(Scrap): El Despertar del Caos Reptante (2/2)

Tras derrotar al Culto del Caos Reptante en la ciudad de Pudale y descubrir que la maligna secta pretendía invocar al mismísimo Nyarlathotep en las ruinas de una antigua ciudad llamada Kadath, situada en el Desierto Gélido, el grupo formado por Alshana, Cinthork, Brilvak, Thaldus y Neshim se puso inmediatamente en camino. Sabían que el tiempo jugaba contra ellos y tenían la firme intención de evitar que el Dios de la Lengua Sangrienta pusiese siquiera uno de sus sucios tentáculos en el reino de Ceattania.


El Desierto Gélido era un lugar desértico y hostil, donde el viento gélido y el frío intenso reinaban en el paisaje. Se trataba de un desierto polar que se prolongaba por miles de kilómetros, tapizado de hielo y nieve que apenas sostenía vida alguna. El sol lucía con una luz débil y borrosa, y la noche era larga y tenebrosa. El silencio era total, interrumpido solo por el quebrar de las capas de hielo que se resquebrajaban y movían.

Por suerte para los compañeros, la habilidad de Alshana como exploradora les ayudo a moverse por terrenos propicios para el avance, así como a usar los escasos accidentes del terreno como cobertura ante el gélido viento de aquel desierto. Hubo un momento, sin embargo, en que el frío pareció hacer algo de mella en Brilvak, por lo que Cinthork tuvo que invocar el poder de Agaaz para que el cálido abrazo del Dios reconfortase a su compañero.

Tras varios días de larga y penosa marcha, llegaron a un lugar en el cual se alzaban unas montañas escarpadas, formadas por rocas grisáceas, que el viento y el hielo habían erosionado, y que se elevaban hasta el cielo como agujas gigantescas. Las montañas estaban cubiertas de una capa fina de nieve que resbalaba y se deslizaba por las grietas, causando aludes y desprendimientos. El aire era frío y seco, y la atmósfera era tenue y opaca. La escalada era complicada, debido a lo escarpado del terreno, y a los aludes y desprendimientos.

Alshana abrió la escalada, tendiendo luego la cuerda para que el resto de sus compañeros pudieran subir. Mientras que resultó extremadamente fácil para Neshim y Thaldus se mostró solvente a la hora de ascender, Brilvak necesitó que Cinthork le cargase a su espalda; pues el mago era consciente de que aquello era un desafío físico que le excedía.

Al llegar a la parte más alta de esas montañas, los personajes encontraron una pareja de figuras de piedra colosales guardando el único paso en las montañas.

El grupo permaneció a una distancia prudencial mientras Cinthork se acercaba a examinar las colosales estatuas. Cuando el minotauro estaba a apenas una decena de metros de estas, las enormes moles de piedra comenzaron a moverse. Los lentos y torpes movimientos iniciales pronto se convirtieron en una rápida carrera hacia el paladín de Agaaz.

Cinthork esquivó los golpes de las dos imponentes criaturas, contraatacando con su martillo solo para descubrir que este impactaba inofensivamente contra el resistente cuerpo pétreo de las criaturas. En ese momento, tanto Thaldus como Neshim corrieron hacia Cinthork y los gigantes mientras que Alshana cargaba una flecha en su arco y Brilvak comenzaba a musitar arcanas palabras.

Las flechas de Alshana tenían mucha dificultad para alcanzar el blanco a causa de la gélida ventisca que azotaba el lugar, a pesar de lo enorme del blanco. Si bien, finalmente, la arquera elfa logró corregir el tiro y hacer que sus proyectiles percutiesen en una de las colosales criaturas. La princesa liosalfar maldijo a causa de la frustración cuando pudo comprobar que sus letales flechas resultaban inofensivas contra aquel cuerpo de piedra.

La bola de fuego invocada por Brilvak, sin embargo, si pareció causar algún daño en uno de los gigantes de piedra; aunque a todas luces no pasó de una enorme mancha quemada que hizo desprender algunas piedrecillas de la espalda del gigante. Mientras, tanto Thaldus como Neshim comprobaban que sus armas tampoco causaban daño a aquellos monstruos.

Si bien los gigantes eran lentos y torpes, parecía que fuesen casi invulnerables. Aquella era una batalla que quizá los compañeros pudiesen ganar, pero sería a costa de un gran desgaste y, lo peor, de emplear un tiempo que sabían muy valioso.

Neshim fue, probablemente el primero en darse cuenta de esto, así que exhortó a sus compañeros a abandonar el lugar a toda carrera. El Maestro de Asesinos confiaba en que aquellas lentas moles no fuesen capaces de seguirles montaña abajo. Sin más, Neshim comenzó a correr montaña abajo.

El resto del grupo no tardó en seguirle, a excepción de Cinthork, quien permaneció atrás batiéndose con los gigantes de piedra a fin de evitar que estos persiguiesen a sus compañeros. Finalmente, cuando ya todos estaban a salvo, el minotauro dio media vuelta y comenzó a correr para alejarse de allí. Por suerte para él, ninguna de las dos descomunales rocas que los gigantes le lanzaron llegaron a impactarle.

Tras tomarse unos momentos para recuperar el aliento, los compañeros iniciaron el descenso de aquellas montañas. Después de varias horas de camino, se vieron ante una planicie inmensa de hielo que se interponía entre ellos y una ciudad majestuosa de construcción escalonada que estaba aún casi a una jornada de camino.

La fría inmensidad no era más que una llanura extensa flanqueada por las montañas enormes que los compañeros habían escalado anteriormente. Mientras avanzaban, Alshana detectó con su aguda vista a varias figuras aladas que sobrevolaban la ciudad: se trataba de unos reptiles voladores enormes, del tamaño de elefantes, dotados de una cabeza de apariencia equina aberrante. Alarmada, la elfa informó a los compañeros de que dos de esos monstruos volaban hacia ellos.

Las flechas de Alshana castigaron a una de las criaturas mucho antes de que esta tocase tierra, donde fue recibida por el martillo de Cinthork, que la hizo tambalearse. El monstruo lanzó entonces una de sus garras contra Alshana, pero el minotauro la apartó a un lado y se interpuso, recibiendo la herida en su lugar. El aberrante ser no tuvo tiempo para mucho más, puesto que la magia de Brilvak la envolvió en un infierno de llamas, haciendo que su cuerpo, ampollado y humeante, se desplomase sin vida en el suelo.

El segundo reptil aterrizó entre Thaldus y Neshim, que lograron evitar los ataques de sus monstruosas fauces con bastante soltura. El asesino lanzó un tajo con su daga que apenas rasgó la membrana de una de las alas de la criatura. Un segundo después, Thaldus hacía gala de una fuerza excepcional a tomar al sujetar una de las astas del monstruo y obligarle a agachar la cabeza para, de un único golpe, decapitarla con su hacha de guerra.

Finalizado el combate, los compañeros tomaron el tiempo justo para recomponerse, ya que sabían que permanecer en aquella llanura no era seguro. Estaban demasiado expuestos a que más de aquellas criaturas se acercasen y, si bien podrían derrotarlas, quizás les retrasasen demasiado.

Y sabían que el tiempo apremiaba.

Casi al anochecer, llegaron a Kadath para encontrar una ciudad muerta, silenciosa y fría, donde solo se escuchaba el viento que soplaba entre las ruinas. Los edificios estaban cubiertos de nieve y hielo, y sus ventanas y puertas estaban tapiadas o rotas. No había rastro de vida, ni humana ni divina, solo sombras y ecos de un pasado remoto. Los personajes sentían un escalofrío que les recorría el alma, y una sensación de vacío y soledad que les oprimía el pecho.

El Monte del Viento Negro se distinguía fácilmente en el centro de la ciudad, coronado por un templo aberrante hecho de obsidiana. Sin embargo, aún les aguardaba una sorpresa más antes de llegar a su destino. Pues una figura aparecería volando a una velocidad vertiginosa entre las calles desiertas de Kadath: era una criatura viperina que tenía una cabeza distorsionada de forma extraña y apéndices con garras enormes y grotescas, que podía mantenerse en el aire con facilidad, usando para eso unas alas membranosas de un tamaño monstruoso.

Cinthork y Alshana retrocedieron rápidamente ante el ataque de la criatura, mientras que Neshim aprovechó para saltar a la grupa del monstruo. Aunque la criatura logró revolverse, hiriendo al asesino y sacudiéndoselo de encima, este había logrado hundir su daga hasta la empuñadura en la espalda del monstruo, dejándole bastante malherido. La magia de Brilvak hizo el resto, consumiendo a aquel ser en una violenta deflagración.

Una vez Cinthork hubo empleado sus poderes curativos para sanar a Neshim, el grupo continuó avanzando por aquellas calles vacías. Extremaron la precaución, pues temían que alguna más de aquellas horribles monstruosidades les saliese al paso.

Según se acercaban al extraño templo, Neshim aprovechó para trepar a uno de los tejados con la intención de echar una ojeada. Sin embargo, tanto la ventisca como la escasa luz del atardecer dificultaban la tarea y el asesino no logró ver nada con claridad. Un segundo más tarde, Alshana trepaba junto a él para que sus ojos élficos, aguzados en la naturaleza, pudieran discernir lo que les aguardaba.

En una explanada ubicada frente al templo oscuro dedicado a Nyarlathotep, en la cumbre del Monte del Viento Negro, la Suma Sacerdotisa Orsine realizaba un ritual extraño en compañía de sectarios. La mujer cantaba cánticos enloquecedores ante un gran obelisco de piedra, mientras los sectarios respondían murmurando una letanía.

Parecía que la invocación estaba teniendo lugar, así que debían de apresurarse.

Según se acercaban al templo, los compañeros comenzaron a percibir un cierto malestar. No se trataba de algo físico, sino más bien espiritual. Fueron rápidamente conscientes de que se adentraban en un lugar maldito, uno donde sus enemigos eran más fuertes por hallarse en terreno profanado.

Bien preparados para lo que se iban a encontrar, los compañeros irrumpieron en el ritual, con Cinthork cargando con su martillo contra la multitud de sectarios al tiempo que Alshana disparaba su arco contra la sacerdotisa. Brilvak golpeó con su magia a la mujer, que retrocedió arrugando el rostro con un gesto de dolor.

Thaldus y Neshim se preparaban para correr tras Cinthork cuando la sacerdotisa trazó un gesto con sus manos. De pronto, el tejido de la realidad se agrietó ante ellos, haciendo surgir de la nada una criatura alada como aquella que les había emboscado en las calles de Kadath. El monstruo se arrojó en un frenesí asesino sobre Alshana, quien se defendía a duras penas, pero Neshim reaccionó rápido para trepar a la espalda del monstruo y apuñalarlo una y otra vez hasta la muerte.

Con aquel inesperado invitado ya inerte sobre el helado suelo, Thaldus y Neshim corrieron juntos hacia la sacerdotisa empuñando sus armas. Con el rabillo del ojo, pudieron ver cómo Cinthork ya había dado cuenta de cinco de los sectarios, aunque siete le rodeaban aún. Pero el minotauro parecía bastante capaz de manejar la situación y, además, consideraron que Orsine era la principal amenaza.

Justo cuando Thaldus y Neshim llegaban hasta la mujer, esta cayó de rodillas e imploró la ayuda de su señor. El enorme monolito se quebró entonces, junto con la existencia misma, dejando que del desgarro planar surgiese una imponente forma de un gigante con tres piernas y un enorme tentáculo rojo donde habría de estar su rostro.

La sonrisa triunfal de Orsine se quebró cuando una de las flechas de Alshana se clavó en su costado. Un momento después, Brilvak desataba un violento ataque mágico sobre Nyarlathotep que, sin embargo, no le causó daño alguno al dios.

Entonces, el enorme tentáculo que hacía de rostro de aquella abyecta deidad golpeó a Neshim, destrozando su cuerpo y esparciendo sus miembros por el lugar. Thaldus fue golpeado por el mismo apéndice, cayendo al suelo desplomado. Solo la increíble fuerza de espíritu de aquel veterano soldado enano hizo posible que este se alzara de nuevo para proseguir con el combate.

El tentáculo de Nyarlathotep se proyectó también hacia Cinthork quien, viéndose perdido, alzó su escudo mientras imploraba la protección de Agaaz. Cuando el apéndice golpeó el metal bruñido, un destello cegador invadió el lugar, disipando el malestar que habían sentido los compañeros hasta entonces por encontrarse en un lugar impío.

La terrible deidad tuvo un momento de desconcierto que Thaldus aprovechó para hendir su hacha en el cuerpo de su enemigo, quien emitió un rugido de dolor. Al tiempo, enardecido por el vuelco que parecía dar el combate, Cinthork continuó con su matanza de sectarios.

Encolerizada, la sacerdotisa del Caos comenzó a preparar algún tipo de sortilegio que, sin embargo, quedo interrumpido cuando la flecha disparada por Alshana se le enterró en el pecho, arrebatándole la vida. A la vez, la magia de Brilvak golpeaba a Nyarlathotep, arrancándole otro rugido de furia.

El dios alzó de nuevo el tentáculo de su rostro para hacerlo descender hacia Thaldus. Viendo esto, Cinthork se zafó con un empellón de los dos únicos sectarios que quedaban combatiendo con él y corrió hacia su compañero. El formidable paladín recibió el golpe de lleno en lugar del soldado enano, y solo su espectacular resistencia o la protección de Agaaz permitieron que no perdiese la vida.

En ese momento, Thaldus empleó las exiguas fuerzas que le quedaban para blandir su hacha de guerra hacia una de las rodillas del dios, amputándole la pierna. Desequilibrada, la deidad cayó al suelo, donde la hoja del guerrero enano se descargó sobre el tentáculo que hacía de rostro y cabeza del ser.

Y así, sobre el helado suelo de aquel lugar maldito, fue como murió un dios.

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