Kinefall (T1) - Todas las almas de Ripfort (9/9)
Todos se había venido abajo: el navío Amphion fue destruido por el potente cañón de plasma de un dirigible imperial, llevándose consigo a todas aquellas almas que los compañeros habían logrado rescatar del penal de Ripfort. Por si aquello no fuese desgracia suficiente, Tillman y Lafayette habían muerto a manos de Lavinia Darknoll y Gideon Fisher respectivamente durante aquella emboscada perpetrada por la Inquisición del Nuevo Imperio en los muelles de Mermaid Harbor. Gertie, hecha prisionera, había sido conducida a un lugar llamado “Casa de la Ciudadanía”. Sophía había logrado huir milagrosamente arrojándose a las negras aguas del puerto, por lo que ahora el destino de Gertie estaba en manos de la mujer y de la ayuda que esta pudiese conseguir.
Las noticias sobre lo que la Inquisición había hecho en Mermaid Harbor no tardarían en propagarse, elevando exponencialmente el temor que ya de por sí generaba esta institución en la ciudadanía. Sophía era consciente de que nadie iba a prestarle ayuda para rescatar a Gertie, nadie en su sano juicio estaría dispuesto a asaltar un edificio de la Inquisición... o casi nadie.
De ese modo, se plantó ante un viejo edificio de cuatro plantas en el corazón de Misthaig. Los dos matones de la puerta no dudaron en dejarla pasar, después de que uno de ellos incluso se quitase el sombrero para ponerlo sobre el pecho al tiempo que se inclinaba ligeramente. Apenas dos minutos después, Sophía se encontraba ante el anciano calvo de aspecto malencarado que controlaba la banda criminal que tenía como base aquel decrépito edificio.
-Hola, papá.
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Gertie alzó la cabeza, como despertando de un sueño que la mantenía embotada mientras se percataba de que estaba sentada en una silla y con las manos esposadas a la espalda. Lo que vio allí fue a la inquisidora Lavinia Darknoll. Junto a ella, se encontraba el capitán Gideon Fisher. Estaban en una habitación pequeña y apenas decorada.Tras unas presentaciones muy cordiales, la inquisidora la informó de que iba a ser sometida a un interrogatorio y que se esperaba su colaboración. Gertie la escupió a la cara.
Acto seguido, el capitán Fisher colocó una serie de electrodos sobre el pecho y la frente de Gertie. Dichos electrodos estaban conectados a una especie de caja mecánica con una manivela.
Gertie sabía muy bien lo que venía ahora.
Lavinia preguntó a Gertie por los nombres de aquellas personas que habían colaborado de algún modo, con logística o información, en el asalto al penal de Ripfort. Cuando la muchacha le dijo que nadie a parte de ella misma, Lafayette, Tillman y Estella habían tenido que ver, salvo por la colaboración inicial de Orlo Oneil; la inquisidora miró a Fisher antes de asentir.
El capitán hizo girar la manivela y una brutal corriente eléctrica recorrió el cuerpo de la joven, haciéndola convulsionarse. Entre sollozos, la joven juró que no había nadie más involucrado. Fue entonces cuando la inquisidora le dijo que no importaba, que solo necesitaba que escribiese unos cuantos nombres de su puño y letra... los nombres de algunos de los que trabajaban en Mermaid Harbor con ella y su padre.
Gertie, a lágrima viva, respondió que no pensaba condenar a gente inocente que ni siquiera tenía algo que ver en todo aquello. Fisher hizo girar la manivela y los gritos de dolor volvieron a llenar la habitación.
Pocos minutos después, convulsionando por el llanto, Gertie escribía en una hoja de papel los nombres de muchos de sus compañeros y amigos que, en breve, serían detenidos, torturados y seguramente ejecutados por la Inquisición
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El padre de Sophía, Larkin Roland, era un violento criminal que había dedicado la mayor parte de su vida a controlar las apuestas ilegales, la prostitución, el Polvo de Dragón y la protección a los locales en Misthaig; siempre con métodos muy violentos. Muy poca gente, más allá de los hombres de Larkin, sabía que Sophía era la hija del hampón: la enemistad entre la banda de Roland y los Oneil había hecho que Larkin mantuviese a su hija oculta y lejos de todo ese mundo. De hecho, para el hombre había sido toda una desgracia la noticia de que su hija había abandonado la universidad para enrolarse en la banda de ese ladrón de poca monta, Lafayette Masheck; ambos llevaban desde entonces sin hablarse.
Larkin dio gracias al cielo por encontrar a su hija sana y salva, aunque se esforzó especialmente en no dejarlo translucir. Despacio, Sophía le contó a su padre todo lo acaecido desde que ella misma fuese detenida por la Inquisición durante la redada en la Araña Púrpura hasta la emboscada en Mermaid Harbor. Después, le pidió ayuda para rescatar a su amiga Gertie Catchpole.
Como era de esperar, Larkin se mostró reacio, se alegraba de tener de vuelta a su hija y no tenía intención de arriesgarla a ella, ni de paso a ninguno de sus hombres, en una misión suicida como asaltar esa Casa de la Ciudadanía de la Inquisición. Larkin Roland no tenía nada que ganar con todo aquello y, sin embargo, podía perderlo todo.
El hampón parecía inamovible en su postura cuando otra persona entró en escena: un joven de aspecto desaliñado, barba de chivo y ligero aspecto de enajenación. A Sophía le llevó unos segundos reconocer a su primo Sherman Eade, cuyas ropas dejaban adivinar que ahora era el “manitas” de la banda de su padre.
Tal y como hiciese en el pasado Lafayette ante el difunto traidor Orlo Oneil, Sherman le explicó a Larkin que el Nuevo Imperio y su régimen opresivo no eran sino una condena para el modo de vida de la banda: exterminados los opositores políticos, el siguiente paso lógico era comenzar a limpiar las calles de elementos indeseables como Larkin y su banda.
En cierto momento, Larkin se mostró de acuerdo en aquello, llegando a aceptar tomar un papel activo a la hora de crear una oposición organizada al Nuevo Imperio en Kinefall. Sin embargo, no acababa de ver en qué ayudaría a eso el hecho de rescatar a una simple mecánica de las garras de la Inquisición.
Entonces, Sophía, además de explicar a su padre que Gertie era una de las personas que la habían rescatado del penal de Ripfort (y por tanto un símbolo), le comunicó que intentaría aquel rescate aunque tuviese que ir sola.
A regañadientes, finalmente Larkin Roland aceptó aquella empresa que consideraba de locos.
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Habían dejado sola a Gertie en aquella habitación en la que no había más que una silla y una mesa. La ventana tenía cerradas las contraventanas metálicas, impidiendo ver el exterior. No le habían quitado los grilletes.
La muchacha paseaba de un lado a otro por la habitación, con las lágrimas inundando sus mejillas. Era consciente de lo que había echo al elaborar esa lista, pero no había podido soportar el dolor. Ahora, lo único que llenaba su mente era la idea de escapar para intentar alertar a tiempo a toda aquella gente a la que había traicionado.
Se dio cuenta de que los grilletes tenían algo de holgura. Pensó que, en el momento apropiado, quizá pudiese desprenderse de ellos si se dislocaba un pulgar.
Quizá era el principio de un plan...
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Lo primero que hicieron, como en cualquier golpe que se precie de estar bien organizado, fue echar un ojo a esa Casa de la Ciudadanía. Para ello, Sophía y Sherman se dieron una vuelta, convenientemente disfrazados por el Distrito Foheag.
La llamada Casa de la Ciudadanía era un imponente edificio de arquitectura brutalista con puertas de hierro reforzado y ventanas enrejadas. A primera vista, detectaron a cuatro gendarmes montando guardia en la entrada principal y a dos más patrullando los jardines traseros de aquel edificio que, anteriormente, había sido una oficina de logística.
Tras observar el lugar con detenimiento durante un par de horas, pudieron asegurar que dentro del inmueble se encontraban otros seis gendarmes, a los que pudieron ver a través de distintas ventanas. Igualmente, había algún personal de servicio en el edificio: todos con aspecto asustado mientras hacían las tareas de mantenimiento y limpieza. Por último, constataron que al menos el capitán Gideon Fisher se encontraba en el edificio. Aunque Sophía sospechaba que también Lavinia Darknoll, no pudieron confirmarlo.
Tras estudiar el terreno, Sophía y Sherman regresaron al edificio de Misthaig para informar a Larkin. Una vez allí, mientras Larkin y Sophía se encargaban de dar instrucciones y armar a la decena de hombres que les acompañarían, Sherman se encerró en su sucio taller con algunos compuestos peligrosos. Para cuando llegó la noche, el ingeniero había fabricado tres artefactos explosivos arrojadizos: se quedó uno para sí y entregó los otros a Sophía y Larkin.
Así, en cuanto cayó la noche y la ciudad de Kinefall quedó iluminada por la azulada luz de las farolas de plasma, un viejo carruaje de vapor estacionaba a poca distancia de la parte trasera de la Casa de la Ciudadanía. Sophía y Larkin bajaron del pescante para abrir las puertas del vehículo, dejando que Sherman y otros cinco hombres armados con fusiles de chispa salieran del interior. Unos segundos después, otros cinco hombres armados se unieron al grupo.
El pequeño contingente se acercó a la valla de hierro que rodeaba la zona ajardinada. Trepar esa valla fue algo más complicado de lo esperado, ya que a Sophía se le enganchó la ropa en una de las puntas de lanza que ornamentaban el vallado y Sherman estuvo a punto de caer de bruces desde arriba, pero finalmente se plantaron en los jardines sin contratiempo.
Contra todo pronóstico, aquel grupo de trece personas logró escurrirse sigilosamente por los jardines de la Casa de la Ciudadanía hasta llegar a la fachada este del edificio. Allí, se agazaparon junto a una de las ventanas enrejadas: durante su vigilancia habían descubierto que aquello era una especie de almacén que no parecía estar vigilado. Así, Sherman sacó un pequeño soplete de plasma y se preparó para cortar la reja.
La operación fue rápida y silenciosa. En menos de un minuto, todo el grupo se encontraba dentro del almacén. Allí se almacenaban repuestos, algunos víveres... y cadáveres. Pudieron encontrar una serie de neveras en las que varios cuerpos almacenados en bolsas presentaban inequívocos signos de que aquellas personas habían sido terriblemente torturadas hasta la muerte. Sophía ahogó un sollozo pensando en la suerte de su amiga Gertie.
Se encaminaron hacia la única puerta de la estancia, de madera, no de hierro como las exteriores. Desde el exterior no habían podido ver hacia donde daba aquella puerta, así que Sophía decidió abrirla ligeramente a fin de echar un rápido vistazo por la rendija creada. Para desgracia de la mujer, lo que vio fue un estrecho pasillo, con una puerta al fondo y otra en el lado izquierdo, y a un gendarme que justo estaba mirando hacia la puerta en aquel momento.
El ojo biomecánico del gendarme emitió un quedo zumbido mientras el agente descolgaba el fusil de chispa de su hombro y lo apuntaba hacia la puerta al tiempo que gritaba ¡Intrusos!
Reaccionando a toda velocidad, Larkin logró apartar a u hija de aquella puerta antes de que el fusil de chispa hiciese volar astillas por todas partes. Acto seguido un par de sus hombre ocuparon el umbral para abrir fuego contra el gendarme: disparos demasiado apresurados que, sin embargo, impactaron en las paredes del pasillo.
Dentro de la celda, Gertie alzó la cabeza al escuchar los disparos. Alguien estaba asaltando la Casa de la Ciudadanía y ella solo podía pensar en Sophía. Entonces, decidió que era el momento de llevar a cabo su plan. Tras tomar aire, contuvo la respiración un segundo antes de dislocarse el pulgar. Emitió un grito desgarrador. Luego, tras tomar unos segundos para recomponerse, trató de liberarse de los grilletes sin éxito: tendría que hacer algo de fuerza y el dedo dislocado le dolía terriblemente.
Sherman se asomó a la puerta, arrojando su granada un poco a ciegas, que deflagró en un caos de cascotes, humo y hedor a pólvora en aquel pasillo. Sin embargo, el ingeniero no pudo sino maldecir cuando vio surgir al indemne gendarme de entre el humo, con tan solo su traje gris lleno de quemaduras y desgarrones.
Sophía también probó suerte, pero el gendarme retrocedió a tiempo, librándose de la explosión, que esta vez arrojó pedazos del embaldosado del suelo por todas partes. El agente comenzaba a apuntar de nuevo hacia la puerta cuando Larkin lo abatió de un certero disparo que le voló la cabeza.
Los hombres de Larkin entraron en el pasillo al mismo tiempo que la puerta del final del mismo se abría para dejar entrar a un par de gendarmes. Detrás de los agentes, podía oírse el inequívoco sonido que anunciaba la llegada de refuerzos.
Al tiempo que seguía intentando sacar la mano de aquellos grilletes, con lágrimas de dolor surcando su rostro, Gertie comenzó a gritar pidiendo auxilio. Sus labios pasaron a esbozar una sonrisa cuando Sophía contestó a sus gritos: estaban justo al otro lado de la puerta, en aquel pasillo donde se estaba llevando a cabo el combate
Sherman se dio cuenta de que no podía hacer nada: el pasillo estaba lleno de gente y sus aliados bloqueaban su línea de tiro, por lo que les gritó que debían hacer retroceder a los gendarmes para que pudiese llegar hasta la puerta desde la que se provenían los gritos de Gertie.Sophía, igualmente impotente, gritaba a su amiga infundiéndole ánimos.
Los contendientes abrieron fuego con los fusiles de chispa en aquel angosto pasillo, llenándolo todo de humo y olor a pólvora. Tres de los hombres de Larkin se desplomaron sin vida ante el avance de los gendarmes.
Rugiendo de rabia, Gertie hizo otro infructuoso intento por liberarse de los grilletes. La mano estaba comenzando a inflamarse terriblemente y, si continuaba con sus intentos, probablemente iba a producirse una lesión grave. Pero no tenía alternativa: era el momento de salir de allí y necesitaba sus manos libres.
Mirando por encima de su hombro, Larkin se percató de que dos gendarmes se aproximaban por el exterior hacia la ventana cuyas rejas ellos mismos había cortado para entrar. Sin otra consideración, arrojó su granada hacia los agentes. Una vez más, el lanzamiento se quedó corto y la detonación abrió un enorme boquete en la pared, aunque no llegó a herir de gravedad a los gendarmes.
Otros tres hombres de Larkin cayeron bajo el fuego de los gendarmes, que avanzaron otro paso más en el pasillo. La precisión de tiro de los agentes se estaba imponiendo a la de aquellos criminales callejeros con una contundencia escalofriante.
Mientras Gertie aullaba de dolor intentando soltarse sin éxito de sus grilletes, Sherman disparaba su fusil de chispa contra el techo del pasillo: sus aliados habían dificultado el disparo y, además, no era un tipo demasiado ducho con el fusil.
Sophía alzó su fusil de chispa para abrir fuego sobre uno de los dos gendarmes que entraban desde el exterior a través del orificio abierto por la granada de su padre. El agente recibió el disparo en pleno pecho, desplomándose hacia atrás mientras sangre y chispas brotaban a la vez de la herida.
Otros tres hombres de Larkin cayeron, dejando a uno solo con vida en aquel pasillo. Eso, sin embargo, le dio algo de espacio a Sherman, que irrumpió disparando su fusil de chispa al tiempo que gritaba ¡Morid cabrones! Su disparo erró, aunque no el de una Sophía que entraba tras él en el pasillo para acertar con su proyectil en el ojo de un gendarme.
En el interior del almacén, Larkin lograba abatir al segundo gendarme que trataba de cruzar a traves del boquete en la pared. El disparo impactó en el cuello del agente, decapitándole en una explosión de chispas, sangre y fluido biomecánico.
El último hombre de Larkin cayó abatido por el fuego de la gendarmería, justo al tiempo en que Sherman se arrodillaba junto a la puerta del lateral del pasillo y comenzaba a manipular la cerradura con sus ganzúas mientras Sophía alzaba el fusil de chispa para cubrirle ante el avance de los ya cuatro agentes que se acercaban por el pasillo. Los gritos de dolor de Gertie llegaban a través de la puerta.
La puerta de la habitación-celda se abrió con un chasquido, dejando ver a una Gertie con las manos esposadas a la espalda y el pálido semblante transfigurado por el dolor. Los gendarmes se acercaban peligrosamente y había que sacarla de allí. Sin dudarlo, Sophía alargó el brazo y tiró de su amiga, colocándola tras de sí.
Larkin apareció de pronto tras las mujeres, alzando rápidamente su fusil de chispa para abatir a otro de los gendarmes que, sin embargo, pronto fue sustituido por otro agente que entraba en el pasillo. El intenso fuego de la gendarmería hizo retroceder a los compañeros a trompicones por el pasillo, al punto que Sherman cayó al suelo mientras los pedazos de pared que volaban como metralla le laceraban el rostro.
Sherman disparó desde el suelo, aunque su fusil solo llegó a volar en pedazos una de las lámparas del pasillo. Mientras, Sophía lograba quitarle los grilletes a su amiga antes de poner en sus manos uno de los fusiles de los caídos hombres de Larkin.
Larkin se asomó por el agujero en la pared para ver cómo un gendarme se acercaba hacia allí en compañía de una mujer que, adivinó, sería aquella maldita inquisidora Lavinia Darknoll. Su disparo acertó en pleno rostro del agente, haciendo que cayese al suelo, inerte.
Mientras, en el pasillo, Sherman recibía un impacto de bala en pleno pecho. Agonizando, se desplomó sobre el suelo mientras su propia sangre amenazaba con ahogarle. No llegó a ocurrir, pues cuando los gendarmes llegaron hasta él, uno de ellos colocó su fusil sobre la frente del ingeniero. La detonación esparció sus sesos por todo el suelo.
Lavinia adelantó a su padre para salir por el agujero en la pared, topándose casi de frente con una Lavinia Darknoll que se acercaba blandiendo su alargado cuchillo de hoja molecular. Sophía retrocedió justo a tiempo para que la afilada hoja solo llegase a rasgar sus ropajes. El inmediato disparo de Larkin desde el agujero en la pared impactó en la inquisidora, haciendo que diese un paso atrás. Sin embargo, la resistente naturaleza biomecánica de la mujer la permitió seguir en pie.
En el almacén, una aterrada Gertie contemplaba como cuatro gendarmes irrumpían en la amplia estancia provenientes del pasillo. No tardaron en localizar a la propia Gertie junto a Larkin, situados al lado del enorme boquete en la pared.
Sophía disparó su fusil a bocajarro, abriendo un enorme agujero en el estómago de Lavina Darknoll. A través del orificio brotaban sangre y chispas a partes iguales. Sin embargo, la inquisidora permaneció en pie mientras esbozaba una amenazadora sonrisa. Por si fuese poco, Sophía vio a otra figura acercándose desde la puerta trasera del edificio: el capitán Gideon Fisher, que empuñana su revólver.
La lluvia de balas que escupieron al unísono los fusiles de los cuatro gendarmes cayó sobre Larkin de un modo implacable. El hombre fue volteado en el aire por los proyectiles como un muñeco de trapo antes de que se desplomase en el suelo. Gertie, justo al lado, se percató de que aún respiraba. La muchacha devolvió el fuego, aunque estuvo demasiado lejos de acertar a ninguno de sus enemigos.
El revólver de Gideon Fisher detonó, enviando una bala que rozó el muslo de Sophía. Arrugando el gesto por el dolor, la mujer volvió a alzar su fusil hacia Lavinia, impactando en el pecho de la inquisidora, que retrocedió nuevamente un par de pasos mientras varias piezas metálicas saltaban de su pecho en un festival de chispas y fluidos.
Gertie corrió hacia el agujero en la pared mientras las balas silbaban a su alrededor. Justo cuando estaba a punto de salir al exterior, noto un tremendo golpe en la espalda antes de ver como su pecho explotaba en una terrible erupción de sangre. Estaba muerta antes de llegar a caer de bruces sobre el suelo.
Con un sonido a medio camino entre el grito de furia y el llanto, Sophía se vio obligada a dar un paso atrás cuando el cuchillo molecular de la inquisidora la cortó en la mejilla. La sangre tibia le resbalaba hasta el cuello. Gideon Fisher ya estaba cerca, preparando de nuevo su revólver.
Sophía trató de disparar de nuevo sobre Lavinia, pero esta agarró el cañón de su fusil, apartándolo para que el disparo se perdiese en los jardines. La hoja molecular del cuchillo se incrustó en el pecho de Sophía, haciendo que cayese al suelo, boqueando como un pez fuera del agua.
Lo último que escuchó Sophía antes de perder la consciencia fue la voz de la inquisidora.
-Atendedla, la quiero con vida para que sirva como escarmiento.
Un mes después, Sophía y Larkin, hija y padre, volverían a verse. Sería en lo alto de un cadalso erigido en el centro de la Plaza de los Espejos, aquel impresionante espacio rodeado de altos edificios y antes plagado e estatuas de cristal que habían sido sustituidas por estandartes del Nuevo Imperio. Ahora, donde antaño se alzaba la estatua del rey Perley IV, se encontraba una escultura representando a Lord Artemus Scarborough, regente del Nuevo Imperio.
Ambos con lágrimas en los ojos, se miraron el uno al otro, mientras les conducían en compañía de otras diez personas hasta un punto concreto sobre la tarima. Allí, un funcionario encapuchado ciño las sogas a sus cuellos. Como en un sueño, podían ver a la difusa multitud frente a ellos, expectantes ante lo que iba a acontecer.
-¡Muerte al Nuevo Imperio! -Gritó Larkin.
-¡Viva la Revolución! -Rugió Sophía.
Luego, la trampilla bajo sus pies se abrió.

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