Draconis Tempora: Korvosa (T3), Huida del Viejo Korvosa (3/6)
Tras el inusual pacto al que habían llegado los miembros del grupo con aquella misteriosa elfa llamada Laori Vaus, ni más ni menos que una sacerdotisa de Cyric, el Príncipe de las Mentiras, todos se encaminaron hacia el palacio donde residía el autoproclamado Emperador del Viejo Korvosa. El edificio, según sabían ya, se encontraba en la Calle de la Seda, barrio de Muelle Viejo.
Durante el camino por las maltrechas calles de ese barrio, Laori les contó que antes de la cuarentena, el emperador era un hombre llamado Pilts Swastel, propietario de un notorio circo llamado Execrables Ejemplares en el Viejo Korvosa.
Llevaban precaución, utilizando calles secundarias a fin de no toparse con ninguna de las llamadas turbas de Pilts. Aunque suponían que se hallaban en sobradas condiciones de enfrentar a cualquiera de ellas, no querían que el Emperador y sus hombres tuviesen noticias de su avance hacia el palacio.
A unas pocas calles de su destino, encontraron a uno de aquellos grupos de cuatro individuos patrullando una ruinosa avenida. Los hombres iban distraídos, charlando sobre cualquier trivialidad, así el grupo decidió ocultarse hasta que pasaran. A Jarnarak no le gustó la idea de dejar enemigos a su espalda, pero aceptó la decisión del grupo.
Cuando los hombres de Pilts, se hubieron alejado, los compañeros salieron de su escondite para proseguir su camino.
Pronto tuvieron el Palacio del Emperador frente a ellos. Evidentemente, no se trataba de un palacio real, sino de un lugar al que ese tal Pilts Swastel había decidido otorgar ese título. El palacio constaba de seis edificios, las plantas bajas de los cuales habían sido totalmente destrozadas. Sólo seguían intactas las plantas superiores de los edificios septentrionales; hacia el sur, sólo permanecían los tejados, dejando por debajo cáscaras vacías de edificios. Aparte de esto, todos esos edificios de madera parecían estables. Thrainan, que entendía de construcciones, les aseguró que no corrían riesgo de venirse abajo… al menos, en principio.
Se ocultaron en un edificio ruinoso desde el cual podían ver la entrada al palacio. Laori se mostró contrariada al encontrar a ocho hombres armados guardando la puerta. Según le explicó al grupo, normalmente el Emperador disponía a la mitad de hombres para esta misión.
Estaba claro que las noticias sobre un grupo de aventureros que había zurrado a varios de sus comandos callejeros había puesto intranquilo al aquel soberano de pacotilla.
Aunque el grupo intentó acercarse sigilosamente, el matraqueo de la armadura de Jarnarak pronto llamó la atención de los guardias, que gritaron pidiendo refuerzos. No había mucha más opción a esas alturas, así que el grupo atacó sin dudarlo.
Aquellos guardias no tuvieron nunca una oportunidad, ya que fueron totalmente arrasados por ese grupo, ahora reforzado por la letal magia sagrada de Laori. Aunque, tal como temía Jarnarak, el grupo de hombres con el que se habían cruzado calle abajo no tardó en llegar también, acudiendo a las llamadas de sus compañeros; arrancando un “Os lo dije” de labios del minotauro.
Sorprendentemente, estos cuatro hombres pusieron en más aprietos a los compañeros que los ocho anteriores, dejando bastante heridos a Jarnarak y, sobre todo, a Anduil. No era nada que los poderes curativos de Kaylee y Thrainan no pudiesen solucionar, pero estaban perdiendo recursos mágicos demasiado pronto y eso les preocupaba.
Sin pensarlo mucho, ya que no querían permanecer expuestos en la calle, se internaron en el peculiar palacio; ascendiendo por unas decrépitas escaleras de madera hasta lo que parecía ser una sala de descanso para los guardias. Como la sala estaba vacía y no parecía haber nada de interés allí, prosiguieron su camino.
Atravesaron una nueva estancia vacía, donde encontraron el piso roto en diversos puntos, como si algo muy pesado hubiese caminado sobre el embaldosado, siguiendo justo la dirección que ellos llevaban.
Pronto supieron de qué se trataba.
Llegaron a una nueva estancia, un salón enorme con unas grandes puertas de doble hoja que debían dar a un salón o algo parecido. Frente a esas puertas se encontraban cuatro seres que parecían la versión gigante y siniestra de algún tipo de muñeco infantil de madera: golems, como les advirtió Laori. Además, justo en el momento en que el grupo llegaba a la estancia, una de las hojas de aquella puerta se abrió para dejar asomar a dos hombres de Pilts armados con ballestas pesadas.
El combate fue terrible, obligando a los luchadores a darlo todo al mismo tiempo que el grupo exprimía los poderes curativos de Thrainan e incluso de Laori, que recurrió al poder de su maligno dios para sanar a una Kaylee que a punto estuvo de perder la vida cuando uno de aquellos constructos la arrojó brutalmente, haciéndola atravesar una pared.
Finalmente, destruidas aquellas criaturas y abatidos los dos hombres de Pilts, los compañeros atravesaron las puertas para entrar en lo que, descubrieron, era el salón del trono de Pilts Swastel.
No encontraron, sin embargo, al Emperador de Viejo Korvosa. Allí solo se encontraban dos de los hombres de Pilts y un pequeño gnomo de las rocas, inusualmente ataviado con una armadura de placas y blandiendo una descomunal hacha de guerra.
En ese momento, el gnomo se identificó como Jabbyr: mano derecha, guardaespaldas y verdugo personal del Emperador de Viejo Korvosa. Con los dientes apretados por la ira, le ofreció al grupo la posibilidad de rendirse y abandonar el palacio para no enfrentarse a una “terrible y merecida muerte”. Anduil se percató sin muchos problemas de que aquel gnomo estaba deseando que los compañeros declinasen su oferta para darse su ansiado festín de sangre.
Y decidieron no decepcionarle.
Aunque los dos hombres de Pilts cayeron casi de inmediato bajo las armas de Kaylee y Jarnarak, algunas sorpresas desagradables le aguardaban al grupo: de la nada, súbitamente se materializó un tipo desaliñado con ropas de bardo (las cuales habían visto mejores tiempos) para paralizar a Thrainan mediante algún tipo de conjuro y permitir que el enloquecido gnomo se arrojase blandiendo su hacha sobre el sacerdote.
Laori empleó entonces su azote sacrílego para dejar al emperador al borde de la muerte, trabajo que finalizo Anduil, aunque a coste de sufrir terribles heridas provocadas por la magia de aquel bardo loco que se había autoproclamado un día emperador de Korvosa.
Ante el horror del grupo, el gnomo Jabbyr hizo rodar la cabeza de Thrainan por el suelo del salón, casi al tiempo que saltaba sobre Anduil para incrustarle su enorme hacha en el pecho. El elfo dio un par de pasos hacia atrás antes de caer muerto.
Jarnarak, desquiciado por la muerte de su amigo, se arrojó sobre el gnomo con un grito de furia para destrozarle con su hacha hasta convertirlo en una pulpa sanguinolenta. Luego, con lágrimas en los ojos, fue a abrazar el cadáver de su amigo.
Cuando el minotauro se hubo recompuesto un poco, decidieron continuar su exploración de palacio a fin de encontrar el lugar donde el ahora difunto Emperador de Viejo Korvosa mantenía retenido al Artista Salvador Alarido, el hombre que podía llevarles hasta Vencarlo.
Jarnarak se negó a abandonar allí el cadáver de Anduil, cargándolo al hombro. Pensó que su amigo merecía al menos ser enterrado en el suelo de algún parque cercano, no abandonado sobre el sucio suelo de aquel inmundo lugar.
Así, continuaron su exploración hasta encontrar a Salvador Alarido, encerrado en una pequeña sala en la que solo había un camastro de paja con unas mantas raídas y un caballete de pintor.
El artista les confesó que llevaba un tiempo retenido allí, intentando recuperar su inspiración hasta lograr hacer un cuadro que agradase al Emperador. Hasta el momento, había perdido su musa, lo cual había enfurecido a su captor. Las marcas de palizas sobre el cuerpo de Salvador atestiguaban la ira del autoproclamado soberano.
Cuando los compañeros le contaron que el Emperador estaba muerto, pareció tranquilizarse notablemente. Convino en contarles lo que sabía, pero exigió que le llevasen a un lugar seguro y, posteriormente, le escoltasen fuera de Viejo Korvosa; a lo que el grupo accedió.
Así, tras recoger también el cadáver de Thrainan, abandonaron el palacio del difunto Emperador y se alejaron media docena de manzanas hasta cobijarse en un edificio abandonado. Allí, Jarnarak encontró un pequeño jardín algo abandonado en el que dio digna sepultura a los cuerpos de Anduil y Thrainan.
Salvador explicó a los compañeros que él y Neolandus eran amigos, y que el hombre apareción en su casa al día siguiente de la muerte del Rey Eodred, desesperado, ensangrentado y envenenado. El senescal le dijo a Salvador que necesitaba un lugar donde esconderse.
El artista había cuidado de su amigo hasta curarle. Cuando Neolandus recuperó la lucidez, le confesó que la Reina Ileosa había asesinado a su marido y que tenía a su servicio a los asesinos de la Mantis Roja, quienes le habían intentado asesinar.
Neolandus también le dijo que había algo acerca de Ileosa que no estaba bien, que había cambiado. Dijo que la Reina se había vuelto “peor…”, aunque Salvador no sabía qué significaba eso exactamente.
Neolandus tenía intención de seguir investigando a Ileosa, pero sabía que la casa de Salvador no era un lugar seguro.
Entonces, el artista le había dicho a su amigo que tenía una excelente relación con la familia Arkona, que se encontraba entre sus patrones. La sugerencia por parte de Salvador de que Neolandus buscase asilo en casa de los Arkona, no fue bien recibida por el senescal, ya que esta familia de negociantes tenía fama de estar mezclada en asuntos algo turbios.
Sin embargo, no había muchas opciones; así que Salvador acompañó a su amigo hasta la casa de los Arkona durante la noche, pocos días antes de que se implantara la cuarentena. Desde entonces, no le había vuelto a ver.
Aunque Salvador siempre había confiado en la buena voluntad de la familia Arcona, su también buen amigo, Vencarlo, le había acabado convenciendo de las conductas criminales de los Arkona, por lo que ahora temía haber puesto en peligro a Neolandus.
Cuando los compañeros le contaron a Salvador que nadie sabía nada de Vencarlo desde hacía unos días, el artista empalideció. Sospechaba que Vencarlo hubiese intentado infiltrarse en el palacio de los Arkona en busca de Neolandus.
Terminada la conversación con los compañeros, Laori quiso hablar con el artista, a pesar de la reticencia inicial de este al ver a aquella sacerdotisa de Cyric. No obstante, como aquello formaba parte del trato, la propia Kaylee medió para que Salvador colaborase a condición de estar ella presente en la conversación. Este último punto no agradaba para nada a Laori, pero finalmente accedió.
Extrañamente, Laori parecía interesada en saber de dónde salían las ideas que Salvador plasmaba en sus cuadros: cuadros siniestros y sangrientos que le habían hecho famoso. El artista le dijo que, antes de la muerte del rey Eodred, su musa le inspiraba terribles sueños vívidos que él se limitaba a plasmar.
Cuando la sacerdotisa le preguntó por qué sus obras habían perdido esa capacidad de impactar que tenían antes, Salvador solo pudo confesar que su musa le había abandonado, lo que pareció desilusionar a Laori; según advirtió Kaylee.
Laori se dirigió entonces al grupo, anunciándoles que había finalizado su misión y debía marcharse para informar a sus superiores. De todos modos, les dijo, sus caminos volverían a cruzarse sin duda.
Antes de que se marchase, Kaylee logró arrancar a la sacerdotisa el juramento de que escoltaría a Salvador fuera de Viejo Korvosa. Aunque en principio la mujer se mostró reticente (y el artista espantado), finalmente accedió y juro salvaguardar la seguridad de Salvador hasta dejarle en la zona segura de la ciudad, si es que eso aún existía.
Una vez Laori se hubo marchado con Salvador, perdiéndose ambos entre las sombras de los callejones, los compañeros permanecieron un rato en silencio, mirándose entre ellos.
Tenían asuntos que resolver con la familia Arkona, no había duda.
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