DT8: Dragones de Krynn - En busca de los dragones (4/9)
Después de haber rescatado a Abworth, el erudito, de las entrañas de aquel engendro gnómico que imitaba la anatomía de un dragón desde la particular visión de aquellos pequeños humanoides, los compañeros fueron conducidos por el anciano hasta su despacho. Mientras caminaban por los pasillos del instituto, el erudito no dejó de agradecer efusivamente su rescate.
Los ayudantes, Irin y Rimsey llevaron comida y bebida para todos. El anciano había pasado un mal trago y necesitaba restablecerse. A pesar de su estado, Abworth miraba con preocupación a los compañeros, todos bastante heridos. Particularmente grave parecía el estado tanto de Estrellanegra como de Iryl, pero los compañeros le aseguraron que sólo necesitaban descansar.
Una vez se relajaron todos, el erudito les preguntó el motivo por el cual habían venido a verle. No pudo evitar una sonrisa cuando los compañeros le mencionaron al alcalde Frohm, su viejo amigo. Luego, cuando se hizo referencia a la progresiva desaparición de los dragones, agravó el semblante.
Reconoció la evidencia de que los enormes reptiles estaban comenzando a dejarse ver mucho menos que de costumbre. Abworth especuló con que se estuviesen retirando tras la Guerra de la Lanza, quizá llamados por los dioses.
Fue entonces cuando Grendalas le hablo de aquella noche en la que la luna y las estrellas habían parecido oscurecerse. Por lo visto, era un fenómeno que el elfo había visto repetirse algunas noches más durante su guardia. Abworth asintió, aseverando que el también había presenciado ese fenómeno.
No tenía explicación para el hecho de que las lunas y estrellas de Krynn parecieran estar apagándose. Luego, les contó que los dragones extraían algo de su esencia de aquellos astros, aunque desconocía en qué medida. Lo que sí tenía claro Abworth es que la seguridad de todo Krynn podía estar en peligro, y todo aquello requería una investigación.
Dubitativa, Shalindra le habló del presunto ataque al pueblo de Trigado por parte de dos dragones plateados. Abworth apenas pudo reprimir una carcajada: obviamente, pensaba que la destrucción de un poblado enano por parte de dos dragones benignos era absurdo.
Sin embargo, quizá sería bueno investigar los restos de aquel pueblo para comprobarlo. Apesadumbrado, Abworth tuvo que reconocer que quizá aquella enfermedad que se decía padecían los dragones les hubiese hecho enloquecer.
Así, tras pasar la noche en el instituto bajo la hospitalidad de Abworth, los compañeros partieron hacia el pueblo de Trigado a la mañana siguiente.
Pasaron todo el día caminando sin mayores incidentes. Ya durante la noche que pasaron a la intemperie, Grendalas tuvo un extraño sueño en el que se encontraba junto a sus compañeros en un oscuro pantano de árboles retorcidos. Cuando despertó, se dio cuenta de que la piedra del sueño sobre la que había dormido aquella noche se había desvanecido: aquello no era un simple sueño.
Tras ponerse en camino al alba, llegaron al pueblo de Trigado a media mañana. Una fina neblina lo cubría todo, dándole un aspecto aún más aterrador, si es que aquello era posible.
Lo que seguramente fuese un pueblo próspero, ahora solo era tierra quemada y cascotes. Los cuervos graznaban volando en círculos sobre los restos de Trigado y pudieron ver a varios lobos merodeando por las calles y alimentándose de los cadáveres que se pudrían a la intemperie.
Examinando uno de aquellos cadáveres que se esparcían por las calles, Shalindra pudo detectar que uno de los cuerpos presentaba unas perforaciones triangulares mut características. Esas perforaciones, lo sabía la exploradora, coincidían con las que produciría un arma idéntica a la que portaba ese tal Khardra con el que habían hablado en Hermosos Prados.
Los compañeros discutían sobre la certeza de que algo turbio estaba ocurriendo y que Khardra estaba implicado en todo aquello cuando, de súbito, Shalindra se percató de que estaban siendo rodeados.
Lobos, muchos lobos.
Los canes, embriagados con el festín de carroña en el que se había convertido el pueblo de Trigado, parecían haber enloquecido ante la presencia de presas vivas. Quizá solo estaban defendiendo su fuente de alimento, quien sabía... lo cierto era que una treintena de lobos cerraban el círculo en torno a ellos mientras mostraban los dientes entre gruñidos babeantes.
Los animales se arrojaron sobre ellos en un infierno de dientes. La magia protectora de Estrellanegra mantuvo inicialmente a raya a los lobos, protegiéndoles a él y a Iryl, quien abatía a los canes con su arco mágico de flechas incendiarias. Por su parte, tanto Grendalas como Shalindra se vieron superados rápidamente, recibiendo terribles mordiscos que desgarraban sus carnes.
Pronto, Grendalas se vio defendiendo con desesperación el cuerpo caído de la exploradora ante dos pares de lobos que amenazaban con arrastrar a su compañera hacia la oscuridad. Por suerte, las flechas ígneas de Iryl abatieron a dos de las criaturas, permitiendo que el guerrero-mago derribase a las otras dos con su magia.
Mientras, Estrellanegra era acosado por un par de lobos que le estaban llevando al límite de sus fuerzas. El sacerdote le rogaba a Paladine, empleando el poder divino para mantener a raya a los canes mientras ensartaba a algún otro con su lanza de pulsos eléctricos.
Finalmente, los lobos, terriblemente diezmados, decidieron ponerse en fuga. Los compañeros, aún con el sembalente descompuesto, se miraron entre sí. Shalindra yacía inconsciente pero viva, mientras que Estrellanegra apenas se tenía en pie y había consumido casi todo su poder. Por suerte, las heridad de Grendalas no eran tan graves e Iryl se mantenía indemne.
Tras hablarlo menos de dos minutos, los compañeros estuvieron de acuerdo en que no era una buena idea quedarse en aquel poblado destruido. Convinieron que lo mejor era regresar a Belleria para, una vez allí, planear el siguiente movimiento.
Con algunos palos que encontraron entre los escombros, improvisaron una camilla para arrastrar el cuerpo inconsciente de Shalindra. Iryl, la más fuerte de ellos, fue la encargada de transportar a su compañera herida.
No se habían alejado ni un kilómetro de las humeantes ruinas de Trigado cuando tres elfas kagonesti les salieron al paso desde la espesura. Las elfas salvajes llevaban los arcos a la espalda y las lanzas apuntando hacia atrás, para demostrar actitud amistosa. Nada más detenerse ante los compañeros, saludaron con una reverencia a Iryl y Grendalas.
La líder, una tal Linsilee, presentó a sus compañeras como Myurla y Panya. La elfa pidió al grupo que la acompañasen hasta su campamento, ya que tenían asuntos importantes que tratar; asuntos que tenían que ver con lo acontecido en Trigado.
Aunque Estrellanegra intentó indagar más, Linsilee insistió en que aquello se trataría en el campamento kagonesti.
De ese modo, los compañeros siguieron a las elfas por el bosque. Las kagonesti saludaban cariñosamente a cada animalillo con el que se cruzaban. Además, durante un trecho, Myurla y Panya se turnaron con Iryl para arrastrar la camilla sobre la que yacía Shalindra.
Tras un par de horas, llegaron a un claro donde otras tres elfas kagonesti atendían a varios animalillos heridos. Entre las tiendas de piel, llamaba poderosamente la atención la presencia de una bañera de bronce cubierta por una red.
Linsilee les presentó a aquellas elfas: Thilia, Onne y Jing. Todas habían pertenecido al poblado de Piedrapaloma, cerca de las montañas Dargaard, pero habían abandonado el lugar en busca de aventuras. Habían sido amigas desde niñas y ahora ayudaban juntas a los animales del bosque.
Mientras Shalindra descansaba en una de las tiendas, atendida por Onne y Jing, los demás se sentaron en torno al fuego para disfrutar de algunas viandas en forma de frutos secos.
Linsilee reconoció no saber exactamente qué era lo que había ocurrido en Trigado, pero dijo haber tenido un sueño acerca de un terrible mal que se cernía sobre aquel poblado enano justo la noche antes de que fuese arrasado. Por descontado, no daba crédito a aquello del ataque de los dragones plateados.
Cuando Grendalas le preguntó acerca del motivo por el que los había llevado a su campamento, un motivo que, teóricamente, tenía que ver con lo acaecido en Trigado, la kagonesti asintió con pesadumbre. Volvió a hablarles de su sueño acerca de aquel terrible mal para, después, contarles que había encontrado pruebas de que un temible mal anidaba en la región. Según ella, era indudable que todo debía tener relación: la desaparición de los dragones, su sueño, el ataque a Trigado...
Lentamente, llevó a los compañeros hasta la bañera de bronce para retirar la red que la cubría un segundo después. Con asombro, pudieron contemplar una cabeza de cría de dragón dorado que, inexplicablemente, parecía viva mientras flotaba en el agua.
La cabeza, según les dijo Linsilee, se llamaba Ky.
Cuando Iryl preguntó que le había pasado a aquel dragón, la cabeza comenzó a chillar "Tarligor... ¡Malvado! ¡Malvado!... ¡Pantanos Umbríos!". Aquella palabras encogieron de pronto el corazón de Grendalas, haciéndole revivir el sueño que había tenido la noche anterior.
Cuando Grendalas hizo participes a los demás de aquello, todos dispusieron que debían dirigirse a aquellos pantanos que, según les dijo Linsilee, se encontraban al norte. Por descontado, la kagonesti les ofreció pasar la noche en su campamento.
El nuevo día amaneció con todos los compañeros restablecidos. Shalindra se abrazó a los demás, uno por uno, contenta por haber escapado de la muerte, aunque hubiese sido por los pelos.
Antes de que partiesen, la elfa les condujo hasta una colmena cercana. Allí, sacó una pequeña caja de madera y le susurró algo a varias abejas. Tres de ellas volaron hasta introducirse en la caja. Linsilee les dijo que si necesitaban de las kagonesti, podían darle el mensaje a las abejas y ellas la encontrarían para trasmitírselo.
De ese modo, el grupo se puso en camino hacia los Pantanos Umbríos, donde esperaban poder arrojar un mínimo de luz sobre todo aquel asunto.

Comentarios
Publicar un comentario