Kinefall (T1) - Todas las almas de Ripfort (3/9)

El ferrocarril cruzaba ululando el distrito de Shifferk, cuyas tejas grises reflejaban el naciente sol de la mañana. Las farolas de plasma aún no se habían apagado, compartiendo las calles con el Astro Rey mientras los primeros ciudadanos salían de sus viviendas para encaminarse a sus trabajos. La insistencia del Nuevo Imperio a la hora de que todo el mundo continuase con sus obligaciones perseguía sin duda instaurar una sensación de normalidad que, al menos a Estella Iris le resultaba demasiado impostada.

La maestra de escuela viajaba dentro de aquel abarrotado tren, sentada en uno de aquellos bancos de acolchado rojo propios de los vagones de Clase Económica, contemplando a través del vidrio de la ventana los primeros latidos de la ciudad de Kinefall mientras el murmullo continuo de las conversaciones en voz baja la arrullaba. Se encaminaba al penal de Ripfort, ya que el Nuevo Imperio había anunciado que permitiría las primeras visitas de familiares para los reos acusados de “actividades contrarrevolucionarias”. Gracias a la generosidad de Lord Artemus Scarborough, nuevo regente de los destinos del Imperio, las familias de los detenidos podrían comprobar el estado de estos, así como hacerles entrega de aquellos enseres permitidos por la política penitenciaria.


Estella llevaba una bolsa de tela sobre las rodillas, la cual contenía una pastilla de jabón perfumado con lavanda y envuelto en papel. En la bolsa también podían encontrarse un par de novelas, del género de aventuras, que era el favorito de su hermano Lonzo. Una lágrima resbaló por su mejilla, cuando la culpa aguijoneó su pecho al recordar que su hermano había acabado tras los muros de Ripfort por su culpa. Secándose las lágrimas con el dorso de la mano, desvió su atención sobre la mujer que iba sentada frente a ella: una joven con ropas sencillas y algo de grasa bajo unas uñas que no había tenido mucho éxito al intentar adecentar. La muchacha también llevaba una bolsa sobre las rodillas.

La bolsa de Gertie Catchpole, que era la muchacha sentada frente a Estella, también contenía una pastilla de jabón, aunque sin perfumar. También había algo de embutido en la bolsa, envuelto en pequeños paquetitos de papel. Gertie estaba visiblemente nerviosa desde hacía varios días, cuando había logrado escapar por los pelos de la redada de la Inquisición en Mermaid Harbor. De hecho, la muchacha llevaba varios días alojada en una hostería de Misthaig por miedo a que los gendarmes vigilasen su casa para capturarla. Sin embargo, la oportunidad de ver a su padre la había sacado de su escondite.

A un par de bancos de distancia, invisible para estas dos pasajeras a causa del gentío que se apelotonaba en el vagón, viajaba un pasajero ataviado con un austero traje negro. Lafayette Masheck ojeaba con hastío uno de los diarios de la mañana. En portada podía verse a la Reina Marietta junto con media docena de los miembros del extinto Parlamento, todos colgando de sogas tras su ahorcamiento en la Plaza de los Espejos, hacía apenas un par de días. La imagen de su amiga Sophía colgando de una soga similar pasó fugazmente por la cabeza del hombre, provocándole una potente sensación de nausea. Con bastante brusquedad, dobló el diario para depositarlo en el asiento.

Justo en aquel momento, la puerta de entre vagones se abrió en el extremo contrario. El hecho de que casi todo el pasaje enmudeciese de pronto hizo que Estella, Gertie y Lafayette volviesen su rostro hacia la puerta. Dos gendarmes acababan de entrar en el vagón, con sus fusiles de chispa colgados del hombro. Con su metódica frialdad de costumbre, los agentes revisaban los billetes de los pasajeros a la vez que les hacían algunas preguntas mientras les escrutaban desde sus rostros biomecánicos.

Gertie dejó escapar entonces un ligero gemido involuntario, a la vez que la bolsa sobre sus rodillas caía al suelo dejando que rodase la pastilla de jabón. Viendo que la muchacha se iba a levantar como un resorte, Estella la sujetó de las manos, reteniéndola. Ambas cruzaron una mirada de comprensión. Aquel gesto había llamado la atención de Lafayette, que había podido presenciarlo ya que la multitud había abierto hueco en un inesperado bamboleo del tren. Con curiosidad, vio como ambas mujeres se ponían en pie con gran discreción y caminaban hacia la puerta entre vagones opuesta a aquella por la que habían entrado los gendarmes.

Aunque el movimiento de las mujeres había sido impecable, pasando desapercibido para los agentes, las cabezas de varios viajeros volviéndose hacia la puerta que se cerraba tras ellas había llamado la atención de los gendarmes, que procedieron a ignorar al resto de pasajeros para dirigirse hacia ese lugar.

Lafayette no sabría explicar porqué lo hizo, pero cuando los gendarmes hubieron vadeado el mar humano que llenaba el vagón y cruzaron aquella puerta en pos de las mujeres, se levantó de su asiento y se dispuso a ir tras ellos.

Apuradas, las mujeres cruzaron otro vagón atestado de pasajeros. No tardaron en darse cuenta de que aquel par de gendarmes las seguía. Con brusquedad, los agentes apartaban a los viajeros a empellones mientras avanzaban con ritmo inexorable hacia ellas.

Cuando cruzaron la siguiente puerta entre vagones, Gertie y Estella se dieron cuenta de que habían dejado atrás el último vagón de pasajeros y ahora tenían ante ellas el primer vagón de la sección de carga del tren. La puerta metálica frente a sus narices estaba cerrada con un pesado candado de acero.

Rápidamente, Gertie le pidió a Estella una de sus horquillas de pelo. Cuando esta se la entregó, la mecánica manipuló el alambre hasta darle la forma adecuada y, sin dudarlo, comenzó a introducir la horquilla en la cerradura del candado mientras su compañera vigilaba el avance de los gendarmes a través de la pequeña ventanilla circular de la puerta entre vagones.

La situación fue realmente ajustada, con Gertie logrando abrir el candado cuando los gendarmes ya habían atravesado la mitad del vagón hacia ellas. Todo lo rápidamente que pudieron, ambas mujeres se introdujeron en el vagón de carga. Atravesaron un primer compartimento sin ventanas, atestado de cajas para encontrar una puerta divisoria que, por suerte, carecía de cerradura. A ambos lados, podían ver sendos pasillos bastante estrechos que parecían seguir el vagón longitudinalmente.

Nada más cruzar la delgada puerta, se dieron cuenta de que habían elegido mal: acababan de meterse en una especie de almacén sin salida alguna. Justo en ese momento, pudieron escuchar cómo se abría la puerta del vagón. Los pasos de los gendarmes eran perfectamente identificables, acompañados de aquel característico zumbido biomecánico.

No mucho tiempo después, la puerta del vagón volvió a abrirse. Los gendarmes apenas habían cruzado aún el primer compartimento cuando Lafayette apareció por la puerta entre vagones. El hombre, que quizá esperaba que los agentes hubiesen avanzado más hacia el interior del vagón, estaba también bastante sorprendido.

Sin mediar palabra, ambos gendarmes descolgaron sus fusiles del hombro para apuntarlos hacia Lafayette con la rapidez de sus brazos biomecánicos. Dos detonaciones retumbaron de forma ensordecedora en aquel vagón. Lafayette rodó por el suelo mientras las balas arrancaban una lluvia de astillas de las cajas apiladas en el compartimento. Recostado sobre el suelo, extrajo el revolver de la funda en su axila y devolvió el fuego, aunque su disparo acabó alojado en el techo del vagón.

Inesperadamente, la puerta del almacén ubicado a espaldas de los gendarmes se abrió de golpe para dejar surgir del interior a dos mujeres armadas con sendas palancas metálicas que se abalanzaban contra el gendarme más alejado de la puerta entre vagones. El agente disparó contra Gertie, errando por poco el tiro; aunque las astillas de la pared lastimaron el rostro de la mujer.

Mientras, Lafayette volvía a rodar por el suelo para evitar el disparo del otro gendarme a la vez que volvía a disparar de un modo bastante impreciso contra el agente. Al mismo tiempo, Estella llegaba hasta el gendarme que había abierto fuego contra Gertie, asestándole un fuerte golpe en el rostro con su palanca metálica. La cabeza del agente se giró de un modo antinatural, pero recobró pronto la posición con un zumbido de su cuello biomecánico.

Antes de que pudiese reaccionar, Gertie había llegado hasta él para hendirle su propia palanca en el rostro. Una terrible mezcla de chispas, sangre y masa encefálica salpicó las cajas de madera antes de que el gendarme se desplomase muerto.

El agente que quedaba en pie disparó una vez más contra Lafayette, que encontró cobertura tras una gran caja. Esta vez, con unos segundos más para apuntar, el criminal no falló su tiro y la bala de su revólver atravesó la cabeza del gendarme que, tras dar un par de pasos hacia atrás, se desplomó sin vida.

Tras permanecer algún rato en silencio, contemplando los cadáveres de los agentes, Lafayette interrogó a las mujeres acerca de porqué eran perseguidas. Gertie le contó a aquellos desconocidos lo ocurrido en Mermaid Harbor cuando detuvieron a su padre y, a su vez, Estella habló acerca de su activismo y la detención de su hermano. Por su parte, Lafayette se limitó a decir que una amiga suya había sido también arrestada, ella por error, y que odiaba con toda su alma a aquel Nuevo Imperio.

Estella les dijo a sus compañeros que era casi seguro que el propio sonido del tren hubiese ocultado el ruido del tiroteo, animándoles a regresar a los vagones de pasajeros. Para cuando alguien descubriera los cuerpos de los gendarmes, ellos ya habrían abandonado el tren. Tanto Gertie como Lafayette asintieron en silencio antes de abandonar aquel vagón de carga tras la maestra de escuela.

Acababa de nacer un vínculo entre aquellas tres personas.

El carruaje de vapor se detuvo con un bufido en la amplia plaza empedrada frente al penal de Ripfort. Con parsimonia, el cochero llamado Tillman bajó del pescante para abrir la puerta mientras efectuaba una ligera reverencia. Lord Teophilus Osborne bajó con aire distraído, con su atención puesta en la multitud que se agolpaba en la plaza formando filas más o menos ordenadas bajo la vigilancia de los gendarmes.

Pese a que Teophilus había elegido uno de los trajes más modestos para aquella visita a Ripfort, su vestimenta aún era notablemente más cara que la de cualquiera de los congregados allí. Con el gesto fruncido, recogió la bolsa que le tendía Tillman. Dentro había algo de queso y embutido, además de sendas petacas metálicas con aguardiente de calidad. Tenía la esperanza de hacer llegar aquellas provisiones tanto a Lord Willburn como a Augusta y, con suerte, poder entrevistarse con ellos al menos unos minutos.

Teophilus, apoyándose levemente sobre su elegante bastón, se colocó en una de las colas que la gendarmería había dispuesto para que los visitantes de los reos pudiesen acceder al penal de Ripfort. Delante de él, aguardaban tres personas bastante dispares que, sin embargo, parecían conformar un grupo: una mujer con ropas de clase media bastante sobrias, una muchacha joven con ropas baratas que llevaban a cuestas más de un remiendo y un tipo de aspecto rudo con un traje sobrio pero para nada de mala factura.

Llamado por la curiosidad, observó mejor a la peculiar comitiva, dándose cuenta de que la muchacha de ropas baratas tenía restos de sangre en el cabello. Ambas mujeres parecían bastante nerviosas, lo que contrastaba con la inescrutable frialdad que demostraba el hombre. Por otra parte, aquel tipo ocultaba un arma, quizá un revolver, bajo la axila.

Sin embargo, el escrutinio de Teophilus fue súbitamente interrumpido por los gritos de un oficial de la gendarmería. Aquel sujeto lleno de implantes biomecánicos se identificó como el teniente Manley Chapman que comenzó a pedir orden a los asistentes.

Desde donde estaban, tanto Teophilus como Gertie, Estella y Lafayette, pues ellos eran los que aguardaban en la fila por delante del Lord, comenzaron a escuchar cómo algunos de los visitantes parecían discutir con los gendarmes. Al parecer, algunas personas llevaban allí desde mucho antes de amanecer y la larga espera, unida a la preocupación por sus familiares, comenzaba a hacer mella en ellos.

De pronto, uno de los gendarmes golpeó con la culata de su fusil el rostro de un visitante, lo que desató el caos. Cuando la multitud pareció elevar sus protestas, con incluso algún valiente dando un paso al frente, el teniente Manley Chapman dio la orden de abrir fuego. Los fusiles de chispa de la gendarmería vomitaron plomo sobre las filas, abatiendo a numerosos ciudadanos.

Sin tiempo que perder, Teophilus corrió hacia su carruaje de vapor, donde ya le aguardaba Tillman con la portezuela abierta y el rostro desencajado. El Lord subió al vehículo de un salto, antes de que su cochero cerrase la portezuela para encaramarse después al pescante. Por su parte, Estella, Gertie y Lafayette también corrían para ponerse a salvo.

Justo cuando Tillman comenzaba a maniobrar las palancas para poner en marcha el carruaje, Teophilus le ordenó a gritos que se detuviese. Tras abrir de nuevo la portezuela, invitó a aquel pintoresco grupo a subir al vehículo con cierta urgencia. Si bien Teophilus ayudó con tanta cortesía como rapidez a que Estella subiese al carruaje, Gertie saltó dentro con agilidad felina y terror absoluto. Lafayette subió algo más despacio, sin parar de mirar la masacre que en aquella plaza estaba teniendo lugar frente a ellos.

Cuando todos hubieron estado a bordo, Tillman maniobró las palancas para poner en marcha el carruaje de vapor con un silbido agudo. Mientras el vehículo traqueteaba sobre el empedrado de la plaza, todos podían ver por las ventanillas cómo los gendarmes continuaban disparando sobre la ciudadanía, abatiendo a decenas de personas desarmadas que solo pretendían huir de allí sin éxito.

Con la mandíbula apretada por la furia, Lafayette dijo a sus acompañantes que todo aquello era culpa de la presuntuosa nobleza, a los que acusaba de ser alimañas asesinas. Si bien sus compañeras contestaron con una mirada de comprensión, Teophilus pareció dar un ligero respingo en su asiento, mientras el rostro se le desencajaba.

Entonces, con gran rapidez, Lafayette desenfundó su revolver para encañonar a Teophilus, que no tuvo tiempo de echar mano de su bastón-estoque. El criminal le indicó al Lord que pretendía hacerle pagar con su sangre toda la violencia que la nobleza, y en su nombre el Nuevo Imperio, estaban desatando sobre Kinefall y sus gentes. Con calma, Teophilus intentó hacer ver a aquel hombre que les había prestado ayuda, al tiempo que les contaba que algunos nobles eran contrarios a todo aquello, como los amigos que él tenía en prisión.

Estella se acercó despacio a Lafayette, indicándole que el hecho de que aquel noble estuviese guardando fila a las puertas de Ripfort podía indicar que decía la verdad y, si tenía amigos encarcelados allí, era porque no comulgaba con el Nuevo Imperio.

Cuando Lafayette pareció calmarse, Teophilus les indicó que les cobijaría a todos en su casa. De algún modo, el noble estaba de acuerdo con Lafayette en que toda aquella sangre vertida, la subyugación de la democracia misma, no debía quedar impune.

De camino a la Mansión Osborne, los fortuitos compañeros de viaje fueron contándose sus historias. Lafayette no fue muy específico, diciendo tan solo que había tenido una vida difícil y que no había tomado las mejores decisiones.

Estella le cogió de las manos, diciéndole “Quizá nunca vuelvas a tener una oportunidad mejor para redimirte que esta”, a lo que el criminal respondió asintiendo.

Así, el carruaje de vapor con el escudo de la familia Osborne serigrafiado en el costado se perdió entre las calles de Kinefall llevando en su interior a un grupo que acababa de hermanarse en la desgracia. Quizá fuesen tiempos oscuros para la ciudad y sus habitantes, pero quizá también acabase de nacer un rayo de esperanza dentro de aquel vehículo.

Todo estaba por ver, pero parecía que las cosas iban a agitarse todavía más en Kinefall.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Dirigir Rol : Subtramas

Cuando las cosas no están saliendo bien

Los Reinos (T4) - Las Tablas del Destino (12/18)