Blades In The Dark - Oblivio Idoli (7/9)
Descansar en aquella panadería abandonada no había sido fácil, con los aterradores gemidos de los fantasmas resonando en el exterior, ávidos de las almas de los compañeros. Florence aún sollozaba de vez en cuando, rememorando una y otra vez la muerte de Luther a manos de aquellos aterradores espectros.
Mientras todos descansaban, el carroñero, Wilmer, retiró un par de falsos ladrillos de la pared para extraer lo que Wajeeha reconoció enseguida como instrumental alquímico. Al parecer, aquel hombre no era un simple criminal, sino un "Susurro": un adepto de lo arcano, un médium, una de aquellas personas que doblegaban (o trataban de hacerlo) las fuerzas oscuras para someterlas a su voluntad.
El susurro dedicó aquellas horas a elaborar unas pocas pociones arcanas, un líquido lechoso que resplandecía levemente con un fulgor mortecino. El regusto era horrible, como a leche corrompida, pero los cuatro compañeros pudieron notar muy pronto las propiedades curativas del icor.
Mientras Wilmer limpiaba el instrumental para volver a ocultarlo tras los falsos ladrillos de la panadería, los Gatos Grises debatieron en voz baja la oferta que terminaron haciéndole al susurro: le propusieron unirse a los Gatos Grises. Tras meditarlo unos minutos, el susurro decidió que llevaba demasiado tiempo en las Tierras de la Muerte y le apetecía regresar al lado seguro de la barrera de rayos, de modo que aceptó la propuesta.
Tuvieron que esperar todavía unas horas a que los fantasmas perdiesen el interés y se acabaran alejando del edificio. Aún así, Wilmer salió a hacer un rápido reconocimiento para constatar que era seguro salir al exterior. Después de todo, solo disponían de su fusil eléctrico como arma contra los fantasmas, lo que era mejor que nada, pero no era demasiado.
Comenzaron a moverse de nuevo por las calles cubiertas de ceniza y adornadas por los árboles petrificados. Marchaban en un silencio tenso, con el vello de la nuca erizándose cuando, a lo lejos, se escuchaba el gemido lastimero de algún espectro errante.
Después de un trecho que se les antojó bastante más largo de lo que en realidad fue, los compañeros llegaron a la salida de un estrecho callejón. Desde allí podía contemplarse un antiguo templo consagrado a alguna divinidad desconocida para el grupo, probablemente olvidada y ¿muerta? durante el Cataclismo. Un amenazador cuarteto de fantasmas deambulaba erráticamente en torno al edificio, emitiendo de cuando en cuando su escalofriante aullido.
Una vez Wilmer les hubo indicado que las catacumbas se encontraban bajo aquel templo, los compañeros comenzaron a elaborar un plan para evitar a los espectros y, por supuesto, no atraer a más fantasmas a la zona en su intento de intrusión.
El plan que elaboraron tras unos minutos pasaba porque Florence lograse entrar subrepticiamente en el templo para abrir las puertas desde dentro cuando llegase el momento. Mientras, Wajeeha iniciaría una distracción en una de las casas cercanas con la intención de atraer a los fantasmas. Cuando los espectros se dirigiesen hacia la alquimista, el resto del grupo correría hacia el templo. Luego, Wajeeha tendría que escurrirse para reunirse con sus compañeros. Por desgracia, sabían que aquello podría terminar por atraer a más espectros, pero fue lo mejor que se les ocurrió.
Así, Florence se tomó su poción de silencio, que le permitió moverse sin emitir ruido alguno de callejón en callejón, acercándose cada vez más al templo. Finalmente, tras estudiar el patrón de movimiento de los espectros durante un breve lapso de tiempo, inició un veloz esprint hacia el lateral del templo, donde esperaba poder forzar una ventana para introducirse en el edificio. Las ganzúas de la ratera trabajaron rápido y, un instante después, la mujer se hallaba dentro de aquel desmoronante edificio.
Wajeeha se escurrió hasta una vivienda situada a una calle de distancia. Wilmer iba con ella con la intención de emplear su fusil eléctrico para proteger a la alquimista si llegaba el caso. Por su parte, Salomón y Skannon permanecieron agazapados en el callejón, listos para correr hacia el templo en cuanto los fantasmas abandonasen el lugar.
Dentro de la casa abandonada, Wajeeha logró encontrar unas cortinas raídas que estaban en condiciones de arder. La alquimista empleó dos pedazos de un muebles que por suerte no se había petrificado del todo para intentar producir una llama. Apenas un par de minutos después, la cortina comenzaba a arder, arrojando sus llamas anaranjadas por la ventana mientras Wajeeha y Wilmer corrían hacia la salida trasera del inmueble.
En cuanto los fantasmas aullaron y se movieron hacia el origen de las llamas. Salomón y Skannon corrieron hacia las puertas del templo, que ya estaban siendo abiertas por Florence. Por desgracia, quizá salieron demasiado pronto, pues uno de los espectros se dio la vuelta, con sus hambrientos ojos puestos en aquellos dos vivos que corrían por la calle.
Mientras, Wajeeha y Wilmer corrían por las calles trazando una ruta semicircular que les llevaría al templo dando un rodeo. Sin embargo, tal y como habían temido, las llamas habían atraído a más fantasmas, y se toparon casi de bruces con un espectro que flotaba hacia ellos desde el otro lado de la calleja que cruzaban a toda carrera. Wilmer disparó su fusil eléctrico, cuyo haz electroplasmático impactó de lleno en el no-muerto, haciéndole huir. Lamentablemente, la bobina del arma emitió un horrible chisporroteo que, acompañado de un hedor a cable quemado, indicaba que el fusil había quedado inservible.
Maldiciendo, el susurro arrojó el arma al suelo y continuó corriendo junto a Wajeeha en dirección al templo.
El fantasma que se había dado la vuelta alcanzó a Skannon con sus gélidas garras, arrancando un alarido de dolor y miedo de los labios del ex-soldado. Rápidamente, Salomón intentó ayudar a su amigo, recibiendo también un zarpazo de las espectrales garras del no-muerto. Sin embargo, había distraído al fantasma lo suficiente como para que Skannon pudiera liberarse e intentar huir.
Salomón corrió hacia el templo, donde le esperaba Florence. Skannon, por su parte, intentó alejarse a toda carrera de allí; con la intención de dar un rodeo que perdiese al fantasma para regresar posteriormente a reunirse con sus amigos. Las heladas garras del espectro aún lograron golpear su espalda una vez más antes de que el ex-combatiente lograse dar esquinazo al no-muerto.
Wajeeha y Wilmer se reunieron unos minutos más tarde con Florence y Salomón en el interior del templo, mostrando de inmediato su preocupación por la ausencia de Skannon. Para júbilo de todos, el antiguo soldado apareció muy poco después, con el rostro desencajado a partes iguales por el esfuerzo y el terror.
Florence se aseguró de que las puertas del templo quedasen bien cerradas y todos tuvieron unos instantes para recobrar el aliento.
No les costaría demasiado tiempo localizar la entrada a las catacumbas, la cual estaba ubicada en una pequeña sala existente tras el altar principal. Allí, unas desgastadas escaleras de piedra descendían hacia las más absoluta oscuridad. Por suerte, tras algunos minutos de exhaustiva búsqueda, lograron encontrar algunas lámparas de aceite para iluminar su camino.
Al contrario de lo que temían, orientarse en las catacumbas no les resultó demasiado difícil. Resultó un consuelo, ya que la idea de acabar extraviados en el subsuelo del Distrito Perdido no era algo que a ninguno de ellos le apeteciese.
Se encontraban descendiendo por un corredor ligeramente inclinado cuando un escalofriante chasquido les indicó que alguno de ellos había pisado un resorte. Decenas de agudos silbidos en el aire acompañaron el vuelo de las diminutas cuchillas que, de súbito, surcaron todo el corredor cuando se activó la trampa.
Mientras que Skannon logró rodar a tiempo de que ninguna de las cuchillas lo hiriese, sus compañeros Wilmer, Salomón y Wajeeha no tuvieron tanta suerte, recibiendo bastantes heridas a pesar de lograr apartarse a tiempo de llevarse de lleno la andanada de proyectiles metálicos. La peor parte se la llevó Florence, que no pudo retroceder y acabó por recibir media docena de impactos que la llevaron a desplomarse en el suelo, con la sangre manando por la multitud de heridas. Rápidamente, entre Wajeeha y Wilmer se apresuraron a atender a su compañera.
Como pudieron, con jirones de su propia ropa, entre ambos lograron estabilizar a Florence que, si bien permanecía inconsciente, al menos conservaría la vida. Salomón fue el encargado de llevar en brazos a la ladrona lo que restase de camino.
Por suerte, los compañeros no tardaron demasiado en llegar a su destino: una enorme estancia abovedada con una gran plataforma circular en el centro sobre la que descansaba el enorme cuerpo del demonio Ulmix, sumido en su profundo letargo. La criatura tenía un cuerpo antropomorfo de enormes dimensiones y cubierto por brillantes escamas negras, mientras que su cabeza era la de un enorme sapo dotado de una extraña cornamenta.
Sin tiempo que perder, los compañeros iniciaron el ritual.
Por suerte para los compañeros, disponer de Wilmer en el grupo agilizó bastante la cosa. Mientras que Salomón y Skannon tendían las gruesas cadenas de acero con runas incrustadas de plata sobre el cuerpo exánime del demonio, el susurro consultaba el pergamino que los Guardianes Espirituales le habían entregado a Wajeeha.
Wilmer se afanó durante al menos un par de horas en recitar los complicados salmos del pergamino que, de cuando en cuando, hacían brotar arcos de crepitante energía verdosa de las runas incrustadas en el acero. Finalmente un enorme destello verde derritió los extremos de las cadenas para dejar estas firmemente soldadas a la plataforma. Si alguna vez Ulmix despertaba, les dijo Wilmer, ya no podría escapar de aquel lugar.
El retorno a Doskvol fue complicado, con los compañeros escurriéndose de calle en calle para evitar a los fantasmas que vagaban por las cenicientas callejas y avenidas del Distrito Perdido mientras Salomón cargaba con el cuerpo aún inconsciente de Florence. El conocimiento que Wilmer tenía de aquel lugar, combinado con la pura suerte, fue lo único que permitió que finalmente los Gatos Grises llegasen hasta la trampilla oculta que les permitiría flanquear la barrera de rayos para entrar de nuevo en la ciudad.
El bote de remos se encontraba aún donde lo habían dejado, en la orilla opuesta del distrito de Brightstone, en el margen este del Río Dosk. Salomón depositó con cuidado el cuerpo inerme de Florence antes de ayudar a Skannon con los remos para dirigir el bote hacia Charterhall.
La travesía sobre las negras aguas resultó lenta, casi agónica para aquellos agotados compañeros que cargaban, además, con su compañera incapacitada. Por suerte, parecía que la intensidad con la que los Casacas Azules buscaban a los Gatos Grises había descendido bastante y no se toparon con ninguna patrulla, aunque sí vieron alguna a lo lejos.
Con discreción, lograron llegar hasta el Crematorio Bellweather sin demasiados problemas, donde los Guardianes Espirituales se apresuraron a atender las heridas de Florence. Poco más tarde, aquella mujer enmascarada en bronce que parecía comandar a los Guardianes se reuniría con ellos para escuchar de labios de Wilmer, el único del grupo en el que parecía confiar, cómo los compañeros habían encadenado con éxito a Ulmix.
Así, la mujer prometió que, según lo acordado, entregaría el Oblivio Idoli a los Gatos Grises. Sin embargo, les advirtió que se trataba de un artefacto tan poderoso como peligroso y que quizá sería conveniente devolverlo a manos del Consejo Municipal.
Obviamente, los compañeros no tenían intención de hacer eso, ya que el artefacto era el único modo que tenían de zanjar su deuda con el Círculo de la Llama. No obstante, agradecieron su consejo a la mujer, que se limitó a encogerse de hombros antes de dejar la estancia.
Los Guardianes Espirituales permitieron que los compañeros permaneciesen ocultos en la seguridad del Crematorio Bellweather un par de días más, lo suficiente para reponerse un poco y también lo necesario para que Salomón lograra concertar una cita con Lord Mora, el contacto de los Gatos Grises dentro del Círculo de la Llama.
Por fin tenían en sus manos el Oblivio Idoli y todo aquel asunto estaba cerca de terminar.
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