Draconis Tempora: Korvosa (T3), Huida del Viejo Korvosa (6/6)
Los compañeros continuaban su periplo por el Laberinto Reanimado, aquel complejo subterráneo en el que los Arkona (una familia de rakshasas que se hacía pasar por emporio criminal) entrenaban a sus hombres de confianza, en busca de Vencarlo Orsini y del senescal Neolandus.
En plena forma, tras toparse con una tarima mágica que les restableció de unas heridas casi mortales infligidas por una trampa venenosa en la que, de ahora en adelante, llamarían “la cámara de las avispas”, caminaron por los largos pasillos del subterráneo precedidos por Thepeiros, atento a cualquier trampa que pudiesen encontrar.
Cruzaron un largo pasillo en el que la única peculiaridad era un mural en el que los monos allí representados parecían burlarse de ellos mientras se columpiaban en las ramas de un exuberante paisaje selvático.
Poco después, el elfo se topó con una puerta secreta que daba paso a una estancia bastante amplia. En el suelo de aquel lugar se hallaban dibujados cuatro círculos de teletransporte. Seldysa le explicó a sus compañeros que esos círculos podrían llevar a cualquier parte y que quizá no era demasiado seguro utilizarlos.
El grupo estuvo de acuerdo con la gnoma. Además, Kaylee sugirió que destruyeran aquellos ingenios mágicos a fin de que nadie pudiera llegar a través de ellos para darles una sorpresa indeseada. Esta vez, Seldysa no tuvo problemas para desarticular la magia de aquellos círculos.
Una vez solucionado este asunto, el grupo continuó su periplo subterráneo hasta llegar a una sala en la que encontraron auténticas montañas de basura. Tras examinarla minuciosamente en busca de posibles trampas o enemigos ocultos, solo acabaron encontrando una nueva palanca de reconfiguración del laberinto.
Cuando el Laberinto Reanimado finalizo su lento y estruendoso proceso de recolocación, los compañeros se encontraron ante un pasillo no demasiado largo que, tras unos veinte metros, parecía desembocar en una estancia de la que surgía un frío antinatural que recorría todo el pasillo.
Thepeiros se encaminó hacia la sala, seguido de sus compañeros. Justo a tiempo, se detuvo al detectar un glifo-trampa tallado en el techo del pasadizo. Como en otras ocasiones, Seldysa se adelantó para disipar la magia de aquel símbolo.
Cuando acabaron de cruzar el pasillo, quedaron boquiabiertos ante el espeluznante espectáculo que encontraron en la siguiente estancia.
Se trataba de un lugar enorme, del tamaño de un templo grande. En el centro de la estancia se alzaban unos enormes engranajes que sin duda eran los encargados de hacer rotar todo el Laberinto Reanimado. Sin embargo, lo espeluznante, era que de aquellos engranajes surgían cuatro enormes traviesas de madera a las que estaban amarrados cuatro enormes elefantes no muertos.
Las enormes bestias tenían la carne podrida, con el hueso asomando en varios puntos. El frío propio de la necromancia se mezclaba con el pútrido hedor de la muerte que impregnaba aquel lugar hasta la nausea.
Pensaron en destruir los engranajes e incluso en abatir a esas enormes bestias no muertas, aunque no se habían mostrado hostiles en absoluto. Sin embargo, Seldysa les hizo ver que, en caso de inutilizar el mecanismo de rotación del Laberinto Reanimado, quizá no pudieran salir más tarde de él.
Ante esta perspectiva tan poco deseable, el grupo decidió continuar por el pasadizo que se abría en el lado opuesto de la monumental y terrible estancia.
En aquel nuevo pasillo, Thepeiros detectó otro de aquellos glifos-trampa que, rápidamente, fue desactivado por los poderes arcanos de Seldysa. Una vez salvado el obstáculo, continuaron en silencio por el pasillo.
No tardaron mucho en escuchar los lamentos y las risas.
Thepeiros se adelantó sigilosamente hasta una estancia que se adivinaba en un lateral de pasillo, a unos veinte metros de distancia.
Cuando se asomó, encontró una habitación cuadrada, con un gran cantidad de cadenas colgando del techo y garfios ensangrentados al final de ellas. Encadenado a la pared se encontraba Vencarlo Orsini, en un estado tan lamentable que hacía temer por su vida. Junto a él, una lamia de aspecto feroz se burlaba mientras acariciaba maliciosamente el filo de su espada y le relataba cómo tenía pensado desmembrarle.
Thepeiros hizo rápidamente un gesto a sus compañeros para que se acercasen, sin embargo, no pudo aguardar a que estos llegasen y, temiendo por la vida de su amigo Vencarlo, se abalanzó en solitario sobre la lamia.
Aunque el monstruo se defendió con ferocidad contra el elfo, no pudo hacer absolutamente nada cuando el resto de compañeros irrumpió en la estancia. La lamia se vio totalmente rebasada y, aunque infligió algunas heridas a Kaylee y Jarnarak, acabó sucumbiendo a la acción conjunta de acero y magia.
A Vencarlo se le iluminó la cara de alegría nada más verlos. El hombre, sollozando, les contó que los rakshasas les habían torturado terriblemente, tanto a él como a Neolandus. De hecho, una rakshasa llamada Vimanda se acababa de llevar al senescal hacía unos veinte minutos; sin duda a la cámara de tortura.
Cuando Jarnarak le preguntó a Vencarlo si aquel lugar donde ellos se encontraban no era acaso una cámara de tortura, él respondió en tono sombrío “no, esta es solo la despensa”.
Decidieron que Vencarlo aguardase allí, ya que no podían consumir recursos mágicos en sanarlo teniendo la perspectiva de un combate tan cerca. Aunque Vencarlo sugirió que sería de gran ayuda en combate, los compañeros le convencieron de que aguardase en aquella estancia a que ellos regresaran.
Siguiendo las indicaciones de Vencarlo, tomaron un pasillo que se extendía hacia el norte, intentando mantener un equilibrio imposible entre sigilo y velocidad. Como suele ocurrir en estos casos, el sigilo acabó perdiendo la batalla.
Llegaron a la sala descrita por Vencarlo, encontrando a Neolandus atado a una mesa de madera y con varios dedos del pie recién amputados. Cuando el hombre logró murmurar “se han vuelto invisibles…” ya era tarde.
Dos rakshasas se materializaron a la espalda del grupo: una hembra armada con dos espadas y un macho que llevaba un ensangrentado mandil de cuero y blandía una gran hacha.
El ataque pilló totalmente por sorpresa a los compañeros, que no pudieron sino retroceder ante el empuje de Vimanda, la hembra, y su compañero.
Por suerte, la magia mental de Seldysa logró inmovilizar al macho el tiempo suficiente para que el resto de sus compañeros se centrase en la hembra, quien acabó sucumbiendo tras estar a punto de llevarse con ella tanto la vida de Kaylee como la de Jarnarak.
Después de eso, Thepeiros ensartó con sus dos espadas el cuerpo paralizado del macho hasta ver como la vida abandonaba sus ojos de felino.
Tras liberar a Neolandus y reunirse con Vencarlo, descansaron un buen rato para recuperar fuerzas. Aún les quedaba desandar todo el Laberinto Reanimado para regresar al exterior.
Aunque tuvieron algún problema en la “cámara de las avispas”, los compañeros consiguieron volver de una pieza a los jardines del palacio Arkona en compañía de Vencarlo y Neolandus.
Una vez en el exterior, tomaron el bote de remos que había en el embarcadero del palacio y lo condujeron hacia el Canal de Santa Alika. Se movieron con cuidado, ya que no se hallaban en condiciones de tener un encontronazo con las Doncellas Grises.
Mientras navegaban, Vencarlo les sugirió que todos debían abandonar Korvosa: debían ponerse a salvo para hacer los planes necesarios para derrocar a la Reina Ileosa. En aquellos momentos, según les dijo, Neolandus no disponía del poder necesario para reclamar el trono por sí mismo.
Igualmente, el profesor de esgrima les sugirió que podían dirigirse a Harse, aquel lugar donde permanecía oculta la artista Trinia Sabor. El simple hecho de escuchar el nombre de Trinia hizo que el corazón de Kaylee diese un pequeño vuelco. Inmediatamente después, con todo lo que había pasado, todas las muertes de compañeros, la paladina se sintió extrañamente culpable por haberse permitido aquel momento de ilusión.
Cuando Vencarlo les preguntó el motivo por el cual Kaylee y Jarnarak habían venido a buscarle a Viejo Korvosa, la paladina le habló tanto de la misión encomendada por Cressida Kroft como del intento de asesinato de la Reina Ileosa por parte de Marcus. La paladina también mencionó la extraña corona de colmillos portada por la Reina.
Con gesto grave, Vencarlo asintió.
El profesor de esgrima les contó que, sin duda, Ileosa se había convertido en la reencarnación de un antiguo rey dragón que había muerto mucho tiempo atrás, antes de la misma fundación de Korvosa. Aquella corona contenía sin duda el alma de dragón. Según Vencarlo, las tierras donde se erigió el Castillo de Korvosa eran antaño territorio shoanti, un territorio bajo el que estaba sepultado el antiguo rey dragón.
En ese punto, Seldysa sugirió que quizá los shoanti pudieran ayudarles con aquello. Quizá supieran el mejor modo de proceder en aquella catástrofe.
Asintiendo, Vencarlo les dijo que los guardianes del saber shoanti se encontraban actualmente ocultos entre las tribus que poblaban las Tierras Cenicientas.
Ahora, el grupo debería sopesar si permanecían en Korvosa combatiendo el creciente poder de la Reina, se desplazaban a las Tierras Cenicientas en busca del saber shoanti o Seldysa establecía un sistema de círculos de teletransporte para moverse alternativamente entre un lugar y otro.
Pero aquella decisión debía esperar, ahora deseaban recoger un amigo, el joven Armin Jalento, y salir cuanto antes de Viejo Korvosa.

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