Strigoi (Parte IV): Los Doce Pilares de Lilith (1/2)

Aquella plomiza mañana londinense, en aquel apartamento del centro de Londres se daban cita cuatro dispares individuos. Todos tenían algo en común: su pertenencia a la Sociedad Rainer, un grupo secreto que llevaba operativo desde su fundación en 1920 a manos de Amelie Rainer, una acaudalada mujer austríaca cuyos hijos fueran raptados de su propio dormitorio por unos strigoi. Durante años, tanto Amelie como sus descendientes habían puesto sus recursos al servicio de su gran misión: la destrucción de Lilith y su progenie.


El actual dirigente de la Sociedad Rainer, Andreas Rainer, les había informado de la localización de un nido de strigoi en la ciudad de Londres, concretamente en el barrio de Canning Town. Las labores de vigilancia sobre el inmueble habían hecho pensar a Andreas Rainer que en este lugar podría encontrarse información de gran interés para la Sociedad y sus fines.

El primero de aquellos individuos era Aaron Harvey un joven crecido en las duras calles de Nueva York, donde aprendió a sobrevivir y a valerse por sí mismo. A sus diecinueve años, ya era un hacker talentoso, capaz de infiltrarse en los sistemas más seguros. Un par de años atrás había perdido a su pareja por el ataque de un strigoi.

Emma Chambers, por otra parte, había nacido en el seno de una familia de clase alta en Gran Bretaña, donde desde pequeña había mostrado habilidades extraordinarias como médium. De hecho, habían sido sus propios dones los que la llevaron a contactar con un strigoi que casi la mata. Por suerte, un miembro de la Sociedad le salvó la vida en aquella ocasión, reclutándola después.

También estaba Robert Thompson, un ex marine que había visto lo peor de la humanidad en los campos de batalla. Años atrás, durante una misión en Los Balcanes, su escuadrón había sido destrozado por un grupo de strigois; salvando él la vida milagrosamente. La Sociedad Rainer le había contactado poco después de aquello a fin de aprovechar su entrenamiento militar y su experiencia en combate.

El último de los integrantes de aquel pintoresco grupo era Sean Holmes, un sacerdote irlandés aficionado al boxeo y conocido tanto por su carisma como por su habilidad para conectar con las personas. Su vida había dado un giro inesperado al descubrir la existencia de los strigoi y la Sociedad Rainer a través de un superior eclesiástico y ahora ponía todo su empeño en la misión de buscar y destruir a Lilith.

Según la información que les había suministrado Andreas Rainer, el nido se encontraba en el barrio de Canning Town, uno de los lugares más deprimidos de la ciudad de Londres. El mandamás de la Sociedad Rainer les había dado la orden de entrar allí y hacerse con toda la información existente, principalmente la contenida en cualquier equipo informático o smartphone que encontrasen en el lugar.

Antes de que el equipo inspeccionase físicamente la zona, Aaron decidió hackear los archivos de la Empresa Municipal de Urbanismo, así como los de la compañía hidroeléctrica, a fin de obtener alguna información del lugar. No le costó demasiado hacerse con los planos de aquel viejo edificio de viviendas de cuatro plantas en Urbanismo, al tiempo que los datos de consumo eléctrico mostraban claramente que las tres plantas superiores del inmueble estaban desocupadas, mientras que el consumo subía en la primera planta y, sobre todo, en el sótano. Aquella lecturas les hacían intuir que la mayoría de equipos informáticos del nido se encontrarían bajo el nivel de calle.

Tras estas primeras indagaciones, decidieron trasladarse en persona a Canning Town para echar un vistazo.

El inmueble era un viejo edificio de cuatro plantas con su fachada llena de graffitis. Las ventanas de todas las plantas habían sido tapiadas con tablones desde el interior. No les costó demasiado detectar a los dos sujetos de aspecto demacrado que, en un viejo coche, montaban guardia a la entrada del edificio; siervos claramente.

Robert y el padre Holmes, pasaron caminando despreocupadamente ante el edificio. Aunque el sacerdote se había preocupado de retirarse el alzacuellos, probablemente el corte de su traje llamó la atención de uno de aquellos hombres, que no le quito ojo hasta que el padre se perdió calle abajo.

Tras dudar unos minutos acerca del curso de acción a tomar, Aaron, Robert y el padre Holmes optaron por acercarse a un edificio contiguo donde, después de que el padre se hiciese pasar por el cartero para acceder, lograron subir a la azotea. Desde allí, no les costó demasiado pasar a la parte superior del inmueble en el que se encontraba el nido.

Allí encontraron una vieja puerta metálica que daría acceso al edificio, pero que se encontraba cerrada con llave. Además, hicieron una breve incursión por la escalera de incendios para intentar ver algo a través de los tablones de las ventanas, aunque sin demasiado éxito. Así, decidieron retirarse para elaborar un plan para asaltar aquel lugar.

De nuevo en el apartamento que les servía de base, convinieron entrar en el inmueble, fuertemente armados, a través de la puerta metálica de la azotea para, desde allí, bajar hasta el sótano. Caída la noche, Robert logró contactar con Arthur, un viejo amigo del SAS británico que conoció durante una misión de la OTAN y cuya reputación siempre había sido bastante dudosa.

Arthur, que había dejado el ejército y ahora iba por libre, citó a Robert en una nave industrial no muy lejos de allí. Al exmarine no le costó demasiado cerrar un buen trato con Arthur para hacerse con un fusil de asalto, varias pistolas e incluso algunas granadas. Además, le realizó un encargo que hizo sonreír al ahora traficante de armas: una gran cantidad de balas de plata.

Tras burlarse un poco de aquella petición, Arthur le dijo que ese encargo tardaría un par de días en estar listo. Robert no podía esperar tanto, así que decidió que recogería esa munición tras haber asaltado el nido de Canning Town, aunque debieran llevar a cabo dicho asalto sin munición de plata.

A la mañana siguiente, poco antes de que amaneciese, los compañeros se pusieron en camino hacia Canning Town. Sin demasiados problemas, consiguieron colarse en el edificio contiguo y, desde allí, pasar a la azotea del edificio abandonado. Fue entonces, de pie ante la puerta metálica, cuando se percataron de que nadie había traído ninguna herramienta para forzar la puerta.

Por suerte, Emma había cogido un cuchillo en el apartamento, por si le hiciese falta como arma adicional. Haciendo uso del mismo, Aaron logró abrir aquella puerta con una pericia excepcional. Franco el paso, el grupo se introdujo en el edificio con Robert a la cabeza empuñando su fusil de asalto.

El interior del inmueble olía a moho y polvo, se escuchaba el aullido del viento colándose por las rendijas existentes entre los tablones. Tal y como habían deducido, las tres plantas superiores parecían completamente vacías.

Era hora de que Emma utilizase sus habilidades.

Tras concentrarse, la médium contacto con el espíritu de una niña que había muerto en aquel edificio a causa de algún tipo de enfermedad muchos años atrás. La pequeña le contó que los siervos, seis en total, solían habitar en la primera planta, aunque ahora no había ninguno allí. Dos se encontraban en la planta baja del edificio mientras que otros dos estaban en el sótano, además del par que los compañeros habían visto vigilando en el exterior. Por las palabras que Emma trasladaba de boca de la niña, los compañeros dedujeron que los siervos estaban fuertemente armados. Además, pudieron deducir igualmente la presencia de dos strigoi en el sótano, descansando en el interior de sendos sarcófagos metálicos.

El grupo descendió a la primera planta con sumo cuidado, constatando que se encontraba vacía. Después de esto, Aaron se adelanto cuidadosamente por las escaleras para echar una ojeada a la planta baja. Tal como mostraban los planos, se trataba de una especie de gran hall diáfano en el que dos siervos permanecían con aire hastiado mientras sendos subfusiles UZI colgaban de sus hombros.

El grupo decidió iniciar una maniobra de distracción, de modo que el padre Holmes encargó unas pizzas utilizando la dirección del inmueble. Sin embargo, no supieron porqué, tras más de media hora de espera, ningún repartidor llamó a aquella puerta para atraer la atención de los siervos. Los compañeros comenzaban a preguntarse si el repartidor había sido interceptado por los siervos de la puerta cuando, de pronto, el teléfono del padre comenzó a sonar.

Era la pizzería...

Los siervos se alarmaron de inmediato por la presencia de intrusos, de modo que, UZI en mano, corrieron hacia las escaleras. El sonido de la puerta exterior, acompañado de pasos apresurados, anunció que los dos hombres que vigilaban el exterior del inmueble se habían unido a los siervos del hall. Los compañeros, por su parte, retrocedieron hacia el pasillo con las armas prestas, buscando cobertura en los apartamentos abandonados.

Un auténtico festival de disparos recibió a los siervos en la misma escalera, arrancando pedazos de pared y haciendo saltar por todas partes astillas provenientes de la barandilla. Sin embargo, ninguno de ellos resultó alcanzado. Ni siquiera la granada que lanzó Emma, que hizo saltar pedazos de la tarima del suelo por toda la planta, llegó a causarles mucho más que la molestia de la enorme cantidad de polvo en suspensión.

Los siervos contestaron al fuego con sus subfusiles, aunque los compañeros estaban bien atrincherados en el pasillo. Haciendo gala de una puntería asombrosa, Emma abatió a dos de ellos con su pistola. Aaron por su parte, hizo lo propio con otros dos, el último de ellos, alcanzado en el cuello cuando iniciaba su huida escaleras abajo.

Conscientes de que debían moverse rápido antes de que la situación se terciase aún más complicada, los compañeros iniciaron el descenso hacia la planta baja, precedidos de Robert. Fueron recibidos a fuego de UZI en las mismas escaleras por dos siervos que, presumiblemente, habían subido desde el sótano. Los compañeros repelieron el fuego como pudieron desde su precaria posición.

Un certero disparo de Aaron impactó en pleno pecho de uno de los siervos, que se desplomó hacia atrás, sin vida. El otro hombre pareció perder todo interés por permanecer allí ante tantos oponentes armados y, tras girarse, tomó las escaleras que conducían al sótano a toda carrera.

Robert, que esprintó casi al límite de su capacidad, no llegó a alcanzar al tipo antes de que este llegase al piso inferior. Al parecer, el sujeto se había internado en una amplia sala al fondo del sótano. Desde las escaleras, el exmarine podía ver poco más que una gran mesa en aquella estancia. Un extraño sonido hidráulico llegaba desde la sala.

Sin pensarlo dos veces, Robert se precipitó al interior de la estancia, intentando ganar la cobertura de aquella mesa. Justo en ese momento, el resto de sus compañeros llegaba por la escalera.

Nada más cruzar el umbral, el exmarine fue recibido por los disparos del siervo, que fallaron por bastante. Sin embargo, lo que más preocupó a Robert fue el resto de lo que vio dentro de la sala: junto a una mesa alargada en la que se podían ver varios ordenadores portátiles, dos enormes sarcófagos de metal cuyas tapas parecían funcionar mediante algún tipo de sistema hidráulico, se encontraban abiertos de par en par. Junto a los sarcófagos, dos strigoi le contemplaban con los ojos inyectados en sangre.

El padre Holmes entró en la sala, abriendo fuego contra el siervo al tiempo que Aaron y Emma se posicionaban a ambos lados de la puerta, disparando también sus pistolas. El hombre, retrocedió a duras penas ante la lluvia de plomo mientras intentaba a duras penas devolver el fuego.

Con una velocidad increíble, los strigoi cruzaron la sala para llegar hasta Robert y el padre Holmes. Mientras el padre retrocedía para evitar las zarpas de un monstruo, Robert era alzado en volandas por el otro, antes de ser estrellado brutalmente contra el suelo. Desde la puerta, Aaron y Emma continuaban intercambiando disparos con el siervo de un modo bastante infructuoso para todas las partes.

Robert, tras eludir por poco el zarpazo de una de las criaturas, disparó su fusil de asalto contra el pecho del monstruo, destrozando su cuerpo y casi partiéndolo por la mitad. Por su parte, el padre Holmes asió su crucifijo y trató de aplicarlo sobre el rostro del otro strigoi que, sin embargo, le sujetó por la muñeca para evitarlo antes de usar su otra mano para aferrarle el cuello y levantarle un par de palmos del suelo.

Emma ahogó un grito cuando la bala disparada por el siervo rasgó su cuello, haciéndole un arañazo. Mientras, Aaron comenzaba a frustrarse al no ser capaz de acertar a aquel siervo que continuaba devolviendo el fuego y resistiéndose a morir.

Robert disparó una ráfaga de su fusil contra el strigoi que sujetaba al padre Holmes, pero este se hizo a un lado con una agilidad sobrenatural. Un instante después, con una malévola sonrisa en el rostro, la criatura hacía crujir macabramente el cuello del sacerdote, arrebatándole la vida.

Con un rugido de furia, Robert vació el cargador de su arma para, esta vez sí, volatilizar la mitad del cráneo de aquel strigoi, cuyo cuerpo se desplomó sobre un charco de su negruzca sangre. El siervo, tras ahogar un gemido lastimero, soltó su arma e inició una absurda huida hacia el fondo de la sala.

Robert no tardó en placarle e inmovilizarle sobre el suelo, mientras el siervo no paraba de proferir furiosas amenazas.

A través de la mensajería de los teléfonos de los siervos, Aaron pudo averiguar que los servidores de Lilith se encontraban eufóricos debido a que, exactamente en la próxima luna, justo dentro de veintiocho días, iba a llevarse a cabo el Rito de los Doce Pilares en el Templo de Lilith. El siervo sometido por Robert no sabía en qué consistía exactamente el rito, pero era consciente de que el mismo liberaría por fin a La Madre de las cadenas espirituales que el Dios de los hombres la impuso para castigarla, dejándola alcanzar todo su poder.

En uno de los ordenadores del lugar, Aaron también pudo encontrar varios correos cruzados con lo que pudieran ser otros grupos de siervos. Los correos rezaban: "Puede que por fin hayamos encontrado el medallón de Atra-Hasis. La madre estará complacida. Un viejo enemigo de nuestra madre, Alonso Tafalla, lo tuvo en su poder. Debéis viajar a España para haceros con el medallón". Aaron, casi en el momento, indagó un poco por la red, descubriendo que Alonso Tafalla había sido un sacerdote español criado y educado en Venecia, nacido en 1878 y muerto en 1930 que sirvió a la fe dentro de la Catedral de Toledo, en España.

En otro teléfono móvil Aaron pudo encontrar el mensaje entrante: "La fortuna nos sonríe, sospechamos que la Llave de Melem-Kish pudo acabar en manos de un sacerdote llamado Frederic de Verley. Debemos conseguirla antes de que nuestros enemigos se hagan con ella". Otra rápida búsqueda en Internet desveló que Frederic de Verley había sido un sacerdote francés nacido en 1885 y muerto en 1930 que se encontraba enterrado en el cementerio de Pére-Lachaise de París.

Mientras Aaron examinaba los equipos en busca de toda esta información, Robert informaba a Andreas Rainer del desenlace de la operación. Tras lamentarse por el fallecimiento del padre Holmes, el dirigente de la Sociedad Rainer les pidió que siguiesen aquellas pistas. Del mismo modo, le indicó a Robert que el siervo no era valioso para la Sociedad, de modo que el exmarine zanjó el asunto con una bala en la cabeza de aquel desdichado.

Rápidamente, los compañeros abandonaron aquel inmueble. Las sirenas de la policía ya se escuchaban en la distancia y ninguno quería dar explicaciones acerca de lo que allí había pasado.

Aquella misma noche, mientras los compañeros trazaban un plan para sus próximos pasos, recibieron una visita inesperada: Andreas Rainer había enviado a una mujer para que se uniese al equipo.

Sofía Green era una veterana historiadora cuya pasión por el conocimiento y la investigación la había llevado a descubrir descubrir la existencia de los strigoi algunos años atrás. Sus investigaciones pronto habían llamado la atención de la Sociedad Rainer, que acabó por reclutarla. Según Rainer, Sofía poseía una habilidad excepcional para encontrar patrones y conexiones que otros pasarían por alto. Su vasto conocimiento sobre antiguas civilizaciones y mitologías la convertían, en su opinión, en un activo muy valioso para aquel grupo.

- - -

A la mañana siguiente, los compañeros tomaron un avión rumbo a España, pues habían decidido seguir la pista del sacerdote Alonso Tafalla. Después de un corto vuelo y un trayecto en coche bastante agradable, llegaron a la catedral de Toledo.

Entraron en aquella majestuosa catedral, donde la luz de las vidrieras creaba una atmósfera antinatural. Ecos de pasos resonaban sin origen claro mientras la luz de las velas oscilaba inquietantemente y el olor a incienso flotaba en el aire. Emma intentó establecer contacto en la catedral, aunque quizá el alboroto producido por el grupo de turistas que acababa de entrar lo impidió al dificultar la concentración de la médium.

Un amable sacerdote al que abordaron les indico que cualquier información relativa a los sacerdotes que allí habían servido a la fe se encontraría en los archivos de la catedral, que eran de naturaleza restringida.

Haciendo valer su acreditación profesional como historiadora y, argumentando que investigaba para un libro junto a su equipo, Sofía consiguió que el párroco les permitiese acceder a los archivos aún sin el permiso de la diócesis.

Allí descubrieron que el sacerdote Alonso Tafalla había fallecido en 1930 después del ataque de un animal salvaje en las calles de Toledo. Al parecer, su acompañante tras el ataque, un comerciante italiano llamado Lazzaro Barbaro llegó a asegurar que dicho ataque había sido llevado a cabo por una criatura demoníaca.

También encontraron los diarios del propio Tafalla, donde el sacerdote hablaba de una reliquia de gran valor para los propios strigoi, un medallón extremadamente antiguo traído por los cruzados desde Tierra Santa. El propio Alonso había ocultado la reliquia en una antigua iglesia visigoda, la Iglesia de Vetranio.

Los diarios de Alonso Tafalla incluían también correspondencia con aquel sacerdote francés llamado Frederic de Verley. En las misivas, el sacerdote francés disertaba acerca de algún tipo de tablilla de arcilla sumeria que parecía ser importante y cuya ubicación, especulaba Frederic, pudiera ser el monasterio de San Constantino Brancovan, en Curtea de Arges, Rumanía. Frederic también hacía mención a un importante hallazgo hecho por él mismo, un "arma importante" que, al parecer, obraba en su poder y a la que se refería como "La Llave".

Mientras Aaron descubría en Internet que la Iglesia de Vetranio había sido destruida en 1936 y ahora sus ruinas eran un monumento turístico, Sofía recurría a uno de sus contactos académicos para averiguar que el tal Lazzaro Barbaro, que acompañaba a Tafalla en el momento de su muerte, era un comerciante veneciano que había habitado el Palacio de Ca´Dario en la ciudad de Venecia.

Así, los compañeros decidieron tirar del hilo y dirigirse hacia la Iglesia de Vetranio. Viajaron en tres vehículos: Emma y Sofía en el coche de la primera mujer, Aaron en su scooter y Robert en su propio coche.

Las ruinas de la Iglesia de Vetranio se encontraban a las afueras de Toledo. En su día debió ser una iglesia pequeña cuyas ruinas ahora se alzaban en mitad de un secarral, asemejándose al esqueleto de algún animal abandonado en la llanura. En el descampado frente a la iglesia había aparcado un vehículo vacío. Los compañeros también pudieron ver un barracón de chapa donde se encontraban, al parecer, los aseos.

En silencio, el grupo se aproximó a aquella estructura de muros ruinosos cubiertos de musgo, cuyas columnas solitarias inspiraban cierto desamparo con aquellos arcos rotos por los que se filtraba la luz.

Un empleado de Patrimonio bastante entusiasta custodiaba las ruinas. Sofía inició una agradable conversación con el hombre, descubriendo que los objetos existentes en la vieja iglesia visigoda destruida en 1936 fueron sin duda trasladados al monasterio de San Juan de los Reyes, que sí fue respetad por las tropas republicanas, al contrario que aquella iglesia, que había sido incendiada. Además, el empleado comentó que la Iglesia de Vetranio ya había suscitado interés muchos años atrás, pues en 1930 un sacerdote llamado Alonso Tafalla había estado investigando el lugar junto a un italiano llamado Lazzaro Barbaro. Por si fuese poco, la iglesia visigoda también había sido visitada por un sacerdote francés, un tal Frederic de Verley en 1925. El cura levantó revuelo en Toledo, pues se decía que era en realidad un investigador ocultista del Vaticano.

El empleado rió luego, pues al parecer, una pareja había estado hablando con él del mismo tema hacía pocos minutos. De hecho, el hombre señaló de inmediato al hombre y la mujer que acababan de salir de los aseos y se dirigían hacia el vehículo aparcado frente a la iglesia. Las demacradas facciones de los individuos alertaron inequívocamente a los compañeros de que se trataba de dos siervos.

Dejando al empleado de Patrimonio con la palabra en la boca, los compañeros se pusieron en marcha tras aquella pareja que ya conducía en dirección al monasterio de San Juan de los Reyes.

Robert aceleró bruscamente hasta adelantar a los siervos, cruzando después su vehículo en la carretera y obligando al conductor a frenar en seco. Un segundo después, tanto el Mercedes de Emma como la moto de Aaron rebasaban la posición para continuar por la carretera.

Antes de que aquellos siervos supiesen qué estaba pasando, Robert abrió fuego desde su vehículo. Un segundo después de que los impactos de bala perforasen la chapa, la mujer que viajaba en el asiento del copiloto, alzaba un subfusil para abrir fuego contra el Ford Focus del exmarine.

Tras un rápido intercambio de disparos, el siervo que conducía puso su vehículo de nuevo en marcha y, rodeando el coche de Robert, tomó de nuevo la carretera. Un poco más adelante rebasaría a la lenta motocicleta de Aaron y, aunque el joven disparó contra el vehículo, no logró detenerlo.

Emma estacionó el coche justo frente a la entrada del monasterio de San Juan de los Reyes. Sofía y ella se bajaban del coche cuando pudieron escuchar los disparos en la lejanía. Volviéndose hacia la loma que tenían al sur, vieron la persecución entre el vehículo de los siervos, desde cuya ventanilla una mujer disparaba sus subfusil, y el coche de Robert, con el exmarine intentando no perder a su presa.

Unos monjes que allí había no tardaron en apremiarlas para que buscasen refugio en el interior, mientras otros religiosos exhortaban a que sus compañeros alertaran a las autoridades. Casi a empujones, un par de monjes condujeron a ambas mujeres hasta el despacho del abad, donde les pidieron que permaneciesen para mantenerse a salvo.

Mientras tanto, los siervos detuvieron en vehículo frente al monasterio, en posición perpendicular respecto al sentido de la carretera por la cual se acercaba el Focus de Robert. El subfusil de la mujer vomitaba balas que percutían sobre el capó del exmarine mientras la sierva se alejaba un par de metros del coche. Por su parte, el conductor ya preparaba la pistola, apuntándola hacia su oponente.

Para sorpresa de aquellos infelices, Robert no detuvo su vehículo para enzarzarse en un nuevo tiroteo, sino que embistió el vehículo enemigo a toda velocidad. El siervo al volante murió en el acto, mientras el coche salía por los aires dando un par de vueltas de campana. La mujer, sorprendida por el desenlace, aún intercambió algunos imprecisos disparos con el aturdido Robert.

Dentro del monasterio, Sofía no perdía el tiempo y comenzaba a revisar los estantes del abad en busca de información. Mientras Emma lograba contactar con el malhumorado espíritu de un antiguo abad, quien, con gesto hosco, le señalaba el libro en el que Sofía debería fijarse. Allí se contaba que, en 1936, llegaron al monasterio los enseres albergados en la Iglesia de Vetranio. Estos incluían un medallón de claro origen sumerio que, según sus registros, provenía de Tierra Santa.

Los textos eran un diario del abad Ismael De Cavallería, quien dirigía por aquel entonces el monasterio y que había estudiado el medallón durante algún tiempo. Según aquel libro, el medallón aún se encontraba en la Sala del Tesoro del monasterio.

Mientras sus compañeras investigaban aquel diario, Aaron llegó al monasterio, deteniendo su scooter a unos metros del maltrecho vehículo de Robert. La sierva no tuvo tiempo de abrir fuego contra él antes de que el joven le descerrajase un disparo en la frente.

Emma y Sofía salieron del despacho aprovechando el caos reinante en el monasterio. No les costó demasiado dar con la Sala del Tesoro, aunque la encontraron cerrada con llave, por lo cual decidieron regresar al despacho del abad con la esperanza de encontrarla allí. Por suerte, Sofía halló un manojo de antiguas llaves en uno de los cajones del escritorio.

Mientras, en el exterior, Aaron y Robert decidían abandonar la zona antes de que las autoridades se personasen allí, alertadas por los monjes. Mientras el exmarine incendiaba lo poco que quedaba de su vehículo para borrar posibles pruebas en un olivar cercano, Aaron trataba de hackear sin éxito los teléfonos de los dos siervos que acababan de abatir.

Tal y como sospechaban Emma y Sofía, una de las viejas llaves abrió la puerta de la Sala del Tesoro. En el interior encontraron varias vitrinas de cristal, cerradas y correspondientemente alarmadas, que contenían antiguos objetos y libros. De entre todas, aquel exótico medallón de origen sumerio resaltaba como un faro en mitad de la noche.

Sin dudarlo, Sofía volcó la vitrina, haciendo añicos el cristal y disparando la ruidosa alarma. Las mujeres tomaron el medallón y salieron rápidamente al pasillo. Dos monjes se acercaban con aspecto furioso, ordenándolas que se detuviesen. Cuando ambas desenfundaron sus armas y les encañonaron, los dos hombres adoptaron una actitud mucho más dócil, permitiendo que se marchasen sin ninguna oposición.

Apenas se habían montado en el Mercedes de Emma, sus compañeros contactaron telefónicamente con ellas para que todos pudieran reunirse. Mientras Emma conducía hacia el lugar convenido, Sofía se entretuvo en descifrar las inscripciones en sumerio existentes en la parte posterior del medallón.

Este es el Medallón de Atra-Hasis, que despertará a los espíritus guardianes del Templo de Lilith, quienes han de proteger a La Madre

- - -

Aquella misma noche, los compañeros tomaron un nuevo avión, esta vez con rumbo a París tras la pista de aquel sacerdote francés llamado Frederic de Verley. Durante el vuelo, debatieron largo y tendido sobre la conveniencia de destruir o no el medallón de Atra-Hasis, decidiendo finalmente que aguardarían a tener más información para actuar al respecto.

Mientras que Aaron, Robert y Emma se encargaban de visitar el cementerio de Pére-Lachaise, Sofía decidió permanecer en el hotel aquel día: la profesora se encontraba bastante alterada a nivel emocional por las intensas vivencias de los últimos días y su mente necesitaba algo de reposo.

El cementerio de Pére-Lachaise era enorme. A la vez que Aaron y Robert caminaban entre lápidas inclinadas y cubiertas de musgo, estatuas de mármol corroídas por la lluvia y hojas secas que crujían bajo los pies mientras las alargadas de los cipreses caían sobre las tumbas, Emma intentó contactar con el espíritu de Frederic de Verley. Por desgracia, había tantas presencias en aquel lugar, todas gritando tan fuerte... a la médium le fue imposible dar con la persona que buscaba.

Apenas la mujer había abandonado su trance, Aaron detecto a dos personas merodeando entre las lápidas, ambas con el característico aspecto demacrado propio de los siervos. Los compañeros decidieron separarse. Aaron y Emma seguían a los dos hombres, guardando a su vez cierta distancia el uno de la otra. Por su parte, Robert comenzó a dar un ligero rodeo para interceptar a los siervos más adelante.

Emma, quizá menos acostumbrada a este tipo de labores de seguimiento, fue detectada poco después por los siervos. Uno de ellos hizo amago de desenfundar la pistola que guardaba debajo de su chaqueta, pero el otro se lo impidió, ya que había algunos transeúntes paseando por el cementerio. En su lugar, ambos blandieron sendas navajas automáticas y comenzaron a caminar hacia la mujer.

Como Emma valoraba sin duda mucho más su vida que su discreción, no dudo en sacar la pistola oculta en su bolso para abrir fuego contra ambos atacantes, que corrieron a parapetarse tras un par de tumbas mientras, esta vez sí, desenfundaban sus pistolas para devolver el fuego. La irrupción de Aaron tomó por sorpresa a uno de los siervos que, sin tiempo de reacción, vio como el joven alojaba dos disparos en su pecho, extinguiendo su vida.

Algunos visitantes del cementerio comenzaron a gritar, otros corrían, alguien gritaba que había que llamar a la policía.

Casi un instante después, Robert aparecía a la retaguardia del otro siervo para abatirle por la espalda con un certero disparo en la nuca. Tras comprobar que sus compañeros se encontraban bien, les instó a abandonar el lugar: parecía que sus indagaciones en el Pére-Lachaise habían terminado por aquel día.

De vuelta en el hotel, Aaron se introdujo en los archivos del cementerio en busca de la ubicación concreta de la tumba de Frederic de Verley. Sin embargo, maldijo con frustración al descubrir que la mayoría de nichos antiguos aún no habían sido incluidos en los archivos digitales, sino que continuaban figurando únicamente en los registros analógicos de las oficinas del Pére-Lachaise.

Al día siguiente, Robert y Sofía decidieron volver al cementerio. Los compañeros no consideraron prudente que Aaron y Emma volviesen debido a que numerosos testigos les vieron enzarzarse en aquel tiroteo con los siervos. No sabían si alguien había visto a Robert uniéndose después a la refriega, pero decidieron correr el riesgo.

Encontraron un par de coches patrulla en el aparcamiento del cementerio, con sus cuatro agentes paseando con aire distraído entre las tumbas, cerca del área acordonada donde los dos siervos habían sido abatidos por los compañeros el día anterior. Ninguno pareció fijarse en Robert.

Una vez en las oficinas, encontraron a una hastiada empleada del cementerio que se mostró bastante reacia a ayudarles a localizar la tumba de Frederic de Verley en los registros analógicos, a pesar de que Sofía llegó a ofrecerle un buen incentivo económico. Por suerte, el compañero de la mujer se mostró mucho más colaborador ante tal incentivo, de modo que aparcó el videojuego de su móvil para bucear entre todas aquellas hojas impresas hasta dar con la parcela en la que se encontraba la tumba que los compañeros buscaban.

Cuando salían de las oficinas, listos para dirigirse hacia la tumba de Frederic de Verley, Robert detectó la presencia de dos siervos entre las tumbas. Sin duda también buscaban el lugar donde reposaban los restos de aquel sacerdote francés. Mientras Sofía se dirigía al lugar señalado por el empleado del cementerio, el exmarine se dedicó a seguir de cerca a los siervos.

Como le ocurriese el día anterior a Emma, Robert no tardó en ser detectado por los hombres, que se volvieron hacia él empuñando sus navajas automáticas. Con el rabillo del ojo, el exmarine vio que los agentes de policía estaban bastante lejos, y ninguno miraba hacia Robert y los siervos.

Con un certero puñetazo, el exmarine dejó fuera de combate al primer siervo que se acercó, justo antes de desarmar al segundo y golpear su rostro contra una lápida, dejándole también inconsciente. Luego, alzó la vista hacia los agentes de policía: uno de ellos miró entonces hacia Robert, saludándole con un leve gesto de la mano que el exmarine correspondió.

Luego, cuando se cercioró de que los agentes no miraban, se arrodilló junto a los cuerpos inconscientes de los siervos y degolló a ambos con una de sus propias navajas. Arrastrar los cuerpos para dejarlos ocultos entre dos lápidas no le llevó demasiado tiempo.

Mientras que Robert tenía esta peligrosa interacción con los siervos, Sofía había logrado llegar hasta la tumba de Frederic de Verley. El panteón era una construcción pequeña y humilde, decorada con dos ángeles enfundados en corazas de estilo romano sobre la entrada. La puerta estaba cerrada y, aunque la mujer intentó abrirla con un empellón, esta no cedió; de modo que decidió regresar en busca de Robert.

El exmarine se topó con ella a pocos metros de la tumba, pero la urgió a que abandonasen el lugar debido a su encontronazo con los siervos: no sabía cuanto tiempo iban a tardar los agentes de policía presentes en el cementerio en hallar los cadáveres.

Así, ambos regresaron al hotel para reunirse con Aaron y Emma. Tras ponerles al tanto de la nueva información, todos decidieron intentar internarse en el cementerio al caer la noche para entrar en el pequeño panteón.

Cuando, aquella noche, volvieron a aproximarse al cementerio Pére-Lachaise, encontraron a la policía dentro. En una nueva zona acordonada, los forenses parecían examinar los cuerpos recientemente hallados mientras un par de agentes hacían acto de presencia con gesto aburrido.

Discretamente, los compañeros se encaminaron al extremo opuesto del cementerio para intentar escalar el muro de tapia. Emma y Sofía consiguieron pasar sin demasiados problemas gracias a la ayuda de Aaron y Robert. Sin embargo, ellos dos lo pasaron peor: el ágil movimiento de parkour de Aaron terminó con el joven rodando desmadejado al otro lado de la tapia, mientras que Robert intentó descolgarse del lado posterior del muro demasiado rápido y acabó llevándose también un buen costalazo.

Tras reírse un poco de aquella bochornosa actuación de los, en teoría, miembros más ágiles del grupo, todos continuaron hasta el panteón de Frederic de Verley. No les costó demasiado forzar la puerta y escurrirse en el interior sin ser detectados.

Nada más entrar al mausoleo, encontraron un mural de cerámica donde podía leerse que el panteón había sido levantado por el mercader francés Come Alméras, amigo del difunto. En un breve texto que encomendaba el alma del difunto a Dios, firmado por el tal Come, se hacía alusión a que Frederic de Verley falleciese justo el mismo año en que también había perdido a su amigo Alonso Tafalla al otro lado de los Pirineos.

Emma decidió emplear aquel momento para volver a intentar contactar con Frederic de Verley, cosa que logró sin problemas esta vez. Durante su breve conversación, la médium pudo averiguar que Frederic opinaba que el medallón de Atra-Hasis debería ser destruido, mientras que Alonso Tafalla pensaba que aquello podía resultar peligroso. Por desgracia, en un momento de la conversación, Emma le reveló a Frederic que estaba muerto, cosa que el fantasma desconocía. Impactado, el espíritu del sacerdote abandonó el lugar, rompiendo el contacto.

Una vez Emma hubo comunicado a sus compañeros el resultado de aquel contacto, los compañeros centraron su atención en el sarcófago de Frederic de Verley, el cual tenía una inscripción sobre la tapa: "Sub corpore meo caduco, via ad clavem quam custodio" (Bajo mi cuerpo perecedero, el camino hacia la llave que custodio).

En el interior del féretro hallaron los huesos polvorientos del padre Frederic de Verley. Entre sus huesudas manos encontraron también un diario encuadernado en cuero. Además, Aaron y Robert no tuvieron demasiadas dificultades en encontrar también un pasadizo ubicado bajo el propio sarcófago.

Tras arrastrar el féretro a un lado, descubrieron el acceso a un estrecho pasadizo que se hundía en la tierra, donde el suelo levemente encharcado daba lugar a una atmósfera densa y húmeda.

Utilizando la linterna de su smartphone, Sofía decidió abrir la comitiva, ya que su conocimiento de la disposición arquitectónica de las catacumbas antiguas unida a sus dotes de observación podrían ser muy valiosas allí, según ella misma argumentó.

Parecía ser que el padre Frederic de Verley había hecho construir un pasadizo que conectaba su sepulcro con las viejas catacumbas del cementerio, construidas a finales del siglo XIX. El grupo, guiado por Sofía, se vio obligado a llevar a cabo una lenta exploración de este viejo osario para, después de varias horas, acabar dando con una vieja caja metálica que estaba fabricada con un estilo demasiado moderno para aquellas catacumbas, quizá de los años treinta.

En el interior de aquella caja, Sofía encontró un cilindro de piedra cuya superficie está grabada por completo con escritura cuneiforme. Al traducir los símbolos, la historiadora pudo leer:

 "Esta es la llave de Melem-Kish, la que franqueará el camino a los hombres en el Templo de la Madre de Demonios".

Todos estuvieron de acuerdo en que, al contrario que el medallón de Atra-Hasis, aquel cilindro era inequívocamente una herramienta valiosa para su misión. Con cautela, desandaron el camino hasta regresar hasta la tumba de Frederic de Verley y, desde allí, volver a cruzar el cementerio para abandonar el camposanto y poder regresar al hotel, cosa que hicieron sin incidencias.

A la mañana siguiente, al grupo le aguardaba un viaje en avión hasta Rumanía. Durante el vuelo, Sofía se dedicaría a examinar los diarios de Frederic de Verley.

Aquel manuscrito contenía numerosas divagaciones acerca de Lilith y los strigoi, aunque la mayoría muy imprecisas. También había anotaciones referentes a cierta tablilla de arcilla esencial para traducir alguna especie de clave: el diario explicaba que dicha tablilla acabó probablemente en manos de un príncipe valaco conocido como Vlad III y que era posible que la misma terminase en el monasterio de San Constantino Brancovan, en Curtea de Arges, Rumanía, donde fueron a parar muchas de las pertenencias del noble muchos años después de su fallecimiento.

A Sofía no le costó mucho recordar que aquel Vlad III al que se refería de Verley no era otro que el legendario Vlad el Empalador.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Dirigir Rol : Subtramas

Cuando las cosas no están saliendo bien

Los Reinos (T4) - Las Tablas del Destino (12/18)