DT8: Dragones de Krynn - En busca de los dragones (8/9)

Tras haber reducido a cenizas el navío de los minotauros de guerra thoradorianos, combate en el que perdió la vida Mormus, el enano paladín de Reorx; el grupo formado por la humana guerrera Maida, el guerrero-mago elfo Grendalas y la maga humana Amelie prosiguió su camino por la costa hacia el norte, en busca de aquel misterioso cementerio de dragones que parecía estar relacionado con todo lo que últimamente estaba ocurriendo.

Era casi medio día cuando el grupo divisó una bandada de cuatro ojos-ala que volaba a unos treinta metros de altura. Las abyectas criaturas dieron apenas un par de vueltas en círculo sobre el grupo antes de comenzar a alejarse de nuevo. Antes de conseguirlo, uno de los ojos-ala caería abatido por un rayo eléctrico convocado por Grendalas, mientras que un segundo ser moriría por un certero impacto de la honda de Amalie.

No tardaron en cambiar la aserrada costa por un enorme prado de alta hierba y tréboles de grandes hojas. Allí, se toparían con un elfo kagonesti que se hallaba preparando su campamento en plena llanura. El explorador de orejas puntiagudas pareció tranquilizarse ante la presencia de Grendalas. Al parecer, aquel elfo salvaje llamado Sudryal, seguía la misma pista que los compañeros, preocupado por todo lo que estaba ocurriendo en la región.

Así, el grupo y su nuevo integrante procedieron a pasar la noche con vistas a proseguir su camino con las primeras luces del alba. Sin embargo, aún les aguardaban sorpresas desagradables para aquella noche.

Un grupo de veinte minotauros thoradorianos se aproximaba a los compañeros aprovechando la oscuridad de la noche. Amalie se maldijo por no haber dispuesto ninguna protección mágica en torno al campamento.

Sudryal, el elfo salvaje, disparó certeramente su arco mágico; cuyas flechas se tornaban en ácido en pleno vuelo para sisear aterradoramente cuando impactaban sobre los hombres- toro. Al tiempo, Maida retrocedía como podía ante las toscas hachas de cuatro oponentes.

Grendalas empaló a un enemigo con su dragonlance mientras descargaba una oleada de fuego mágico contra otros cuatro a la vez que Amalie despedazaba con un golpe de rayo al minotauro que acababa de herirla con su hacha.

Bastante herida, la guerrera Maida terminó por imponerse a sus rivales. Jadeando mientras sangraba por la multitud de heridas abiertas, gritó de rabia al ver como Amalie caía bajo las hachas de dos minotauros que, posteriormente, serían aniquilados por Sudryal y Grendalas.

Apesadumbrados, los compañeros aguardarían al alba para enterrar los restos de la maga. Descartaron incinerarlos debido al riesgo de que el humo fuese detectado por algún potencial enemigo enemigo. Luego, en doloroso silencio, prosiguieron su camino.

Apenas un par de horas después, se toparían con una figura que se acercaba caminando en sentido contrario. Al percatarse de que se trataba de un kender, los compañeros se relajaron (aunque todos decidirían no perder de vista sus bolsas). El pequeño humanoide resultó ser un bardo llamado Laster que se dirigía a Ohme.

Según les contó el kender, de forma extrañamente despreocupada, había visto a un batallón de un ejército dragonil avanzando en la distancia. Contó más de doscientos soldados, ya que obviamente se acercó a echar un vistazo. Muchos de aquellos hombres iban a lomos de caballos provistos de armadura.

Preocupados por esta revelación, los compañeros decidieron desandar su camino por el prado y regresar a la costa para continuar hacia el norte. Necesitaban toda la ayuda que pudieran obtener así que, a pesar de las reticencias de Maida, pusieron al kender al tanto de lo que estaba ocurriendo.

Como era de esperar, toda aquella aventura emocionó notablemente al pequeño humanoide, que decidió acompañar al grupo sin dudarlo ni un momento; prometiendo que su música y poesía elevarían el espíritu heroico de los compañeros para llevarlo en volandas hasta el triunfo.

Desandar el camino les llevó casi toda la jornada, por lo que acabaron acampando en la costa. Por suerte, aquella noche transcurrió en calma, con lo que Sudryal y Maida pudieron recuperarse de sus heridas.

Por la mañana, prosiguieron el camino al norte hasta toparse con unas altas formaciones rocosas de granito que, según se intuía, circundaban un área extensa cerca de la costa. Los compañeros decidieron escalar esos riscos, bastante verticales y sin demasiados agarres.

De hecho, Laster llegó a perder agarre durante su escalada y solo sus inesperados conocimientos mágicos le salvaron la vida; haciendo que su caída se convirtiese en un descenso lento y suave, como el de una pluma.

Tal y como sospechaban los compañeros, aquellos altos riscos rodeaban una ensenada de deslumbrante arena blanca. Allí, los huesos de cientos de dragones se blanqueaban al sol.

Pero allí había algo más.

Un dragón dorado joven, yacía tendido con el cuerpo cubierto de horribles hematomas y manchas purpura. Junto a él, observando su terrible agonía, se encontraba una mujer a la que Grendalas reconoció como Artha. Aquella mujer obesa y de aspecto demacrado era la misma que encontró en el pasado dirigiendo a los dragones negros que atacaron la Granja Kwinter.

Rápidamente, el grupo corrió a socorrer al dragón. Percatándose, Artha les dedicó una mueca de desprecio antes de alzar las manos; que refulgieron con una luz verdosa y enfermiza. Justo en el mismo momento en que la mujer desaparecía, los cercanos huesos de los dragones muertos comenzaron a agitarse.

De entre el mar de huesos se alzó el imponente y enorme esqueleto de un dragón. La bestia no-muerta parecía haber sido alzada de los restos de un dragón blanco, demasiado desarrollado para ser un espécimen joven, pero demasiado joven para ser un adulto.

Sea como fuere, el dragón no-muerto agitó sus esqueléticas alas mientras se arrojaba en un vuelo rasante sobre el grupo con un enfermizo resplandor verdoso en las cuencas de sus malignos ojos.

Un acorde del laúd que portaba Laster bastó para alzar un muro mágico ante el grupo, justo a tiempo para interponer la magia protectora entre ellos y el aliento necrótico del dragón. Rápidamente, Sudryal correría sobre la blanca arena para descargar una lluvia de flechas de ácido sobre el flanco de la bestia.

Dado que su espada necrótica era del todo ineficaz contra aquel monstruo no-muerto, Maida se encomendó a su espada eléctrica. El filo de acero crepitaba en rayos al impactar una y otra vez, de forma incansable, contra la estructura ósea de la criatura.

Laster intentó convocar su magia, pero el dragón no-muerto se anticiparía asestándole un terrible coletazo que le dejó al borde de la muerte. Ese momento fue aprovechado de inmediato por Grendalas, quien se escurrió bajo el monstruo para destrozar con su dragonlance el esternón de la criatura.

La esencia draconil del no-muerto pareció responder ante la dragonlance, haciendo que la magia que lo animaba se desvaneciese en una explosión que arrojó pedazos de hueso por todas partes. La onda expansiva tumbó a los compañeros, haciéndoles rodar sobre la arena.

Rápidamente, los compañeros se acercaron a atender a Laster que, ajeno a su propio y penoso estado de salud, reptaba por la arena hacia el dragón dorado.

El dragón les recibió con una sonrisa cansada, lamentando que ya era demasiado tarde para él. Saramber, que así se llamaba, les explicó que existía un vínculo místico entre la gente buena y los dragones buenos de Krynn; un lazo creado por los dioses y que había existido desde el principio de los tiempos.

A través de la confianza, la cooperación y el respeto, el lazo permanecería fuerte. Pero cuando las dudas y la desconfianza lo amenazaban, el sufrimiento se cernía sobre las gentes y los dragones.

Saramber susurró que la pérdida de luz en las lunas y estrellas había debilitado a los dragones, pero el debilitamiento del vínculo con los humanos era lo que más estragos estaba causando. La mujer llamada Artha y Khardra eran, según el dragón dorado, los responsables de robar la luz de las lunas y las estrellas.

Entre estertores, Saramber les contó que la abyecta pareja tenía muchas guaridas, pero que cuando las lunas estaban llenas, se reunían en el Pico de las Nubes, el punto más alto de las montañas Astivar.

Un grupo de dragones buenos, amigos de Saramber, se preparaban para asaltar el Pico de las Nubes con la próxima noche de lunas llenas. El dragón les rogó que convenciesen a aquellos congéneres del valor que poseían, ayudando a iniciar la restauración del vínculo.

Las últimas palabras de Saramber, el dragón dorado, fueron:

Encontrad a los dragones buenos dentro de la montaña que no arroja sombra. Ayudadles si podéis”.

Dicho esto, expiró.

Con lágrimas en los ojos tras presenciar la muerte de tan majestuosa criatura, los compañeros abandonaron en silencio el cementerio de dragones en dirección a las montañas de Astivar.


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