La Rosa de Acero - La mácula de los Da Fonte (1/5)

La noche caía lentamente sobre la ciudad de Fiumiri, capital de Duvaccia. En uno de sus muchos canales, un esquife cabeceaba perezosamente con dos figuras a bordo: una de esas figuras era el barquero, que empujaba el pequeño y alargado bote con su pértiga de madera, mientras la otra figura permanecía envuelta en una capa cuya capucha cubría el rostro.

Francesca Calandri, que así se llamaba la figura embozada, indicó al barquero que se acercase al borde del canal para que ella pudiese apearse. Luego, le pidió que la esperase allí. Francesca era una dama de alta posición, como mostraban sus modos por mucho que su atuendo intentase disimularlo, así que el barquero mostró su preocupación por la seguridad de la mujer: se encontraban en un barrio peligroso de la ciudad, sitio de maleantes y gente de mal vivir.

Tras decirle a ese entrometido barquero que se metiese en sus asuntos de un modo bastante poco delicado, Francesca bajó del bote y caminó por el borde del canal hasta introducirse en un callejón que pareciese más oscuro aún que la misma noche.

Al poco de entrar en la bocacalle, la mujer dirigió su mirada hacia un rincón especialmente oscuro. Allí, sus ojos se posaron sobre una figura que poseía el aterrador aspecto de un aberrante híbrido entre humano e insecto, con el exoesqueleto cubierto por algún tipo de légamo repugnante. Treldux, que así se llamaba aquel demonio ondergal, asintió en silencio; como indicando a Francesca que estaba allí para protegerla.

Y es que Francesca no solo era la hermosa hija mediana de la casa Calandri, también era secretamente una bruja consumada que había forjado un vínculo de sangre con aquel demonio a través de un trato de servidumbre recíproca.

Según la mujer se adentraba en el callejón, el demonio volvía a desvanecerse para no ser visto por los indiscretos ojos de ningún humano. Porque, aunque aquel callejón se encontraba totalmente vacío, Francesca había ido allí para verse con alguien.

Ese alguien no tardó mucho en llegar: se trataba de un hombre envuelto en ropajes oscuros, con capa y sombrero que ocultaban casi totalmente el rostro. Francesca ya había tratado en otras ocasiones con aquel hombre llamado Bonaguida, un tipo especializado en obtener información comprometida.

Tras las cortesías de rigor, Francesca le hizo un encargo a Bonaguida: necesitaba que vigilase estrechamente a su prometido, Sinibaldo Da Fonte, para descubrir si era cierto que se estaba viendo con otra mujer y cual era la identidad de aquella.

Y es que, a través de Laura Boldu, una de sus amigas, a Francesca le había llegado el rumor de que Sinibaldo se estaba viendo con otra mujer. Al insulto de que su prometido se estuviese viendo con cualquier fulana pocos meses antes de la boda, se le unía la grave preocupación por parte de Francesca acerca de la posibilidad de que Sinibaldo decidiese romper el compromiso.

Y es que el honor era importante para Francesca, pero el hecho de que la casa Calandri uniese sangre con los Da Fonte era lo realmente crucial. No en vano, Giovanni Da Fonte era uno de los príncipes duvaccios que se sentaban a la misma mesa que el rey Taddeo III.

Así, Francesca Calandri descolgó de su cintura una pesada bolsa con monedas de plata y la depositó en manos de Bonaguida junto con el encargo de saber qué había de cierto en cuanto a la infidelidad de Sinibaldo y, de ser así, cual era la identidad de la mujer. Tras asentir fugazmente, el misterioso Bonaguida se marchó del callejón para que, unos latidos después, fuese Francesca quien abandonase el lugar para regresar al esquife que la aguardaba.

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Un día después de aquel clandestino encuentro entre el misterioso Bonaguida y Francesca Calandri en los canales, el misterioso informante aguardaba pacientemente en una de las salas del Palacio de Uguccione: una especie de imponente fortaleza-palacio cuyo patio plagado de estatuas y arquerías permitía llegar hasta la bella fachada de preciosos relieves y cuyos escalones monumentales unían el patio con la galería interior del primer piso.

El lugar, propiedad de la familia Da Fonte, se encontraba a las afueras de Fiumiri y ya no era demasiado frecuentado por estos a pesar de su magnificencia.

Las puertas de la estancia se abrieron para que entrase la joven Sandra Albizzi, a quien Bonaguida besó la mano rápidamente. Sandra era la única hija de Miniato Albizzi, un caballero duvaccio al cual la fortuna no había sonreído especialmente en la última década debido a varias malas decisiones en el mundo de la inversión mercante.

Tras recibir su correspondiente bolsa de plata, el hombre informó a la dama de que tenía conocimiento de que la mujer a quien Sandra había pedido vigilar, Francesca Calandri, se encontraba preocupada por ciertos rumores sobre la infidelidad de su prometido, Sinibaldo Da Fonte... el hijo del dueño del palacio en el que ahora se encontraban ambos.

Bonaguida, por supuesto, omitió intencionadamente su encuentro con Francesca y el hecho de que trabajaba a su servicio para averiguar qué había de cierto en aquellos rumores.

Satisfecha, Sandra le pidió a Bonaguida que continuase vigilando a Francesca y la tuviese al tanto de cualquier evolución al respecto. La mujer estaba particularmente interesada en todo aquello, sobre todo debido al hecho de que ella misma había puesto en circulación el rumor acerca de la infidelidad de Sinibaldo, algo que, dicho sea de paso, era totalmente falso.

Y es que Sandra había sido cortejada apenas un año atrás por el propio Sinibaldo. La muchacha había invertido mucho esfuerzo en poder acercarse al joven y llamar su atención. La posibilidad de vincularse con la familia Da Fonte era algo que no podía dejar escapar, máxime en vista de la precaria situación de la casa Albizzi.

Sin embargo, ocurrió algo que Sandra no había previsto: en su propio baile de cumpleaños, el joven Sinibaldo había conocido a Francesca, la mejor amiga de Sandra, y de inmediato había quedado prendado de ella, dando al traste con los planes de Sandra y las esperanzas de los Albizzi.

A pesar de las súplicas de Sandra, Francesca decidió no apartarse y rechazar a Sinibaldo, por lo que la amistad entre ambas mujeres se había roto de un modo irreparable. Cualquiera que conociese a Sandram Albizzi, claro está, hubiese sabido en el momento que no iba a dejar pasar algo como aquello.

Tras dejar a Bonaguida, Sandra se dirigió a otra sala: la alcoba donde la aguardaba la persona por la que en realidad se había desplazado al Palacio Ugucciones. Mirando distraídamente por la ventana se encontraba el príncipe Giovanni Da Fonte, padre de Sinibaldo y, ahora, amante de Sandra Albizzi.

Desde hacía ya más o menos un mes, Sandra se estaba viendo en secreto con el príncipe. Se citaban en aquel palacio a las afueras ya que Giovanni era un hombre casado y deseaba ahorrarse el escándalo. De hecho, el príncipe había intentado mantener el decoro al principio, aferrándose a sus votos e intentando rechazar los coqueteos de Sandra... pero aquella hermosa joven sabía como seducir a un hombre, y la belleza de la juventud parecía irresistible para alguien como Giovanni, ya entrado en la cincuentena.

Tras un momento no demasiado largo ni épico bajo las sábanas, Sandra quedó abrazada al jadeante pecho de Giovanni. En ese momento, con fingida preocupación, le hablo a Giovanni sobre los rumores de que su hijo Sinibaldo mantenía un romance con una mujer de baja alcurnia pese a estar comprometido con Francesca Calandri.

Giovanni, que ya había escuchado estos rumores, se mostraba preocupado por la posibilidad de la casa Calandri decidiese romper el compromiso, lo que sería un descrédito para los Da Fonte; sobre todo al producirse la cancelación por culpa de la vida disipada de su hijo.

Giovanni consideraba que aquello sería una mácula en la reputación de su familia y se lamentaba de que su hijo no supiese llevar sus asuntos con mayor discreción, como el mismo hacía.

Sandra le sugirió entonces que fuesen los Da Fonte los que rompiesen el compromiso, que fuese Giovanni el que anunciara que no se celebraría la boda ya que su hijo habría de desposarse con una mujer más adecuada que Francesca Calandri, una mujer de la que por cierto se decía que practicaba artes oscuras.

Cuando Giovanni comenzó a reír, explicando que no podía romper el compromiso de su hijo con la casa Calandri para desposar a este con aquella mujer de baja alcurnia con la que su hijo se estaba encamando, la hábil Sandra le dio una alternativa: sería ella misma la que podría desposarse con Sinibaldo.

Giovanni pareció horrorizado por la idea, sobre todo en vista del idilio que Sandra y él mismo mantenían. Sin embargo, la joven le explicó que sería una manera discreta en la que ambos podrían seguir viéndose al vivir bajo el mismo techo. A ella no le importarían las aventuras amatorias de Sinibaldo y sería una esposa discreta que no pondría en riesgo el prestigio de los Da Fonte. Al mismo tiempo, podría encontrar momentos para deslizarse por la enorme mansión familiar y desatar su pasión con Giovanni sin despertar sospechas en Pellegrina, la esposa de este.

Ofuscado por el atrevimiento de su joven amante, Giovanni se levantó de la cama, haciéndola bruscamente a un lado. Tras vestirse rápidamente, ordenó a Sandra que hiciese lo propio y abandonase el Palacio Uguccione.

Mientras la muchacha, visiblemente azorada, recogía sus ropajes, el príncipe Giovanni la sugirió que lo mejor sería que ambos se dejasen de ver: aquella indiscreción había durado demasiado tiempo y, cuanto más se prolongase, más riesgo entrañaba. Según dijo, lo último que le faltaba a los Da Fonte era otro escándalo más en boca de la muchedumbre.

Así, Giovanni Da Fonte se marchó de la estancia, dejando sola a una Sandra Albizzi cuyas lágrimas de pura rabia se le deslizaban por la mejillas.

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Aquella misma tarde, un turbado Giovanni Da Fonte daba orden de llamar a su hijo Sinibaldo para que se reuniese con él en su despacho del Palacio Da Fonte, en la zona más adinerada de la ciudad de Fiumiri.

El joven se presentó con alguna demora, lo que hizo que su padre se mostrase bastante molesto. Después de que Sinibaldo le regalase unas disculpas tan tibias que casi parecían una provocación, Giovanni decidió coger el toro por los cuernos y abordar de frente el asunto que le preocupaba.

Sin tapujos, decidió preguntar a su hijo acerca de los rumores sobre su romance con una muchacha de baja alcurnia con la que, según decían en los mentideros, se encontraba en la casa de Tommaso el Tuerto; una morada conocida porque su anfitrión organizaba sesiones de juego y ubicada en uno de los barrios con más dudosa reputación de Fiumiri.

Divertido, Sinibaldo se mostró interesado en saber si lo que en realidad preocupaba a su padre era el hecho de que estuviese mancillando su compromiso con la casa Calandri, el hecho de que frecuentase lugares de reputación impropia o, como él sospechaba, el hecho de que su propio nombre se viera tiznado por la vida disipada de un hijo díscolo.

Visiblemente molesto, Giovanni se limitó a abrir un cajón de su escritorio para sacar de él una medalla de oro con el emblema de los Sforza, la familia real de Duvaccia. Con cierta ceremonia, lo dejó sobre la mesa.

Como si se dirigiese a un completo estúpido o tal vez a un niño pequeño, Giovanni le volvió a narrar a su hijo como el propio rey Taddeo III le había hecho entrega de aquella medalla tras la guerra con Trevert. Durante una batalla que se torcía en el Mar de la Sierpe, Giovanni Da Fonte había interpuesto el barco que comandaba ante un enemigo que le superaba en número y potencial solo para asegurar la retirada del navío del Rey.

Giovanni había escapado de milagro del lance con tres naves trevertesas y lucía una fea cicatriz en el muslo como recordatorio de aquello, pero había logrado una gran recompensa: aquella medalla de metal era un símbolo del honor de los Da Fonte, una familia para la que el deber lo era todo.

Ahora, le dijo a su hijo, no estaba dispuesto a permitir que Sinibaldo manchase el honor de los Da Fonte faltando a los deberes del decoro para con su prometida. De ese modo, le pidió a su hijo que le dijese la verdad acerca de los rumores sobre su infidelidad a Francesca Calandri.

Airadamente, Sinibaldo se dirigió a la salida del despacho para abandonarlo. Antes de cruzar la puerta, se volvería para asegurarle a su padre que amaba a Francesca y que nunca le sería infiel. Del mismo modo, le explicó a su progenitor que estaba harto de la superioridad con la que se dirigía a él, así como de sus “estúpidas historias de carcamal” como aquella de la medalla, la cual sacaba siempre a colación aunque no tuviese nada que ver con el asunto a tratar.

Tras gritarle con furia a su padre que dejara de inmiscuirse en su vida, Sinibaldo Da Fonte abandonó el palacio familiar a caballo mientras su padre le observaba alejarse al galope desde la ventana. Furioso, Giovanni agarró el jarrón que descansaba en una mesilla ornamentada y lo arrojó contra la pared mientras liberaba su frustración con un alarido.

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La casa de Tommaso el Tuerto era una edificación de piedra de dos pisos situada en el corazón del Quartiere di Fuliggine. La ceniza en suspensión de los hornos cercanos tiznaba todo el barrio con una leve pátina grisácea. El portero, un tipo enorme de aspecto patibulario, saludó a Sinibaldo con una leve inclinación de cabeza antes de hacerse un lado para permitirle el paso.

El interior era sucio, alumbrado tenuemente por algunas lámparas de aceite. Varias mesas se distribuían desordenadamente en un gran salón y, sobre ellas, naipes y dados se esparcían junto a montoncitos de monedas de plata.

El propio Tommaso, un tipo gordo con la camisa bastante sucia, se acercó a saludar personalmente a Sinibaldo, indicándole que hoy había una mesa en la que se jugaba realmente fuerte. El dueño del local acompañó al joven hasta su sitio.

En torno a la mesa circular se sentaban otros tres jugadores: un tal Baldo, otro tal Lappo y, por último, un hombre de ropajes tan elegantes como los del propio Sinibaldo que repondía por el nombre de Daniele Acórdolo.

Jugaron a los naipes, con apuestas que realmente le hubiesen quitado la respiración a la gente común. Teniendo en cuenta el ritmo de juego, así como el montante de las apuestas, solo era cuestión de tiempo que los jugadores comenzasen a caer de la mesa.

El primero en hacerlo fue Baldo que se levantó con un bufido de frustración tras ser desplumado por un hábil farol de Sinibaldo. Poco después caería Lappo, quien golpeó furiosamente la mesa al perder sus últimas monedas de plata contra una excelente mano de Daniele Acórdolo.

Finalmente, quedaron Sinibaldo y Daniele, frente a frente en la mesa. Se trataba de una última mano en la que el ganador se lo llevaría todo, una pequeña fortuna, y el perdedor volvería a casa a solas con su frustración.

Entonces, Sinibaldo cometió un error. No era la primera vez que se enfrentaba a un jugador tan bueno como Daniele y, en otras ocasiones, ya había recurrido a aquella treta: con habilidad, intentó colocar los naipes a su favor mientras barajaba. Por desgracia para él, su contrincante se percató de ello.

Gritando blasfemias e insultos, Daniele Acórdolo se levantó de la mesa mientras señalaba a Sinibaldo con el dedo índice. Sobresaltado, el joven se puso también en pie, llevándose la mano a la empuñadura de su espada ropera. Sin embargo, el silbar de varias hojas saliendo de su vaina detrás de él le llevaron a alzar las manos en señal de rendición.

Lo último que vio Sinibaldo fue cómo alguien envolvía una capa en torno a su cabeza justo antes de que un fuerte golpe, probablemente con la empuñadura de una espada, le dejase sin sentido.



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