Campaña (Sombra de la Bestia): Samedi. (6/6)

El Barón Samedi espera en los cruces de caminos, donde las almas de los muertos pasan en su camino a Guinee. Es asimismo el dios de la resurrección, pues solamente el Barón puede aceptar a un individuo en el reino de los muertos. Si está de buen humor, puede conceder a sus seguidores que sigan viviendo, pero si está de mal humor, puede cavar sus tumbas demasiado pronto y enterrarlos vivos o, aún peor, traerlos como zombis.

Es notorio su comportamiento obsceno y siniestro, jurando continuamente y haciendo bromas asquerosas a los otros espíritus. Es cruel y sádico en su humor. Le gusta fumar y beber y se le ve raramente sin un cigarro en la boca o una botella de ron en los dedos huesudos.

El Barón tiene una legión de espíritus a sus órdenes. Estos espíritus están vestidos todos como el Barón y todos de oscuro como su amo, a quien ayudan a llevar a los muertos al mundo terrenal.

El Barón Samedi tiene su origen en el Nuevo Mundo, no en África.



 

Capítulo 1: Hedor, fango y mosquitos.

El detective David A. Zimmerman fue contratado por el empresario Clayton Goldman para encontrar a su nieta. Los padres de la niña habían muerto durante un atraco de gasolinera que había acabado en tiroteo: la niña había desaparecido.

Por si encontraba problemas, Zimmerman pasó a recoger a su amigo Joe “El Oso”, un antiguo delincuente que le debía un par de favores y uno de los tipos más duros de New Orleans.

La gasolinera estaba en la Interestatal 10, volviendo a New Orleans desde Baton Rouge. Allí, tras esquivar a un par de polis que montaban guardia, lograron ver los videos de seguridad de la gasolinera y comprobar que no había sido un atraco: habían ido a por la niña desde el principio.

El hecho de que no se hubiera pedido un rescate desconcertaba a Zimmerman, pero se pusieron a buscar la camioneta que aparecía en los videos de la gasolinera. Tras registrar infructuosamente una granja en la que un lugareño les recibió escopeta en mano (y al que Joe zurró de lo lindo), decidieron acercarse al pueblo de Blackville; el asentamiento más cercano.

El pueblo les recibió de maravilla: cuatro jóvenes locales quisieron dar una paliza a Joe por intentar ligarse a una camarera, aunque la intervención de Zimmerman evitó que las cosas se saliesen de madre.

Tras dar unas vueltas por el pueblo, comenzaron a sospechar de un mecánico local, así que entraron por la noche en su local y encontraron indicios de que había reparado un vehículo similar al que aparecía en las grabaciones.

Joe visitó a la camarera, por si disponía de información. Nuevamente, los jóvenes del bar aparecieron para irrumpir en la casa. Los cuatro se llevaron una buena paliza por parte de “El Oso”

Aquella noche, por cierto, Zimmerman decidió tomar prestado el todoterreno de Joe para ir al pueblo de al lado a tomar unas copas. Alcohol y velocidad no combinaron bien, acabando con el coche de Joe estrellado contra una farola.

Mientras su amigo dormía la mona, Joe dio una vuelta más por el pueblo. Cuando volvieron a presentarse los cuatro matones locales, “El Oso” no pudo más: empleo el destornillador de su cinturón de herramientas para atravesar rodillas y hombros, dejando a los tipos incapacitados para un buen tiempo.

Por lo demás, el día resultó infructuoso.

A la mañana siguiente, Zimmerman y Joe irrumpieron en la casa del mecánico local, arrancándole la confesión de haber reparado el vehículo de los Hamilton: los responsables del secuestro. Los Hamilton eran una familia de paletos que habitaban en los pantanos, gente peligrosa.

Desafortunadamente, algún vecino había avisado a la policía tras escuchar los gritos del mecánico y su mujer, por lo que los investigadores tuvieron que huir. Lamentablemente, la policía les dio alcance y acabaron en el calabozo del sheriff.

Gracias a un carísimo abogado enviado por Clayton Goldman, Zimmerman y Joe se vieron libres en apenas un día.

Tras hacerse con un rifle y algo de dinamita, decidieron poner rumbo a los pantanos para localizar la vivienda de los Hamilton.

En el mismo embarcadero de Blackville, tuvieron un encontronazo con varios integrantes de la funesta familia. Joe no hirió a nadie con su dinamita, aunque logró volar casi todo el embarcadero. Fueron las impresionantes dotes de tirador de Zimmerman las que volaron unas cuantas rodillas y dejaron a los Hamilton aullando en el suelo.

Los disparos y las explosiones habían vuelto a llamar la atención de la policía, así que los investigadores cogieron la lancha que quedaba intacta en el embarcadero y se adentraron en los pantanos.

Dieron bastantes vueltas por aquel laberinto de agua cenagosa y árboles retorcidos, e incluso sufrieron el ataque de un caimán que mordió el brazo de Joe, aunque esa mala bestia (Joe) atravesó el cráneo del reptil con su destornillador.

Justo cuando anochecía, llegaron a la destartalada casa de los Hamilton. Una antigua residencia colonial rodeada por densa y alta maleza y una valla de espinos.

Aunque intentaron moverse en silencio, fueron detectados por los habitantes de la vivienda.

Mientras Zimmerman intercambiaba disparos con Rufus Hamilton, el patriarca, que estaba encaramado al tejado, Joe empleaba su dinamita para hacer saltar en pedazos a los demás miembros de la familia, que disparaban desde la maleza.

En un momento dado, Joe arrojó su último cartucho al tejado de la casa, desmoronando parte de la estructura y haciendo caer a Rufus al interior de la vivienda.

“El Oso” no perdió un minuto: tras arrancar de cuajo la puerta principal, la enarboló como un arma contra el patriarca de los Hamilton. Ni siquiera las postas de la escopeta impactando contra su pierna lo detuvieron a la hora de aplastar la cabeza del tipo con la puerta. Rufus ya estaba más muerto que vivo cuando un disparo del rifle de Zimmerman llegó desde el exterior para volarle la sien.

Cuando la policía llego, descubrieron a varios niños hacinados en un cobertizo cerano. La nieta de Goldman no estaba allí, pero uno de los otros niños la recordaba: se la habían llevado un par de días antes unos desconocidos que le dieron algo de dinero a Rufus Hamilton.

 

Capítulo 2: Sombras de New Orleans.

El periodista Jason Miller, del New Orleans Herald, fue el encargado de cubrir la noticia de la aparición del cadáver de la nieta de Clayton Goldman, que había aparecido con la garganta rajada a orillas del río Missisipi.

La cobertura de aquella noticia le hizo contactar con Joe “El Oso”, ya que este había sido uno de los investigadores de la desaparición de la muchacha a manos de una familia de inadaptados que habitaban en los pantanos de Blackville.

La desaparición de una nueva niña, esta vez en New Orleans, hizo que ambos se pusieran a investigar. Joe el Oso impulsado por el sentimiento de culpa de no haber podido salvar a la chica Goldman y Miller ansiando conseguir el Pulitzer.

La pequeña Amanda Smith, de 8 años de edad e hija de dos tenderos locales había sido secuestrada al salir del Colegio Católico Saint James. Allí, Joe y Miller se entrevistaron con la hermana Rita Clarcke, quien les dio la descripción de un hombre bastante sospechoso al que había visto un par de días antes de la desaparición, merodeando cerca del colegio.

Miller se cobró algún favor que le debían en la redacción, por lo que Julia, una compañera, le puso en contacto con un patrullero local. El agente le habló de un tipo al que habían identificado merodeando por colegios de la zona: un tal Peter Wilson.

En previsión de que pudiesen encontrar problemas, Joe le dio una pistola al periodista.

Cuando Joe y Miller se presentaron en la casa de Wilson, este trató de escapar, sin embargo, un empellón de Joe le envió contra la pared, haciéndole saltar algunos dientes. Un par de minutos después, el tipo estaba amarrado a una silla en el interior de su propia casa y bastante dispuesto a hablar.

Reconoció ser un pederasta, aunque dijo no tener que ver en la desaparición de Amanda Smith. Sin embargo, dijo haber visto a otro tipo merodeando también por la zona el día que secuestraron a la niña. Recuerda que vio al tipo saliendo de una tienda de bricolaje frente al colegio.

Los investigadores se marcharon de la casa, dejando a Wilson atado y amordazado a aquella silla, donde acabaría por morir deshidratado unos cinco días más tarde.

Joe visitó la tienda de bricolaje, donde hizo bastantes buenas migas con el dueño, quien le dio acceso a las grabaciones de seguridad. En ellas se veía al sujeto del que hablaba Wilson comprando en la tienda. El ticket de la tarjeta de crédito le identificaba como un tal Oswald McLambert.

El contacto policial de Miller, les indicó que si bien no constaba una dirección del tipo en los registros municipales, si figuraba su empleo como personal de mantenimiento en el Vapor Natchez.

No les costó demasiado atrapar a McLambert a la salida de su trabajo. Una vez Joe le hubo apretado las tuercas lo suficiente, el tipo reconoció que secuestraba niños para un tal Douglas, a cambio de unos cinco mil dólares por trabajo. Desconocía lo que pasaba con los niños después.

Le obligaron a concertar una cita con Douglas, quien eligió para ello el Cementerio Nº1 Lafayette. Joe contactó con su antigua banda de moteros para que le diesen cobertura en el encuentro. Se llevaron a McLambert por si le necesitasen, manteniéndolo bajo la custodia de dos siniestros moteros.

El tal Douglas se olió la encerrona casi al momento, lo que inició una persecución a pie entre las lápidas del Lafayette. En un momento dado, emboscó a Joe, propinándole un par de golpes en la cabeza con un candelabro de bronce arrancado de un mausoleo. Sin embargo, la gran fuerza física de Joe le permitió resistir y, posteriormente, reducir a su oponente.

Lamentablemente, no tuvieron oportunidad de interrogar a Douglas, ya que se tragó su propia lengua, asfixiándose al tiempo que profería una serie de maldiciones invocando algo llamado “Serpents Noirs”.

Miller registró el cuerpo, encontrando la tarjeta de visita de un tal Joshua Reddington entre las ropas de Douglas.

Antes de marcharse del cementerio, Joe encargó a los moteros que se deshiciesen de McLambert.

A la mañana siguiente, unos tipos dispararon a Miller desde un vehículo. Tras una trepidante persecución por las calles de New Orleans en la que tanto el Ford de los atacantes como el Audi de Miller quedaron destrozados, el periodista logró abatir a disparos a uno de los hombres. El otro, había muerto al estrellarse el vehículo.

El señor Reddington trabajaba en un despacho de la calle Jefferson, por lo que los investigadores decidieron abordarle al salir del mismo. Sin embargo, cuando se disponían a hacerlo, el tipo se metió en medio de una procesión fúnebre.

Por si fuese poco, un hombre parecía seguir de cerca al Reddington a fin de protegerle. El inesperado guardaespaldas apuñaló por sorpresa a Joe, quien sin pensarlo mucho, le hundió su inseparable destornillador en el pecho.

Acorralaron a Reddington en un callejón, donde fue noqueado por Joe de un puñetazo que casi le manda al otro barrio. Tras echar el cuerpo inconsciente de Reddington a la camioneta, lo llevaron al taller de Joe.

Una vez consciente, Reddington les habló de un tal Jean-Pierre Faulks y una plantación en las afueras a la que llevaban a los niños; aunque no supo ubicarla muy bien. Cuando quedó claro que no obtendrían nada más de ese hombre, Joe le hundió su destornillador en la garganta.

Decidieron entonces allanar el despacho de Reddington en busca de más información. Allí encontraron un antiguo grabado con escenas de oscuros ritos en lo que parecía una plantación colonial y un diario en el que se relatan sacrificios de niños en una plantación a las afueras, sin especificar claramente su ubicación.

Algo perdidos, decidieron llevar el grabado a una tienda de esoterismo, donde quizá les pudiesen dar alguna información referente a los ritos o a la historia de esa plantación donde tenían lugar.

Así, acabaron dando con la tienda de Mamá Jeanette, quien les habló del mal que se reavivó en New Orleans desde hacía un par de años y de la magia Palo Mayombe. Les habló del culto de los Serpents Noirs, una secta vudú que realizaba sacrificios humanos en una finca a las afueras ya abandonada, cuya ubicación les proporcionó.

La santera les advirtió que no contasen con la policía, ya que el dinero de Faulks les tenía bajo control.

Mamá Jeanette vió la muerte de Miller en la plantación Faulks, así que le hizo entrega de una pequeña reliquia en forma de medalla de plata. La “Medalla de Santa Teresa”, como protección.

Aquella misma noche, los investigadores fueron atormentados por terribles pesadillas que apenas les dejaron descansar en condiciones.

Pasaron la mañana visitando a los moteros de la antigua banda de Joe, para aprovisionarse con algunas armas que les ayudarían a asaltar la plantación Faulks aquella noche.

La plantación estaba en un estado ruinoso, aunque no deshabitada.

Allí encontraron a varios hombres armados con machetes entre los que se abrieron paso a disparo limpio.

Y entonces, descubrieron el auténtico horror.

En aquella plantación había muertos, muertos que caminaban, animados por la oscura magia del Palo Mayombe y que sólo caían cuando se les volaba la cabeza.

Los nervios de Joe se desmoronaron, cayendo el hombretón de rodillas entre sollozos. El tiempo que tardó en recuperarse, fue arrastrado por Miller, que abatía hordas de no muertos con su AK47 mientras tiraba de su enorme compañero.

Cuando, minutos después, Joe se hubo recuperado, acabaron con unos cuantos zombies más y decidieron entrar en la casa.

No tardaron demasiado en acabar con toda resistencia allí dentro, encontrando a la Amanda Smith en una de las habitaciones: la niña estaba bien, habían llegado a tiempo.

Pero encontraron a alguien más.

En un despacho, encontraron a Jean-Pierre Faulks, quien amenazó a los investigadores con la venganza de su culto y la grandeza que habría de llegar para los Serpents Noirs.

Se produjo un intercambio de disparos en el que, tal y como había predicho Mamá Jeanette, Miller acabó muriendo.

Registrando el despacho, Joe encontró correspondencia de email con un tal Carlens Arcus, que parecía residir en Puerto Príncipe (Haití). En los correos, Faulks y Arcus hacían referencia a alguien a quien llamaban “Gran Maestro”. También encontró una factura del Distinction Night Club, en Puerto Príncipe.

Tras dejar a Amanda Smith en la puerta de un hospital, Joe se dirigió a buscar a su amigo Zimmenman.

Había que viajar a Puerto Príncipe.

 

Capítulo 3: Luna llena en Puerto Príncipe.

Joe “El Oso” y Zimmerman llegaron a Puerto Príncipe, la capital de Haití, en compañía de Ian Peterson, un joven aventurero al que acababan de conocer no hacía mucho y que había perdido a su hermano pequeño a manos de la secta de los Serpents Noirs.

Tras un fugaz encuentro con delincuentes locales, llegaron al Distinction Night Club, un club de moda en la ciudad en el que se mueven tanto droga como prostitución. El dueño, Wilde Guerrier reconoció la fotografía de Carlens Arcus. Le había visto en el local hablando con una extranjera (inglesa o americana) en uno de los reservados. Joe supo moverse por el local, hablando con unos y otros para conseguir el nombre de Liliana Johnson.

No les costó demasiado averiguar que la mujer vivía en Labadee, un lujoso complejo turístico en la playa al que no tenían acceso los haitianos. Allí, Liliana Johnson se dedicaba a conseguir todo tipo de cosas ilegales para los turistas extranjeros desde su lujoso bungalow.

A bordo de una zodiac hábilmente pilotada por Ian, consiguieron colarse en la playa privada del complejo a la mañana siguiente y, con cuidado, llegar hasta la casa de Liliana Johnson. Varios guardias de seguridad armados con escopetas Benelli 121 y porras les guiaron hasta la mujer, que decidió recibirles.

Cuando el grupo se mostró interesado en el vudú, la reacción inmediata de la mujer fue tomárselo a broma, aunque reconoció que algunos de sus clientes se interesaban de cuando en cuando en esas tonteriás y que conseguía objetos vudú o contrata rituales para extranjeros ricos a través de un tal Duckens Placide, que tenía una tienda en el Marché en Fer.

Se había hecho tarde, así que el grupo decidió ir a dormir a su hotel. La visita al Marché en Fer se llevaría a cabo por la mañana.

Aquella noche, Joe tuvo una vívida pesadilla en la que alguien colocaba su cabello en un muñeco y perforaba este con un largo alfiler. La Medalla de Santa Teresa le ardía en el pecho. Al despertar, comenzó a vomitar sangre.

A la mañana siguiente, el grupo visitó el Marché en Fer, un gran mercado público donde Duckens Placide vendía amuletos vudú a quien estubiese interesado. Cuando el grupo llegó con sus preguntas, Duckens intentó huir, aunque Ian logró darle alcance gracias a su estupenda forma física.

Duckens reconoció que compraba los amuletos vudú a un tal John Herivaux. No sabía dónde vivía, pero una vez le había acompañado a una vieja destilería ilegal en la selva donde el tipo fabricaba ron casero. El grupo obligó a Duckens a llevarles hasta allí a bordo de la camioneta que alquilaron.

Cuando llegaron, John Herivaux les recibió a tiros con su Crucelegui. El primer disparo le reventó la cabeza a Duckens, mientras que el segundo abría un enorme boquete en el pecho de Ian, aunque este logró empotrar la camioneta contra la destilería, echándola abajo.

Tras una breve persecución a pie, Joe logró atrapar a Herivaux y darle una buena tunda. Por desgracia, el tipo quedo tan maltrecho que casi muere. Tras lograr estabilizarle a duras penas, registraron el lugar. Detrás de la destilería había aparcado un Suzuki Samurai en cuya guantera encontraron un mapa que señalaba un punto con la anotación “Fuerte Sanabria”. También encontraron algo de dinamita que Zimmerman guardó en la camioneta.

Decidieron llevar al inconsciente Herivaux a la habitación del cuchitril que les servía de hotel, donde le dejarían amordazado esa noche mientras investigaban el Fuerte Sanabria. Antes de salir hacia el hotel, conocieron al padre François Blanc, un misionero que investigaba desapariciones de niños en las calles de Puerto Príncipe y cuyas investigaciones le habían llevado hasta la destilería de Herivaux.

Comprendiendo que todos tenían un enemigo común, el padre se unió a Joe y Zimmerman.

En el antiguo fuerte español “Fuerte Sanabria”, los Serpents Noirs pretendían celebrar un sacrificio ritual vudú consistente en degollar a un niño de la calle. Unos explosivos colocados previamente por Joe en el lugar y el siguiente tiroteo lo impidieron. Por desgracia, ninguno de los Serpents Noirs quedó vivo para hablar, al igual que el malogrado padre Blanc, que acabaría atravesado por un machete y ensartado en la pared.

Entre las pertenencias de los sectarios, encontraron un libro de ritos con bastantes anotaciones en las que se señala la noche del día siguiente (luna llena) como la idónea para consumar el misterioso ritual.

Joe y Zimmerman regresaron al hotel, donde gracias a Liliana Johnson, contaron con la ayuda de un siniestro veterinario que lograría reanimar a Herivaux.

Herivaux amenazó a los hombres con la venganza de los Serpents Noirs y se burló de Joe, advirtiéndole que la maldición de Carlens Arcus le acabaría matando. Carlens Arcus y el Gran Maestro (Un tal Issama Mbokani) estarían preparando un poderoso ritual para consumar el destino de los Serpents Noirs en el Palacio de Sans Souci. Según Herivaux, Arcus tendría el muñeco vudú que causaba el malestar de Joe.

El cuerpo maltrecho de Herivaux no aguantó más y el hombre murió. Antes de aquello, conseguirían sacarle la dirección de Carlens Arcus en Puerto Príncipe. Joe colocó el cadáver en la bañera de la habitación y, tanto él como Zimmerman, decidieron ir al apartamento de Arcus.

Antes de eso, en el propio aparcamiento del hotel, conocerían al misterioso Alan Schultz, un anticuario particularmente interesado en los Serpents Noirs cuyas investigaciones le habían llevado hasta Zimmerman y “El Oso”. Tras cierta desconfianza y un tanteo, decidieron incorporarle al grupo: iban a necesitar ayuda.

Encontraron la casa de Arcus vacía y, ya que no podrían regresar al hotel, decidieron pasar allí la noche. Sin embargo, no fue una noche plácida.

Un grupo de zombies, animados por la magia vudú, irrumpió en la casa. Zimmerman abrió fuego mientras Schultz arrastraba a un bloqueado Joe hacia el dormitorio, donde se parapetaron. Schultz tuvo que desenvainar también su bastón-estoque y decapitar a un par de no-muertos.

Intentaron bajar por la escalera de incendios, solo para descubrir que varios zombies ascendían también por ella. Por suerte, la camioneta estaba aparcada justo bajo la escalera de incendios.

Recordando la dinamita, Zimmerman disparó sobre la camioneta; apuntando al lugar donde se encontraban los explosivos. La detonación acabó con los zombies que ascendían, al tiempo que arrancaba media escalera de incendios.

Defendiéndose como pudieron de los zombies que acababan de irrumpir en el dormitorio desde el interior de la casa, lograron descender por la escalera de incendios y escapar de allí.

A la mañana siguiente, tal y como había prometido el difunto Herivaux, el estado de salud de Joe se agravó notablemente. No podían esperar mucho más y, de todos modos, aquella misma noche tendría lugar el ritual de los Serpents Noirs.

Milagrosamente, Zimmerman logró que varios excompañeros del cuerpo de policía de New Orleans se presentaran en Puerto Príncipe para echarles una mano aquella noche. Joe también logró que su amigo Mike, un duro motero de New Orleans, les echara una mano.

El grupo asaltó a tiro limpio el palacio de Sans Souci, encontrando el lugar plagado de zombies y miembros de los Serpents Noirs. Fue un combate terrible: algunos amigos de Zimmerman murieron a manos de los enemigos y otros bajo el fuego de Mike, que se volvió loco ante la visión de unos zombies devorando a un grupo de niños pequeños y empezó a disparar a todo, amigos y enemigos.

Aunque Carlens Arcus murió abatido por Zimmerman, Joe y Schultz fueron devorados por los zombies. Aquella visión tan terrible le produjo un infarto a Zimmerman, aunque milagrosamente fue capaz de sobrevivir a él.

Lamentablemente, el Gran Maestro, Issama Mbokani, había logrado huir en el último momento.

Siendo el único superviviente por parte del grupo de aquella aciaga noche, Zimmerman se marchó de allí tras revisar la zona y encontrar en el cadáver de uno de los sectarios un ticket de ferri de un lugar llamado “Ille Díguane”, así como un extraño libro ritual.

De su pecho colgaba la Medalla de Santa Teresa, recogida del cuerpo inerte de su amigo Joe.

 

Capítulo 4: La noche roja de la iguana.

Había pasado algún tiempo y Zimmerman ya no estaba sólo: había rehecho el grupo, reclutando a un santero haitiano llamado René Michel, que le había ayudado con el libro ritual que encontró en Sans Souci. También se había adherido al grupo Casandra Kyle, una militar de los Navy Seal que había perdido a su hija a manos de los Serpents Noirs.

Los tres llegaron a la Ille Díguane “Isla de la iguana” a bordo de la lancha de un pescador llamado Donatien, ya que descartaron el ferri por si el arsenal de armas que portaban les suponían un problema. Casandra si procuró que su Harley viajase en ferri hasta la isla para poder recogerla después.

Se trataba de una isla bastante alejada de la costa en la que podían encontrarse un pequeño pueblo de pescadores, un faro, alguna vieja mansión del siglo XVI y una iglesia de la misma época. Charlando con los lugareños supieron que un africano que en anteriores ocasiones había visitado la isla había llegado hacía un par de semanas. Iba en compañía de otros cuatro hombres que visitaban el lugar por primera vez. Visitaron el archivo de la Flota de Indias, de donde parecieron salir contentos. El grupo supuso que se trataba de Issama Mbokani, el Gran Maestro de los Serpents Noirs.

Zimmerman y René decidieron ir al archivo de la Flota de Indias, mientras que Casandra decidió explorar la isla montada en su Harley.

Aunque Casandra no logró mucho más que dar un buen paseo, sus compañeros revisaron la zona del archivo que, según el encargado, habían visitado Mbokani y sus acompañantes. Allí encontraron un diario en el que el asistente del Capitán Burgos mostraba su preocupación porque su señor pasase tanto tiempo con un viejo negro en una estancia secreta de la Villa. También hallaron unas facturas con material que permitía intuir que se realizó algún tipo de construcción subterránea en la Villa, pero no bajo esta, sino probablemente en los jardines adyacentes, así como un ejemplar del Libro de Samuel.

Era tarde, así que decidieron ir al hotel para visitar la Villa del Capitán Burgos a la mañana siguiente.

Aquella misma noche, Issama Mbokani se presentó ante el grupo como un ente hecho de sombras e intangible, merced a su magia vudú. Les advirtió que “La Noche Roja estaba cerca y el apogeo de los Serpents Noirs sería inevitable”, exhortando al grupo a abandonar la isla si querían salvar la vida.

Lejos de amilanarse, el grupo visitó a la mañana siguiente la Villa Burgos.

Se trata de una mansión del siglo XVI en estado bastante ruinoso. El estado de abandono de la casa había dejado el suelo podrido y muchos de los muros sufrían desprendimientos, lo que convertía el lugar en un auténtico peligro para la exploración… sobre todo para Casandra y Zimmerman, ya que René decidió permanecer en el jardín fumando marihuana.

No tardaron en dar con el sótano secreto, donde encontraron bastante iconoclastia vudú, una espada antiquísima  y también una estantería con libros. Entre ellos el diario del Capitán, en el que hablaba de “La Noche Roja”, una noche en la que la luna desaparece y un extraño resplandor rojizo inunda el cielo de la isla. El fenómeno tendría lugar esa misma noche, teniendo en cuenta el ciclo descrito en el libro. Las anotaciones delataban el entusiasmo del Capitán y hablaban de “haberlo conseguido por fin”. No había anotaciones posteriores salvo una: “Guardaré el secreto en vida y después. Mi última morada habrá de ser su puerta.”

También hallaron unos planos en los que parecía abrirse un túnel excavado desde una especie de habitáculo hasta conectar con algo parecido a un sistema de cuevas naturales y un pergamino que  hablaba de un extraño ritual en que el Bokor extraería su propio corazón en mitad de un trance para luego devorarlo. Por sus conocimientos en cuanto a rituales vudú, René supo de inmediato que se trataba un ritual para invocar a un Loa, uno de los dioses vudú.

Quedaba aún tiempo para la noche, así que Zimmerman telefoneó a uno de sus excompañeros de la comisaria de New Orleans. El tipo se presentó en Díguane cuatro horas después.

Con el cielo enrojecido por esa luna de sangre, el grupo siguió las insinuaciones del diario del capitán para llegar al cementerio, donde se encontraba el panteón de la familia Burgos. Dos hombres de Mbokani se encontraban parapetados allí, armados con escopetas Benelli 121, aunque no fueron rivales para tiradores de la talla de Casandra y Zimmerman, que los abatieron mucho antes de que pudiesen siquiera apretar el gatillo.

La lápida del Capitán Burgos se encontraba en el panteón, con signos de haber sido movida recientemente. Tras retirar la losa, descendieron a la fosa para encontrar un pasadizo que, tal como decía el plano, se abría hacia la oscuridad. Allí estaban también los restos del capitán Burgos, las costillas superiores del lado izquierdo rotas, como si se le hubiese extraído el corazón el día de su muerte.

Con el corazón en un puño, se internaron en los túneles.

Otros dos hombres de Mbokani aguardaban en los túneles, armados con sus escopetas y un cóctel Molotov, que arrojaron sin mucha puntería sobre el grupo. Como una máquina de matar, Casandra Kyle cruzó las llamas y aniquiló a aquellos dos hombres en un abrir y cerrar de ojos.

El pasadizo desembocaba en un sistema de cuevas naturales con fuerte olor a salitre. Era todo un laberinto, así que el grupo se desorientó varias veces. René comenzaba a llevar todo aquello muy mal, estresándose más de la cuenta.

En un momento dado, las paredes lodosas se removieron, dejando surgir por sorpresa a una horda de zombies del siglo XVI con sus oxidadas corazas. Mientras Zimmerman, el poli y Casandra luchaban por sus vidas en el pasadizo, René no soportó la presión; huyendo por los túneles entre alaridos de terror mientras algunos zombies le perseguían.

Temiendo por la vida del santero, Zimmerman fue en su busca mientras Casandray el poli se encargaban en solitario de los no-muertos que quedaban en el túnel. El detective llegó justo a tiempo para evitar que los monstruos devorasen a un René que sollozaba de rodillas en uno de los túneles, completamente rodeado de zombies.

Reunido de nuevo el grupo, prosiguieron la marcha.

Gradualmente, el olor a mar se intensificaba, denotando que probablemente ese sistema de cuevas acabase en el mar. El túnel se ensanchó en una especie de cueva abovedada, alfombrada de rocas más propias de un arrecife. A la derecha había una especie de lago cuyas aguas parecían agitarse continuamente. De forma intermitente, el agua se alzaba sobre la caverna con una inusitada fuerza, fruto de las corrientes marinas.

Si bien Zimmerman logró cruzar con más o menos fortuna, su excompañero policía fue arrojado contra las rocas por la potencia del agua y pereció ahogado para ser luego arrastrado por las corrientes. Esto desató un nuevo ataque de histeria en René.

Casandra sufrió un revolcón del agua, quedando algo herida; así que el grupo quedó bloqueado un rato en el lugar.

Demasiado rato.

Issama Mbokani apareció por el túnel, convertido ya en un zombie con un enorme agujero donde debiera haber estado su corazón. Zimmerman le destrozó el cráneo a tiros, abatiéndolo. Sin embargo, el ritual se había llevado a cabo.

Unos momentos después apareció un hombre ataviado con un frac negro y un bastón, sin camisa; con un sombrero de copa y la cara pintada imitando a un esqueleto. René lo supo enseguida: se trataba del Barón Samedi. Antes de que Zimmerman pudiese reaccionar, el Loa le golpeó con su bastón.

El grupo entero apareció entonces en una llanura hecha de cráneos humanos cuyo cielo no tenía astros, sino un eterno color ceniciento y ligeramente purpúreo. La Medalla de Santa Teresa ardía en el pecho de Zimmerman.

El suelo se hundió de pronto de forma cóncava y los cráneos comenzaron a caer sobre el grupo, amenazando con sepultarles. Sin embargo, en lo alto de la macabra ladera, pudieron ver a Santa Teresa tendiéndoles la mano desde lo alto de esa macabra ladera.

Con mucho sufrimiento, todos lograron trepar la ladera y asir la mano de la Santa, que arrancó sus almas de ese terrible lugar para llevarles de vuelta al mundo de los mortales.

Cuando el grupo despertó en la cueva de Díguane, se encontraron con Mamá Jeanette (la santera de New Orleans, y dos de sus hombres, que lamentaban haber llegado tarde. Jeanette les contó que andaba tras la pista de Issama Mbokani, así como también les habló del peligro que suponía el Barón Samedi para el mundo, ya que podría significar el fin del mismo, al menos en sus términos naturales.

Jeanette prometió que intentaría buscar una solución al problema de Samedi, aunque creía honestamente que no sería capaz. Pero confesó que quizá hubiese alguien que supiera encontrar el modo de acabar con Samedi, ya que una vez se logró.

Pero ese alguien estaba en el Congo.


Capítulo 5: Un viaje más allá de África.

David Zimmerman, Casandra Kyle y René Michel viajaron a Kinsasa, la capital de la República Democrática del Congo en busca de Oxence M’Bani, el hougan que, según Mamá Jeanette conocía el secreto de cómo derrotar a Samedi.

Kinsasa era una ciudad peligrosa y bastante empobrecida. Los congoleños desconfiaban bastante de aquellos extranjeros y no estaban dispuestos a facilitar mucha información, especialmente si se mencionaba el Palo Mayombe.

Sin embargo, el grupo consiguió averiguar que el tal M’Bani se encontraba trabajando en una mina de coltán, en plena selva.

Casandra telefoneó a un antiguo contratista militar que logró colarlos en un convoy de suministros que se dirigía a la mina y en el que viajaban varios mercenarios bien armados. Antes de partir, se hicieron con unos chalecos antibalas y unos rifles. El Congo era un lugar peligroso.

El convoy sufrió una emboscada en plena selva, se trataba de unos piratas de carretera que, sin duda, trataban de hacerse con los suministros de los camiones. Fue un tiroteo feroz en el que los mercenarios que custodiaban el convoy murieron.

Zimmerman, que recibió un disparo en la pierna, se mostró letal con el M16 que arrebató al cadáver de uno de los mercenarios y pronto dio cuenta de los piratas de carretera.

Con el detective herido, decidieron coger uno de los camiones y regresar a Kinsasa, donde Zimmerman recibió atención médica. A la mañana siguiente, Casandra volvería a hablar con su contacto para gestionar un transporte hasta la mina.

Esta vez, el viaje fue más tranquilo.

La mina era un complejo rodeado por una alta valla en el que el grupo logró colarse mediante un soborno. Allí, pudieron comprobar que los trabajadores de la mina no parecían encontrarse en ese lugar por su propia voluntad.

Tras sobornar a un guardia para que arrancase a golpes información de uno de los prisioneros, descubrieron que M’Bani se encontraba en el interior de la mina, donde le habían construido una especie de chabola, ya que estaba muy débil para moverse.

Los guardias de la mina no tenían intención de dejarles ir más allá, y pronto comprendieron que sólo podrían acceder al interior de las galerías por la fuerza.

Al caer la valla, Casandra saltó la valla del perímetro por el lado Este. Un guardia estuvo a punto de descubrirla, pero Zimmerman le abatió desde lejos con su rifle.

Al mismo tiempo, René abría fuego con un M16 sobre la castea donde se encontraban el resto de guardias. Los guardias no tardaron en devolver el fuego, hiriendo al santero. Pronto aparecería Zimmerman para acabar con dos de los guardias con una ráfaga de AK47. Instantes después, Casandra se escurriría sigilosamente hasta la espalda del último guardia para volarle la cabeza.

M’Bani se encontraba en el interior de la mina y, en principio, no quería creer que Samedi se encontraba de nuevo en el mundo. René tuvo que emplearse a fondo para convencer al anciano de que necesitaban su ayuda.

Finalmente, M’Bani accedió a ayudarles mediante un rito. Se trataba de un viaje espiritual que les desvelaría el modo de acabar con Samedi. En lo más profundo de las minas, mientras los tambores sonaban, el anciano hougan les sopló una neurotoxina a la cara.

El grupo se vio de pronto en plena selva. Ya no estaban en sus propios cuerpos, sino en los de unos miembros de algún tipo de tribu africana. De pronto, el poblado fue atacado por soldados españoles del siglo XVI. René fue capturado con una red, mientras que, tanto Zimmerman, como Casandra, murieron a manos de los españoles.

En ese momento, la militar y el detective reaparecieron en el mismo poblado, como si nada hubiese pasado. Pronto, los españoles volvieron a atacar el poblado.

Esa escena se reinició varias veces, hasta que todos hubieron sido capturados por los soldados españoles. Cada vez que Casandra o Zimmerman murieron, pudieron notar como su mente se resquebrajaba un poco.

El siguiente flash les transporto a la bodega de un barco que se bamboleaba en medio de una tormenta. Allí, iban encadenados junto a una multitud de esclavos. Uno de esos esclavos era un hombre siniestro al que todos parecían temer. René pronto se dio cuenta de que se trataba de alguna especie de hechicero.

Intentaron escapar varias veces. Unas veces murieron a manos de los guardias, mientras que otras resultaron ahogados cuando el barco dio la vuelta al ser embestido por una enorme ola.

Finalmente, empleando unos clavos extraídos de los tablones del suelo, lograron abrir sus grilletes y neutralizar a los guardias. Rápidamente, subirían hasta la cubierta para saltar al mar antes de que el barco fuese tumbado por aquella enorme ola.

Fueron recogidos poco después por un segundo barco español. Una vez a bordo, les volvieron a poner cadenas en las muñecas. Entonces, sus mentes volvieron a viajar.

Un nuevo flash les transportó a la hacienda del capitán Burgos, en la Ille D’Iguane. Allí, eran esclavos del capitán, quien parecía haber hecho buenas migas con aquel esclavo siniestro del barco, el hechicero. El grupo aprovechó la sorpresa para abalanzarse sobre Burgos y el hechicero, dándoles muerte. Esto solo sirvió para reiniciar el flash: no era el camino.

Después, el grupo conoció a un anciano entre los esclavos. Se trataba de un hougan que quería impedir la invocación de Samedi, la cual iba a tener lugar esa misma noche.

El hougan les ungió con un aceite que impediría que Samedi les hiciera viajar al otro plano y, además, les entregó unos cuchillos de mango blanco: las únicas armas que podían contra el Loa.

A base de unas cuantas muertes, lograron escapar del cobertizo donde se retenía a los esclavos y caminar hasta el cementerio donde se hallaba el panteón de la familia Burgos. Allí, tras eliminar al guarda y eludir a unos cuantos zombies, lograron acceder a un angosto laberinto de túneles.

Los túneles de roca les llevaron hasta el bufadero, ese lugar donde el agua del mar embestía con terrible fuerza para arrojar a los incautos contra las rocas. Allí, Zimmerman se lastimó la rodilla y Casandra sufrió una fractura abierta de tibia.

Al final, en una sala circular con símbolos en el suelo, les esperaba Samedi, que acababa de ser invocado por Burgos y el hechicero. El propio Loa mató al hechicero entre siniestras carcajadas mientras Burgos, convertido en un zombie tras devorar su propio corazón en ese oscuro rito, aguardaba impasible a su lado.

Fue un combate feroz en el que Samedi pareció descubrir el dolor por primera vez al ser su piel rasgada por aquellos cuchillos mágicos. Finalmente, el grupo abatió al Loa a cuchilladas, aunque el combate fue tan terrible que sus mentes quedarían marcadas para siempre.

Un último flash les transportaría hasta la isla de Cuba, en plena construcción de la Misión de San Antonio de Padua. Los antiguos esclavos del capitán Burgos habían sido vendidos a otra familia que se había trasladado posteriormente a Cuba y ahora colaboraba en la construcción de la misión.

Allí, vieron como el hougan ocultaba los cuchillos de mango blanco bajo el altar de la capilla, por si alguna vez el mundo los volvía a necesitar.

Despertaron en la mina, con terribles heridas en el alma y la mente: había sido un viaje atroz que, sin duda, había dejado una huella imborrable en ellos.

Pero ahora, sabían cómo derrotar a Samedi.


Capítulo 6: El último jazz para New Orleans

David Zimmerman, René Michel y Casandra Kyle regresaron  New Orleans después de haberse hecho con los Cuchillos de Mango Blanco en la cripta de la misión de San Antonio de Padua, justo donde vieron que se encontraban en aquel delirante sueño colectivo que experimentaron en el Congo.

En el Aeropuerto Internacional Louis Armstrog fueron recibidos por Gilbert, uno de los dos ayudantes de Mamá Jeanette. Según este, la santera les esperaba en su casa para ponerles al corriente de sus indagaciones. Su otro compañero, Denis, había quedado protegiendo a Jeanette. La santera se encontraba muy inquieta en los últimos días.

Cuando llegan a la casa, pueden escuchar sonido de lucha en el interior y un grito de Jeanette. Mientras Zimmerman y René accedían a la escalera de incendios para entrar por un flanco de la casa, Casandra y Gilbert se dirigieron a la entrada principal.

A Gilbert le volaron la cabeza nada más echar la puerta abajo, y Casandra pudo ver como uno de los cuatro hombres que se encontraban en el interior del piso degollaba a Mamá Jeanette delante de sus propios ojos. Aquello le trajo a la Navy Seal recuerdos de su propia hija, a la que encontraron degollada por los Serpents Noirs.

Por otro lado, Zimmerman y René entraron por el dormitorio sólo para ser recibidos por una lluvia de disparos a través de la puerta del dormitorio. René recibió un disparo en el brazo.

Desde ambos flancos, los personajes iniciaron un tiroteo contra los cuatro Serpents Noirs del apartamento, acabando por abatirlos a todos. Uno de ellos quedó herido.

En vista de que no debía quedar demasiado tiempo para que llegase la policía (seguramente los vecinos habían avisado del tiroteo), registraron la casa de Mamá Jeanette encontrando, fotografías de la fachada exterior del club de jazz “Le Duc”, una nota escrita a mano que rezaba “Encontrar a Dwane Rogers. Club Le Duc” y la dirección “125 Sullivan Road” anotada en la agenda de Mamá Jeanette.

Se llevaron a aquel Serpent Noir al taller de Joe el Oso, que actualmente se encontraba abandonado. Allí, René empleó el propio temor a la santería del hombre para sacarle algo de información: Habían descubierto a Jeanette husmeando y la habían matado. Samedí se haría con el mundo en poco tiempo y nadie podría evitarlo.

Aquella misma noche decidieron ir al Club Le Duc. El club estaba bastante concurrido, sobre todo con personas de mediana edad; la mayoría profesores de universidad, intelectuales o músicos aficionados. Un grupo bastante veterano improvisaba jazz sobre un escenario. Había un par de tipos bebidos que están discutiendo con el barman, mientras este les pide algo de orden.

Allí, Zimmerman tuvo una visión de Joe el Oso, su amigo que fue devorado por zombies en Puerto Príncipe.

Hablando con el barman, descubrieron que el tal Dwane Rogers se había citado allí con Mamá Jeanette. El barman vio a otro tipo espiar la cita de Jeanette y Dwane. Tras esto, pago su consumición con la tarjeta de crédito y se fue. La tarjeta está a nombre de un tal Damarko Harris.

El grupo se sentía en racha, y Zimmerman decidió llamar a su contacto en la policía para saber más de el tal Dwane Rogers. El tipo tenía una dirección en el centro y un local (una librería) no muy lejos de su casa. El policía les envió una fotografía del hombre. Zimmerman también le pidió información sobre Dmarko Harris, descubriendo que el hombre parecía haber borrado sus huellas con diligencia. De hecho, sólo constaba una propiedad a su nombre: el 125 de Sullivan Road.

Decidieron acercarse a la librería que, a aquellas horas, estaba cerrada. Después, pensaron en pasarse por la casa de Rogers, pero parecía que nadie hubiese estado allí en, al menos, un par de días.

A la mañana siguiente, decidieron hacer una visita al 125 de Sullivan Road. Allí fueron atacados por un hombretón enorme armado con un cuchillo de carnicero. Antes de que pudieran abatirle, amputó la mano derecha de René.

Mientras René descansaba inconsciente en la cocina, Zimmerman y Casandra encontraban los cadáveres de dos niños encadenados a un radiador. A demás, en su registro rápido del lugar encontraron una caja de cerillas del club de Jazz “Le Duc”, un número de teléfono que corresponde a un ático en Garden District, una zona exclusiva de la ciudad y una vieja fotografía en la que salían Jean-Pierre Faulks (al que Joe el Oso mató en su plantación abandonada), un tipo que coincidía con la descripción de Damarko Harris y Dwane Rogers.

René pasó aquella noche en el hospital, mientras trataban su mano amputada. Por desgracia, el miembro no podría ser reimplantado. A la mañana siguiente, pediría el alta voluntaria.

El grupo se acercó a echar un vistazo al ático de Garden District. Se trataba de un ático en la zona más lujosa de New Orleans. Alguien como Casandra y Zimmerman, en seguida se dieron cuenta de que algo no iba bien: un par de Serpents Noirs vigilaban en la calle, a bordo de un Ford Mondeo negro.

René llevó a cabo una distracción, haciendo que los hombres que vigilaban la calle le prestasen atención, mientras Casandra y Zimmerman subían por la escalera de incendios. Por desgracia, aunque logró huir finalmente, los Serpents Noirs le arrebataron su arma.

Cuando Casandra y Zimmerman llegaron al ático, encontraron a otro par de hombres armados que ya estaban en alerta. Se produjo un tiroteo en el que Zimmerman resultó herido. Damarko Harris atacó a Casandra con una especie de espada ritual, pero ella le voló las rodillas. Los Serpents Noirs de la calle también subieron sólo para ser abatidos por la Navy Seal.

En vista de que la policía no tardaría en llegar, metieron a Damarko en el maletero y le llevaron al abandonado taller del difunto Joe el Oso. De camino, dejaron al malherido Zimmerman en urgencias sin dar demasiadas explicaciones a la gente del hospital.

Ya en el taller, René y Casandra interrogaron a Damarko. Este les contó que Samedí despertaría a su amante, Maman Brigitte, y juntos dominarían el mundo. También les contó que el tral Dwane Rogers era un antiguo Serpent Noir que había abandonado el culto. Rogers seguía vivo solo porque el antiguo Bokor, Faulks, había sido blando con él, siempre según Damarko. No pudieron sacarle mucho más, así que René le hundió un cuchillo en la garganta.

René y Casandra trataron de regresar al ático de Garden District en busca de pruebas, pero la policía científica estaba en el lugar. Demasiados agentes como para intentar nada.

Casandra y René, en un callejón sin salida, decidió volver a la librería de Dwane Rogers.

Dwane estaba asustado, temía que los Serpents Noirs fueran a por él y guardaba una escopeta Mossberg Mod 500 (Dñ 3, 75m) bajo el mostrador. Amenazó con ella al grupo, pero no quería matar a nadie.

Cuando le contaron que habían matado a Damarko y lo que Samedi pretendía hacer, Rogers les ofreció sus archivos, ayudándoles a investigar acerca de los planes de Samedi. En uno de los libros, se explicaba cómo traer a Maman Brigitte al mundo mortal, a través de un lugar impío edificado con cráneos humanos. Consistía en dibujar una serie de símbolos en el suelo, empleando sangre de niños y después liberando el poder de un loa mediante unos salmos rituales. Se detallaba que debe efectuarse exactamente a la media noche del 28 de Febrero: aquella misma noche.

Tenían un problema, ya que desconocían la ubicación exacta de aquel lugar llamado “La Bóveda de los Huesos”. Sin duda, aquella información estaría en el ático de Damarko, un lugar que ahora estaba custodiado por la policía.

A la mañana siguiente, Zimmerman se marchó del hospital. La cosa estaba dificil, balas suyas habían aparecido en demasiados escenarios de crímenes. Su amigo policía le dijo que ya no podría ayudarle más: estaba en busca y captura.

Esta vez fue Zimmerman quien intentó una distracción, pasando en su coche por delante del coche patrulla estacionado frente aquel portal de Garden District. Por desgracia para él, los policías no picaron. Uno de ellos entro en el portal mientras el otro salía del coche y comenzaba a pedir refuerzos por radio.

Visto que no quedaba otra opción, Casandra disparó a las piernas del policía que estaba en la calle, anulándolo. Menos de un minuto después, abatía al segundo agente; que cayó por el hueco de la escalera.

No había mucho tiempo, así que no pudieron efectuar un registro en condiciones, limitándose René a agarrar una serie de volúmenes antiguos que encontró en el despacho de Damarko.

Ya de vuelta en la librería de Rogers, René descubrió una página con un mensaje oculto: derramando sangre sobre el amarillento pergamino, la savia vital conformó las instrucciones para llegar a la Bóveda de los Huesos a través de una entrada en el Cementerio Lafayette.

El tiempo apremiaba y sabían que necesitaban ayuda. Casandra contactó con su expareja, otro Navy Seal llamado Michael (que era el padre de su difunta hija). Por desgracia, la precaria situación de Zimmerman con la policía solo permitió que pudiera reclutar a un yonki que conociera hace tiempo en los suburbios de la ciudad.

Antes de partir, René repitió aquel ritual que viera realizar a un hougan del siglo XVI antes de partir a la batalla con Samedi: el ritual que evitaría que les enviase al “otro lado”.

La noche del 28 de Febrero, con la ciudad en pleno carnaval, el grupo se personó en el Cementerio Lafayette. Allí encontraron algo inquietante: varias personas habían abandonado sus ropas entre las lápidas y había sangre derramada… mucha sangre.

Michael pareció dudar de todo aquello, pero Casandra le confesó que era el padre de su difunta hija, a la que se disponían a vengar,

Entraron en el panteón que señalaba el descenso a los túneles que habían de llevar a la Bóveda de los Huesos. En ese panteón encontraron una pequeña apertura que comunicaba con un túnel. Michael fue el primero en entrar y, el sonido de sus disparos, puso en alerta al grupo.

Casandra entró a continuación, encontrando a Michael rodeado de zombies. Aquellas personas que habían abandonado la ropa en el cementerio se habían degollado para convertirse en zombies al servicio de Samedi. Sin duda eran lo que quedaba de los Serpents Noirs.

El periplo por los túneles fue una pesadilla en la que perdieron a Michael y a ese yonki que había traído Zimmerman. Así, maltrechos y agotados, llegaron a la Bóveda de los Huesos.

Aquel lugar construido con cráneos humanos tenía seis entradas. Por una de ellas escucharon los pasos de alguien que se acercaba. Zimmerman y René arrojaron un par de granadas que derrumbaron ese túnel.

No sirvió de mucho.

Como una neblina, Samedi se filtró entre las piedras para materializarse después ante los tres compañeros. Aquella visión fue demasiado para René.

Aterrado, el santero no se sintió capaz de enfrentarse de nuevo a Samedi, así que decidió degollarse a sí mismo.

El combate de Zimmerman y Casandra fue duro, pero las excepcionales habilidades de combate de Casandra y los cuchillos de mango blanco les permitieron acabar con el loa.

Heridos, con el alma y la mente quebradas, salieron de allí.

Habían salvado el mundo… y el mundo ni siquiera lo sabía.


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