Draconis Tempora (One Shot): El Legado de los Liosalfar - de Chris Hind -
La exploradora humana Cece se encontraba a las afueras del pequeño pueblo de Rillford. A su lado estaba el preocupado Áladon, un semielfo que servía como sacerdote a la diosa Chauntea; deidad de la agricultura. El campo del oeste estaba en barbecho, y el del este estaba destrozado por completo.
Diez días atrás había caído una terrible granizada con aerolitos del tamaño de piedras de honda, destruyendo la cosecha de invierno. Aunque la situación era dramática, la gente del pueblo esperaba poder subsistir a base de apretarse el cinturón.
El futuro del pueblo iba a depender de la siembra de primavera y la cosecha de otoño. Pero después de los impuestos y de hacer el pan necesario para sobrevivir, poco grano quedaría para plantar, por lo que el molinero Werthan había partido hacia la ciudad de Arabel con los ahorros de todo el pueblo para comprar grano con que sembrar en primavera.
El caso es que el regreso del molinero se había demorado más de una semana. Algunos pensaban que había huido con el tesoro, mientras que otros juraban ante los dioses por la honradez de Werthan. Algunos más, afirmaban que el molinero probablemente había sido devorado por algún monstruo del bosque.
Con todo el pueblo preocupado en intentar rescatar todo el alimento posible para pasar el invierno, habían sido Cece y Áladon quienes decidieron partir en busca de Werthan, el dinero y en definitiva, el futuro de Rillford.
El primer paso de Cece y Áladon fue viajar hasta Arabel. Fue un viaje con pocos percances a parte del encuentro con una manada de lobos a los que los compañeros lograron enfrentar con bastante eficiencia.
En Arabel, hablaron con Sigun, el mercader que había vendido grano a gente del pueblo en otras ocasiones. Este les confirmó que Werthan había comprado trigo hasta llenar su carro y había partido por el camino de Altaluna; en la dirección de Rillford.
Intrigados, decidieron volver atrás en busca de más pistas. Esta vez, Cece se esmeró en buscar algún posible rastro que indicase lo sucedido con Werthan.
A medio camino, donde la carretera atravesaba un denso bosquecillo conocido como Bosque Oscuro, las huellas del carro abandonaban el camino y se internaban inexplicablemente en la espesura.
El bosque era oscuro y viejo, aunque nada amenazador; al contrario de lo que suelen creer las gentes de la región. Árboles espaciados y poco matorral permitían ver a cierta distancia sin demasiados problemas.
Las rodadas del carro les llevaron hasta un claro en el que una bandada de doce cuervos de tamaño respetable parecía pelearse por los restos de un buey que enseguida reconocieron como el animal de Werthan. La bandada parecía estar liderada por un cuervo descomunal, del tamaño de un buitre.
Las aves atacaron casi de inmediato, intentando arrancar los ojos de los dos aventureros. Aunque Áladon logró abatir a algunas rapaces con su magia, finalmente fueron las flechas de Cece y la cerbatana del propio sacerdote quienes tuvieron que encargarse de repeler el ataque.
Con la mitad de la bandada caída y su enorme líder abatido por una flecha de la exploradora, la terrible bandada se dio a la fuga; abandonando en el claro los descarnados restos del buey. Un examen más minucioso del animal le indicó a Cece que la bestia había sido atada allí, probablemente por el propio Werthan, hasta que aparecieron los lobos y le dieron muerte. Fue cuando los lobos se saciaron que aparecieron los cuervos para darse el macabro festín.
Al otro lado del claro, encontraron el carro volcado; con la mayor parte del trigo devorado por los animales del bosque o podrido. Ahora solo quedaba encontrar a Werthan… o su cadáver.
Dos senderos de ciervos surgían del claro hacia lo profundo del bosque, aunque esta vez Cece no pudo encontrar el rastro del molinero; así que irían a ciegas en su búsqueda.
No tardaron en toparse con una telaraña bastante burda en la que pudieron encontrar ardillas y pájaros muertos. Casi antes de que reaccionaran, fueron sorprendidos por una araña gigante. Aunque Áladon pasó un buen rato atrapado por la red del insecto, Cece logró resistir con sus dos espadas cortas el tiempo suficiente como para que el sacerdote se liberase y entre los dos pudieran dar muerte al animal.
Algo maltrechos, los compañeros continuaron su camino hasta encontrar un bello claro en el bosque. Allí, sin previo aviso, fueron rodeados por un grupo de seis hadas. Tras unos momentos de tensión, Áladon logró convencer a las hadas de las buenas intenciones que él y Cece tenían. Satisfechas, las hadas les indicaron que Werthan había pasado por allí unos días atrás en compañía de un grupo de altos elfos.
Intrigados con todo aquello, los compañeros continuaron su camino por el bosque. Pronto cayó la noche, aunque no pudieron descansar muy bien debido a que una manada de ciervos atravesó el campamento; sobresaltándolos.
A la mañana siguiente, casi más muertos que vivos a causa de su combate con la araña gigante, los compañeros dieron con un estanque de aguas cristalinas. Al beberlas, ambos notaron pronto las propiedades curativas de aquellas aguas. Sin embargo, no todo iba a ser bueno en aquel lugar.
Tres hombres de barro, unos humanoides bajos y hechos de cieno, les atacaron poco después de beber el agua. Por suerte, aquellas criaturas no eran rivales demasiado fuertes para los aventureros, que acabaron con ellas sin problemas.
Algo más adelante, junto a las ruinas de una antigua torre, encontraron a un guerrero, elfo de los bosques, llamado Galahorn. El elfo afirmaba haber visto a Werthan pasar en compañía de los altos elfos. Según les explicó, los elfos pertenecían al Clan Liosalfar, una tribu de altos elfos que odiaba a los humanos y solía darles muerte por considerarles invasores de los bosques. También le señaló a Áladon que, un semielfo como él, sería considerado una aberración por los Liosalfar y exterminado de inmediato.
Galahorn se comprometió a acompañar a los aventureros hasta la zona del bosque controlada por los Liosalfar, pero de ningún modo aceptó a acompañarles dentro de ese territorio, pues le atemorizaba. El elfo no quiso ningún pago a cambio de su servicio, ya que actuaba únicamente de buena fe.
Aquella noche, Cece y Áladon descansaron por fin; cosa que agradecieron enormemente. Gracias a que Galahorn se ofreció a hacer guardia toda la noche, los compañeros pudieron levantarse como nuevos.
Caminaron casi todo el día, llegando a la zona del bosque controlada por los Liosalfar casi al anochecer. Antes de despedirse, Galahorn les advirtió que los Liosalfar eran maestros del engaño y no debían fiarse de ellos.
Los compañeros prefirieron pasar la noche acampados, ya que los elfos podían ver en la oscuridad, al contrario que Cece; lo que la dejaba en desventaja. Así pasaron la noche sin ningún percance.
A la mañana siguiente, exploradora y sacerdote se pusieron de nuevo en camino.
No mucho tiempo después, escucharían un poderoso rugido y gritos en el bosque. Corrieron hacia allí para encontrar a un enorme oso atacando a un cazador elfo, sin duda un Liosalfar. En el suelo, a unos pocos metros, se encontraba el cadáver destripado de otro cazador.
Las certeras flechas de Cece atravesaron el cuello de un animal que ya había sido herido por el cazador elfo. Acabado el combate, el elfo se percató de que aquello no había terminado en realidad, ya que aquellos dos recién llegados se abalanzaban sobre él. Poco pudo hacer, sin embargo, cuando Áladon hizo brotar gruesas enredaderas del suelo para atraparle.
Tras atar al Liosalfar de pies y manos, decidieron interrogarle. Como era de esperar, el elfo negó entre insultos y maldiciones que los Liosalfar fuesen elfos hostiles. Cece, no estaba nada convencida de la versión de Luthil, que así se llamaba el alto elfo, de modo que intentó sacarle una confesión a golpes.
Finalmente, lo único que Cece logró fue intimidar al alto elfo para obligarle a guiarles hasta el poblado de los elfos.
De camino hacia el poblado élfico, fueron rodeados por un grupo de centauros. Los hombres caballo estaban dispuestos a matar a los aventureros para liberar a aquel alto elfo. Sin embargo, la visión de un sacerdote de Chauntea les hizo ser cautos y detener el ataque tras un par de intercambios.
Los centauros respaldaron la versión de Luthil acerca de los Liosalfar. Entonces, Áladon les hablo a Luthil y los centauros de Galahorn. Luthil les dijo entonces que Galahorn no era un elfo de los bosques, sino un tenebroso guerrero-mago drow que utilizaba su hechicería para el engaño y, sin duda, se había hecho pasar por un elfo dorado para arrojarles contra los Liosalfar.
Mientras que Áladon creyó al elfo y los centauros, Cece recordó las palabras de Galahorn acerca de los engañosos Liosalfar. Finalmente, ante las súplicas del sacerdote, ambos aventureros depusieron las armas y consintieron en que los centauros les llevaran ante la líder de los elfos, una tal Crystámbula.
Viajaron maniatados sobre las grupas de dos centauros hasta el poblado Liosalfar. Allí, para su sorpresa, encontraron a Werthan. Al parecer, el molinero siempre había oído historias de los altos elfos en boca de su padre y, cuando los vio, les pidió que le dejaran acompañarles.
Al contrario de lo dicho por Galahorn, los Liosalfar eran mucho más hospitalarios de lo que suelen ser los altos elfos e incluso muchos elfos de los bosques. De ese modo, Werthan había atado a su buey a un árbol y abandonado su carro, que seguramente rodaría ladera abajo hasta volcar en aquel claro.
Desde entonces, el molinero había disfrutado de la hospitalidad de los altos elfos, a los que les hacía mucha gracia su simpleza y le tenían como a una especie de bufón al que agasajaban con los mejores manjares y el más exquisito aguamiel.
Aunque inicialmente Cece seguía pensando que todo aquello era una treta de los engañosos Liosalfar, como había dicho Galahorn, finalmente se rindió a la evidencia.
Pese a que los aventureros habían encontrado a Werthan, sus problemas no habían hecho más que empezar: habían atacado y torturado a Luthil. De ese modo, fueron llevados ante Crystámbula, la Cantora Blanca, para que les enjuiciase.
Muchos de los Liosalfar pedían las cabezas de los compañeros, unos pocos que se les dieran cien latigazos, se les despojase de su equipo y se les arrojase al bosque. Unos menos, aceptaban que los aventureros solo habían sido víctimas de una de las tantas intrigas de Galahorn.
Finalmente, con mucho esfuerzo y capacidad de persuasión, Áladon consiguió convencer a Crystámbula de que habían sido engañados y no tenían malas intenciones. Jugó mucho en su favor el hecho de no haber lastimado seriamente a Luthil y también que Werthan hablase a favor de los que eran sus vecinos en el pueblo. Tras meditar un par de horas, Crystámbula decidió liberar a los aventureros, quienes no dudaron en ofrecer a Luthil unas disculpas que el elfo aceptó a regañadientes.
Con todo a punto de acabar bien, lo más duro parecía ser convencer a Werthan de que regresase al pueblo con su mujer y su hijo. El molinero era feliz y querido entre los elfos, viviendo a cuerpo de rey. Además, había echado a perder el grano y la próxima cosecha también se perdería con lo que sería el blanco de las iras del pueblo.
En este punto, fue Crystámbula quien intervino, entregando a los compañeros un saco de grano mágico que, según aseguraba, bastaría para cumplir con las necesidades de todo Rillford. Después, la elfa logró convencer a Werthan de que regresase a su poblado.
Los personajes se encaminaron de vuelta a su pueblo a través del bosque oscuro.
Casi al llegar la noche, unos alaridos llamaron la atención del grupo. De entre los matorrales surgió un malherido Werthan… otro Werthan distinto al que iba con ellos.
El nuevo Werthan les dijo que aquel que les acompañaba era un doble mágico que les habían entregado los engañosos Liosalfar y que detonaría mágicamente al abandonar el bosque; matándolos a ambos. Les contó que él lo había visto todo desde una prisión mágica invisible.
Al parecer, un fallo mágico inexplicable le había permitido escapar y ahora los Liosalfar le perseguían para matarle.
De pronto, los perplejos Cece y Áladon asistían a una absurda discusión entre los dos Werthan en los que ambos peleaban por ser el auténtico.
Para rematarlo todo, cuatro guerreros Liosalfar aparecieron de la espesura y comenzaron a atacar con sus flechas al nuevo Werthan. Tras unos momentos de duda, Cece y Áladon decidieron aceptar la versión del recién llegado y se enfrentaron a los Liosalfar.
Lamentablemente, en un lance del combate, el nuevo Werthan perdió la concentración de su conjuro y mostró su verdadera forma: la del drow Galahorn. Tras matar al último Liosalfar en pie y herir gravemente a Cece, escapó hacia la espesura.
Los compañeros se lamentaron de haber caído en la trampa del drow y haber dañado a aquellos Liosalfar, pero ya poco podían hacer.
Aunque regresaron a Rillford como héroes, con Werthan y con el grano salvador, habían manchado sus manos con la sangre inocente de los Liosalfar y emponzoñado su corazón con un juramento de venganza: matarían a Galahorn.

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