La Rosa de Acero - La mácula de los Da Fonte (3/5)
Estaba amaneciendo y la perezosa luz del sol se colaba por el ventanal del dormitorio de Francesca Calandri. La mujer, en camisón, permanecía de pie junto a la vidriera mientras era el joven Sinibaldo Da Fonte quien yacía en su cama, revolviéndose en mitad de un sueño inquieto.
Quien había inducido aquel sueño antinatural era Treldux, el demonio ondergal vinculado a Francesca quien, con su aspecto insectoide, permanecía erguido junto a la mujer. Con los labios apretados por la pura rabia, Francesca recibía del demonio aquella información que vinculaba al ahora difunto Bonaguida con su antigua amiga Sandra.
Francesca no tenía muy claro qué tenía que ver Sandra con el secuestro de Sinibaldo. En su opinión, era tan posible que Bonaguida la informase del secuestro y ella quisiese pagar el rescate como que su joven rival estuviese detrás del mismo secuestro.
En el fondo, no importaba.
Si algo tenía claro Francesca es que aquello no iba a quedar así. Fuesen cuales fuesen las intenciones de Sandra, todas perseguían el mismo objetivo: interponerse en el enlace entre Sinibaldo y ella para evitar que los Calandri y los Da Fonte vinculasen su sangre.
Francesca despidió entonces al ondergal, quien se desvanecería con una malévola sonrisa en el rostro. No era para menos ya que, a cambio de la información sobre Sandra Albizzi, había cerrado un trato terrible con su vinculada. La mujer no logró contener un escalofrío mientras contemplaba como desaparecía el demonio.
Poco a poco, Sinibaldo regresó a la consciencia, confuso por encontrarse en aquel dormitorio desconocido. Con dulzura, Francesca se sentó en la cama junto a él y le acarició el rostro.
Le contó entonces cómo la infame Sandra Albizzi le había mandado secuestrar a fin de arrebatarle la vida, celosa como estaba de que el joven y Francesca fuesen a casarse. No en vano, Sinibaldo y Sandra habían iniciado un fugaz coqueteo poco antes de que Francesca y él se conociese. Sinibaldo sabía muy bien que su posterior relación y compromiso con Francesca había destruido la amistad entre las mujeres.
El joven intentó hablar a su amada sobre un terrible demonio que había irrumpido en la guarida de los secuestradores, asesinando a todo el mundo. Sin embargo, Francesca le tranquilizó explicando que habían sido unos soldados de fortuna contratados por ella quienes le habían liberado, atribuyendo esas visiones sobre demonios a algún tipo de droga que sin duda le habrían administrado sus secuestradores.
Francesca besó entonces a Sinibaldo, con lujuria. El muchacho, confuso por que su dama pareciese dispuesta a entregarse a él antes de la boda, pareció titubear. Sin embargo, Francesca se desprendió de la ropa y se introdujo bajo las sábanas. Quizá el joven hubiese podido sospechar que la mujer no era virgen, dada su habilidad amatoria, pero uno de los tratos de la mujer con su demonio vinculado era que las cosas volviesen a estar intactas cada vez que Francesca tenía un desliz de dormitorio: ni un médico experto hubiese podido afirmar lo contrario.
No era la lujuria lo que empujaba a Francesca en aquel momento, sino dos motivos mucho más prácticos. Uno era el de ablandar la voluntad de su amante, predisponiéndolo para que fuese más receptivo a sus planes. El segundo motivo es que en aquella cama se concebiría un hijo, un hijo que no hincharía su vientre; sino que se desarrollaría fuera de ella merced a la oscura brujería... un hijo que habría de entregar a Treldux, el demonio ondergal.
Ya exhaustos sobre el lecho, Francesca le hizo ver a Sinibaldo la necesidad de actuar contra Sandra: no podían permitir que aquella malnacida siguiese intentando verter su ponzoña contra ellos. Quizá la próxima vez tuviese éxito en sus horribles maquinaciones y causara un daño irreparable.
Sinibaldo asintió con aire distraído. Aunque Francesca sonrió satisfecha, desconocía que no tenía motivos para ello: Sinibaldo llevaba demasiado tiempo jugando a los naipes como para no saber cuando alguien le estaba haciendo trampas.
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Mientras la joven Sandra Albizzi desprezaba su cuerpo desnudo sobre las sábanas de seda de aquella enorme cama colocada en la pared norte de uno de los dormitorios del Palacio Uguccione, el príncipe Giovanni Da Fonte, ataviado con un holgado camisón blanco, permanecía sentado en una butaca situada a unos metros del enorme ventanal por el que entraba la luz del amanecer.
La medianoche anterior, un jovenzuelo se había personado en la mansión Albizzi de Via dei Fiori, portando un mensaje en mano. Dominica, la criada de confianza de Sandra, había conducido discretamente al muchacho hasta los aposentos de su señora, para que le hiciese entrega de la nota.
En la misiva, el principe Giovanni Da Fonte la citaba en el Palacio de Uguccione aquella misma noche. Si bien Giovanni no solía actuar de modo tan improvisado, Sandra achacó su conducta al desasosiego del príncipe por la desaparición de su hijo.
Sandra, por supuesto, no desperdiciaría una ocasión como aquella para manipular a un hombre en tal estado de vulnerabilidad y hacer que sirviese a sus intereses.
Había encontrado al príncipe sollozando, desesperado por la suerte de su hijo. El consuelo casi maternal proporcionado por Sandra no tardaría en convertirse en un ardiente desahogo para el príncipe; quien dio lo mejor de sí (dada su edad) con el cuerpo joven de Sandra.
Ahora, la mujer caminaba desnuda hacia la butaca donde Giovanni reposaba con aire apesadumbrado. Con gracilidad, Sandra se sentó sobre el príncipe, besándole con lascivia. Con más bien poca sutileza, le expresó que la conducta de su hijo se volvía exponencialmente más errática desde que había iniciado su relación con Francesca Calandri.
No en vano, continuaría diciendo, se especulaba que Francesca ejercía la brujería. No era descabellado pensar que la conducta de Sinibaldo se debiese a algún tipo de oscuro sortilegio. Quién sabía si ahora el hijo de Giovanni se encontraba retenido contra su voluntad, preso de algún tipo de oscuro rito.
Si el príncipe tenía sentido común, según Sandra, debía hacer todo lo posible por alejar a aquella bruja de su hijo. Y, dados los poderes tenebrosos que Francesca manejaba, quizá debiese tomar alguna decisión difícil y más bien definitiva.
Sandra no pudo evitar sonreír ligeramente al darse cuenta de que sus palabras calaban en la mente de Giovanni Da Fonte. Satisfecha, se acurrucó sobre el hombre y besó suavemente su cuello. La dureza bajo la tela del camisón no tardó en indicarle que el príncipe requería de su piel joven una vez más.
Así, el príncipe Giovanni Da Fonte cargó en brazos a Sandra Albizzi hasta la cama del dormitorio.
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Ya era casi media mañana cuando Giovanni ayudaba a Sandra a subir a un carruaje en el patio trasero del Palacio Uguccione. El coche, bastante más austero de cualquiera que hubiese utilizado Sandra si no pretendiese pasar desapercibida, estaba aparcado frente a la puerta que usaba el servicio para abastecer las cocinas del palacio.
La mujer salió envuelta en un abrigo de piel, discreto pero elegante, con capucha que ocultaba el rostro. El príncipe aguardaba junto al carruaje y, a apenas unos pocos pasos, un caballo ensillado le aguardaba.
Una vez Sandra hubiese subido al coche y partido hacia la ciudad, Giovanni seguiría el mismo itinerario de siempre: daría un amplio rodeo para entrar en Fiumiri desde el este.
Cuando el príncipe había abandonado su casa, la noche anterior, se excusó ante su mujer por haber sido requerido por el rey Taddeo III con carácter de urgencia. Como cada vez, regresaría ante su mujer con gesto hastiado y profiriendo quejas acerca de las exigencias del monarca y de cómo este dotaba de carácter urgente a temas que no lo eran.
Antes de que Sandra subiese al coche, Giovanni le retiró dulcemente la capucha para dejar al descubierto su rostro. La besó apasionadamente antes de colocarle de nuevo la prenda y ayudarla gentilmente a subir al carruaje.
Mientras el vehículo traqueteaba por el camino empedrado, el príncipe Giovanni se giraba distraídamente hacia su caballo. Con un sobresalto, descubrió algo (alguien) que no debería haber estado allí.
Como a una veintena de metros aproximadamente, una figura a caballo observaba desde los árboles. La mujer estaba parcialmente oculta entre las ramas, pero quedaba claro que no estaba habituada a ese tipo de operaciones puesto que era fácilmente detectable desde la posición del príncipe.
Se trataba de Liliana, la doncella de confianza de su esposa. En ese momento, a Giovanni le quedaba claro que aquella mujer había sido testigo de su inapropiada relación con Sandra Albizzi.
La criada, que pronto fue consciente de haber sido descubierta, espoleó a su caballo en dirección a Fiumiri. Los gritos de Giovanni Da Fonte a sus espaldas pasaron de llamarla por su nombre a convertirse en súplicas que pronto tornarían a amenazas.
Con toda la rapidez que le fue posible, el príncipe Giovanni subió a lomos de su montura e inició la persecución de la criada. Aquella mujer le era tremendamente leal a su esposa y, pocas dudas tenía el príncipe al respecto, informaría a esta de su aventura.
Ambos cabalgaron a través del bosque, levantando la hierba con los cascos de sus corceles. La mujer no era ni mucho menos tan buena jinete como el príncipe, pero le sacaba suficiente ventaja como para que este no pudiera asegurar el alcanzarla antes de que llegase a la ciudad.
Sin embargo, Giovanni Da Fonte logró cabalgar raudo hasta ponerse en paralelo con la mujer, a quien desmontó de un empellón. Con un grito agónico, la criada cayó del caballo y rodó por el suelo del bosque. Giovanni detuvo su corcel unos metros más adelante y desmontó.
Según se acercaba caminando a la mujer, el príncipe observaba como esta se retorcía de dolor en el suelo. Tenía el vestido hecho jirones y parecía haberse roto una pierna en la caída. Liliana lloraba desconsolada, prometiendo que no contaría nada de lo que había visto.
Con el rostro lleno de pesadumbre, Giovanni Da Fonte tomó del suelo una piedra de buen tamaño y continuó acercándose a la mujer. Liliana intentó arrastrarse lejos del príncipe, el cual se acuclilló junto a ella y la golpeó en la cabeza con aquella piedra hasta matarla.
Los cazadores que encontrarían poco después el cadáver, tendrían bastante claro que aquella desdichada se había destrozado la cabeza al caer de ese caballo que pacía a pocos metros del cuerpo.
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Sinibaldo solo fingía estar dormido cuando Francesca salió del lecho. La tarde estaba bien entrada y habían pasado todo el día desfogando sus pasiones entre aquellas sábanas. Hacía un instante, la mujer se había agitado con una especie de espasmo para levantarse después mientras se llevaba la mano al vientre.
Su amante había optado por hacerse el dormido, observando las evoluciones de su prometida. La mujer renqueaba al andar mientras se sujetaba con fuerza el vientre a la vez que apretaba los dientes. La vio tambalearse hasta una pared.
Con sorpresa, Sinibaldo vio cómo Francesca parecía manipular uno de los candelabros de la pared. Un momento después, una pequeña porción de pared se deslizaba para dejar a la vista un pasadizo que parecía descender. La mujer se internó en él y, casi al instante, la pared recuperó su posición para ocultar de nuevo el pasaje.
No es que a Sinibaldo le sorprendiese la existencia de aquel pasadizo: cualquier mansión nobiliaria de Fiumiri que se preciase tenía dos o tres de aquellos. Sin embargo, le intrigaba sobremanera la duda de a donde podría dirigirse Francesca y a qué se debían los dolores que la aquejaban.
Tras esperar un tiempo prudencial, el joven se levantó de la cama y se acercó a aquella pared. Tal y como había sucedido la vez anterior, la manipulación del candelabro dejó a la vista aquel pasaje secreto que parecía descender hacia el subsuelo.
Estaba completamente oscuro, lo que hizo sospechar a Sinibaldo que Francesca debía de estar bastante familiarizada con aquel camino; puesto que había descendido por allí sin lámpara alguna. Más receloso ante aquella oscuridad, el joven tomó la vela de uno de los candelabros de la habitación y, tras encenderla, se internó en el pasadizo.
Una escalera tallada en la roca viva le haría descender por aquel húmedo pasillo en el que las paredes parecían sudar. Tras algunos metros de descenso, el pasillo se tornó horizontal y continuó su recorrido.
No tardaría demasiado en escuchar los alaridos de Francesca.
Alarmado aceleró el paso hasta percibir un tenue resplandor anaranjado al fondo del pasillo, momento en el cual decidió apagar su vela por temor a ser detectado. Recorrería los últimos metros del pasaje con el mayor sigilo del que fue capaz antes de asomarse al recodo del cual surgía el resplandor.
Durante lo que le quedase de vida, mucho o poco, no podría olvidar lo que allí vio.
Francesca estaba desnuda, sentada en el suelo rocoso y húmedo de aquella estancia abovedada del tamaño de un salón pequeño. Había velas en el suelo, como dibujando un círculo en torno a ella. La mujer estaba empapada en sudor y con el rostro totalmente transfigurado por el dolor,
Con horror, Sinibaldo contempló cómo Francesca introducía la mano en su propio sexo, entera, más allá de la muñeca. La sangre fluía a borbotones, acompañada por los terribles gritos de la mujer. Apenas unos instantes despues, Francesca extrajo la mano de su cuerpo de un tirón, haciendo que mucha más sangre brotase de sus entrañas.
Con un gesto de la mano, la mujer arrojó algo a unos pocos pasos de distancia... aquello que había extraído de su propio cuerpo. Después, se desplomó inconsciente.
Con horror, Sinibaldo contempló a aquella diminuta y ensangrentada forma humanoide retorciéndose en el suelo. El nonato, que cabía en la palma de una mano cuando fue arrojado tan abruptamente a la existencia, comenzó a aumentar de tamaño gradualmente hasta llegar al propio que debiese tener cualquier recién nacido.
El agudo llanto de la antinatural criatura sacó de su estupor al joven, que solo acertó a susurrar “Brujería...” en un primer momento. De inmediato, comprendió que aquella aberración era fruto de su semilla, así como de las oscuras artes de Francesca. Fugazmente, la imagen de aquel horrible demonio que había visto en la guarida de Daniele Acórdolo le volvió a pasar por la mente.
Armándose de valor, Sinibaldo se internó en la estancia, caminado despacio hacia el aberrante vástago que Francesca había engendrado con su semilla. No podía permitir que aquella criatura, fruto de las oscuras artes, continuase su existencia.
De ese modo, tomó al niño entre sus manos y lo alzó del suelo, levantándolo por encima de su cabeza y dispuesto a estrellarlo contra el suelo. A punto estaba de hacerlo cuando una terrible figura se materializó frente a él: la de aquel demonio de aspecto insectoide.
El ondergal fue un borrón en movimiento que le arrebató al niño de sus manos. El aberrante bebé parecía reír en brazos del demonio que sonrió con malicia a Sinibaldo.
El joven intentó retroceder, cayendo de espaldas sobre el suelo de piedra. Gateó en dirección a la salida para levantarse y correr a trompicones por aquel pasillo oscuro, tanteando y golpeándose con las paredes mientras trataba de regresar al dormitorio para poder huir de aquella risa tenebrosa que retumbaba a sus espaldas.

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