Blades In The Dark - Oblivio Idoli (6/9)
Los compañeros despertaron en la celda común que les había servido de morada durante el último par de días, desde que fuesen capturados por los Guardianes Espirituales tras el robo del Oblivio Idoli en el antiguo mercado de carne de Nightmarket. Aparte del hecho de ser prisioneros, no podían quejarse demasiado: sus captores habían atendido con gran diligencia las heridas de todos, especialmente las de Luther, Florence y Wajeeha, que eran particularmente graves.
Poco después de despertar, un par de guardias, embozados con sus máscaras de bronce como todos los Guardianes Espirituales, les sacaron de la celda. Fueron conducidos por un largo pasillo de piedra hasta un enorme salón circular con aspecto de antiguo templo a alguna deidad ya olvidada. Aunque no podían ver el exterior, el hedor de los cadáveres ardiendo les indicaba sin lugar a dudas que se encontraban en el Crematorio Bellweather.
Una mujer, también enmascarada en bronce, les aguardaba en mitad de la estancia. No se identificó de ningún modo pero quedaba bastante claro que debía tratarse de alguien muy importante en la jerarquía de la facción.
La mujer les explicó que tenía conocimiento de que pretendían entregarle el Oblivio Idoli al Círculo de la Llama. Si bien los Guardianes Espirituales no tenían inconveniente en aquello, había un problema que debía resolverse antes.
Al parecer, el artefacto fue empleado un centenar de años atrás por el Consejo Municipal para afectar la mente de un poderoso demonio llamado Ulmix que estaba mortalmente enemistado con el Lord Gobernador. El Oblivio Idoli había sido configurado para eliminar la memoria del infernal totalmente y en cada momento, sumiéndole así en un estado catatónico.
Por desgracia, el uso errático del Oblivio Idoli podría llegar a dar como resultado el indeseable despertar de ese demonio. En un principio, reconoció la mujer, los Guardianes Espirituales habían planeado devolver el artefacto al Consejo Municipal. Sin embargo, la posibilidad de que fuese robado de nuevo en el futuro o que, por algún evento fortuito acabase dañado o destruido, les causaba preocupación. Ulmix era un demonio poderoso y vengativo, que sin duda alzaría una montaña de cadáveres en Doskvol antes de ser detenido o, al menos, controlado.
Así, la mujer les ofreció un trato: estaba dispuesta a entregar el Oblivio Idoli a los compañeros para que estos, a su vez, lo llevasen hasta el Círculo de la Llama a cambio de que los Gatos Grises sacaran al demonio Ulmix de la ecucación de forma definitiva. Existía un ritual capaz de encadenar al infernal para siempre, pero debía llevarse a cabo en la misma catacumba donde Ulmix descansaba. Para desgracia del grupo, ese lugar se encontraba en el Distrito Perdido, más allá de la barrera de rayos.
Aunque Luther trató de negociar una escolta para que él y sus compañeros se adentrasen en las Tierras de la Muerte con cierta garantía de seguridad, la mujer se mostró inflexible. Su única deferencia fue la de prometerles que dispondrían de un guía, alguien de la facción de los Carroñeros. Los Carroñeros eran mayormente convictos de Ironhook o trabajadores libres desesperados que vagaban por el Distrito Perdido y se refugiaban en lugares protegidos por antiguos ritos.
Luther tuvo que acabar dándose por vencido: no obtendría más colaboración de los Guardianes Espirituales. Por otra parte, la supervivencia de los Gatos Grises pasaba indefectiblemente por entregar el Oblivio Idoli al Círculo de la Llama; de modo que accedió a efectuar aquella misión suicida.
Una hora después, los compañeros se encontraban a bordo de un bote de remos que se mecía sobre las negras aguas de uno de los canales en dirección al distrito de Brightstone. Allí, tras atracar en el margen este del Río Dosk, cruzarían la barrera de rayos para internarse en el Distrito Perdido. Cargaban con ellos cuatro enormes cadenas de acero con incrustaciones de plata en forma de runas, además de un pergamino que le había sido confiado a Wajeeha y que contenía las instrucciones para llevar a cabo el ritual que encadenaría a Ulmix para siempre.
Tal y como les habían prometido los Guardianes Espirituales, un hombre les aguardaba en aquella apartada orilla. Se trataba de un sujeto famélico, con las ropas sucias de ceniza y un aparatoso fusil modificado a la espalda, que se presentó como Wilmer. Sin tiempo de perder, el hombre les condujo hacia una trampilla que se encontraba peligrosamente cerca de la barrera de rayos; la cual crepitaba de modo aterrador a aquella distancia tan corta.
La trampilla les permitió entrar en un pequeño sótano en el cual había una puerta de madera con símbolos arcanos: un sello destinado a evitar que los fantasmas de las Tierras de la Muerte atravesasen la hoja de madera. Aquello indicaba sin lugar a dudas que esa puerta conducía al otro lado de la barrera de rayos.
En el suelo de aquel pequeño sótano se encontraban también apilados seis tanques de oxígeno y sendas máscaras, así como dos extravagantes fusiles a los que alguien había acoplado una aparatosa bobina de cobre, similares a los de Wilmer. Wajeeha se percató enseguida de que aquellas armas habían sido modificadas para disparar algún tipo de pulso eléctrico que les permitiera defenderse de los fantasmas.
Siguiendo las instrucciones de Wilmer, los compañeros se equiparon con los tanques de oxigeno y las máscaras. Igualmente, mientras que Skannon tomó uno de los fusiles eléctricos, Salomón prefirió ceder el otro a Wajeeha, temiendo por la seguridad de su compañera.
Así, los Gatos Grises cruzaron la puerta del sello unos minutos después, caminando tras Wilmer por un oscuro pasillo. Las paredes de roca no lograban silenciar por completo el crepitar de la barrera de rayos, que llegaba amortiguado desde el exterior. Tras unos treinta metros de travesía, llegaron a una reja oxidada que su guía apartó sin muchos problemas para que todos pudiesen salir al exterior.
Ninguno de los compañeros había estado antes en el distrito perdido, por lo que aquella visión les encogió el corazón.
Absolutamente todo estaba cubierto por una densa capa de cenizas, como si aquel polvo grisáceo hubiese llovido durante años sobre los edificios de aquel distrito que antaño fuese un barrio pudiente. Los árboles petrificados parecían huesos emergiendo aquí y allá, mientras que la enfermiza neblina saturaba la atmósfera de un modo amenazador.
Wilmer les sugirió que no se quitaran las máscaras o morirían en pocos minutos. Igualmente, les indicó que estuvieran atentos ante la presencia de cualquier fantasma que quisiera acercarse: los espiritus hambrientos plagaban aquella zona, ansiando alimentarse de las almas de los vivos.
Con esta alegre perspectiva en mente, el grupo comenzó a moverse a través del distrito perdido hacia la zona en la que se encontraban las catacumbas en las que, según los Guadianes Espirituales, yacía Ulmix.
Las amplísimas calles lucían ahora desoladoras, con el empedrado cubierto por aquella densa capa de ceniza que lo cubría todo mientras el grupo caminaba en silencio. Era como si temiesen llamar la atención de los fantasmas, y quizá era así. Así continuaron por casi una hora, cruzando las moribundas ruinas que eran ahora el distrito perdido.
Sin embargo, toda aquella quietud no duraría más, ya que una serie de relinchos rompieron el silencio. Súbitamente, tres jinetes a caballo aparecieron a cada flanco del grupo, surgiendo de varios callejones perpendiculares a la calle por la que transitaban los Gatos Grises. Iban equipados con máscaras y tanques de oxígeno, mientras que sus monturas llevaban adaptado un dispositivo de respiración similar. Tanto la factura de las espadas que empuñaban cuatro de ellos, los otros dos sostenían fusiles de chispa, como el acento severosí de la mujer que les comandaba al gritar las arengas no dejaban lugar a muchas dudas.
Los Clavos Plateados.
Uno de los jinetes severosíes disparó su fusil, impactando en el hombro de Luther que, sin embargo, hizó surgir la pequeña pistola oculta en su manga para detonarla contra el rostro de su oponente, que ya cargaba espada en mano para rematarle. El cráneo del Clavo Plateado saltó en pedazos.
A la vez, Florence intentaba ponerse a salvo junto con Wilmer; aunque recibió un feo tajo en la espalda de uno de los Clavos que, inmediatamente, se desplomaría por un certero disparo de Skannon, quien descargó su segunda pistola sobre otro severosí que acababa de dispararle a su vez con el fusil, rozando su muslo. También ese enemigo cayó muerto.
Salomón fue embestido por uno de los jinetes, cayendo al suelo desde donde, sin embargo, pudo disparar su trabuco contra el vientre del animal. Mientras las vísceras llovían sobre él, las postas atravesaban el cuerpo del equino para mutilar la pierna del Clavo, que caería al suelo entre alaridos de dolor.
Wajeeha, por su parte, usó su cerbatana para disparar un par de dardos contra la oficial de los Clavos quien, sin embargo, empleó con destreza su hoja para desviar ambos proyectiles; espoleando luego al caballo para que cocease a su oponente. La alquimista cayó al suelo, notando como probablemente, alguna de sus costillas se había fracturado ante el brutal impacto de los cascos.
Desde el suelo, sin pensarlo, Wajeeha echó mano del fusil eléctrico y lo disparó contra la mujer. Un relámpago surgió de la bocacha del arma para envolver en un instante tanto a la mujer como a su montura. El alarido de la oficial se mezcló con los agónicos relinchos, el crepitar eléctrico y el hedor a carne socarrada. Apenas duró un segundo antes de que la bestia se desplomase muerta y el cuerpo, también exánime, de su jinete rodase sobre la ceniza.
El último jinete que quedaba en pie empleó sus espuelas para hacer girar a su montura y emprender la huida. Skannon apuntó un instante antes de abrir fuego con una de sus pistolas para abatir por la espalda al Clavo Plateado con un disparo realmente formidable.
El grupo aún estaba felicitándose por la victoria cuando una serie de aterradores gemidos resonó en toda la calle. Desde varios puntos, las figuras translúcidas comenzaban a aparecer, con sus malignos ojos fijos en los Gatos Grises. En la propia esencia de los fantasmas podía percibirse el hambre por alimentarse de la esencia vital de los miembros del grupo.
Wilmer les gritó lo evidente: que los fantasmas habían sido atraidos por el combate con los Clavos Plateados. Sin tiempo que perder, el Carroñero comenzó a correr en dirección noroeste mientras animaba a los compañeros a seguirle.
Skannon le entregó rápidamente el fusil eléctrico a Florence, pensando que con aquel arma en las manos su compañera estaría más segura. Luego, todos comenzaron a correr tras Wilmer mientras una auténtica jauría de espectros les perseguía.
Apenas un par de calles más adelante, Luther sería alcanzado por dos espectros que se encaramaron a su espalda. Con lágrimas en los ojos, Florence contempló como el alma de su amigo era consumida por los espectros mientras el rostro de Luther se tornaba gris y sin vida. La mujer disparó su fusil sobre los fantasmas, que recibieron de lleno el relámpago y huyeron volando mientras emitían horribles alaridos.
Sin embargo, quizá fue un error detenerse, ya que otro espíritu aferró a Florence del brazo. La mujer se sumió en la inconsciencia mientras el espectro comenzaba a vampirizar su alma. Por suerte, el fusil eléctrico de Wilmer alejó al fantasma a tiempo y Skannon pudo echarse al hombro el cuerpo inconsciente de su compañera y reemprender la carrera.
Salomón cayó de rodillas cuando dos espectros le aferraron los tobillos. El ex-soldado notaba como la vida comenzaba a abandonarle cuando un crepitar eléctrico alejó a uno de los espectros. A unos pasos de distancia, Wajeeha sostenía su humeante fusil eléctrico. El fantasma que aún sostenía a Salomón, le soltó rápidamente para abalanzarse sobre la mujer; que no tuvo tiempo de volver a disparar su fusil.
Wajeeha se desplomó en el suelo con el espectro encaramado sobre su pecho. Por suerte, de nuevo Wilmer logró disparar un certero relámpago que terminó por alejar al fantasma. Luego, el Carroñero cargó a la alquimista a hombros mientras le gritaba a Salomón que se levantase y comenzara a correr.
Finalmente, lograron llegar hasta uno de los refugios de los Carroñeros: una pequeña panadería abandonada hace décadas y en cuya puerta podían verse varios glifos arcanos que impedían la entrada a los espíritus. Los fantasmas aullaron furiosos al verse incapaces de alcanzar a sus presas. Los compañeros, por su parte, se dejaron caer, exhaustos.
La situación no era buena: Luther había muerto, habían perdido dos de sus tres fusiles eléctricos y tanto Florence como Wajeeha se hallaban inconscientes. Por otra parte, también Skannon y Salomón estaban exhaustos y heridos. Aún debían llegar a las catacumbas y encadenar al demonio Ulmix antes de poder regresar al otro lado de la barrera de rayos, algo que en aquel momento, parecía demasiado lejano.
Ahora solo podían tratar de descansar, aunque fuese por unas horas.
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