al que habían identificado merodeando por colegios de la zona: un tal
Peter Wilson.
En
previsión de que pudiesen encontrar problemas, Joe le dio una pistola al
periodista.
Cuando
Joe y Miller se presentaron en la casa de Wilson, este trató de escapar, sin
embargo, un empellón de Joe le envió contra la pared, haciéndole saltar algunos
dientes. Un par de minutos después, el tipo estaba amarrado a una silla en el
interior de su propia casa y bastante dispuesto a hablar.
Reconoció
ser un pederasta, aunque dijo no tener que ver en la desaparición de Amanda
Smith. Sin embargo, dijo haber visto a otro tipo merodeando también por la zona
el día que secuestraron a la niña. Recuerda que vio al tipo saliendo de una
tienda de bricolaje frente al colegio.
Los
investigadores se marcharon de la casa, dejando a Wilson atado y amordazado a
aquella silla, donde acabaría por morir deshidratado unos cinco días más tarde.
Joe
visitó la tienda de bricolaje, donde hizo bastantes buenas migas con el dueño,
quien le dio acceso a las grabaciones de seguridad. En ellas se veía al sujeto
del que hablaba Wilson comprando en la tienda. El ticket de la tarjeta de
crédito le identificaba como un tal Oswald McLambert.
El
contacto policial de Miller, les indicó que si bien no constaba una dirección
del tipo en los registros municipales, si figuraba su empleo como personal de
mantenimiento en el Vapor Natchez.
No les
costó demasiado atrapar a McLambert a la salida de su trabajo. Una vez Joe le
hubo apretado las tuercas lo suficiente, el tipo reconoció que secuestraba
niños para un tal Douglas, a cambio de unos cinco mil dólares por trabajo.
Desconocía lo que pasaba con los niños después.
Le
obligaron a concertar una cita con Douglas, quien eligió para ello el
Cementerio Nº1 Lafayette. Joe contactó con su antigua banda de moteros para que
le diesen cobertura en el encuentro. Se llevaron a McLambert por si le
necesitasen, manteniéndolo bajo la custodia de dos siniestros moteros.
El tal
Douglas se olió la encerrona casi al momento, lo que inició una persecución a
pie entre las lápidas del Lafayette. En un momento dado, emboscó a Joe,
propinándole un par de golpes en la cabeza con un candelabro de bronce
arrancado de un mausoleo. Sin embargo, la gran fuerza física de Joe le permitió
resistir y, posteriormente, reducir a su oponente.
Lamentablemente,
no tuvieron oportunidad de interrogar a Douglas, ya que se tragó su propia
lengua, asfixiándose al tiempo que profería una serie de maldiciones invocando
algo llamado “Serpents Noirs”.
Miller
registró el cuerpo, encontrando la tarjeta de visita de un tal Joshua
Reddington entre las ropas de Douglas.
Antes de
marcharse del cementerio, Joe encargó a los moteros que se deshiciesen de
McLambert.
A la
mañana siguiente, unos tipos dispararon a Miller desde un vehículo. Tras una
trepidante persecución por las calles de New Orleans en la que tanto el Ford de
los atacantes como el Audi de Miller quedaron destrozados, el periodista logró
abatir a disparos a uno de los hombres. El otro, había muerto al estrellarse el
vehículo.
El señor
Reddington trabajaba en un despacho de la calle Jefferson, por lo que los
investigadores decidieron abordarle al salir del mismo. Sin embargo, cuando se
disponían a hacerlo, el tipo se metió en medio de una procesión fúnebre.
Por si
fuese poco, un hombre parecía seguir de cerca al Reddington a fin de
protegerle. El inesperado guardaespaldas apuñaló por sorpresa a Joe, quien sin
pensarlo mucho, le hundió su inseparable destornillador en el pecho.
Acorralaron
a Reddington en un callejón, donde fue noqueado por Joe de un puñetazo que casi
le manda al otro barrio. Tras echar el cuerpo inconsciente de Reddington a la
camioneta, lo llevaron al taller de Joe.
Una vez
consciente, Reddington les habló de un tal Jean-Pierre Faulks y una plantación
en las afueras a la que llevaban a los niños; aunque no supo ubicarla muy bien.
Cuando quedó claro que no obtendrían nada más de ese hombre, Joe le hundió su
destornillador en la garganta.
Decidieron
entonces allanar el despacho de Reddington en busca de más información. Allí
encontraron un antiguo grabado con escenas de oscuros ritos en lo que parecía
una plantación colonial y un diario en el que se relatan sacrificios de niños en
una plantación a las afueras, sin especificar claramente su ubicación.
Algo
perdidos, decidieron llevar el grabado a una tienda de esoterismo, donde quizá
les pudiesen dar alguna información referente a los ritos o a la historia de
esa plantación donde tenían lugar.
Así,
acabaron dando con la tienda de Mamá Jeanette, quien les habló del mal que se reavivó
en New Orleans desde hacía un par de años y de la magia Palo Mayombe. Les habló
del culto de los Serpents Noirs, una secta vudú que realizaba sacrificios
humanos en una finca a las afueras ya abandonada, cuya ubicación les
proporcionó.
La
santera les advirtió que no contasen con la policía, ya que el dinero de Faulks
les tenía bajo control.
Mamá
Jeanette vió la muerte de Miller en la plantación Faulks, así que le hizo
entrega de una pequeña reliquia en forma de medalla de plata. La “Medalla de
Santa Teresa”, como protección.
Aquella
misma noche, los investigadores fueron atormentados por terribles pesadillas
que apenas les dejaron descansar en condiciones.
Pasaron
la mañana visitando a los moteros de la antigua banda de Joe, para
aprovisionarse con algunas armas que les ayudarían a asaltar la plantación
Faulks aquella noche.
La
plantación estaba en un estado ruinoso, aunque no deshabitada.
Allí
encontraron a varios hombres armados con machetes entre los que se abrieron
paso a disparo limpio.
Y
entonces, descubrieron el auténtico horror.
En
aquella plantación había muertos, muertos que caminaban, animados por la oscura
magia del Palo Mayombe y que sólo caían cuando se les volaba la cabeza.
Los
nervios de Joe se desmoronaron, cayendo el hombretón de rodillas entre
sollozos. El tiempo que tardó en recuperarse, fue arrastrado por Miller, que
abatía hordas de no muertos con su AK47 mientras tiraba de su enorme compañero.
Cuando,
minutos después, Joe se hubo recuperado, acabaron con unos cuantos zombies más
y decidieron entrar en la casa.
No
tardaron demasiado en acabar con toda resistencia allí dentro, encontrando a la
Amanda Smith en una de las habitaciones: la niña estaba bien, habían llegado a
tiempo.
Pero
encontraron a alguien más.
En un
despacho, encontraron a Jean-Pierre Faulks, quien amenazó a los investigadores
con la venganza de su culto y la grandeza que habría de llegar para los
Serpents Noirs.
Se
produjo un intercambio de disparos en el que, tal y como había predicho Mamá
Jeanette, Miller acabó muriendo.
Registrando
el despacho, Joe encontró correspondencia de email con un tal Carlens Arcus,
que parecía residir en Puerto Príncipe (Haití). En los correos, Faulks y Arcus
hacían referencia a alguien a quien llamaban “Gran Maestro”. También encontró una
factura del Distinction Night Club, en Puerto Príncipe.
Tras
dejar a Amanda Smith en la puerta de un hospital, Joe se dirigió a buscar a su
amigo Zimmenman.
Había
que viajar a Puerto Príncipe.
Capítulo 3: Luna llena en Puerto
Príncipe.
Joe “El
Oso” y Zimmerman llegaron a Puerto Príncipe, la capital de Haití, en compañía
de Ian Peterson, un joven aventurero al que acababan de conocer no hacía mucho
y que había perdido a su hermano pequeño a manos de la secta de los Serpents
Noirs.
Tras un
fugaz encuentro con delincuentes locales, llegaron al Distinction Night Club, un
club de moda en la ciudad en el que se mueven tanto droga como prostitución. El
dueño, Wilde Guerrier reconoció la fotografía de Carlens Arcus. Le había visto
en el local hablando con una extranjera (inglesa o americana) en uno de los
reservados. Joe supo moverse por el local, hablando con unos y otros para
conseguir el nombre de Liliana Johnson.
No les
costó demasiado averiguar que la mujer vivía en Labadee, un lujoso complejo
turístico en la playa al que no tenían acceso los haitianos. Allí, Liliana
Johnson se dedicaba a conseguir todo tipo de cosas ilegales para los turistas
extranjeros desde su lujoso bungalow.
A bordo
de una zodiac hábilmente pilotada por Ian, consiguieron colarse en la playa
privada del complejo a la mañana siguiente y, con cuidado, llegar hasta la casa
de Liliana Johnson. Varios
guardias de seguridad armados con escopetas Benelli 121 y porras les guiaron
hasta la mujer, que decidió recibirles.
Cuando
el grupo se mostró interesado en el vudú, la reacción inmediata de la mujer fue
tomárselo a broma, aunque reconoció que algunos de sus clientes se interesaban
de cuando en cuando en esas tonteriás y que conseguía objetos vudú o contrata
rituales para extranjeros ricos a través de un tal Duckens Placide, que tenía
una tienda en el Marché en Fer.
Se había
hecho tarde, así que el grupo decidió ir a dormir a su hotel. La visita al
Marché en Fer se llevaría a cabo por la mañana.
Aquella
noche, Joe tuvo una vívida pesadilla en la que alguien colocaba su cabello en
un muñeco y perforaba este con un largo alfiler. La Medalla de Santa Teresa le
ardía en el pecho. Al despertar, comenzó a vomitar sangre.
A la
mañana siguiente, el grupo visitó el Marché en Fer, un gran mercado público donde
Duckens Placide vendía amuletos vudú a quien estubiese interesado. Cuando el
grupo llegó con sus preguntas, Duckens intentó huir, aunque Ian logró darle
alcance gracias a su estupenda forma física.
Duckens reconoció
que compraba los amuletos vudú a un tal John Herivaux. No sabía dónde vivía,
pero una vez le había acompañado a una vieja destilería ilegal en la selva
donde el tipo fabricaba ron casero. El grupo obligó a Duckens a llevarles hasta
allí a bordo de la camioneta que alquilaron.
Cuando
llegaron, John Herivaux les recibió a tiros con su Crucelegui. El primer
disparo le reventó la cabeza a Duckens, mientras que el segundo abría un enorme
boquete en el pecho de Ian, aunque este logró empotrar la camioneta contra la destilería,
echándola abajo.
Tras una
breve persecución a pie, Joe logró atrapar a Herivaux y darle una buena tunda.
Por desgracia, el tipo quedo tan maltrecho que casi muere. Tras lograr
estabilizarle a duras penas, registraron el lugar. Detrás de la destilería
había aparcado un Suzuki Samurai en cuya guantera encontraron un mapa que señalaba
un punto con la anotación “Fuerte Sanabria”. También encontraron algo de
dinamita que Zimmerman guardó en la camioneta.
Decidieron
llevar al inconsciente Herivaux a la habitación del cuchitril que les servía de
hotel, donde le dejarían amordazado esa noche mientras investigaban el Fuerte
Sanabria. Antes de salir hacia el hotel, conocieron al padre François Blanc, un
misionero que investigaba desapariciones de niños en las calles de Puerto Príncipe
y cuyas investigaciones le habían llevado hasta la destilería de Herivaux.
Comprendiendo
que todos tenían un enemigo común, el padre se unió a Joe y Zimmerman.
En el
antiguo fuerte español “Fuerte Sanabria”, los Serpents Noirs pretendían celebrar
un sacrificio ritual vudú consistente en degollar a un niño de la calle. Unos
explosivos colocados previamente por Joe en el lugar y el siguiente tiroteo lo
impidieron. Por desgracia, ninguno de los Serpents Noirs quedó vivo para
hablar, al igual que el malogrado padre Blanc, que acabaría atravesado por un
machete y ensartado en la pared.
Entre
las pertenencias de los sectarios, encontraron un libro de ritos con bastantes
anotaciones en las que se señala la noche del día siguiente (luna llena) como
la idónea para consumar el misterioso ritual.
Joe y
Zimmerman regresaron al hotel, donde gracias a Liliana Johnson, contaron con la
ayuda de un siniestro veterinario que lograría reanimar a Herivaux.
Herivaux
amenazó a los hombres con la venganza de los Serpents Noirs y se burló de Joe, advirtiéndole
que la maldición de Carlens Arcus le acabaría matando. Carlens Arcus y el Gran
Maestro (Un tal Issama Mbokani) estarían preparando un poderoso ritual para
consumar el destino de los Serpents Noirs en el Palacio de Sans Souci. Según
Herivaux, Arcus tendría el muñeco vudú que causaba el malestar de Joe.
El
cuerpo maltrecho de Herivaux no aguantó más y el hombre murió. Antes de
aquello, conseguirían sacarle la dirección de Carlens Arcus en Puerto Príncipe.
Joe colocó el cadáver en la bañera de la habitación y, tanto él como Zimmerman,
decidieron ir al apartamento de Arcus.
Antes de
eso, en el propio aparcamiento del hotel, conocerían al misterioso Alan
Schultz, un anticuario particularmente interesado en los Serpents Noirs cuyas
investigaciones le habían llevado hasta Zimmerman y “El Oso”. Tras cierta
desconfianza y un tanteo, decidieron incorporarle al grupo: iban a necesitar
ayuda.
Encontraron
la casa de Arcus vacía y, ya que no podrían regresar al hotel, decidieron pasar
allí la noche. Sin embargo, no fue una noche plácida.
Un grupo
de zombies, animados por la magia vudú, irrumpió en la casa. Zimmerman abrió
fuego mientras Schultz arrastraba a un bloqueado Joe hacia el dormitorio, donde
se parapetaron. Schultz tuvo que desenvainar también su bastón-estoque y
decapitar a un par de no-muertos.
Intentaron
bajar por la escalera de incendios, solo para descubrir que varios zombies
ascendían también por ella. Por suerte, la camioneta estaba aparcada justo bajo
la escalera de incendios.
Recordando
la dinamita, Zimmerman disparó sobre la camioneta; apuntando al lugar donde se
encontraban los explosivos. La detonación acabó con los zombies que ascendían,
al tiempo que arrancaba media escalera de incendios.
Defendiéndose
como pudieron de los zombies que acababan de irrumpir en el dormitorio desde el
interior de la casa, lograron descender por la escalera de incendios y escapar
de allí.
A la
mañana siguiente, tal y como había prometido el difunto Herivaux, el estado de
salud de Joe se agravó notablemente. No podían esperar mucho más y, de todos
modos, aquella misma noche tendría lugar el ritual de los Serpents Noirs.
Milagrosamente,
Zimmerman logró que varios excompañeros del cuerpo de policía de New Orleans se
presentaran en Puerto Príncipe para echarles una mano aquella noche. Joe
también logró que su amigo Mike, un duro motero de New Orleans, les echara una
mano.
El grupo
asaltó a tiro limpio el palacio de Sans Souci, encontrando el lugar plagado de
zombies y miembros de los Serpents Noirs. Fue un combate terrible: algunos
amigos de Zimmerman murieron a manos de los enemigos y otros bajo el fuego de
Mike, que se volvió loco ante la visión de unos zombies devorando a un grupo de
niños pequeños y empezó a disparar a todo, amigos y enemigos.
Aunque
Carlens Arcus murió abatido por Zimmerman, Joe y Schultz fueron devorados por
los zombies. Aquella visión tan terrible le produjo un infarto a Zimmerman,
aunque milagrosamente fue capaz de sobrevivir a él.
Lamentablemente,
el Gran Maestro, Issama Mbokani, había logrado huir en el último momento.
Siendo
el único superviviente por parte del grupo de aquella aciaga noche, Zimmerman
se marchó de allí tras revisar la zona y encontrar en el cadáver de uno de los
sectarios un ticket de ferri de un lugar llamado “Ille Díguane”, así como un
extraño libro ritual.
De su
pecho colgaba la Medalla de Santa Teresa, recogida del cuerpo inerte de su
amigo Joe.
Capítulo 4: La noche roja de la
iguana.
Había
pasado algún tiempo y Zimmerman ya no estaba sólo: había rehecho el grupo,
reclutando a un santero haitiano llamado René Michel, que le había ayudado con
el libro ritual que encontró en Sans Souci. También se había adherido al grupo
Casandra Kyle, una militar de los Navy Seal que había perdido a su hija a manos
de los Serpents Noirs.
Los tres
llegaron a la Ille Díguane “Isla de la iguana” a bordo de la lancha de un
pescador llamado Donatien, ya que descartaron el ferri por si el arsenal de
armas que portaban les suponían un problema. Casandra si procuró que su Harley
viajase en ferri hasta la isla para poder recogerla después.
Se trataba
de una isla bastante alejada de la costa en la que podían encontrarse un
pequeño pueblo de pescadores, un faro, alguna vieja mansión del siglo XVI y una
iglesia de la misma época. Charlando con los lugareños supieron que un africano
que en anteriores ocasiones había visitado la isla había llegado hacía un par
de semanas. Iba en compañía de otros cuatro hombres que visitaban el lugar por
primera vez. Visitaron el archivo de la Flota de Indias, de donde parecieron
salir contentos. El grupo supuso que se trataba de Issama Mbokani, el Gran Maestro
de los Serpents Noirs.
Zimmerman
y René decidieron ir al archivo de la Flota de Indias, mientras que Casandra
decidió explorar la isla montada en su Harley.
Aunque
Casandra no logró mucho más que dar un buen paseo, sus compañeros revisaron la
zona del archivo que, según el encargado, habían visitado Mbokani y sus
acompañantes. Allí encontraron un diario en el que el asistente del Capitán
Burgos mostraba su preocupación porque su señor pasase tanto tiempo con un
viejo negro en una estancia secreta de la Villa. También hallaron unas facturas
con material que permitía intuir que se realizó algún tipo de construcción
subterránea en la Villa, pero no bajo esta, sino probablemente en los jardines
adyacentes, así como un ejemplar del Libro de Samuel.
Era
tarde, así que decidieron ir al hotel para visitar la Villa del Capitán Burgos
a la mañana siguiente.
Aquella
misma noche, Issama Mbokani se presentó ante el grupo como un ente hecho de
sombras e intangible, merced a su magia vudú. Les advirtió que “La Noche Roja
estaba cerca y el apogeo de los Serpents Noirs sería inevitable”, exhortando al
grupo a abandonar la isla si querían salvar la vida.
Lejos de
amilanarse, el grupo visitó a la mañana siguiente la Villa Burgos.
Se trata
de una mansión del siglo XVI en estado bastante ruinoso. El estado de abandono de la casa
había dejado el suelo podrido y muchos de los muros sufrían desprendimientos,
lo que convertía el lugar en un auténtico peligro para la exploración… sobre
todo para Casandra y Zimmerman, ya que René decidió permanecer en el jardín
fumando marihuana.
No
tardaron en dar con el sótano secreto, donde encontraron bastante iconoclastia
vudú, una espada antiquísima y también
una estantería con libros. Entre ellos el diario del Capitán, en el que hablaba
de “La Noche Roja”, una noche en la que la luna desaparece y un extraño
resplandor rojizo inunda el cielo de la isla. El fenómeno tendría lugar esa
misma noche, teniendo en cuenta el ciclo descrito en el libro. Las anotaciones
delataban el entusiasmo del Capitán y hablaban de “haberlo conseguido por fin”.
No había anotaciones posteriores salvo una: “Guardaré el secreto en vida y
después. Mi última morada habrá de ser su puerta.”
También
hallaron unos planos en los que parecía abrirse un túnel excavado desde una
especie de habitáculo hasta conectar con algo parecido a un sistema de cuevas
naturales y un pergamino que hablaba de
un extraño ritual en que el Bokor extraería su propio corazón en mitad de un
trance para luego devorarlo. Por sus conocimientos en cuanto a rituales vudú,
René supo de inmediato que se trataba un ritual para invocar a un Loa, uno de
los dioses vudú.
Quedaba
aún tiempo para la noche, así que Zimmerman telefoneó a uno de sus excompañeros
de la comisaria de New Orleans. El tipo se presentó en Díguane cuatro horas
después.
Con el
cielo enrojecido por esa luna de sangre, el grupo siguió las insinuaciones del
diario del capitán para llegar al cementerio, donde se encontraba el panteón de
la familia Burgos. Dos hombres de Mbokani se encontraban parapetados allí,
armados con escopetas Benelli 121, aunque no fueron rivales para tiradores de
la talla de Casandra y Zimmerman, que los abatieron mucho antes de que pudiesen
siquiera apretar el gatillo.
La
lápida del Capitán Burgos se encontraba en el panteón, con signos de haber sido
movida recientemente. Tras retirar la losa, descendieron a la fosa para
encontrar un pasadizo que, tal como decía el plano, se abría hacia la
oscuridad. Allí estaban también los restos del capitán Burgos, las costillas
superiores del lado izquierdo rotas, como si se le hubiese extraído el corazón
el día de su muerte.
Con el
corazón en un puño, se internaron en los túneles.
Otros
dos hombres de Mbokani aguardaban en los túneles, armados con sus escopetas y
un cóctel Molotov, que arrojaron sin mucha puntería sobre el grupo. Como una
máquina de matar, Casandra Kyle cruzó las llamas y aniquiló a aquellos dos
hombres en un abrir y cerrar de ojos.
El
pasadizo desembocaba en un sistema de cuevas naturales con fuerte olor a
salitre. Era todo un laberinto, así que el grupo se desorientó varias veces.
René comenzaba a llevar todo aquello muy mal, estresándose más de la cuenta.
En un
momento dado, las paredes lodosas se removieron, dejando surgir por sorpresa a
una horda de zombies del siglo XVI con sus oxidadas corazas. Mientras Zimmerman,
el poli y Casandra luchaban por sus vidas en el pasadizo, René no soportó la
presión; huyendo por los túneles entre alaridos de terror mientras algunos
zombies le perseguían.
Temiendo
por la vida del santero, Zimmerman fue en su busca mientras Casandray el poli
se encargaban en solitario de los no-muertos que quedaban en el túnel. El
detective llegó justo a tiempo para evitar que los monstruos devorasen a un
René que sollozaba de rodillas en uno de los túneles, completamente rodeado de
zombies.
Reunido
de nuevo el grupo, prosiguieron la marcha.
Gradualmente,
el olor a mar se intensificaba, denotando que probablemente ese sistema de
cuevas acabase en el mar. El túnel se ensanchó en una especie de cueva
abovedada, alfombrada de rocas más propias de un arrecife. A la derecha había
una especie de lago cuyas aguas parecían agitarse continuamente. De forma
intermitente, el agua se alzaba sobre la caverna con una inusitada fuerza,
fruto de las corrientes marinas.
Si bien
Zimmerman logró cruzar con más o menos fortuna, su excompañero policía fue
arrojado contra las rocas por la potencia del agua y pereció ahogado para ser
luego arrastrado por las corrientes. Esto desató un nuevo ataque de histeria en
René.
Casandra
sufrió un revolcón del agua, quedando algo herida; así que el grupo quedó
bloqueado un rato en el lugar.
Demasiado
rato.
Issama
Mbokani apareció por el túnel, convertido ya en un zombie con un enorme agujero
donde debiera haber estado su corazón. Zimmerman le destrozó el cráneo a tiros,
abatiéndolo. Sin embargo, el ritual se había llevado a cabo.
Unos
momentos después apareció un hombre ataviado con un frac negro y un bastón, sin
camisa; con un sombrero de copa y la cara pintada imitando a un esqueleto. René
lo supo enseguida: se trataba del Barón Samedi. Antes de que Zimmerman pudiese
reaccionar, el Loa le golpeó con su bastón.
El grupo
entero apareció entonces en una llanura hecha de cráneos humanos cuyo cielo no tenía
astros, sino un eterno color ceniciento y ligeramente purpúreo. La Medalla de
Santa Teresa ardía en el pecho de Zimmerman.
El suelo
se hundió de pronto de forma cóncava y los cráneos comenzaron a caer sobre el
grupo, amenazando con sepultarles. Sin embargo, en lo alto de la macabra ladera,
pudieron ver a Santa Teresa tendiéndoles la mano desde lo alto de esa macabra
ladera.
Con
mucho sufrimiento, todos lograron trepar la ladera y asir la mano de la Santa,
que arrancó sus almas de ese terrible lugar para llevarles de vuelta al mundo
de los mortales.
Cuando el
grupo despertó en la cueva de Díguane, se encontraron con Mamá Jeanette (la
santera de New Orleans, y dos de sus hombres, que lamentaban haber llegado
tarde. Jeanette les contó que andaba tras la pista de Issama Mbokani, así como
también les habló del peligro que suponía el Barón Samedi para el mundo, ya que
podría significar el fin del mismo, al menos en sus términos naturales.
Jeanette
prometió que intentaría buscar una solución al problema de Samedi, aunque creía
honestamente que no sería capaz. Pero confesó que quizá hubiese alguien que supiera
encontrar el modo de acabar con Samedi, ya que una vez se logró.
Pero ese
alguien estaba en el Congo.
Capítulo
5: Un viaje más allá de África.
David Zimmerman, Casandra Kyle y
René Michel viajaron a Kinsasa, la capital de la República Democrática del
Congo en busca de Oxence M’Bani, el hougan que, según Mamá Jeanette conocía el
secreto de cómo derrotar a Samedi.
Kinsasa era una ciudad peligrosa
y bastante empobrecida. Los congoleños desconfiaban bastante de aquellos
extranjeros y no estaban dispuestos a facilitar mucha información,
especialmente si se mencionaba el Palo Mayombe.
Sin embargo, el grupo consiguió
averiguar que el tal M’Bani se encontraba trabajando en una mina de coltán, en
plena selva.
Casandra telefoneó a un antiguo
contratista militar que logró colarlos en un convoy de suministros que se
dirigía a la mina y en el que viajaban varios mercenarios bien armados. Antes
de partir, se hicieron con unos chalecos antibalas y unos rifles. El Congo era
un lugar peligroso.
El convoy sufrió una emboscada en
plena selva, se trataba de unos piratas de carretera que, sin duda, trataban de
hacerse con los suministros de los camiones. Fue un tiroteo feroz en el que los
mercenarios que custodiaban el convoy murieron.
Zimmerman, que recibió un disparo
en la pierna, se mostró letal con el M16 que arrebató al cadáver de uno de los
mercenarios y pronto dio cuenta de los piratas de carretera.
Con el detective herido,
decidieron coger uno de los camiones y regresar a Kinsasa, donde Zimmerman
recibió atención médica. A la mañana siguiente, Casandra volvería a hablar con
su contacto para gestionar un transporte hasta la mina.
Esta vez, el viaje fue más
tranquilo.
La mina era un complejo rodeado
por una alta valla en el que el grupo logró colarse mediante un soborno. Allí,
pudieron comprobar que los trabajadores de la mina no parecían encontrarse en
ese lugar por su propia voluntad.
Tras sobornar a un guardia para
que arrancase a golpes información de uno de los prisioneros, descubrieron que
M’Bani se encontraba en el interior de la mina, donde le habían construido una
especie de chabola, ya que estaba muy débil para moverse.
Los guardias de la mina no tenían
intención de dejarles ir más allá, y pronto comprendieron que sólo podrían
acceder al interior de las galerías por la fuerza.
Al caer la valla, Casandra saltó
la valla del perímetro por el lado Este. Un guardia estuvo a punto de
descubrirla, pero Zimmerman le abatió desde lejos con su rifle.
Al mismo tiempo, René abría fuego
con un M16 sobre la castea donde se encontraban el resto de guardias. Los guardias
no tardaron en devolver el fuego, hiriendo al santero. Pronto aparecería
Zimmerman para acabar con dos de los guardias con una ráfaga de AK47. Instantes
después, Casandra se escurriría sigilosamente hasta la espalda del último
guardia para volarle la cabeza.
M’Bani se encontraba en el
interior de la mina y, en principio, no quería creer que Samedi se encontraba
de nuevo en el mundo. René tuvo que emplearse a fondo para convencer al anciano
de que necesitaban su ayuda.
Finalmente, M’Bani accedió a
ayudarles mediante un rito. Se trataba de un viaje espiritual que les
desvelaría el modo de acabar con Samedi. En lo más profundo de las minas,
mientras los tambores sonaban, el anciano hougan les sopló una neurotoxina a la
cara.
El grupo se vio de pronto en
plena selva. Ya no estaban en sus propios cuerpos, sino en los de unos miembros
de algún tipo de tribu africana. De pronto, el poblado fue atacado por soldados
españoles del siglo XVI. René fue capturado con una red, mientras que, tanto
Zimmerman, como Casandra, murieron a manos de los españoles.
En ese momento, la militar y el
detective reaparecieron en el mismo poblado, como si nada hubiese pasado.
Pronto, los españoles volvieron a atacar el poblado.
Esa escena se reinició varias
veces, hasta que todos hubieron sido capturados por los soldados españoles.
Cada vez que Casandra o Zimmerman murieron, pudieron notar como su mente se
resquebrajaba un poco.
El siguiente flash les transporto
a la bodega de un barco que se bamboleaba en medio de una tormenta. Allí, iban
encadenados junto a una multitud de esclavos. Uno de esos esclavos era un
hombre siniestro al que todos parecían temer. René pronto se dio cuenta de que
se trataba de alguna especie de hechicero.
Intentaron escapar varias veces.
Unas veces murieron a manos de los guardias, mientras que otras resultaron
ahogados cuando el barco dio la vuelta al ser embestido por una enorme ola.
Finalmente, empleando unos clavos
extraídos de los tablones del suelo, lograron abrir sus grilletes y neutralizar
a los guardias. Rápidamente, subirían hasta la cubierta para saltar al mar
antes de que el barco fuese tumbado por aquella enorme ola.
Fueron recogidos poco después por
un segundo barco español. Una vez a bordo, les volvieron a poner cadenas en las
muñecas. Entonces, sus mentes volvieron a viajar.
Un nuevo flash les transportó a
la hacienda del capitán Burgos, en la Ille D’Iguane. Allí, eran esclavos del
capitán, quien parecía haber hecho buenas migas con aquel esclavo siniestro del
barco, el hechicero. El grupo aprovechó la sorpresa para abalanzarse sobre
Burgos y el hechicero, dándoles muerte. Esto solo sirvió para reiniciar el
flash: no era el camino.
Después, el grupo conoció a un
anciano entre los esclavos. Se trataba de un hougan que quería impedir la
invocación de Samedi, la cual iba a tener lugar esa misma noche.
El hougan les ungió con un aceite
que impediría que Samedi les hiciera viajar al otro plano y, además, les
entregó unos cuchillos de mango blanco: las únicas armas que podían contra el
Loa.
A base de unas cuantas muertes,
lograron escapar del cobertizo donde se retenía a los esclavos y caminar hasta
el cementerio donde se hallaba el panteón de la familia Burgos. Allí, tras
eliminar al guarda y eludir a unos cuantos zombies, lograron acceder a un
angosto laberinto de túneles.
Los túneles de roca les llevaron
hasta el bufadero, ese lugar donde el agua del mar embestía con terrible fuerza
para arrojar a los incautos contra las rocas. Allí, Zimmerman se lastimó la
rodilla y Casandra sufrió una fractura abierta de tibia.
Al final, en una sala circular
con símbolos en el suelo, les esperaba Samedi, que acababa de ser invocado por
Burgos y el hechicero. El propio Loa mató al hechicero entre siniestras
carcajadas mientras Burgos, convertido en un zombie tras devorar su propio corazón
en ese oscuro rito, aguardaba impasible a su lado.
Fue un combate feroz en el que
Samedi pareció descubrir el dolor por primera vez al ser su piel rasgada por
aquellos cuchillos mágicos. Finalmente, el grupo abatió al Loa a cuchilladas,
aunque el combate fue tan terrible que sus mentes quedarían marcadas para
siempre.
Un último flash les transportaría
hasta la isla de Cuba, en plena construcción de la Misión de San Antonio de
Padua. Los antiguos esclavos del capitán Burgos habían sido vendidos a otra
familia que se había trasladado posteriormente a Cuba y ahora colaboraba en la
construcción de la misión.
Allí, vieron como el hougan ocultaba
los cuchillos de mango blanco bajo el altar de la capilla, por si alguna vez el
mundo los volvía a necesitar.
Despertaron en la mina, con
terribles heridas en el alma y la mente: había sido un viaje atroz que, sin
duda, había dejado una huella imborrable en ellos.
Pero ahora, sabían cómo derrotar
a Samedi.
Capítulo
6: El último jazz para New Orleans
David Zimmerman, René Michel y
Casandra Kyle regresaron New Orleans
después de haberse hecho con los Cuchillos de Mango Blanco en la cripta de la
misión de San Antonio de Padua, justo donde vieron que se encontraban en aquel
delirante sueño colectivo que experimentaron en el Congo.
En el Aeropuerto Internacional
Louis Armstrog fueron recibidos por Gilbert, uno de los dos ayudantes de Mamá
Jeanette. Según este, la santera les esperaba en su casa para ponerles al
corriente de sus indagaciones. Su otro compañero, Denis, había quedado
protegiendo a Jeanette. La santera se encontraba muy inquieta en los últimos
días.
Cuando llegan a la casa, pueden
escuchar sonido de lucha en el interior y un grito de Jeanette. Mientras
Zimmerman y René accedían a la escalera de incendios para entrar por un flanco
de la casa, Casandra y Gilbert se dirigieron a la entrada principal.
A Gilbert le volaron la cabeza
nada más echar la puerta abajo, y Casandra pudo ver como uno de los cuatro
hombres que se encontraban en el interior del piso degollaba a Mamá Jeanette
delante de sus propios ojos. Aquello le trajo a la Navy Seal recuerdos de su
propia hija, a la que encontraron degollada por los Serpents Noirs.
Por otro lado, Zimmerman y René
entraron por el dormitorio sólo para ser recibidos por una lluvia de disparos a
través de la puerta del dormitorio. René recibió un disparo en el brazo.
Desde ambos flancos, los
personajes iniciaron un tiroteo contra los cuatro Serpents Noirs del
apartamento, acabando por abatirlos a todos. Uno de ellos quedó herido.
En vista de que no debía quedar demasiado
tiempo para que llegase la policía (seguramente los vecinos habían avisado del
tiroteo), registraron la casa de Mamá Jeanette encontrando, fotografías de la
fachada exterior del club de jazz “Le Duc”, una nota escrita a mano que rezaba
“Encontrar a Dwane Rogers. Club Le Duc” y la dirección “125 Sullivan Road”
anotada en la agenda de Mamá Jeanette.
Se llevaron a aquel Serpent Noir
al taller de Joe el Oso, que actualmente se encontraba abandonado. Allí, René
empleó el propio temor a la santería del hombre para sacarle algo de información:
Habían descubierto a Jeanette husmeando y la habían matado. Samedí se haría con
el mundo en poco tiempo y nadie podría evitarlo.
Aquella misma noche decidieron ir
al Club Le Duc. El club estaba bastante concurrido, sobre todo con personas de
mediana edad; la mayoría profesores de universidad, intelectuales o músicos aficionados.
Un grupo bastante veterano improvisaba jazz sobre un escenario. Había un par de
tipos bebidos que están discutiendo con el barman, mientras este les pide algo
de orden.
Allí, Zimmerman tuvo una visión
de Joe el Oso, su amigo que fue devorado por zombies en Puerto Príncipe.
Hablando con el barman,
descubrieron que el tal Dwane Rogers se había citado allí con Mamá Jeanette. El
barman vio a otro tipo espiar la cita de Jeanette y Dwane. Tras esto, pago su
consumición con la tarjeta de crédito y se fue. La tarjeta está a nombre de un
tal Damarko Harris.
El grupo se sentía en racha, y
Zimmerman decidió llamar a su contacto en la policía para saber más de el tal
Dwane Rogers. El tipo tenía una dirección en el centro y un local (una
librería) no muy lejos de su casa. El policía les envió una fotografía del
hombre. Zimmerman también le pidió información sobre Dmarko Harris,
descubriendo que el hombre parecía haber borrado sus huellas con diligencia. De
hecho, sólo constaba una propiedad a su nombre: el 125 de Sullivan Road.
Decidieron acercarse a la
librería que, a aquellas horas, estaba cerrada. Después, pensaron en pasarse
por la casa de Rogers, pero parecía que nadie hubiese estado allí en, al menos,
un par de días.
A la mañana siguiente, decidieron
hacer una visita al 125 de Sullivan Road. Allí fueron atacados por un hombretón
enorme armado con un cuchillo de carnicero. Antes de que pudieran abatirle,
amputó la mano derecha de René.
Mientras René descansaba
inconsciente en la cocina, Zimmerman y Casandra encontraban los cadáveres de
dos niños encadenados a un radiador. A demás, en su registro rápido del lugar
encontraron una caja de cerillas del club de Jazz “Le Duc”, un número de
teléfono que corresponde a un ático en Garden District, una zona exclusiva de
la ciudad y una vieja fotografía en la que salían Jean-Pierre Faulks (al que
Joe el Oso mató en su plantación abandonada), un tipo que coincidía con la
descripción de Damarko Harris y Dwane Rogers.
René pasó aquella noche en el
hospital, mientras trataban su mano amputada. Por desgracia, el miembro no
podría ser reimplantado. A la mañana siguiente, pediría el alta voluntaria.
El grupo se acercó a echar un
vistazo al ático de Garden District. Se trataba de un ático en la zona
más lujosa de New Orleans. Alguien como Casandra y Zimmerman, en seguida se dieron
cuenta de que algo no iba bien: un par de Serpents Noirs vigilaban en la calle,
a bordo de un Ford Mondeo negro.
René llevó a cabo una
distracción, haciendo que los hombres que vigilaban la calle le prestasen
atención, mientras Casandra y Zimmerman subían por la escalera de incendios.
Por desgracia, aunque logró huir finalmente, los Serpents Noirs le arrebataron
su arma.
Cuando Casandra y Zimmerman
llegaron al ático, encontraron a otro par de hombres armados que ya estaban en
alerta. Se produjo un tiroteo en el que Zimmerman resultó herido. Damarko
Harris atacó a Casandra con una especie de espada ritual, pero ella le voló las
rodillas. Los Serpents Noirs de la calle también subieron sólo para ser
abatidos por la Navy Seal.
En vista de que la policía no
tardaría en llegar, metieron a Damarko en el maletero y le llevaron al
abandonado taller del difunto Joe el Oso. De camino, dejaron al malherido
Zimmerman en urgencias sin dar demasiadas explicaciones a la gente del
hospital.
Ya en el taller, René y Casandra
interrogaron a Damarko. Este les contó que Samedí despertaría a su amante,
Maman Brigitte, y juntos dominarían el mundo. También les contó que el tral
Dwane Rogers era un antiguo Serpent Noir que había abandonado el culto. Rogers
seguía vivo solo porque el antiguo Bokor, Faulks, había sido blando con él,
siempre según Damarko. No pudieron sacarle mucho más, así que René le hundió un
cuchillo en la garganta.
René y Casandra trataron de regresar
al ático de Garden District en busca de pruebas, pero la policía científica
estaba en el lugar. Demasiados agentes como para intentar nada.
Casandra y René, en un callejón sin
salida, decidió volver a la librería de Dwane Rogers.
Dwane estaba asustado, temía que
los Serpents Noirs fueran a por él y guardaba una escopeta Mossberg Mod 500 (Dñ
3, 75m) bajo el mostrador. Amenazó con ella al grupo, pero no quería matar a
nadie.
Cuando le contaron que habían
matado a Damarko y lo que Samedi pretendía hacer, Rogers les ofreció sus
archivos, ayudándoles a investigar acerca de los planes de Samedi. En uno de
los libros, se explicaba cómo traer a Maman Brigitte al mundo mortal, a través
de un lugar impío edificado con cráneos humanos. Consistía en dibujar una serie
de símbolos en el suelo, empleando sangre de niños y después liberando el poder
de un loa mediante unos salmos rituales. Se detallaba que debe efectuarse
exactamente a la media noche del 28 de Febrero: aquella misma noche.
Tenían un problema, ya que
desconocían la ubicación exacta de aquel lugar llamado “La Bóveda de los Huesos”.
Sin duda, aquella información estaría en el ático de Damarko, un lugar que
ahora estaba custodiado por la policía.
A la mañana siguiente, Zimmerman
se marchó del hospital. La cosa estaba dificil, balas suyas habían aparecido en
demasiados escenarios de crímenes. Su amigo policía le dijo que ya no podría
ayudarle más: estaba en busca y captura.
Esta vez fue Zimmerman quien
intentó una distracción, pasando en su coche por delante del coche patrulla
estacionado frente aquel portal de Garden District. Por desgracia para él, los
policías no picaron. Uno de ellos entro en el portal mientras el otro salía del
coche y comenzaba a pedir refuerzos por radio.
Visto que no quedaba otra opción,
Casandra disparó a las piernas del policía que estaba en la calle, anulándolo.
Menos de un minuto después, abatía al segundo agente; que cayó por el hueco de
la escalera.
No había mucho tiempo, así que no
pudieron efectuar un registro en condiciones, limitándose René a agarrar una
serie de volúmenes antiguos que encontró en el despacho de Damarko.
Ya de vuelta en la librería de
Rogers, René descubrió una página con un mensaje oculto: derramando sangre
sobre el amarillento pergamino, la savia vital conformó las instrucciones para
llegar a la Bóveda de los Huesos a través de una entrada en el Cementerio
Lafayette.
El tiempo apremiaba y sabían que
necesitaban ayuda. Casandra contactó con su expareja, otro Navy Seal llamado
Michael (que era el padre de su difunta hija). Por desgracia, la precaria
situación de Zimmerman con la policía solo permitió que pudiera reclutar a un
yonki que conociera hace tiempo en los suburbios de la ciudad.
Antes de partir, René repitió
aquel ritual que viera realizar a un hougan del siglo XVI antes de partir a la
batalla con Samedi: el ritual que evitaría que les enviase al “otro lado”.
La noche del 28 de Febrero, con
la ciudad en pleno carnaval, el grupo se personó en el Cementerio Lafayette.
Allí encontraron algo inquietante: varias personas habían abandonado sus ropas
entre las lápidas y había sangre derramada… mucha sangre.
Michael pareció dudar de todo
aquello, pero Casandra le confesó que era el padre de su difunta hija, a la que
se disponían a vengar,
Entraron en el panteón que
señalaba el descenso a los túneles que habían de llevar a la Bóveda de los
Huesos. En ese panteón encontraron una pequeña apertura que comunicaba con un
túnel. Michael fue el primero en entrar y, el sonido de sus disparos, puso en
alerta al grupo.
Casandra entró a continuación,
encontrando a Michael rodeado de zombies. Aquellas personas que habían
abandonado la ropa en el cementerio se habían degollado para convertirse en
zombies al servicio de Samedi. Sin duda eran lo que quedaba de los Serpents
Noirs.
El periplo por los túneles fue
una pesadilla en la que perdieron a Michael y a ese yonki que había traído
Zimmerman. Así, maltrechos y agotados, llegaron a la Bóveda de los Huesos.
Aquel lugar construido con
cráneos humanos tenía seis entradas. Por una de ellas escucharon los pasos de
alguien que se acercaba. Zimmerman y René arrojaron un par de granadas que derrumbaron
ese túnel.
No sirvió de mucho.
Como una neblina, Samedi se
filtró entre las piedras para materializarse después ante los tres compañeros.
Aquella visión fue demasiado para René.
Aterrado, el santero no se sintió
capaz de enfrentarse de nuevo a Samedi, así que decidió degollarse a sí mismo.
El combate de Zimmerman y
Casandra fue duro, pero las excepcionales habilidades de combate de Casandra y
los cuchillos de mango blanco les permitieron acabar con el loa.
Heridos, con el alma y la mente
quebradas, salieron de allí.
Habían salvado el mundo… y el
mundo ni siquiera lo sabía.

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