La Rosa de Acero - La mácula de los Da Fonte (2/5)
Apenas amanecía sobre la ciudad de Fiumiri cuando los nudillos de un hombre embozado en oscuros ropajes golpearon las puertas de una de las más elegantes casas de la Strada Nord. La criada que abrió la puerta no pudo esconder del todo su gesto disgustado pero, aún así, hizo entrar al hombre.
En silencio, Bonaguida siguió a la mujer por los pasillos de servicio hasta llegar al dormitorio de su clienta. Francesca Calandri le recibió en ropa de noche, haciéndole saber su disgusto por el hecho de que se presentase en su casa, lo hiciese sin previo aviso y a aquellas horas.
Tras disculparse, Bonaguida le aeguró a Francesca que la información que traía para ella era de lo más importante. No en vano, había sabido que su amado y prometido, Sinibaldo Da Fonte, había caído en las garras de un tal Daniele Acórdolo.
Como la dama no conocía al personaje en cuestión, Bonaguida le indicó que se trataba de uno de los señores criminales del Quartiere di Fluggine. Al parecer, todo se debía a un presunto desacuerdo ocurrido durante el transcurso de una partida de naipes.
Rápidamente, Bonaguida se ofreció a hacer de intermediario en el asunto. Por una respetable cantidad de plata, estaba seguro de que Acórdolo estaría dispuesto a entregar a Sinibaldo. No obstante, Bonaguida insistió en que había que actuar deprisa, pues desconocía las intenciones del criminal para con el prometido de Francesca.
Se trataba de actuar deprisa o exponerse, quizá a un macabro desenlace.
Para sorpresa de Bonaguida, la mujer simplemente le agradeció la información; despidiéndole con unas cuantas monedas de plata. Aunque el informante no logró esconder su disgusto, se retiró con una reverencia.
Apenas el hombre había salido del dormitorio, Francesca se apresuró a extraer varias velas amarillentas de uno de los cajones de su cómoda. Tras colocarlas sobre el suelo en círculo, procedería a cortar la palma de su mano, derramando unas cuantas gotas de sangre en el interior del círculo mágico.
Treldux no tardó en manifestarse, conformado a partir de la niebla que se arremolinó en unos segundos dentro del círculo de velas. Aquella forma híbrida entre humano e insecto de exoesqueleto amarillento la miraba fijamente mientras el espeso légamo se deslizaba por su monstruoso cuerpo.
La petición de Francesca a Treldux fue clara: quería que rescatase a Sinibaldo de manos del tal Acórdolo. Además, no deseaba que aquel acto quedaba impune. La petición al demonio incluía también la muerte de Acórdolo.
Treldux asintió pero, como siempre, exigió su contrapartida a través del escalofriante matraqueo que era su demoníaca voz. Esta vez, el demonio ondergal solicitó el sacrificio de un niño menor de ocho años, el cual debía ser degollado mediante ritual antes de que se pusiera el sol.
No era la primera vez que el demonio pedía un precio similar, así que Francesca procedió exactamente igual que otras veces: hizo llamar a Enzo Nero, uno de los hombres de armas más competentes de la familia Calandri. A cambio de su cuerpo, como cada vez anterior, Francesca logró que, en menos de una hora, el corpulento ex soldado estuviera de vuelta con un pequeño al que arrastró por los pasillos de servicio hasta las bodegas de la mansión Calandri.
En aquella oscura y húmeda bodega, Francesca Calandri conformaría un nuevo circulo de velas una vez se hubo retirado Enzo. Dentro del círculo, emplearía un cuchillo de plata para abrir el cuello del aterrorizado niño, que se desplomaría con un macabro gorgoteo para agitarse en el suelo hasta morir mientras la mujer le contemplaba con una extraña mezcla de culpabilidad y excitación en el rostro.
Por desgracia para Francesca, alguien más contemplaba la escena con gesto aterrorizado: una joven sirvienta llamada Nanna Glionni que permanecía oculta a la vista de la dama-bruja.
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Bonaguida no era un hombre que se diese fácilmente por vencido. Tras su fracaso en el intento de mediar entre la dama Francesca Calandri y el secuestrador de su prometido, no tenía intención ninguna de dejar escapar aquella oportunidad para embolsarse bastante más plata de la que le había sacado a aquella mujer. Lo cierto es que estaba desconcertado, pues esperaba que Francesca enloqueciese de desesperación y pusiera en sus manos (previo pago) el rescate de su amado Sinibaldo Da Fonte.
¿Quién entendía a los nobles? Al fin y al cabo, Bonaguida tenía otra opción abierta.
No tardó en moverse desde Strada Nord a la Vía dei Fiori, donde se encontraba la mansión de los Albizzi: una gran casa que, como mostraba su maltrecha fachada, había pasado por mejores tiempos.
Nuevamente, fue conducido por un miembro de la servidumbre a través de los pasillos de servicio hasta llegar, esta vez, al dormitorio de la joven Sandra Albizzi. La muchacha ya estaba enfundada en un elegante vestido ornamentado con algunos cristales que, sin duda, habían venido a sustituir a los diamantes que originalmente tocaban la prenda.
Bonaguida le habló a Sandra sobre el percance entre Sinibaldo y Daniele Acórdolo, el cual había desembocado en el secuestro del joven por parte del criminal.
“¿Quién más sabe esto” preguntaría escuetamente Sandra Albizzi, recibiendo el embuste por parte de Bonaguida de que se trataba de información confidencial.
La muchacha caminó hasta la ventana y, de espaldas a Bonaguida, le pidió que se encargase de que le entregaran a Sinibaldo. Pero la petición era más atípica de lo que el informante esperaba: la mujer quería que Acórdolo entregase a Sinibaldo totalmente drogado. Una vez así, Bonaguida debía encargarse de llevar al joven a uno de los lupanares del centro de Fiumiri, donde este despertaría bien entrada la mañana en el lecho de una prostituta... cuanto más repulsiva, mejor.
Sandra sabía que Sinibaldo no podría salir de un lupanar céntrico sin ser visto por alguien a aquellas horas. Aquel rumor, preveía, mancharía el compromiso entre Sinibaldo y Francesca Calandri de un modo difícilmente reparable, por lo que su antigua amiga se vería obligada a romper el compromiso.
En la mente de Sandra, la mácula sobre el honor de Sinibaldo Da Fonte sería tal que al príncipe Giovanni le costaría bastante encontrar esposa para su hijo, dada la turbia reputación que obtendría el heredero.
Por suerte, a Sandra le importaba bien poco la reputación y lo que los plebeyos mugrientos o los nobles de alta cuna de Fiumiri pudiesen hablar: a ella le interesaban la posición y fortuna de los Da Fonte. El escarnio pasaría, sustituido pronto por nuevos rumores acerca de este o aquel otro miembro de una familia importante, ella se encargaría.
Con el compromiso entre los Da Fonte y los Calandri hecho pedazos, el príncipe Giovanni no vería con tan malos ojos prometer a Sinibaldo con Sandra. La Albizzi era una casa sin fortuna pero con nombre, y Sandra se encargaría de mantener controlado a Sinibaldo para garantizar la restauración del honor mancillado.
Tras dar sus instrucciones a Bonaguida, le entregó un valioso anillo de rubíes como pago por sus servicios. Sandra agotaba sus recursos: aquella era una de las últimas joyas valiosas que le quedaban, pero lo consideró una inversión necesaria.
Con una sonrisa de satisfacción en el rostro, Bonaguida marchó de aquella casa para cumplir con su cometido.
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Con gesto disgustado, el príncipe Giovanni Da Fonte recibía de uno de sus criados la noticia de que su hijo Sinibaldo no había regresado de la última correría nocturna. Tras maldecir unas cuantas veces, le indicó al sirviente que hiciese llamar al capitán Bianco Filago.
Bianco, el capitán de la guardia del príncipe Giovanni, era un experimentado duelista que llevaba años sirviendo con lealtad a la familia Da Fonte. El hombre se personó ante el príncipe vistiendo atuendos sobrios y con su espada a la cintura.
Giovanni le contó a Bianco que ya estaba harto de las majaderías de su hijo Sinibaldo y de cómo este se dedicaba a mancillar el buen nombre de los Da Fonte por toda Fiumiri. El hecho de que el capitán no se mostrase sorprendido enfureció, si cabe, aún más al príncipe.
En vista de que Bianco parecía bastante familiarizado con los rumores que circulaban acerca de su ingrato hijo, Giovanni le pidió que hiciera algunas averiguaciones en su nombre. Principalmente, le interesaba saber si era cierto que Sinibaldo estaba deshonrando su compromiso con la dama Francesca Calandri.
En caso de que los rumores fueran ciertos en este punto, Giovanni necesitaba conocer la identidad de la mujer con la que su hijo consumaba aquel despropósito que podía acabar enemistando a ambas familias.
Por descontado, el príncipe exigió total discreción a su capitán al respecto de todas estas indagaciones. Por si la lealtad no fuese suficiente, Giovanni Da Fonte le entregó a Bianco un par de bolsas bien repletas de plata.
Sin más que hablar al respecto, el capitán abandonó el salón de su príncipe. En las mismas puertas de la estancia, se cruzaría con la esposa de este, Pellegrina Da Fonte. Se trataba de una mujer atractiva, de apenas un par de años menos que el propio príncipe.
La esposa de Giovanni miró con curiosidad la marcha del capitán antes de dirigirse a su marido. Pellegrina estaba preocupada puesto que la servidumbre le había comunicado que su amado hijo Sinibaldo aún no había regresado de su última juerga.
De un modo poco convincente, Giovanni trató de quitarle hierro al asunto, lo que hizo que su mujer frunciese el ceño. Pellegrina volvió entonces el rostro hacia las puertas del salón, como si volviese a ver al capitán Bianco Filago saliendo por ellas.
Cuando le preguntó a su marido por el motivo de la visita del capitán, este despachó la cuestión alegando “asuntos rutinarios de la seguridad”; lo que claramente no convenció a su esposa.
Contrariada a un punto que no le pasaría desapercibido a su marido, Pellegrina decidió retirarse de la estancia indicando que tenía que encargarse de asuntos domésticos. Aunque no las tenía todas consigo, Giovanni la despidió cortésmente.
Ya en los pasillos del palacete, Pellegrina se acercaría a su criada de mayor confianza, Liliana, a quien dio instrucciones de que la mantuviese al tanto de los movimientos de su marido, así como de con quién se reunía.
Con una reverencia, la sirvienta asintió.
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Cuando Sinibaldo Da Fonte hubo recuperado la consciencia, ya no tenía la cabeza cubierta. Podía notar la sangre seca apelmazándole el cabello y un leve dolor de cabeza, pero parecía estar más o menos bien.
Se encontraba en una especie de almacén que debía llevar años en desuso. A través de uno de los ventanales se podía apreciar el sol del mediodía, aunque no se escuchaba demasiado ajetreo proveniente de la calle.
Le habían sentado en una silla y maniatado al respaldo. Uno de los dos hombres con aspecto patibulario que le vigilaban se marchó solo para regresar unos minutos después acompañado de Daniele Acórdolo, aquel tipo al que Sinibaldo había intentado estafar en una partida de naipes la noche anterior.
Acórdolo le explicó claramente a Sinibaldo que, en otras circunstancias, ya le habría degollado y arrojado al puerto. Sin embargo, la suerte había querido que le hubiese reconocido como el hijo del príncipe Giovanni Da Fonte.
Cuando, aliviado, Sinibaldo aseguró que pagaría su deuda con Acórdolo por triplicado, este negó con la cabeza mientras reía. La intención del criminal era que Sinibaldo les facilitase el paso franco al palacete de los Da Fonte a fin de que pudieran saquear la tesorería al completo.
Ante la firme negativa a colaborar en aquello por parte de Sinibaldo, el criminal le indicó que la alternativa a aquello eran la hoja del cuchillo y el lecho marino. No obstante, Acórdolo entendía que el joven no quisiese colaborar de buenas a primeras en el expolio a su familia, por lo que pensó que un par de días amarrado a aquella silla sin comer ni beber ayudarían al joven a tomar una decisión.
Desesperado, Sinibaldo pensó que su única opción pasaba por intentar liberarse y escapar de allí. Así, cuando Acórdolo se hubo marchado, dejándolo allí con sus dos carceleros, se afanó en intentar aflojar sus ataduras.
Llegó la noche y todos los intentos de Sinibaldo por aflojar aquellas cuerdas se había mostrado infructuoso. Poco después de haberse ido los últimos rayos de sol, Acórdolo entró en el almacen acompañado de un tipo embozado en ropajes oscuros.
El desconocido pareció estar muy satisfecho de encontrar allí a Sinibaldo. El tipo y Acórdolo parecían discutir, aunque en términos bastante amigables. Por desgracia, Sinibaldo no era capaz de escuchar la conversación desde donde estaba.
El tono amigable de la conversación parecía estar dando paso a una discusión más tensa, tanto que Sinibaldo creyó que se iban a desenvainar aceros. De hecho, es muy posible que hubiese sido así de no haberse producido una inesperada interrupción.
De súbito, el techo del almacén pareció venirse abajo, sepultando con sus cascotes a uno de los tipos que vigilaban a Sinibaldo. El otro centinela, que sangraba en la frente por el impacto de algún escombro, ahogó un grito de horror cuando una criatura medio hombre medio insecto se materializó ante él.
Con un rápido gesto, el demonio tomó con una de sus garras a aquel hombre y le partió el cuello con un chasquido. Rápidamente, Acórdolo y el desconocido desenvainaron sus aceros, apuntándolos hacia el monstruo mientras retrocedían cuidadosamente hacia la puerta.
Horrorizado, Sinibaldo comenzó a llorar y a aullar de terror, aunque lo cierto es que la criatura no parecía prestarle la más mínima atención.
Con una velocidad sobrenatural, el demonio se movió hasta Daniele Acórdolo, partiéndole por la mitad con sus zarpas. Cuando se disponía a hacer lo mismo con el desconocido, se detuvo.
Aunque Sinibaldo no supo lo que ocurría, el demonio Treldux acababa de reconocer a Bonaguida. Cuando le interrogó por el motivo de su presencia en aquel lugar, ya que su ama Francesca le había dado orden de no intervenir, el sollozante hombre no tardó en confesar que jugaba un doble juego, sirviendo al tiempo tanto a Francesca Calandri como a su rival Sandra Albizzi.
El demonio ondergal sonrió satisfecho justo antes de devorar el cráneo de aquel desgraciado. Esa era una información muy valiosa... una por la que Francesca estaría dispuesta a pagar un alto precio.
Con las fauces rezumando sangre y masa encefálica, Treldux caminó con su cuerpo insectoide hasta la silla en la que permanecía atado Sinibaldo. El joven lloraba y se agitaba, llegando incluso a orinarse y defecarse encima cuando el demonio llegó junto a él.
La voz del demonio sonó entre metálica y gutural en el oído del muchacho.
“Vas a venir conmigo”.

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