Kinefall (T1) - Todas las almas de Ripfort (2/9)

Aunque había amanecido casi un par de horas antes, las altas torres de la Catedral de Kinefall aún parecían envueltas en la noche, como si quisieran acompañar la sensación de oscuridad que atenazaba el corazón de muchos ciudadanos aquella mañana. Muchos aún no habían tenido tiempo de asumir todo lo que había ocurrido el día anterior, cuando las calles de la ciudad se habían llenado de hombres armados: gendarmería que parecía actuar bajo el mando de la vieja nobleza.

Los muchachos, con la voz rota y haciendo gala de bastante menos entusiasmo que de costumbre, anunciaban las noticias impresas en los diarios que vendían. Curiosamente, o no tanto, aquella mañana todos los diarios de Kinefall eran el mismo.

“Por fin ha terminado la oscura deriva de nuestro amado Imperio, aquella a la que nos conducía el infame reinado de Marietta III. Hoy los ciudadanos pueden congratularse de que una figura tan respetada como Lord Artemus Scarborough haya tomado las riendas para, en colaboración con las grandes familias que siempre han vertebrado el Imperio, restaurar el rumbo de nuestra nación y apartarnos del camino de depravación por el cual nos conducían tanto la Reina como esos traidores al pueblo que se hacían llamar El Parlamento”.

En algunos callejones, aún oscuros, pequeños grupos de osados se reunían brevemente para intercambiar cuchicheos. Al parecer, la vieja nobleza se había levantado en armas en todas las ciudades del Imperio, sirviéndose tanto de la gendarmería como del propio ejército. Según decían, tanto los miembros del Parlamento como la propia reina Marietta habían sido arrestados y permanecían bajo custodia en el propio Palacio Real.

Los carruajes de vapor no circulaban apenas aquella mañana, salvo aquellos que pertenecían a la gendarmería, que ahora se desplazaban por las empedradas calles de la ciudad con una presencia ominosa, ocupados por los gendarmes; con sus cuerpos llenos de implantes biomecánicos y empuñando fusiles de chispa.


Ni Gertie Catchpole ni su padre, Hennery, tenían la intención de haber ido a trabajar aquella mañana en vista de la situación. Sin embargo, como a media mañana, un carruaje de la gendarmería se había detenido frente a la vivienda familiar. Uno de aquellos hombres llenos de implantes les había informado de que debían acudir a su lugar de trabajo y retomar sus tareas cotidianas o, de lo contrario, podrían enfrentarse a cargos penales por sabotaje.

Atemorizados, Gertie y su padre se encaminaron hacia Mermaid Harbor con la cabeza gacha, como casi todos aquellos ciudadanos que esa mañana parecían obsesionados en dirigir la mirada únicamente a la puntera de sus mocasines. De camino, vieron a varias personas sonrientes, destacando entre el ánimo sombrío general como faroles en la noche. Todos ataviados con ropas caras, hombres y mujeres pegaban en las fachadas carteles con el retrato de Lord Artemus Scarborough en los cuales se podía leer “Celebremos el nacimiento del Nuevo Imperio”.

Ya en el puerto, el padre de Gertie se encaminó a las plataformas de repostaje, su habitual puesto de trabajo. El cielo del puerto estaba ocupado por decenas de enormes dirigibles oscuros, aeronaves militares que parecían haber tomado por completo el aire. Gertie no pudo evitar que el malestar le produjese cierto nudo en el estómago.

Tras llegar a los talleres, la muchacha comenzó a trabajar en la transmisión de un carruaje de vapor averiado. Las manos le temblaban aquella mañana, aunque logró ponerse a trabajar sin que ninguna de las herramientas fallase en su cometido.

Estaba finalizando el trabajo cuando pudo escuchar cierto revuelo en el exterior. Tras limpiarse la grasa de las manos, Gertie se encamino hacia el origen del barullo. Con gesto distraído, guardó la última llave metálica que había utilizado en su cinto de herramientas mientras se encaminaba hacia una multitud que parecía haberse congregado en la explanada frente a los talleres.

Varios de los operarios del puerto, estibadores y personal de mantenimiento, observaban con gesto preocupado como su propio padre y Louie, otro de los mecánicos del puerto, discutían con alguien. Gertie no tardó en divisar a la media docena de gendarmes que acompañaban al hombre que parecía estar al cargo: un hombre con un austero traje negro cuya mitad derecha del rostro era un implante mecánico. En la cuenca de aquella mitad robótica, un ojo rojizo refulgía mientras se movía con un ligero zumbido, sin duda evaluando a los más de quince operarios.

Aquel hombre se identificó ante los presentes como el capitán de gendarmería Gideon Fisher. Al parecer, el Nuevo Imperio acababa de declarar al Sindicato Portuario como una organización criminal, ya que su fundación había sido amparada por el corrupto y decadente Parlamento. Así, se había cursado una orden de detención contra sus dirigentes: Louie Templeton y Hennery Catchpole.

Gertie no pudo evitar sentir un escalofrío cuando escuchó el nombre de su padre de labios del capitán Gideon. Todo aquello tenía que ser un error, su padre era un buen hombre y jamás había hecho nada indebido. La voz de la muchacha se unió a la de los demás operarios para protestar por aquel atropello justo cuando cuatro de los gendarmes avanzaban hacia Louie y su padre con los grilletes prestos.

Entonces, explotó la situación.

Sin pensarlo, Louie extrajo una de las enormes llaves metálicas de su cinturón para blandirla contra el gendarme más cercano, haciendo brotar chispas cuando esta impactó sobre el rostro metálico. El padre de Gertie echó mano a su propio cinto cuando, antes de que pudiera empuñar una herramienta, el capitán Gideon desenfundó un revólver del interior de su chaqueta para dispararle en la pierna. Hennery Catchpole se derrumbó con un alarido de dolor.

Con un rugido de furia, la propia Gertie arrojó un destornillador que golpeó violentamente la clavícula de Gideon. Rápidamente, el resto de operarios se abalanzaron sobre los gendarmes empuñando herramientas de trabajo o palancas mecánicas. Entre Louie y cuatro hombres, lograron derribar a un par de agentes y apalearlos hasta la muerte en cuestión de segundos.

Entonces fue cuando los gendarmes empuñaron sus fusiles de chispa para abrir fuego contra los trabajadores. En un suspiro, mientras Gertie trataba de alejar a su padre de allí, casi media docena de operarios del puerto cayeron abatidos por los disparos de la gendarmería. La muchacha pudo ver como Louie se desplomaba de espaldas, con un enorme orificio abierto en la cabeza por el revólver del capitán Gideon.

Aunque el ímpetu de los trabajadores logró que un par de gendarmes más cayeran, finalmente los fusiles se impusieron frente a las herramientas y los últimos operarios cayeron bajo el fuego de los gendarmes. Gertie lo vio desde lejos, mientras trataba de ayudar a su padre a caminar. Hennery, con la pierna destrozada, le pidió a su hija que se detuviese: estaba claro que no podrían escapar... no ambos.

Con una sonrisa quebrada por el dolor, el hombre le pidió a su hija que le abandonase y se pusiera a salvo, prometiéndola que todo saldría bien. Con lágrimas en los ojos, Hennery besó la mejilla de su hija antes de empujarla con suavidad, alejándola de él.

Sollozando como una niña pequeña, Gertie escapó de allí a toda carrera.



Estella frunció el ceño, disgustada, al ver aparecer a su hermano en el local del Movimiento por los Derechos Ciudadanos. La organización se encontraba ultimando una serie de pancartas y panfletos que exigían el restablecimiento del Parlamento. Según iba leyendo aquellas proclamas, el rostro de Lonzo se iba desencajando cada vez más. Cuando llegó a la altura de su hermana, la tomó bruscamente del brazo, apartándola del resto de la gente.

Notablemente airado, Lonzo le preguntó a Estella si había perdido el juicio. Según le dijo su hermano, los gendarmes estaban empezando a detener gente; principalmente integrantes de organizaciones y asociaciones cuya creación había sido amparada por el Parlamento. Aunque no fuese el caso del Movimiento por los Derechos Ciudadanos, la existencia de una organización que se basaba en reclamar la retirada de privilegios a la vieja nobleza seguramente no sería bien vista por el llamado Nuevo Imperio.

Estella comenzaba a discutir a voz en grito con su hermano cuando, de pronto, las puertas del local se abrieron de par en par. En el umbral de la puerta aparecieron media docena de gendarmes precediendo a una mujer joven, ataviada con un vestido negro bastante elegante. La mano izquierda de la mujer era inequívocamente biomecánica. Ante el silencio que se acababa de hacer en la sala, la mujer se presentó como Lavinia Darknoll, agente de la Inquisición del Nuevo Imperio.

Con su voz suave y melódica, casi tranquilizadora, Lavinia les informó a todos de que el Movimiento por los Derechos Ciudadanos estaba considerado por el Nuevo Imperio como una organización criminal y terrorista. De ese modo, todos los presentes podían considerarse bajo arresto.

Los presentes se miraron entre sí, visiblemente confusos. Fue entonces cuando Lonzo miró a su hermana, susurrándola que huyese. Estella aún negaba con la cabeza cuando Lonzo se arrojaba sobre uno de los gendarmes, intentando arrebatarle el arma. Aquello pareció activar a todos los presentes, que rápidamente se dividieron entre los que intentaban huir, ganando la puerta o por las ventanas, y los que se echaron sobre Lavinia y sus agentes.

Estella pudo ver como, con una velocidad vertiginosa, la tal Lavinia extraía un largo estilete de entre los pliegues de su vestido. El resplandor azulado del filo anunciaba que se trataba de una hoja molecular, capaz de cortar el acero como mantequilla. Para terror de los presentes, aquella mujer se movió con una destreza y agilidad que solo podían proporcionar los implantes biomecánicos, cortando y apuñalando para dejar una ristra de muertos o mutilados tras de sí en apenas unos segundos.

Los fusiles de chispa retumbaron un segundo después en la estancia. Pedazos de mobiliario saltaban por todos lados mientras Estella corría hacia el pasillo que conducía a la cocina. Mientras muchos de los miembros del Movimiento caían abatidos por los disparos, pudo ver a Lonzo en el suelo, con grilletes en sus muñecas pero aún vivo.

Antes de abandonar el salón, contempló con odio a Lavinia Darknoll, quien en aquel momento limpiaba la hoja molecular de su cuchillo sobre la falda de su vestido. Luego, Estella corrió hasta la cocina, desde donde pudo salir al exterior a través de la puerta de servicio que daba a un estrecho callejón trasero.



Lord Teophilus hizo una leve reverencia al cruzarse con un conocido, tocando levemente su sombrero de copa para completar el saludo. Paseaba por el Mercado de las Maravillas, embutido en uno de sus caros y elegantes trajes, mientras contemplaba con curiosidad como los comerciantes vendían sus productos a precios exorbitantes a una multitud que parecía desesperada.

Según escuchó decir a alguien, muchas personas estaban intentando abandonar Kinefall con sus familias, quizá en busca de la pretendida seguridad que podían ofrecer algunas zonas rurales. Un par de gendarmes se cruzaron con él, saludándole de inmediato al divisar el distintivo de la familia Osborne en su solapa.

Teophilus estaba preocupado, como la mayoría de habitantes de Kinefall... o más bien como la mayoría de habitantes del Imperio. Nunca era una buena noticia que hubiese tantos hombres armados en las calles, y ya habían comenzado a correr rumores acerca de purgas o detenciones arbitrarias.

Justo después de comer, una de las sirvientas del propio Teophilus le había traído un diario en el que se anunciaba que el Nuevo Imperio, por mandato de Lord Artemus Scarborough, llevaría a cabo la ejecución tanto de los miembros del Parlamento como de la mismísima reina Marietta a finales de semana, todos acusados de alta traición al Imperio.

Paseando por el mercado, se encontró con Lady Ora Welter. La mujer parecía encontrarse pletórica ante la llegada del Nuevo Imperio quien, decía ella, acabaría devolviendo las cosas a su lugar. La mujer, que siempre había apreciado a Teophilus aunque discrepaban en sus ideas sobre las medidas de la Reina Marietta, le contó que tanto Lord Willburn Staff como Augusta Fallow, amigos de Teophilus, habían sido arrestados por la gendarmería.

Al ver cómo el rostro de Teophilus se desencajaba ante la noticia, Ora le explicó que habían sido acusados de connivencia con el Parlamento y la depuesta reina. Según sabía la mujer, ni Lord Willburn ni la empresaria naviera habían sido sentenciados a muerte, pero de momento se encontraban encarcelados en el penal de Ripfort a la espera de juicio, como muchos otros ciudadanos que habían sido arrestados a lo largo del día.

Si bien Teophilus gozaba de cierta protección por el ilustre nombre de su familia, Ora le sugirió que fuese discreto con sus opiniones políticas en adelante. En el pasado, si bien había mostrado alguna simpatía por las medidas de la Reina, era cierto que Teophilus había hecho gala de cierto desinterés por los asuntos políticos... quizá era aquello, junto con su antiguo linaje, lo que le había mantenido lejos de los muros de Ripfort hasta el momento.

Lady Ora Welter le prometió que, en virtud del afecto que le profesaba, ella misma se encargaría de que Teophilus no tuviera problemas. Sin embargo, le repitió una vez más, debía abstenerse de expresar ninguna opinión que pudiese ser contraria al Nuevo Imperio o sus dirigentes, así como mantenerse alejado de cualquiera que estuviese llevando a cabo ese tipo de actos.

Tras despedirse cortésmente de Lady Ora, agradeciéndole sus palabras mientras trataba de recobrar la compostura, Lord Teophilus Osborne caminó en silencio de vuelta a su mansión. La boca le sabía a hiel y sentía un enorme desgarro en el pecho a causa de la suerte que habían corrido sus amigos Willburn y Augusta.

Tenía que hacer algo al respecto...



Lafayette caminaba con las manos en los bolsillos por las calles del Distrito Misthaig. Venía de la Plaza de los Espejos, donde había podido ser testigo de cómo las cristalinas estatuas reflejaban el anaranjado fuego de las hogueras que los partidarios del Nuevo Imperio habían encendido al llegar la noche. Allí, el fuego consumía tanto libros como obras de arte que la vieja nobleza consideraba “elementos corruptores y peligrosos”. Había podido ver a gente que, como él, contemplaba la escena en silencio; muchos con gesto de desaprobación... pero nadie se había atrevido a decir nada, mucho menos ante la pareja de gendarmes que parecían vigilar la plaza desde sus ojos biomecánicos.

La noche se anunciaba movida. Los disparos, que se habían escuchado de forma aislada durante el día en algunos puntos de la ciudad, se habían hecho notablemente más presentes con la llegada de la oscuridad. Los gendarmes, al servicio de la restaurada Inquisición, se afanaban en cazar a los disidentes por las calles de Kinefall.

Todo aquello preocupaba a Lafayette, aunque no porque tuviera ningún tipo de inclinación política, sino porque el hecho de que hubiese más gendarmes en la calle significaba sin duda que su trabajo se volvería notablemente más peligroso.

Cuando llegó al viejo almacén conservero, como cada vez, echó un rápido vistazo para asegurarse de que ningún curioso se encontraba en los alrededores. Luego, rápidamente, se escurrió hacia el interior.

El Orgulloso Truhán flotaba en el interior del almacén. Alrededor del pequeño dirigible, tres hombres y dos mujeres, todos de aspecto peligroso, aguardaban sentados sobre cajas de madera. Uno a uno, Lafayette fue saludando a aquellos miembros de su banda.

Extrañado por el hecho de que Sophía no se encontrase ya allí, preguntó a los presentes. Una de las mujeres le dijo que había hablado con Sophía por la mañana y, según le había dicho la lugarteniente de Lafayette, tenía intención de pasarse antes de aquella reunión por La Araña Púrpura, una taberna de Misthaig donde Sophía esperaba recabar alguna información más sobre lo que se estaba cociendo en Kinefall.

Lafayette se mostró algo exasperado. El último golpe había sido un fracaso, ya que habían dado accidentalmente con un suministro de armas que, sin duda, estaba destinado a pertrechar a la vieja nobleza para el golpe de estado que se acababa de llevar a cabo en el Imperio. Era un cargamento peligroso y por el cual seguramente les hubiesen perseguido con bastante más ahínco del habitual, además de que se trataba de una mercancía demasiado rastreable; de modo que habían renunciado a llevarse el botín.

Con las manos vacías e inmersos en la nueva y conflictiva situación de la ciudad de Kinefall, los integrantes de la banda debían decidir qué pasos seguir a continuación. Se trataba de una reunión importante, por lo cual Lafayette se sentía irritado ante el hecho de que Sophía se estuviese demorando. Pero, poco a poco, aquella irritación se fue tornando en genuina preocupación ante el hecho de que algo le hubiese ocurrido a su lugarteniente y amiga.

Así, Lafayette abandonó el viejo almacén conservero para sumergirse de nuevo en las oscuras calles del Distrito de Misthaig, con dirección a la taberna de La Araña Púrpura. Mientras caminaba, alzó la vista hacia el oscuro cielo; sin poder ver nada pero escuchando el zumbido de las hélices de los dirigibles. En otros puntos de la ciudad, las fachadas iluminadas por luces de plasma bañaban el cielo con un tenue resplandor que dejaba entrever los enormes dirigibles del Ejército Imperial, que vigilaban el cielo de Kinefall.

Meditando sobre el hecho de que el cielo de la ciudad quizá se había vuelto demasiado peligroso para el Orgulloso Truhán, con todas esas aeronaves armadas con cañones de plasma, Lafayette llegó hasta las inmediaciones de La Araña Púrpura.

Supo que algo iba mal en cuanto vio los primeros carruajes de vapor de la gendarmería, asomándose entre la multitud congregada. Mezclándose entre el gentío, pudo ver hasta cinco carruajes aparcados frente a la taberna, así como una docena de gendarmes bajo el mando de un tipo con traje austero y medio rostro biomecánico.

Lafayette intentó entablar conversación con alguna de las personas congregadas cerca del establecimiento, con intención de averiguar a qué se debía aquel despliegue de la gendarmería. Sin embargo, ninguno de los presentes estaba por la labor de hablar: sin duda las detenciones a lo largo de todo el día habían disparado la paranoia entre la ciudadanía, extendiendo la impresión de que cualquiera pudiera ser un confidente del Nuevo Imperio en busca de disidentes.

Como pudo, se acercó hasta el mismo borde del cordón policial. Allí, pudo afinar el oído hasta captar algunas de las conversaciones entre el tipo al mando, un tal capitán Gideon Fisher, y algunos de los gendarmes. Al parecer, en aquella taberna se reunían algunas personas que el Nuevo Imperio había señalado como disidentes políticos: principalmente artistas e intelectuales de poca monta, bohemios anarquistas y gente de ese tipo...

Lafayette sabía a ciencia cierta que Sophía carecía por completo de intereses políticos, pero parecía que su amiga se había encontrado en el peor lugar y el momento más inoportuno. La gendarmería había irrumpido en aquella taberna a disparo limpio y había arrestado a todos los supervivientes, acusándolos sin distinción de terrorismo y conspiración contra el Nuevo Imperio.

Tras buscar durante un rato con la mirada, pudo ver a Sophía dentro de uno de los carruajes policiales, con el rostro desencajado por el terror tras los barrotes de acero. La mujer tenía el labio partido y la sangre manchaba la pechera de su blusa. Cuando la mujer le vio, se agarró con ambas manos a los barrotes, dedicándole una mirada de súplica.

Pero Lafayette nada podía hacer, ambos lo sabían.

Con un agudo silbido, los carruajes de vapor fueron poniéndose en movimiento uno a uno. Con la impotencia reflejada en el rostro, Lafayette solo pudo contemplar en silencio cómo último carruaje se alejaba llevándose en su interior a Sophía hacia un destino que, a aquellas alturas, todos conocían ya.

El penal de Ripfort.

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