DT8: Dragones de Krynn - En busca de los dragones (6/9)
Con precaución, el grupo formado por el sacerdote humano Estrellanegra y los elfos qualinesti Iryl y Grendalas, abandonaron aquellas turbias aguas que les llegaban a las rodillas para entrar en el cochambroso edificio de madera que era el "Albergue Culeman". En la puerta, aquella mujer cuarentona de pelo sucio que daba nombre al lugar les sonreía mientras el cocodrilo amaestrado junto a ella les dedicaba una mirada muy poco tranquilizadora.
“No temáis, solo muerden a los tacaños y a los ladrones” volvió a decir.
Dentro del amplio salón de madera, otros tres enormes cocodrilos dormitaban distribuidos por la estancia. Los reptiles sisearon al ver entrar a los compañeros, pero Culeman les espantó dando unas palmadas. Allí también había una joven que se presentó como Belina, cuyas agraciadas facciones dejaban claro que no estaba emparentada con Culeman.
Las paredes del local estaban cubiertas de trofeos, destacando una sanguijuela gigante, una pitón enorme y la cabeza de un dragón negro joven. Si bien Culeman afirmó que ella misma había matado a aquellas criaturas, la joven Belina les confesaría más tarde que Culeman había comprado aquellos objetos a buhoneros de paso.
Mientras Belina les servía una comida bastante mejorable, Culeman se afanaba en exagerar los peligros del pantano. A Estrellanegra le quedó claro muy pronto que esa mujer obtenía cierto placer malsano de asustar a los viajeros.
Mientras servía el café, Belina no pudo evitar escuchar la apesadumbrada conversación de los compañeros acerca de la pérdida de Shalindra, quien muriese apenas un par de días atrás en el enfrentamiento con aquellos dragones negros en la propiedad de Dil Kwintter.
Entonces, la muchacha les rogó que la dejasen acompañarles. Según les contó, había sido acogida un par de años atrás por Culeman, a quien guardaba un gran cariño. Sin embargo, la muchacha necesitaba salir de allí y vivir emociones. Les aseguró que era una persona capaz y que, además, conocía bien aquellos pantanos.
Si bien los compañeros aceptaron la propuesta, Culeman no se tomó aquello nada bien. Durante la lacrimógena discusión entre la propietaria y Belina, el grupo se enteró de que la joven había llegado, siendo apenas una niña, junto con un grupo de ladrones que había intentado asaltar el albergue. Los cocodrilos dieron buena cuenta de los bandidos, pero Culeman se apiadó de aquella niña a quien había criado como a una hija.
Finalmente, la mujer consintió en que Belina se marchase.
Antes de ir a dormir aquella noche, Iryl decidió echar un vistazo a las armas que Culeman tenía a la venta. Allí, para su sorpresa, encontraría una extraña vara con tres garfios que le sonaba bastante: había visto una de esas en manos de aquel tipo llamado Khardra, en la feria de Hermosos Prados.
Cuando la elfa preguntó a Culeman por Khardra, esta le dijo que se trataba del mayor cazador de dragones de todos los tiempos y un amigo personal suyo. Entre carcajadas, Belina le explicó a Iryl que Culeman ni siquiera conocía al tipo y que la mujer había encargado fabricar ese arma basándose en las descripciones de algunos viajeros.
Tras pasar la noche en las sorprendentemente confortables camas del albergue, los compañeros, ahora con Belina, decidieron ponerse en marcha con el amanecer. Después de un contundente desayuno, le compraron a Culeman una balsa de madera alargada con la que podrían moverse por aquellas anegadas tierras.
Puestos ya en camino, con Estrellanegra y Grendalas maniobrando las largas pértigas que impulsaban la balsa, Belina les contó que los pantanos eran bastante peligrosos según se iba hacia el norte. La gente no solía regresar de aquella zona y los rumores hablaban de un lugar particularmente malo en el noroeste, rodeado por gigantescos árboles negros. Belina no había oído nunca hablar de nadie llamado Tarligor.
El avance en la balsa era penosamente lento. Las pértigas se clavaban en el fondo lodoso e impulsaban la plataforma flotante que, constantemente, debía maniobrar para evitar los retorcidos árboles. Belina, por suerte para el grupo, era bastante hábil pescando en aquellas aguas, lo que les garantizaba la comida durante el viaje.
Antes de llegar la noche, la balsa quedó enredada en una maraña de raíces que flotaban bajo la superficie. La única manera de liberar la embarcación pasaba por que alguien se sumergiese para liberar la embarcación. Aunque recelosa por la presencia de cocodrilos en aquellas aguas, Belina buceó bajo la balsa y logró liberarla en poco tiempo.
Poco después encontrarían una herbosa isla de unos ocho metros de diámetro asomando sobre las negras y pestilentes aguas. Decidieron que era un buen lugar para pasar la noche. Tras asignar los correspondientes turnos de guardia, los compañeros se dispusieron a descansar.
Aquella noche no resultaría plácida, al menos para Estrellanegra. Una de aquellas Piedras del Sueño que les entregó M'Bert, el jefe de los lor-tai, hizo su trabajo entregando al sacerdote un perturbador sueño.
Un bosque de inmensos cipreses negros surgía de las turbias aguas del pantano. Súbitamente, las hojas parecían explotar para que los árboles desaparecieran, dejando al descubierto una gran cabaña de madera sin ventanas de la que colgaban algas y légamo. Un pequeño bote de remos flotaba atado al embarcadero que conducía a la puerta delantera.
La mente de Estrellanegra voló en aquella ensoñación para entrar en la casa, hasta una habitación cuyas paredes también estaban cubiertas de algas y légamo. En la habitación había un armario de madera pegado a la pared y con sus puertas cubiertas de símbolos arcanos.
En aquel sueño, el armario se abría para mostrar una lanza plateada. Estrellanegra reconocería en cualquier parte aquella forma: se trataba de una dragonlance de infantería.
Cuando el sacerdote despertó por la mañana, no dudó en compartir la visión con el resto del grupo. Apenas tuvieron que debatirlo: se dirigirían al noroeste.
Tras apenas unas horas de penoso avance en balsa, se toparon con el cadáver de un animal grande que se encontraba trabado en una maraña de raíces sumergidas. Cuando los compañeros se acercaron a examinarlo, pudieron comprobar que se trataba de una cría de dragón broncíneo, la cual llevaba muerta varios días y ya estaba pudriéndose. La cría presentaba en la nuca unas terribles heridas producidas, sin duda, por una de aquellas lanzas con tres garfios como la que portaba Khardra.
El resto del día continuó sin más incidentes. Más o menos a media tarde, el grupo encontró otro de aquellos islotes donde acampar. Belina cocinó la pesca del día en la lumbre y se dispusieron a descansar.
Fue Belina la que, en su turno de guardia, tuvo la suerte de contemplar aquella aterradora visión: la de un dragón dorado sin cabeza que volaba erráticamente por el cielo nocturno. Cuando despertó a sus compañeros, el reptil ya había desaparecido del cielo.
Aunque Belina pensaba que la iban a tomar por loca, los compañeros se mostraron convencidos de que la muchacha decía la verdad. Le contaron entonces su encuentro con Linsilee y las kagonesti, quienes tenían la cabeza de un dragón dorado en una bañera.
Grendalas decidió entonces susurrar a una de las abejas que Linsilee les había entregado que habían encontrado el cuerpo del dragón, pensando que quizá las kagonesti pudieran encontrar aquel cuerpo sin cabeza y encontrar la manera de unirlo de nuevo a la cabeza del pobre animal. La abeja se alejó zumbando por el pantano.
Descansaron el resto de la noche, poniéndose de nuevo en marcha con el amanecer. No tuvieron que navegar mucho más hasta ver como, en la distancia, aparecía un grupo de cipreses negros que se alzaban contra el cielo brumoso. A pesar de que no había viento alguno, las hojas de aquellos árboles parecían agitarse suavemente.
No tardaron en darse cuenta de que aquellas hojas eran en realidad murciélagos, los cuales se alejaron volando cuando la balsa estuvo demasiado cerca, dejando nada más que ramas desnudas tras su marcha.
Estrellanegra no pudo evitar estremecerse al reconocer aquel bosque de cipreses como el de aquel sueño que tuvo dos noches atrás. Y tal como en su sueño, no tardaría ni una hora de perezoso viaje en balsa en encontrarse con aquella cabaña que también aparecía en su sueño.
Bajo las sombras de algunos árboles retorcidos podía verse aquella cabaña de la que colgaban algas y légamo. La edificación se asentaba sobre el agua, sostenida por gruesos pilotes de madera, algunos de los cuales parecían haberse roto, razón por la cual la esquina nordeste de la cabaña se inclinaba hacia las turbias aguas.
Tal como en el sueño, la cabaña carecía de ventanas y solo poseía una puerta de entrada. Un desmoronado embarcadero conducía a la parte delantera, con un pequeño bote de remos flotando sobre las corruptas aguas. Casi al final del embarcadero, cerca de la puerta, podía verse un lodoso montón de basura.
Los compañeros aproximaron la balsa al embarcadero, transitando después la desvencijada pasarela de madera en dirección a la entrada. El grupo se mantenía alerta ante cualquier posible amenaza que pudiese surgir de aquel sospechoso y repugnante montón de basura.
Pero la amenaza no venía de allí.
El alarido de Belina hizo que todos se girasen alarmados. La ladrona, que iba en retaguardia, retrocedía totalmente pálida y con el rostro desencajado mientras tres figuras se aproximaban por el embarcadero.
Estrellanegra, Iryl y Grendalas habían luchado lo suficiente en la Guerra de la Lanza como para reconocer a un draconiano bozak en cuanto lo veían, pero algo estaba mal allí. Aquellos draconianos eran casi translúcidos y parecían deslizarse sobre el suelo... eran fantasmas. Tan absortos estaban contemplando a esos tres no muertos que apenas reaccionaron a tiempo de contener al par más que se materializó entre la puerta de la casa y el grupo.
Grendalas disparó su espada heladora contra el grupo de tres fantasmas de retaguardia, destruyendo a uno de ellos para permitir que Belina pudiese retroceder. Mientras, Estrellanegra empleaba su magia para contener a los no muertos de vanguardia al tiempo que Iryl disparaba sus flechas ígneas contra ellos.
Belina no tuvo más remedio que arrojarse a las turbias aguas para ponerse a salvo, ya que su flauta de viento poco podía contra aquellos seres fantasmales. A la vez, Grendalas acababa con otro de los espectros. Uno más caía bajo las flechas de fuego disparadas por Iryl. Desgraciadamente, el fantasma que quedaba a vanguardia hendió sus gélidas e insustanciales garras en el pecho de Estrellanegra, haciendo que aullara de dolor y miedo a partes iguales.
Al mismo tiempo que la espada mágica de Grendalas disolvía la esencia fantasmal del último no muerto, Estrellanegra se desmoronaba sobre el embarcadero de madera. Los compañeros se arrodillaron rápidamente junto a su compañero caído.
Poco había que hacer: Estrellanegra había muerto.
Con cuidado, los compañeros trasladaron el cuerpo del sacerdote hasta el porche de la casa. Más tarde se encargarían de las exequias. En aquel momento, sin embargo, la prioridad era garantizar que ninguna otra amenaza pusiera en peligro la integridad del grupo.
Rápidamente, Grendalas se encargó de revisar aquel montón de desperdicios. Horrorizado, constató que se trataba de cuerpos en descomposición, los cuales desprendían un hedor insoportable. Durante la inspección de toda aquella repugnancia, tuvo la suerte de encontrar un par de pociones de curación y una espada corta grabada con runas.
Mientras el elfo examinaba la espada mágica para constatar que se trataba de una hoja con la capacidad de producir daño psíquico, le cedió ambas pociones curativas a Belina, quien se encontraba en un estado bastante precario.
Tras rehacerse un momento, los tres compañeros decidieron entrar en la cabaña. Iryl abría el camino, seguida por Grendalas y con Belina en último lugar. El interior del edificio sin ventanas estaba completamente a oscuras, lo que no era un problema para los elfos. Sin embargo, Grendalas convocó una luz mágica para que Belina pudiese ver.
El aire era rancio y la atmósfera asfixiante, con un hedor a moho y carne podrida que lo impregnaba todo. Las paredes estaban húmedas y legamosas. El grupo no tardó en percatarse de que la construcción oscilaba ligeramente de cuando en cuando. Sin duda, los pilotes destruidos habían dejado la estabilidad de la cabaña en un estado bastante comprometido.
Encontraron lo que parecía una pequeña sala de almacenaje que olía a pescado podrido. Algunos aparejos de pesca en estado lamentable se hallaban dispersos por el lugar. Al fondo, un pasillo alargado se internaba en la oscuridad, mostrando enormes agujeros en su suelo.
Con cautela, los tres compañeros evitaron los agujeros mientras, con pavor, escuchaban a decenas de serpientes siseando al fondo de los mismos, bajo la casa. Sin duda, allí había un nido de serpientes de los pantanos.
El pasillo les llevó a lo que parecían unas dependencias, dotadas de una cama, un arcón, una mesa y una silla; así como un aparador con unos cuantos mendrugos de pan. Además, en la pared, podían verse mapas de las estrellas, así como diagramas anatómicos de hombres, dragones, serpientes y otros animales.
En la mesa, además de varios pergaminos con extrañas fórmulas que Grendalas no reconocía, encontraron una anilla con varias llaves. En el arcón, por su parte, encontraron una túnica de color negro con símbolos lunares, perteneciente sin duda a la Orden de las Túnicas Negras. Además, también en el arcón, encontraron una serie de libros cuidadosamente empaquetados.
En un rápido examen, Grendalas constató que se trataba de las notas del tal Tarligor. Versaban sobre la anatomía de los draconianos y, al parecer, aquel hombre pretendía descubrir un método para mejorar los órganos transmutando el tejido.
Viendo que no encontraban nada más de utilidad en aquella habitación, el grupo decidió retroceder por el pasillo agujereado para tomar una de las puertas cerradas que habían dejado atrás.
Encontraron una habitación llena de jaulas de ratas, las cuales habían muerto por inanición tiempo atrás. La puerta al fondo de aquel habitáculo les conduciría a otra sala parecida en la que los cadáveres pertenecían a decenas de serpientes.
La siguiente estancia que revisaron se trataba de una habitación repleta de estantes, los cuales contenían multitud de frascos y recipientes de todo tipo. Belina sonrío al descubrir tres pociones de curación en aquellos muebles repletos de mugre.
Cruzaron un laboratorio totalmente destrozado, en el que encontraron el grotesco cadáver de una serpiente de buen tamaño a la que le habían cosido una cabeza de rata y las patas de un lagarto.
Poco después, se toparían con lo que se antojaba una especie de improvisado bloque de celdas. En una amplia estancia de aire rancio, una jaula hecha con una pesada reja de hierro se encontraba en cada uno de los cuatro rincones. Tres de las jaulas estaban vacías, aunque había una figura en la cuarta.
Se trataba de un draconiano bozak. Su cuarteada piel estaba llena de mugre, con la armadura de cuero casi podrida sobre su cuerpo. Un rápido vistazo le bastó a Belina para saber que las llaves que habían recogido anteriormente abrían aquella jaula.
Tras un hábil interrogatorio, muy bien llevado por Grendalas, el draconiano confesó que Tarligor era un Túnica Negra obsesionado con la idea de mejorar a los draconianos que había sido expulsado de la orden, convirtiéndose en un renegado. Aquel sucio mago, le había capturado, junto a sus seis compañeros.
Cinco de los draconianos habían muerto cuando Tarligor experimentó con ellos, los compañeros supusieron que se trataba de los fantasmas del embarcadero. Sin embargo, los mágicos experimentos si habían tenido efecto en el sexto compañero de aquel reo: lo habían convertido en una forma de vida totalmente nueva.
Tarligor, según les dijo aquel draconiano, había llamado Khardra a su creación, que en el antiguo dialecto de los Túnicas Negras significaba "Carne corrompida". Pero, al parecer, las cosas no habían salido como el mago negro esperaba: Khardra le había matado para escapar posteriormente al pantano.
Iryl le pregunto a aquella criatura si sabía algo acerca de la desaparición de los dragones, cosa que el draconiano parecía desconocer. Sin embargo, les habló de un cementerio de dragones en alguna parte de la costa nororiental de Estwilde.
Además, ante la insistencia de Belina en saber si había algo valioso en aquella cabaña, la criatura les hablo de un "poderoso tesoro" en un almacén situado al final de un pasillo que nacía de la pared sur de aquel mismo bloque de celdas.
Sacaron al draconiano de la celda, con la promesa de liberarlo cuando terminasen de explorar la cabaña. Desarmado y muy débil, el monstruo tomó el pasillo hacia el almacén ocupando la vanguardia del pequeño contingente.
Tal y como había dicho la criatura, llegaron a un almacén que se hallaba inundado en su mayor parte. La habitación se inclinaba peligrosamente y las paredes estaban cubiertas de algas y limo. Barriles pequeños y algunos cofres flotaban junto con ramas rotas y masas de algas. En la esquina nordeste, un armario semi sumergido se encontraba clavado en la pared, con algunas runas arcanas grabadas en sus puertas.
Todos recordaron el sueño de Estrellanegra. Si aquel sueño era tan real como hasta entonces, una dragonlance aguardaba en el interior de aquel armario.
No habían dado más que un par de pasos a través de las fétidas aguas cuando el líquido elemento pareció explorar a su alrededor, haciendo que todo el edificio se tambalease. En mitad de aquel caos efervescente, los compañeros pudieron contemplar aterrados a una enorme serpiente amarilla con cabeza de rata gigante y patas también de rata gigante.
El monstruo descabezó de un mordisco al draconiano bozak, arrojando el cuerpo del mismo contra la pared. Cuando la enorme serpiente se giró en el agua, la totalidad edificio se estremeció por un momento antes de derrumbarse sobre todos los presentes.
Malherida tras haber sido golpeada por varias tablas de madera, Iryl emergió de las aguas solo para contemplar con desesperación como los cuerpos exánimes de Grendalas y Belina flotaban sobre las aguas. Como pudo, vadeó en el lodo hasta el guerrero-mago y vertió en sus labios una de las pociones de curación que Belina había encontrado en aquella cabaña.
Aquello le costó caro a la guerrera elfa pues, al momento mismo en que Grendalas abría los ojos, la enorme serpiente-rata surgía de las aguas para destrozar el cuello de Iryl de un terrible mordisco. Con un rugido de furia, Grendalas liberó su hechicería para arrasar con fuego el peludo rostro de aquella criatura, que se desplomó sin vida sobre las turbias aguas.
Con lágrimas en los ojos, el guerrero-mago se acercó a examinar los cuerpos de sus dos compañeras. Por desgracia, ambas habían perdido la vida y poco más había que él pudiese hacer.
Lentamente, Grendalas salió del agua, trepando sobre un montón de escombros, que era todo lo que quedaba del antiguo laboratorio de Tarligor. No supo cuanto tiempo había estado allí antes de que el sonido de una discusión en la lengua de los enanos le sacase de su lacrimógeno estupor.
Una gran balsa se acercaba desde el sur, con cinco rechonchos enanos gully manejándola mientras discutían acaloradamente.
"¿Tú necesita ayuda?" Preguntó uno, sonriendo cuando Grendalas asintió.
"Paga"

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