DT.VII: Korvosa (T6) - La Corona de Colmillos (5/6)
Tras haber interrogado a Togomor, el senescal y mago personal de la reina Ileosa, el grupo formado por el guerrero-ladrón Agujeros, el mago Exas, el bardo halfling Shardo y la paladina enana Fallthra decidieron encaminarse a las Ciénagas Espesas tras el rastro de su enemiga. En aquel lugar, según Togomor, se enontraba un antiguo monumento thassiloniano en cuyo interior Ileosa esperaba desencadenar algún tipo de ritual que concluyese tanto en la consecución de su inmortalidad como en la resurrección del temible rey dragón Kazavon.
Aquello no era deseable ni para ellos, ni para Korvosa... y sospechaban que ni siquiera para el mundo.
Antes de partir, Fallthra había obligado a Togomor a esbozarles un mapa que les ayudase a llegar hasta la Reina Hundida, aunque eran perfectamente conscientes de que el carácter cambiante del terreno acuoso de las ciénagas podían complicarles el camino. Aquel mapa situaba el monumento thassilonio en relación a un punto de referencia costero conocido comúnmente como el Arrecife del Óxido Verde.
Por suerte, Exas conocía aquel lugar, de modo que no le fue difícil teleportar al grupo hasta aquel emplazamiento una vez los sacerdotes de Lathander hubieron terminado las sanaciones sobre todos ellos. El sol ya se ponía, lo que significaba que disponían de apenas unas nueve horas para que amaneciese e Ileosa pudiera llevar a cabo su ritual.
El Arrecife de Óxido Verde era una atípica formación rocosa sobre un banco de arena a unos pocos cientos de metros de la pantanosa costa de las Ciénagas Espesas. Según Togomor, la Reina Hundida se encontraba a una veintena de kilómetros del lugar, lo que en aquel terreno les daba muy poco margen de demora.
Tomaron el camino que el senescal había reseñado como “Sendero de los Peces”, una ruta marcada cada cierta distancia con piedras de medio metro de altura en forma de extraños humanoides con rostro de pez; skums, según les dijo Exas. El sendero conducía al norte a través del pantano.
Mientras caminaban por aquellas infectas ciénagas, el mago les contó lo que sabía acerca de la Reina Hundida, aquel lugar al que se dirigían.
Al parecer, en tiempos pretéritos, el monumento thassiloniano servía a la Señora de las Runas Sorshen como símbolo duradero de su poder y como ubicación de uno de sus mayores descubrimientos: el Estanque del Amanecer Perpetuo.
En el apogeo de Sorshen, la mayoría de su reino eran fértiles tierras de cultivo. Con la caída de Thassilon, gran parte de su nación se hundió bajo el mar y lo que quedó en la superficie se convirtió en los humedales que ahora se conocían como las Ciénagas Espesas.
Marchaban inmersos en aquella conversación cuando fueron asaltados inesperadamente por aquel grupo de skums: aquellos humanoides anfibios con joroba y de piel verde cuya cabeza era similar a la de un extraño pez.
Los cinco monstruos surgieron de las aguas que rodeaban la pequeña senda por la que transitaba el grupo, lo que dio a los compañeros un valioso tiempo para reaccionar.
Al tiempo que la ballesta de Agujeros abatía a uno de los monstruos y la flauta de Shardo expelía un relámpago para fulminar a otro, Fallthra despedazaba a uno de los skums con un poderoso golpe de su martillo sónico y Exas desataba una andanada de energía necrótica que marchitaba los cuerpos de las dos criaturas restantes.
Tal y como había sospechado el mago, aquel lugar parecía haber sido reclamado por los skum como territorio, así que deberían ser prudentes de ahí en adelante; ya que podían ser víctimas de alguna que otra emboscada más por parte de las criaturas.
El grupo continuó su penoso camino durante varias horas, inasequible al desaliento. Eran perfectamente conscientes de que se enfrentaban a una carrera contra el amanecer, una que necesitaban ganar a toda costa. Por fortuna, los conocimientos geográficos del mago Exas, así como el mapa de Togomor sirvieron para llevarles hasta el lugar, al que llegaron con un par de horas de margen hasta la salida del sol.
Rodeada de un bosque de manglares primitivos y envuelta en capas de musgo y lianas, los inmensos cuernos que remataban la Reina Hundida parecían zarpas buscando arañar el cielo. En el lado oriental de la pirámide, que se apoyaba pesadamente en el pantanoso terreno, uno de los tres cuernos originales se había roto, dejando un muñón metálico y aserrado. En el extremo meridional, apenas dañado por los elementos y los milenios de abandono, había un enorme bajorrelieve de una mujer desnuda de pie, cuya figura idealizada estaba sumergida en la fétida agua de los pantanos hasta las rodillas.
Encontraron una entrada al monumento en el mismo lado meridional de la estructura, cerca de las rodillas de la mujer representada en el relieve. Allí, un tramo de escaleras descendía hasta un pasillo parcialmente sumergido, con el agua cubriendo casi a la altura de la cintura de un humano; lo que significaba la altura del pecho para Shardo y Fallthra.
Exas utilizó su magia para iluminar el camino.
Aquel pasillo les llevaría a una amplia estancia, con los techos situados casi a quince metros de altura. Las paredes y los cuatro enormes pilares que soportaban el techo estaban todos decorados por infinidad de imágenes de aquella misma mujer tallada en la faz de la pirámide.
A pesar del conjuro lumínico de Exas, la mayor parte del lugar continuaba en penumbra, lo que facilitó que aquellas siete grandes monstruosidades cayeran sobre los compañeros, planeando desde las sombras del techo. Eran bestias grandes, similares a mantarrayas marinas y con rostros demoníacos. Al final de cada cola, un afilado aguijón reflejaba peligrosamente la luz mágica emitida por el bastón de Exas.
Agujeros ensartó a uno de los mantoscuros con Serithtial, acabando con la vida de la criatura, aunque esta llegó a hacerle algún rasguño. Fallthra, por su parte, despedazó el cráneo de otro de los monstruos con su martillo mientras que Shardo y Exas empleaban su magia para mantener alejados a los demás enemigos.
El bardo halfling apenas recibió un pequeño rasguño antes de hendir su espada en otro monstruo, dejando que la energía necrótica se extendiese hasta consumir a su oponente. Agujeros decapitaría a un mantoscuro más y, por último, Exas desplegaría magia de fuego para envolver toda la estancia.
Las llamas crepitaron en torno a todos, aunque sin tocar siquiera el cuerpo de sus compañeros. Los tres mantoscuros, sin embargo, se achicharraron en el fuego mágico mientras emitían espeluznantes rugidos de dolor.
Los compañeros se tomaron unos instantes para comprobar que todos se encontraban en buen estado. Realmente, solo Agujeros y Shardo presentaban alguna herida, pero todas eran de carácter leve y no supondrían un problema a la hora de continuar avanzando por el interior de la pirámide.
Tras recomponerse, tomaron el pasillo situado al fondo de la gran estancia. Este les conduciría hasta una nueva sala.
Se trataba de una habitación de gran tamaño en la que un globo de cristal de unos cinco metros de diámetro colgaba entre dos pilares cuadrados, conectado a ellos por miles de filamentos cristalinos. Un tubo de cristal se extendía desde el extremo oriental de la esfera a través de un agujero en el techo. Dentro de la esfera, había una cantidad increible de monedas, gemas, objetos de arte, tapices y lingotes de metales preciosos.
Exas sospechaba que aquello era parte del tesoro de Korvosa, sin duda expoliado por la Reina del castillo y traído aquí como posible plan de huida si las cosas no se desarrollaban según los planes de la pérfida soberana.
Dos pasillos surgían de aquella sala, así que los compañeros optaron por aquel en el cual se adivinaban unas escaleras ascendentes. Por ellas llegarían a una antigua habitación cuadrada con el suelo cubierto por trozos de cerámica y fragmentos de metal oxidado, formando un montón en el extremo oriental de la cámara. La pared noroccidental estaba decorada con un gran mosaico que mostraba un lince sobre fondo negro, rodeado por globos de luz flotante. En el lado opuesto a la imagen, un nuevo pasillo se internaba en la oscuridad.
Según les contó Fallthra, se trataba de alguna especie de animal bendito. Según sospechaba la paladina enana, era probable que el mosaico aún retuviese parte del poder de antaño. Uno por uno, los compañeros fueron posando sus manos sobre la cabeza del lince, notando como sus energías eran restauradas por el bendito poder de aquella imagen.
Tras hacer esto, tomaron el pasillo existente en la habitación, el cual les conduciría hasta una nueva cámara; esta más pequeña. Las paredes y el techo de la estancia estaban cubiertos de sedimentos y surcados por finas grietas. Una de las arcadas del techo se abría a un pozo que parecía descender desde un nivel superior.
Uno por uno, los compañeros fueron trepando por el pozo; asiéndose a las irregularidades de la piedra para impulsarse por las rugosas paredes.
Llegaron a una gran habitación donde podían verse los restos de una antigua plataforma de madera construida en la parte noroccidental de la cámara. Allí había también un gran barril y un pesado cofre de madera. A lo largo del extremo de la plataforma podían verse varios ganchos que, quizá en su día, sirviesen para colgar pescado. Estaban en un almacén.
Agujeros examinó el barril, encontrando algún tipo de licor que hacía demasiado tiempo que se había echado a perder. El cofre parecía haber contenido algunos alimentos hacía ya mucho, pero nada aprovechable se encontraba ahora en su interior.
Abandonaron aquel almacén para internarse en un estrecho pasillo que les llevaría hasta otra cámara, una estancia cuadrada con las paredes cubiertas por una gruesa capa de algas rojizas. El agua cubría allí a la altura de las rodillas y docenas de renacuajos nadaban en todas direcciones, asustados por la luz mágica de Exas.
Lamentablemente, algo más se escondía bajo las aguas, media docena de skums surgieron de imprevisto, sorprendiendo por completo a los compañeros.
Dos de los monstruos se abalanzaron sobre Agujeros, derribándole para sumergirle bajo el agua mientras le intentaban desgarrar con sus zarpas. Exas volvió a llamar al fuego, aniquilando a dos de los monstruos e hiriendo a otros dos, que rápidamente fueron abatidos por Shardo y Fallthra.
Como pudo, Agujeros maniobró bajo el agua para apuñalar a una de las criaturas con Serithial, mientras aullaba de dolor al sentir las garras del otro skum en su muslo. Una vez logró emerger salir para tomar aire, el guerrero-ladrón descargó su espada para decapitar al monstruo restante.
Por un momento, los compañeros pensaron en regresar a la cámara del mosaico para sanar las heridas de Agujeros, evitando así que Fallthra tuviese que recurrir a su imposición de manos. Sin embargo, el grupo juzgó que faltaba demasiado poco para el amanecer y quizá no pudiesen permitirse perder ni un minuto de su valioso tiempo.
Así, los compañeros tomaron un nuevo pasillo que, esperaban, les condujese hasta Ileosa.

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