DT.VII: Korvosa (T6) - La Corona de Colmillos (6/6)

Rebasado aquel estanque en el cual los compañeros se habían visto obligados a combatir con media docena de skums, el grupo continuó su camino a través de un estrecho pasillo en el cual encontraron docenas de delgados tubos de un extraño cristal que poseía la resistencia del acero; sin duda algún tipo de creación mágica. Los tubos, que serpenteaban por las paredes y acababan perdiéndose en el techo, presentaban residuos de lo que parecía un líquido rojizo; quizá sangre.


Aquel pasillo les conduciría a una especie de amplio depósito de agua en cuya esquina oriental podía verse una plataforma de madera que parecía flotar sobre la superficie del agua. En la plataforma había unos cuantos barriles de madera. Los compañeros entraron en el depósito cuidadosamente, con el agua a la altura de las rodillas, con la intención de examinar el contenido de los barriles: se trataba simplemente de agua potable.

Al final de aquel depósito se alargaba un nuevo pasillo inundado que les conduciría a una nueva cámara, ésta más pequeña. La estancia también estaba anegada a la altura de las rodillas y un gran pozo cuadrado se abría en el techo, iluminando la estancia con una débil luz púrpura.

Gracias a la magia de Exas, los compañeros ascendieron levitando por aquel pozo hasta una enorme estancia cuya temperatura era cálida y agradable. Suelo, paredes y techo estaban cubiertos de losetas de mármol rosa pulido. Ascendiendo del suelo hasta el techo y entretejidas por las paredes podían verse docenas de finos tubos de cristal con aquel residuo rojizo. Una enorme puerta de doble hoja, con finos ornamentos de oro puro, se encontraba cerrada al fondo del salón.

Quizá el grupo estaba tan abstraído contemplando aquel gran salón que no se percató de aquella figura arácnida y translucida que se les aproximaba por la retaguardia. Antes de que pudiesen reaccionar, una especie de araña negra del tamaño de un elefante se materializó a la retaguardia de los compañeros. Cada una de las patas del monstruo era tan afilada como una cuchilla y su boca era un oscuro pozo plagado de hileras de dientes.

El bébilith lanzó una telaraña desde su abdomen, la cual atrapó a Exas; quien se vio totalmente incapaz de liberarse de aquel engrudo. Si bien Agujeros logró amputar una de las patas del extraplanar con Serithtial, el monstruo volvió a adoptar aquel estado translúcido y fantasmal que parecía hacerle intangible.

Shardo corría a liberar al mago cuando el bébilith se materializó ante él, obligándolo a esquivar por los pelos una de sus afiladas patas. Sin pensarlo, Fallthra aprovechó el momento para golpear con su martillo sónico el abdomen de la criatura, haciéndola retroceder.

La flauta del bardo halfling arrojaría un rayo eléctrico contra el rostro del arácnido solo un momento antes de que Agujeros trepase a su grupa y hendiese a Serithial en el lomo de la criatura, haciendo que esta se desplomase con un agudo chillido de dolor antes de expirar.

Una vez neutralizada la amenaza, los compañeros procedieron a liberar al mago Exas de su pegajosa prisión. Tras comprobar que todos se encontraban en buen estado, decidieron atravesar la enorme puerta de doble hoja para llegar a un corto pasillo que daría paso a una enorme escalera de caracol, de casi cuatro metros de ancho, que ascendía hasta un piso superior que estaba situado bastante arriba.

Apenas los compañeros hubieron puesto un pie en aquellos peldaños, los gritos de guerra acompañados del batir de alas resonaron por toda la estancia. Por el tubular hueco de la escalera de caracol descendían planeando a toda velocidad lo que parecían cuatro hermosas mujeres elfas con emplumadas alas surgiendo de sus espaldas, todas empuñando lanzas de oro. Tras aquella angelical apariencia, los compañeros lo sabían bien, se encontraban unos enemigos tan peligrosos como eran las erinyes.

Aunque Exas abatió a una de las diablesas baatezu con un relámpago, otra de ellas logró herir a Agujeros con su tridente. También Shardo estaba en problemas con otra de aquellas furias, mientras que el muro de fuego invocado por la armadura mágica de Fallthra achicharró a la erinye que se abalanzaba sobre ella para que la paladina enana solo tuviese que rematarla con su martillo.

Agujeros logró volver las tornas en el combate, decapitando a su enemiga con un revés. Exas, por su parte, invocaría unos tentáculos oscuros que capturaron a la diablesa que se batía con Shardo. El halfling solo tuvo que incrustar su hoja necrótica en el rostro de la baatezu.

Con las diablesas muertas, el grupo hizo balance: Agujeros y Shardo presentaban serias heridas, aunque sus vidas aún no peligraban. Por su parte, tanto Exas como Fallthra también habían resultado heridos, pero estas heridas eran de un carácter más leve.

Como es lógico, al grupo le hubiese gustado teleportarse a Korvosa para recuperarse, pero sabían que Ileosa estaría cerca de completar su ritual y debían detenerla a cualquier precio.

Ascendieron con sigilo por la inmensa escalera de caracol hasta llegar a un amplio rellano en forma de “L” alumbrado por antorchas. Allí, una gran puerta de doble hoja que en su día debió ser majestuosa dominaba una de las paredes del lado largo de la estancia. En el lado corto de la misma, unas escaleras parecían conducir al piso superior.

Los compañeros decidieron probar suerte con la puerta, la cual les dio paso a una habitación en cuyo techo flotaban tres globos luminosos que derramaban una luz tenue sobre la estancia. La parte merdional del suelo estaba ocupada por una plataforma de madera sobre la que había una cama doble, ostentosas alfombras, una alacena y una cómoda de elegante factura. Junto a la cama había una impresionante arpa de pie con taburete a juego.

El grupo examinó lo que dedujeron que eran los alojamientos de Ileosa en La Reina Hundida sin encontrar nada útil a parte de un buen puñado de valiosas joyas que Agujeros se apresuró a deslizar en su bolsillo como buen ladrón.

Una vez concluidas las pesquisas allí, los compañeros salieron de nuevo al rellano para tomar las escaleras al piso superior. El tramo de escaleras no era demasiado largo y, según los cálculos de los aventureros, no les quedarían más de un par de pisos para llegar a la cúspide de la pirámide.

Las escaleras les llevaron hasta una cámara amplia, con un fuerte hedor a sangre. Su parte oriental contenía un cuenco cuadrado de gran tamaño cuyo borde estaba decorado con un intrincado bajorrelieve, que recordaba a un conjunto de serpientes y caracoles. El cuenco presentaba un desnivel de más o menos un metro hasta la superficie de un estanque de auténtica sangre. Numerosos tubos cristalinos se extendían desde la pared por encima del cuenco, pasando a través del borde y emergiendo a través del borde interior como grifos para llenar la sangrienta piscina.

Una plataforma de madera hacia el suroeste del cuenco parecía repleta de sustancias alquímicas y material quirúrgico. En la plataforma había también un pequeño pedestal de hierro sosteniendo una gema color azul oscuro del tamaño de un puño.

Agujeros dudó por un momento en tomar aquella gema, pero se había ganado la vida como ladrón durante demasiado tiempo como para no reconocer una trampa. Sospechando que se trataba de algún tipo de trampa mágica, Exas se aproximó a inspeccionarla. El mago no tardaría en concluir, tras inspeccionar las casi imperceptibles runas talladas en la gema, que se trataba de algún tipo de artefacto cuya finalidad era la de atrapar el alma de cualquier incauto que la tocase.

Los compañeros se congratulaban por haber evitado la trampa justo cuando lo que parecía un enorme torrente de brea se escurría bajo la plataforma de madera en dirección a los pies de Agujeros y Exas. Aunque el mago logró levitar a tiempo de ponerse a salvo de los pseudópodos del pudin negro, Agujeros fue atrapado por el cieno. El guerrero-ladrón intentaba gritar, pero no lo conseguía porque aquella viscosidad corrosiva se introducía por sus vías respiratorias.

La flauta eléctrica de Shardo envió un rayo sobre el monstruo, que libero a un maltrecho Agujeros cuyo cuerpo estaba lleno de quemaduras. Con un espasmo, el pudin negro proyectó uno de sus pseudópodos para atrapar esta vez al halfling, que se había acercado demasiado. Por suerte, Fallthra apareció al rescate para desatar el poder sónico de su martillo en un potente golpe que hizo saltar a la criatura en pedazos.

El grupo se detuvo a recuperar el aliento: debían faltar minutos para que Ileosa finalizase su ritual y la situación era desesperada. Tanto Agujeros como Shardo a penas se tenían en pie, Fallthra empezaba a estar bastante exhausta y solo el mago Exas parecía mantener el tipo en aquel grupo.

Se infundieron ánimos unos a otros, recordándose que no habían llegado hasta allí para rendirse; que no cesarían hasta ver derrotada a Ileosa. Debían hacerlo por Korvosa, por todos sus amigos caídos.

El último piso de La Reina Hundida era una cámara enorme y de techo elevado que estaba iluminada mediante descomunales braseros en sus cuatro esquinas. Una débil luz se filtraba a través de dos ventanas ovales muy altas en la pared suroccidental. Las ventanas gemelas estaban provstas de vidrieras de cristal azul que filtraban la luz de un sol que comenzaba a despuntar en el exterior.

Aquel par de ojos de cristal dominaba sobre una banda de mosaicos en la pared meridional que formaba un enorme mapa de algún reino ya perdido. Hacia el noroeste, un pozo se hundía en el suelo. Sin embargo, el rasgo más inusual de la habitación flotaba y ondulaba en su centro: una amorfa masa de sangre de más de diez metros de diámetro que flotaba y se agitaba en el aire.

Sobre aquella turbulenta superficie se adivinaban periódicamente rostros, manos, formas de edificios y figuras que solo duraban un instante antes de ser de nuevo engullidas por la horrenda masa. Docenas de finos tubos de cristal se extendían desde las paredes superiores de la habitación hasta un punto por encima de la masa móvil de sangre.

Ileosa estaba allí, suspendida en el corazón del Estanque del Amanecer Perpetuo, sumida en lo que parecía alguna especie de trance. Parecía más joven que la última vez que cualquiera de los compañeros la vieran.

En ese momento, el Estanque del Amanecer Perpetuo se estremeció y retumbó. Luego, se derrumbaría para dejar a una Ileosa con rictus furioso, contemplando al grupo de intrusos con el bello rostro cubierto de sangre. Quizá aquello no hubiese impresionado demasiado a los compañeros, pero sí lo hizo la forma en que la sangre derramada del estanque se agrupó súbitamente para tomar la forma de un enorme y enfermizo dragón sin escamas, con la carne viva al descubierto.

Fallthra no tardó en comprender que se trataba del alma del propio Kazavon, que pretendía volver a la vida de mano de Ileosa. La paladina enana supo que ambos, Ileosa y el Rey Dragón, querían alcanzar la inmortalidad para gobernar el mundo mediante su aplastante poder.

Como era lógico, la paladina sabía que un dragón anciano en plenas facultades sería mucho más de lo que el grupo podía manejar. De hecho, los compañeros ni siquiera estaban muy seguros de poder enfrentarse a lo que en ese momento tenían delante. Como fuere, Fallthra urgió a sus compañeros a actuar.

Había llegado el momento de la verdad, después de tantas aventuras y desventuras.

Cuando los compañeros avanzaron hacia Ileosa, esta utilizó magia de ilusión para triplicar su imagen. Fallthra y Agujeros blandieron sus armas contra aquellas copias que se disolvieron en jirones de bruma al ser golpeadas. Shardo, que hizo sonar su flauta para lanzar un rayo eléctrico sobre la auténtica Reina, maldijo al ver como Ileosa detenía su ataque con un escudo mágico.

Exas, por su parte, se afanaba enarbolar el poder de la pura gravedad sobre el sanguinolento dracónido, alzando su enorme masa del suelo para estrellarlo contra el techo de la estancia, haciendo llover cascotes.

Viendo que Exas no podía contener a Kazavon por más tiempo, Agujeros corrió hacia el engendro dracónido blandiendo a Serithial. Aunque el guerrero-ladrón hirió gravemente a la criatura, esta contraatacó escupiendo un rayo eléctrico que arrojó a su enemigo casi a diez metros envuelto en una nube de humo y, por desgracia, muerto.

Shardo, el bardo halfling, blandió desesperadamente su espada contra la Reina, pero Ileosa empleó su magia, potenciada por la Corona de Colmillos, para bloquear el filo necrótico. La andanada de fuego conjurada por la mujer fue demasiado para el juglar, que se desplomó carbonizado.

Ileosa lanzó al aire de la cámara una risa enajenada, al tiempo que Kazavon rugía triunfal.

Fallthra, la paladina enana, corrió entonces para recoger a Serithial y abalanzarse sobre el engendro dracónido. Quizá la enana le había parecido a Kazavon una amenaza demasiado insignificante como para prestarle demasiada atención.

Un error.

La espada Serithtial volvió a hundirse en el cuerpo de Kazavon, que esta vez emitió un rugido muy distinto: uno de muerte. Con sus últimas fuerzas, el monstruo descargó su garra contra Fallthra, haciendo que la paladina saliese despedida a varios metros de distancia para quedar inmóvil sobre el suelo de la estancia.

Una andanada de energía necrótica hizo retorcerse de dolor a Exas. El mago alzó la vista para cruzarla con la de Ileosa. El mago utilizó su magia entonces como nunca lo había hecho, sobrecargando las energías arcanas en torno a su ser para arrojar un torrente sónico contra su enemiga.

El poder desatado le estaba desgarrando, pero pudo ver el terror en el rostro de Ileosa. Ambos gritaron de dolor a la vez.

La potencia sónica trituró los huesos de la Reina como si fuesen cristal, arrojando su cuerpo como si fuese un muñeco de trapo contra la pared del mosaico, haciendo saltar fragmentos de piedra por el aterrador impacto. Si algo quedaba de vida en Ileosa, se extinguió en aquel momento.

Destrozado, el mago se dejó caer de rodillas. Al borde de la muerte, gateó hasta Fallthra, comprobando con alivio que aún seguía con vida. Así, se dejó caer sobre el suelo de la cámara, respirando pesadamente.

Solo necesitaba descansar un poco, lo suficiente para teleportarle junto a Fallthra hasta Korvosa, lo suficiente como para llevar a la ciudad la noticia de que Ileosa Arasabasti había caído.

Korvosa era libre de nuevo.



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