DT8: Dragones de Krynn - En busca de los dragones (7/9)

Con el corazón aún encogido por la pérdida de sus compañeros en el laboratorio de Tarligor, ahora yaciendo desmoronado bajo las aguas del pantano, Grendalas rescató los cuerpos sin vida de Estrellanegra, Iryl y Belina del cenagoso elemento para subirlas a bordo de la balsa de los gully. Durante todo ese tiempo, los enanos no paraban de discutir acerca de la tarifa que debían cobrarle a ese elfo esmirriado.


Y así, Grendalas pasó en silencio todo aquel perezoso periplo a través de las turbias aguas del pantano hasta que, casi al caer la noche, llegaron a una zona poco profunda, donde el agua cubría apenas treinta centímetros. No obstante, el hedor en aquel lugar era nauseabundo, mucho peor que en cualquier otra parte de aquel oscuro pantano. Un ruinoso poblado de chozas elevadas del agua sobre pilares parecía haber sido dejado caer allí sin el más mínimo cuidado.

Según pudo entender Grendalas, chapurreando lengua enana con uno de los gully, aquel lugar se llamaba Prull. Se trataba de un antiguo poblado de pescadores humano que, años atrás fue invadido por las ratas. Los humanos habían abandonado el lugar y, poco después, los gully se habían establecido allí.

El elfo fue llevado ante el jefe Bluh, líder del clan, quien se encontraba en ese momento cenando una rata asada que había ensartado en un palo. Bluh explicó a Grendalas que debía pagar la ayuda de los gully o sería expulsado del poblado. Para sorpresa del elfo, unas cuantas monedas de cobre bastaron para que el patriarca se diese por satisfecho.

Bluh se mostró maravillado al contemplar la dragonlance que portaba Grendalas, así que decidió nombrarle invitado de honor en Prull.

Los gully le ayudaron a erigir tres piras a la mañana siguiente: para Estrellanegra, Iryl y Belina. No le cobraron dinero por aquello, pues seguramente aquellos pequeños mugrientos eran capaces de ver el dolor reflejado en el rostro del elfo.

Luego, por unas pocas monedas más, Grendalas pudo saber que Bluh y los suyos habían llegado a conocer a Khardra, quien había pasado algún tiempo cazando gullys por el pantano. También conocían a Artha, aquella especie de hechicera vinculada con los dragones negros que atacaron la granja Kwintter, aunque no sabían nada de ella más alla de que era fea.

El elfo se dio cuenta de que aquellos sucios gully sabían mucho más de lo que uno hubiese podído esperar, quizá al pasar desapercibidos gracias a su aspecto inofensivo. Así que Grendalas decidió preguntarles por la repentina desaparición de los dragones.

Bluh reconoció que habían oído hablar de un lugar al cual iban a morir los dragones enfermos, al noroeste. No sabían exactamente donde se encontraba el lugar, pero sabían que estaba junto al mar.

Además, el jefe reconoció saber donde habitaba "El ruidoso", un dragón del color del bronce que, al parecer, gruñía todo el tiempo y parecía estar enfermo. Por unas cuantas monedas más, Grendalas consiguió a un guía enano que habría de llevarle hasta la guarida del dragón.

A la mañana siguiente, un enano llamado Thakhat le guió a través de llanuras secas y desoladas, aunque algo menos desérticas que las del sur. En un viaje de un par de días en el que no tuvieron incidente alguno, se toparon con algunos bosques verdes, amplios pastos y unos pocos poblados campesinos dispersos.

Thakhat guiaba a Grendalas entre un laberinto de árboles hasta la cima de una colina cuando llegó hasta ellos el inconfundible sonido de una batalla, acompañado de poderosos rugidos. El elfo ascendió a toda prisa el trecho que le quedaba para dirigir su mirada después al valle que se encontraba en la vertiente opuesta a aquella por la que habían ascendido.

Un anciano dragón broncíneo parecía defender la entrada a una cueva del ataque de siete enormes ogros. Aunque el reptil estaba cláramente ciego, rugiendo de dolor y frustración, contaba con tres aliados: un enano que lucía el símbolo sagrado de Reorx en su armadura de paladín, una guerrera humana que empuñaba dos espadas simultáneamente y otra humana que vestía la blanca túnica de los magos.

Grendalas no se lo pensó ni un momento, descendiendo a toda carrera la ladera de la colina con su dragonlance en ristre mientras veía por el rabillo del ojo como Thakhat, el gully, se escondía tras una enorme piedra.

El elfo fue recibido por dos ogros que habían detectado su aproximación, uno de los cuales le hirió con su maza. Grendalas pudo ver como la maga, que se llamaba Amalie, estaba siendo acorralada por otros dos de los grotescos humanoides.

Mormus, que así se llamaba el enano paladín, hendió su hacha en uno de los ogros, liberando a la vez una onda sónica con el arma mágica. Los sanguinolentos fragmentos de la mitad superior del torso de la criatura llovieron sobre todos los contendientes.

Mientras el enorme dragón lanzaba su aliento eléctrico de forma errática, sin acertar a blanco alguno, la guerrera llamada Maida se batía con los dos ogros restantes. Hirió a uno con su espada de poder necrótico y finiquitó la existencia del otro con su espada de la zurda, imbuída de energía eléctrica.

Mormus acudió en ayuda de Grendalas y, entre ambos, dieron muerte a los dos ogros que asediaban al elfo. A la vez, Maida decapitaba de un revés al oponente que le quedaba y corría en auxilio de la maga Amalie, que usaba su magia defensiva para evitar los envites del oponente que le quedaba, ya que al otro lo había fulminado al convocar una nube de ácido.

El último ogro no fue rival para las espadas mágicas de Maida, desplomandose sobre un charco de su propia sangre para morir entre estertores.

Mientras todos recuperaban el aliento, aprovecharon para presentarse entre sí, al tiempo que Mormus trataba de tranquilizar al dragón ciego. La sierpe, que respondía al nombre de Thyron, les dio las gracias efusivamente, invitándoles a entrar en su cueva.

El enorme reptil les guió a tropicones hasta el interior, donde todos se acomodaron entre el abundante tesoro de la sierpe.

En el interior, Grendalas descubrió que aquel grupo de aventureros se hallaba, igual que él, intentando averiguar lo que estaba sucediendo con los dragones. Cuando sus recientes aliados le preguntaron con interés por la dragonlance que empuñaba, les contó toda su historia, desde que partiese de Hermosos Prados con sus compañeros.

Thyron, por su parte, les contó que había resultado cegado durante un combate que se produjo cuando habia descubierto a un hombre y una mujer "robando la luz de la luna y las estrellas". Según les explico, la luz de los astros era vital para los dragones. De modo que, al abalanzarse sobre esas personas, ellas le habían cegado.

El dragón no quiso hablar más, rogando a los aventureros que le habían salvado que se marchasen, ya que quería descansar. Con los rezongos de Mormus acerca de lo desagradecidos que eran aquellos reptiles, los visitantes decidieron marcharse.

Ya fuera de la cueva, Grendalas les presentó a Thakhat, el guía gully. Antes de que el sucio enano regresase a Prull, les preguntó a todos si querían ver como el dragón aullaba y hacía aparecer una ciudad. Intrigados, los compañeros se miraron entre sí antes de asentir.

El gully les indicó que debían aguardar a la noche.

Más o menos al llegar la medianoche, Thyron surgió de su cueva para levantar su rostro ciego hacia el cielo. Comenzó entonces a rugir con una potencia atronadora. Entonces, el grupo pudo contemplar cómo unas nubes plateadas comenzaban a surgir en torno a la luna y, poco después, se apartaban para que se materializase la forma de una magnífica ciudad erigida sobre un islote que flotaba en el cielo estrellado.

Pero al poco de aperecer, la ciudad volvió a desvanecerse. Entonces, Thyron permaneció un rato inmovil, con el ciego rostro alzado hacia el cielo, antes de regresar a su cueva.

Como era de esperar, Thakhat no tenía explicación para aquello, simplemente lo había observado con anterioridad. Según el gully, siempre sucedía del mismo modo. Así que, a la mañana siguiente, después de despedir a Thakhat, quien tomó el camino de regreso a Prull, los compañeros decidieron preguntar al dragón sobre lo que habían visto.

Para sorpresa de todos, Thyron se mostró bastante hostil y amenazador, echando a sus salvadores de la cueva entre rugidos y amenazas.

Tras conjeturar un rato sobre lo suciedido y sin hayar demasiadas respuestas, los compañeros decidieron explorar el noroeste ya que, según le dijo Bluh a Grendalas, allí había un lugar donde iban a morir los dragones. Quizá allí encontrasen alguna respuesta más.

El grupo no llevaría ni medio día en camino cuando se topó con la lastimosa imagen de tres hombres tendidos en una zanja, al borde de la muerte. Mormus se apresuró a emplear su imposición de manos para sanar a aquellos sujetos que dijeron ser ciudadanos de Ohme.

Al parecer, estaban explorando el lugar en busca de lugares donde excavar nuevos pozos cuando habían sido rodeados por un grupo de cinco minotauros. Aquellas criaturas les habían preguntado si habían avistado a algún dragón recientemente. Después de que los hombres les respondieran negativamente, les habían atacado; abandonándolos allí al darles por muertos.

Ohme estaba a un día de camino hacia el noroeste, por lo que los compañeros decidieron escoltar a aquellos hombres hasta su poblado. Caminaron el resto del día, averiguando por medio de aquellos ciudadanos que Ohme era un poblado de una trescientas personas que casi no había resultado afectado por la Guerra de la Lanza. Sin embargo, la actual presencia de una ejercito dragonil en Nordmaar les tenía bastante inquietos y a la defensiva.

Durante la noche, fueron testigos de un inusual fenómeno meteorilógico: una fina nieve plateada que se fundía apenas tocaba el suelo. Pese a resultar inofensiva, a todos les pareció bastante inquietante, tanto por la naturaleza argéntea de la nieve como por ese tipo de precipitación en aquel clima tan cálido.

A media mañana del día siguiente llegarían a Ohme, donde aquellos tres hombres les llevaron ante los líderes de la localidad: el general Thur, el general Harlison y el general Prentice. Los tres jerifantes se mostraron bastante impresionados al contemplar la dragonlance de Grendalas y les invitaron a todos a quedarse en Ohme como invitados en agradecimiento por haber salvado a sus tres ciudadanos.

Aquella noche, durante la cena en la taberna local, Grendalas y Maida intercambiaban anécdotas de combate con el general Thur. Por el general supieron que Khardra había estado en Ohme un mes atrás, preguntando por el hechicero Jorjan; un mago especializado en el clima. Nadie sabía nada de aquel hombre, así que Khardra se había marchado bastante enfadado.

Mormus, que hablaba de las excelencias de la artesanía enana ante un interesadísimo general Harlison, que le ´reconoció al paladín que llevaban años sin detectar actividades preocupantes del ejército draconil de Nordmaar. Harlison pensaba que Thur y Prentice estaban algo paranoicos con el tema.

Por otra parte, Amalie no se contenía a la hora de coquetear con el apuesto general Prentice, quien le hablo de una extraña muchacha resplandeciente que varios pueblerinos habían avistado en los prados del norte y de la cual se decía que estaba maldita. Además, le dijo que se rumoreaba que los dragones estaban subiendo costa arriba a morir.

Así, a la mañana siguiente, el grupo decidió tomar el camino de la costa hacia el norte. Se movieron a través de una llanura baja y plana de playas arenosas bordeadas por montañas grises. El clima era algo más templado que en las regiones del sur, quizá porque la brisa aliviaba algo el calor.

La aguda visión de Grendalas detectó una delgada columna de humo a lo lejos, más o menos al mediodía. Se intuía que podía tratarse del humo típico de algún tipo de campamento, así que Maida y él decidieron acercarse a echar un vistazo.

Se arrastraron con cautela hasta una duna de la playa para descubrir un campamento con algunas tiendas de lona en el que unos doce minotauros thoradorianos estaban preparándose para la marcha. Por desgracia, no se percataron de los otros dos minotauros que ejercían de centinelas y que sí les habían detectado a ellos.

La voz de alarma de los centinelas puso en movimiento a los minotauros del campamento, que rápidamente comenzaron a ascender la duna empuñando sus hachas de batalla. A la vez, Mormus y Amalie también corrían hacia el lugar, prestos a auxiliar a sus compañeros.

La magia combinada de Grendalas y Amalie hizo estragos entre los hombres-toro, mientras que las espadas mágicas de Maida sajaban y rajaban repartiendo alternativamente energía necrótica que consumía el alma y descargas eléctricas que chamuscaban la calma. Mormus, gritando el nombre de su dios Reorx, irrumpió en el cuerpo a cuerpo asestando golpes con su hacha de guerra sónica, que hacía volar por los aires a los objetivos que impactaba.

En muy poco tiempo, los cadáveres de trece minotauros thoradorianos yacían sobre la arena de aquella playa. El único superviviente, agonizaba de rodillas frente a los compañeros, con el filo del hacha de Mormus en la garganta.

El reo les contó que formaba parte de la tripulación de un barco de guerra thoradoriano que habían fondeado costa arriba, como a un día de camino. La tripulación contaba con unos sesenta minotauros, aunque muchos patrullaban la zona en contingentes parecidos a aquel que habían aniquilado los compañeros.

Según contó el prisionero, el barco se hallaba en una expedición de exploración para evaluar la importancia estratégica del norte de Estwilde. Si se producía una nueva guerra, los minotauros pretendían usar esa información para congraciarse con los Altos Lores.

También les contó que, días atrás, habían encontrado una cría de dragón plateado aquejada de una extraña enfermedad que la cubría de manchas púrpuras y hematomas. Los minotauros habían matado a la cría y esperaban ofrecerla como ofrenda a los Altos Lores.

En vista de que aquel abyecto minotauro no tenía más información que proporcionar y, en castigo por sus crímenes, Mormus le proporcionó una rápida y piadosa muerte haciendo que su cabeza rodase sobre la blanca arena de aquella playa.

El grupo no tardaría mucho en decidir que la presencia de aquel barco era un peligro para la seguridad de la región. De ese modo, se dispusieron a continuar la marcha con la intención de acabar con esa amenaza. Además, el barco estaba en su camino hacia el misterioso cementerio de dragones.

Tras pasar una noche sin contratiempos, inciaron el camino al alba. No mucho más tarde avistaron un gran barco de guerra anclado a medio centenar de metros de la orilla. Desde un risco cercano, pudieron contar hasta veinticinco minotauros a bordo del barco.

El grupo tomó la decisión de acercarse nadando hasta el barco y, una vez allí, encaramarse y abordaro. Amalie aguardaría en el risco hasta que sus compañeros estuvieran abordo para transportarse mágicamente a la cubierta.

Aguardaron a la noche ocultos en el risco y luego, tal y como habían planeado, comenzaron a nadar hacia el barco. Tanto Mormus como Grendalas y Maida se vieron obligados a dejar sus armaduras atras con el fin de que el peso de las mismas no les arrastrara hasta el fondo.

Por desgracia para el grupo, Mormus (como buen enano) no se encontraba demasiado cómodo en el líquido elemento. Sus chapoteos no tardaron en llamar la atención de los centinelas del barco. Desde la balaustra, dos pares de ballestas comenzaron a disparar hacia los compañeros, hiriendo tanto al propio Mormus como a Grendalas.

Sin pensárselo dos veces, Amalie se teleportó a la cubierta del barco, donde inmediatamente pasó a convocar a un aullador. La famélica bestia extraplanar pronto se arrojó sobre los ballesteros. Por desgracia, más minotauros comenzaban a aparecer en cubierta, por lo que la maga adoptó el estado de invisibilidad.

Grendalas, Mormus y Maida treparon por el cabo del ancla hasta la cubierta. El enano había consumido todo su poder para sanar las heridas de los virotes que le habían alcanzado y, aún así, estaba en un estado muy crítico. La guerrera había resultado herida, aunque de menor gravedad, así como Grendalas.

La situación se tornaba muy complicada por momentos: uno de los minotauros había logrado golpear a Amalie, quien había perdido su invisibilidad. Un par de golpes más habían acabado con el cuerpo de la maga desplomado en el suelo, sobre un charco de su propia sangre. Inmediatamente, el aullador convocado mediante la hechicería se había desvanecido.

Mientras Grendalas le arrojaba su poción de curación al paladín, los tres compañeros en pie contemplaban como unos veintitrés enemigos se abalanzaban sobre ellos, enarbolando sus hachas de batalla entre mugidos coléricos.

Con increible bravura, el trío de héroes se defendió de la maraña de minotauros. Mientras Maida ensartaba y decapitaba con sus dos espadas, Grendalas extinguía sus últimas briznas de magia antes de emplear la dragonlance para ensartar enemigos. Al tiempo, Mormus descargaba potentes golpes con su hacha mágica, haciendo que la onda sónica catapultase enemigos sobre la balaustra.

Maida decapitaba a su último contrincante justo cuando Grendalas extraía su lanza del pecho del que también era el último minotauro que quedaba frente a él. En ese momento, el pesado hachazo de otro minotauro descendió sobre Mormus, arrebatándole la vida al paladín enano. La dragonlance de Grendalas vengó su muerte casi al instante.

Finalizada la batalla, la guerrera y el elfo corrieron hasta Amalie quien, por suerte, aún continuaba con vida. Rebuscando entre las ropas de la maga, Maida encontró una poción de curación, que vertería de inmediato en los labios de su compañera, haciendo que recuperase la consciencia.

Una vez se hubieron tomado unos minutos para asimilar la muerte de Mormus, los apesadumbrados compañeros se dispusieron a registrar el barco. No encontraron más que el cadáver de aquella cría de dragón de la que les había hablado el minotauro que capturaron, así como unas mil quinientas monedas.

Por último, antes de saltar al agua para regresar nadando a la orilla, Amalie emplearía su magia para incendiar las velas del barco. Cuando los compañeros ganaron la orilla, el navío minotauro ya escoraba en las negras aguas para hundirse mientras las llamas lo devoraban.

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