Strigoi (Parte IV): Los Doce Pilares de Lilith (2/2)

Tras hacerse con la Llave de Melem-Kish en las catacumbas de París, el grupo formado por el joven hacker Aaron Harvey, la médium Emma Chambers, el exmarine Robert Thompson y la historiadora Sofía Green viajaba a bordo de un vuelo regular con destino Bucarest, donde esperaba encontrar alguna pista más en la localidad de Curtea de Arges, donde se suponía que se encontraba la tablilla de arcilla sumeria que, según Frederic de Verley, hubiese sido crucial para la investigación que tanto él mismo como el sacerdote español Alonso Tafalla llevaran a cabo en los años veinte.


Tras un par de horas en coche desde la capital, los compañeros llegaron al Monasterio de San Constantino Brancovan, en Curtea de Arges, el lugar citado por Frederic de Verley en sus misivas a Tafalla. Se trataba de un lugar de muros de piedra recortados contra el cielo gris donde habitaban apenas una docena de monjes ortodoxos. Frescos desvaídos se desmoronaban en las paredes y, en sus jardines centrales, destacaba una fuente central rodeada de estatuas de santos.

El abad del monasterio no se mostró demasiado impresionado por las credenciales profesionales de Sofía, indicando a los compañeros que no podían acceder a los archivos de la Orden de San Constantino Brancovan sin un permiso del clero o, en su defecto, del Ministerio del Patrimonio Rumano. Así, Robert decidió telefonear a Andreas Rainer con la esperanza de que este pudiese llevar a cabo las gestiones. Mientras, el abad les ofreció la posibilidad de aguardar el resultado en el interior de los muros del monasterio.

Emma aprovecho ese tiempo para contactar con el espiritu de un monje, presente en el jardín central. La cordial conversación no tardó en torcerse en cuanto la médium pronunció el nombre de Lilith, lo que acabó por espantar al fatasma del religioso, que se desvaneció rompiendo el contacto.

Las llamadas de Rainer debieron surtir efecto pues, en menos de una hora, el abad permitió que accediesen a los archivos. Para desesperación del grupo, los textos parecían estar bastante desorganizados y, el único ordenador existente, podía ser considerado también casi una reliquia.

Tras un arduo trabajo, Sofía descubrió unos textos del siglo XV escritos por monjes, los cuales aseguraban que el príncipe Vlad III era en realidad un poderoso strigoi. También decían que el príncipe se había movido por media Europa y Oriente recopilando textos sobre algo llamado "El Rito de los Doce Pilares". Otros textos de monjes indicaban que los religiosos habían llevado a cabo estudios acerca de la localización del ancestral Templo de Lilith. Sin embargo, una nota adosada a los textos indica que esos documentos fueron expoliados por los otomanos en el siglo XV y fueron a parar a manos del Sultán Mehmed II, que habitaba el Palacio de Topkapi en la actual Estambul.

A traves de un registro algo desorganizado, también pudo saber que un comerciante italiano llamado Lazzaro Barbaro había visitado el monasterio en 1932. Junto al comerciante viajaba un erudito llamado Donatello Verardi.

Si bien Aaron intentó buscar algo de información en el viejo ordenador, este no se encontraba en muy buen estado y acabó por sobrecalentarse. El hacker ni siquiera pudo obtener nada valioso tras desmontar el aparato y examinar el arcaico disco duro con sus equipos.

De ese modo, Sofía tuvo que examinar una gran cantidad de viejos registros para descubrir también que cinco años atrás, había desaparecido del monasterio una vieja tablilla de arcilla con inscripciones cuneiformes que había pertenecido en su día al emperador Justiniano I y que fue donada en 1515 al monasterio por el príncipe valaco Neagoe Basarab. Se decía que la tablilla había sido expoliada de las antiguas pertenencias funerarias del príncipe Vlad III. La tablilla desapareció poco después de la visita de un tal Omar Al-Midani.

Aaron sondeó las redes en busca del tal Omar Al-Midani, aunque no encontró nada relevante.

Obtenida esta información y tras dudar un rato del siguiente paso a dar, Robert sugirió que se dirigiesen al Castillo de Poenari, la morada del príncipe Vlad III donde, esperaba el exmarine, quizá pudiesen conseguir alguna pista más.

El Castillo Poenari era una fortaleza en ruinas construida sobre un acantilado y junto a la carretera de Transfagarasan. El imponente abismo junto a la construcción terminaba en las espumosas aguas del río Arges. Desde la carretera, no les costó divisar el vehículo estacionado junto a las ruinas en cuyo interior aguardaba un sujeto con las características facciones demacradas de un siervo.

Robert estacionó cerca de la carretera el vehículo en el que viajaba junto a Aaron, mientras que Emma condujo casi hasta la entrada del castillo a bordo de su Mercedes, en el cual viajaba con Sofía. Tras descender del automóvil, ambas comenzaron a actuar como si fuesen turistas ante la atenta vigilancia del siervo.

Desde su adelantada posición, las mujeres pudieron ver que tres siervos más se movían en el interior de las ruinas, lo que comunicaron inmediatamente a sus compañeros a través de la mensajería de sus teléfonos. Emma, además, logró contactar con el espíritu de un antiguo soldado otomano, aunque no sacó nada en claro de aquel contacto.

Uno de los siervos desapareció de la vista de las mujeres, internándose en la fortaleza. Pronto supieron que había ido a dar un rodeo por el exterior ya que, cuando Robert apuntaba su fusil desde la distancia contra el siervo que aguardaba en el coche, un inesperado oponente hizo su aparición a un par de decenas de metros de la carretera, iniciando un tiroteo con el exmarine y Aaron.

Inmediatamente, los dos siervos que aún quedaban en el patio comenzaron a disparar sobre Emma y Sofía, que buscaron refugio tras su vehículo. Con un certero disparo, la médium logró abatir a uno de los siervos antes de que el otro, acompañado también por el hombre del coche, retrocediese hacia el interior del castillo. Unos segundos después, el siervo que intercambiaba disparos con Aaron y Robert junto a la carretera hizo lo propio, refugiándose en las ruinas del Castillo de Poenari.

Los compañeros persiguieron la huida de aquellos siervos a través del ruinoso patio de la fortaleza hasta lo que parecía la entrada a las catacumbas del castillo, lo hicieron mientras cargaban la munición de plata en sus respectivas armas. Allí, descubrieron que los siervos se habían atrincherado en una sala existente a final de un angosto pasillo. Tanto Emma como Robert arrojaron un par de granadas que, sin embargo, detonaron de forma bastante inofensiva en el corredor, arrancando apenas una lluvia de pequeños fragmentos pétreos.

Desde su posición, los compañeros pudieron escuchar como dos de los siervos urgían a otro, al que los compañeros no tenían en su visual, a llevar a cabo algún tipo de acción.

-¡Hazlo ya! -le gritaban. -¡Hazlo de una vez!

Cuando Aaron abatió de un disparo a uno de los hombres del pasillo, el otro se replegó inmediatamente hacia el interior de las catacumbas. Rápidamente, los compañeros avanzaron hasta la estancia ocupada anteriormente por sus enemigos. Desde allí, un nuevo corredor parecía internarse en las profundidades. Una conversación les llegó, flotando por aquel pasadizo:

-¡Hazlo ya, joder! ¡Hazlo!

-¡Noo, por favor!

Un sonido metálico, seguido de un gorgoteo les hizo sospechar que algo muy turbio acababa de ocurrir entre aquellos dos siervos. Sofía se asomó fugazmente al pasadizo, lo justo para ver cómo una figura se acercaba a toda prisa a través de la oscuridad. La mujer apenas había tenido tiempo de retroceder cuando un siervo con las manos ensangrentadas surgió de la oscuridad disparando su pistola. Por suerte, no llegó a acertar a ninguno de los compañeros, sino que cayó abatido por un disparo de Robert tras dar unos pocos pasos en la estancia.

Para desgracia de los compañeros, una nueva figura surgió del oscuro pasadizo: la de un strigoi ataviado con raídas prendas propias de otra época. Sofía, examinando las facciones de aquel monstruo, no tuvo dudas de que se encontraban ante el mismísimo Vlad III.

Emma, Robert y Sofía abrieron fuego contra el strigoi tras cargar su munición de plata, aunque este se movió demasiado rápido, logrando eludir todos sus disparos. Un terrible zarpazo hizo rodar a Robert por el suelo de la estancia mientras Emma y Sofía retrocedían a duras pena para mantenerse a salvo de las garras de aquel monstruo.

Aaron tuvo más éxito al disparar, logrando arrancarle un pedazo de la cara a Vlad con su proyectil. Sin embargo, la criatura reaccionó golpeando al muchacho con tal fuerza que le arrojó al otro lado de la estancia.

El momento de caos fue aprovechado por Emma para arrojar una granada sobre el strigoi que, sin embargo, la agarró al vuelo. El arcaido vampiro observó aquella esfera metálica por un segundo, sin saber exactamente qué era... hasta que se produjo la detonación que le hizo saltar en mil pedazos.

Tras recomponerse de aquel breve pero intenso combate, los compañeros decidieron examinar el pasadizo por el cual había llegado Vlad Tepes. Encontraron los restos de un muro recientemente derrobado, seguramente por los siervos, quienes habrían encontrado aquel acceso sellado que había permanecido tanto tiempo oculto para los investigadores que habían visitado la zona.

El pasillo les llevó a una nueva cripa, en la que encontraron al siervo que faltaba con el cuello abierto junto a un antiguo sarcófago de piedra. También encontraron varios cofres con diversos objetos, destacando por su interés uno que parecía contener los diaros del propio Vlad III.

Reconfortándose por haber eliminado a un potencial enemigo que, claramente, estaba a punto de unirse a las huestes de Lilith, los compañeros decidieron guiar sus pasos hacia Estambul, en busca de los documentos que el Sultán Mehmed II había expoliado de Rumanía en el siglo XV.

Sofía aprovechó el breve vuelo de Bucarest a Estambul para leer los diarios del príncipe Vlad III, que contenían información sobre el conocido como Rito de los Doce Pilares. Según los diarios, en el Templo de Lilith existían doce columnas de roca (Los Doce Pilares) y, para llevar a cabo el rito, doce niños que aún no hubiesen cumplido una luna podrían ser colocados al pie de cada una de las columnas el día exacto en que se hubiesen cumplido doscientas veces mil años desde que Lilith fuese encadenada (que, justamente, se cumplían en la fecha ya conocida por los compañeros). Cuando llegara el amanecer, las almas de los niños serían consumida y su esencia repararía a Lilith, permitiendo que la Madre recobrase todo su poder y, tanto ella como sus hijos, puedieran volver a caminar a la luz del sol.

Los diarios mencionaban también el medallón de Atra-Hasis, que permitiría activar a los espíritus guardianes de los ángeles que servían a Lilith antes de su caída. Estos caídos guardarían a la Madre para que nadie ose dañarla en el Templo. Vlad mencionaba que el Medallón había sido sustraido por cruzados en Tierra Santa, especulando con que hubiera acabado en el antiguo reino de Castilla.

Asimismo, el principe valaco escribía sobre la Llave de Melem-Kish, un artefacto que desactivaría las trampas dispuestas en el Templo de Lilith por los constructores del mismo. Según Vlad, estas trampas resultarían valiosas para la hipotética defensa del templo, por lo que no sería conveniente que cayese en manos enemigas. La llave, expoliada también por cruzados, pudo haber acabado en algún lugar de Francia, especulaba el noble en sus diarios.

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Lo primero que hicieron los compañeros tras llegar a su habitación de hotel en Estambul fue destruir el medallón de Atra-Hasis. Metódicamente, Robert fue golpeándolo con la culata de su arma hasta no dejar nigún pedazo demasiado grande de él.

Acto seguido, se desplazaron hasta el Palacio de Topkapi, un enorme complejo de setecientos mil metros cuadrados que constaba de un entramado de edificios embaldosados con vivos colores y cuyos enormes ventanales dejaban ver el Bósforo. Estos edificios, interconectados por patios y jardines llenos de fuentes, ahora funcionaban como un museo que, según pudo observar Sofía, estaba dotado de avanzados sistemas de seguridad.

Mientras que Emma trataba de establecer contacto si éxito con algún espíritu presente, Sofía empleaba una vez más sus credenciales profesionales para que el gerente del museo les permitiese acceder a los archivos del Palacio de Topkapi.

A Sofía no le costó demasiado dar con los diarios de Mehmed II, donde descubrió que, en 1459, había dedicado mucho tiempo a estudiar el mito de Lilith. Al parecer, en algún punto de su infancia, había sido testigo del ataque de un vampiro en su corte.

Los diarios de Mehmed II relatan que el Templo de Lilith estaba ubicado en una ciudad sumeria. Al parecer, en el III Milenio a. C se grabaron varios símbolos en un enorme cilindro de piedra (Piedra de Innana), los cuales marcan la posición astrológica del templo. Sin embargo, para traducir estos símbolos era necesaria una tablilla de arcilla.

Durante años, el sultán estuvo buscando la "Lanza de Longinos", una poderosa reliquia cristiana: una hoja ungida por la sangre de cristo que tenía gran poder sobre los strigoi. Las indagaciones de Mehmed le revelaron que en el año 532 el emperador Justiniano había ocultado el arma en algún punto de la Cisterna Basílica, aunque el sultán jamás la había encontrado, según confesaba en sus diarios.

Mientras Sofía examinaba estos diarios, Aaron aprovecho para entrar en los sistemas del museo y, desde allí, acceder a los registros privados del director. Allí pudo descubrir que un anticuario sirio llamado Omar Al-Midani estuvo consultando diez años atrás los archivos del palacio referentes al Templo de Lilith.

Una posterior reunión entre los compañeros y el director del museo les permitió saber que el tal Omar Al-Midani era un anticuario sirio establecido en la Ciudad Vieja de Damasco. El director incluso les facilitó una tarjeta de visita con la dirección de aquel tipo.

Tras abandonar el Palacio de Topkapi, los compañeros decidieron que sería una buena idea visitar la Cisterna Basílica, pues la posibilidad de encontrar la Lanza de Longinos significaba una oportunidad que no podían dejar pasar para hacerse con un arma muy potente contra sus enemigos.

La Cisterna Basílica, o cisterna de Yerebatan, era un amplio espacio subterráneo de ciento cuarenta por setenta metros en el que trescientas treinta y seis columnas surgían del agua para llegar hasta el techo. Existían una multitud de pasarelas construidas sobre las aguas para permitir que los turistas visitasen la construcción. Allí el aire era fresco y húmedo y la luz tenue de las lámparas iluminando las bóvedas mientras el sonido de las gotas repicaba sobre el agua, contribuía a transmitir una sensación de paz.

Sofía se percató de que, entre las columnas, existían dos cuya base, ahora sumergida, tenía la forma de una cabeza de Medusa, el ser mitológico que convertía en piedra a todo aquel que mirara. La historiadora no tardó en recordar que, en algunos templos de la antigua Roma, se había utilizado un método para señalar lugares secretos en aquel punto donde las miradas de dos seres mitológicos convergían.

Así, los compañeros decidieron emplear el resto de la tarde en adquirir un par de equipos de buceo, ya que aquella misma noche tenían planeado colarse en la Cisterna Basílica para comprobar si las miradas de Medusa revelaban ciertamente el escondite de la Lanza de Longinos.

En plena noche, los compañeros se acercaron a la pequeña valla metálica que rodeaba las instalaciones de la Cisterna Basílica. Aaron, a pesar de sus esfuerzos, no fue capaz de desactivar la alarma del vallado, lo que resultó en el salto de una alarma acústica que puso en movimiento tanto al vigilante de seguridad del interior de la Cisterna como a aquel que se encontraba en el pequeño edificio de oficinas anexo a las instalaciones.

Robert, sin perder el tiempo, corrió hacia la entrada a la Cisterna, por donde intuía que iba a aparecer uno de los vigilantes. Mientras, el otro guardia hacía acto de presencia junto al vallado para encañonar a Aaron, Emma y Sofía. Tras repetirles varias veces que se echaran al suelo, el hombre incluso llegó a disparar al aire.

El vigilante del interior de la Cisterna apareció por aquella puerta solo para ver como Robert le reducía de inmediato, esposándole con sus propios grilletes. En ese momento, Sofía intentaba arrebatarle al arma al otro vigilante sin mucho éxito. Por suerte para la historiadora, cuando el hombre alzaba el revólver hacia ella, Robert aparecía de entre las sombras para placar al tipo y anularle del mismo modo que había hecho con el anterior vigilante.

Tras dejar a ambos guardias convenientemente amordazados, los compañeros se apresuraron a entrar en la Cisterna Basílica: el disparo al aire de aquel vigilante podría hacer que la policía estuviese allí en un espacio de tiempo relativamente corto.

De ese modo,Robert y Aaron se sumergieron en el agua ataviados con sus equipos de buceo. Buscando en el lugar indicado por Sofía, no les costó demasiado encontrar una losa que había sido sellada de un modo distinto a las demás. Los dos hombres comenzaron a intentar manipular dicha losa para retirarla.

En ese momento, la calma del interior de la Cisterna Basílica se vio rota por la súbita aparición de seis siervos que irrumpieron disparando ráfagas de plomo con sus subfusiles. Rápidamente, tanto Emma como Sofía les lanzaron un par de granadas que quedaron demasiado cortas, cayendo sobre el agua para detonar en una explosión que zarandeó violentamente a Aaron y Robert bajo la superficie.

Algo confusos, los hombres salieron del agua para encontrarse inmersos de lleno en aquel intercambio de disparos. Emma acababa de atravesar el cuello de uno de los siervos con su disparo cuando otro de ellos arrojó una granada que cayó a pocos metros de Robert: la onda expansiva hizo rodar al exmarine mientras los pedazos metálicos de la pasarela llovían sobre él. Otra granada explotaría en algún punto, aunque no afectó a ninguno de los compañeros.

Aaron acertó en el pecho de otro enemigo, que cayó muerto a las aguas de la Cisterna. Robert, que acababa de ponerse en pie, disparó una ráfaga de su fusil de asalto para acribillar a otros dos siervos. El último de los oponentes se desplomó sin vida después de que Emma alojase un par de balas en su cuerpo.

No tenían tiempo que perder, pues la policía no iba a tardar mucho en llegar después de todo ese escándalo; de modo que Aaron y Robert regresaron al agua. No tardaron demasiado en retirar la losa para hallar la mitad anterior de una lanza cuyo metal parecía algo deteriorado. Una vez fuera del agua, Sofía confirmó la factura romana del objeto.

A toda prisa, los compañeros abandonaron la Cisterna Basílica, pasando junto a aquellos dos aterrados vigilantes que, amordazados, habían podido presenciar la batalla campal que se había desatado en el interior de aquel monumento histórico.

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Tras dormir unas pocas horas en Estambul, los compañeros tomaron el primer vuelo hacia la ciudad de Damasco, en Siria. Pronto se dieron cuenta de que se encontraban en una ciudad en guerra. Según les contó Robert, los rebeldes islámicos se afanaban en continuas ofensivas sobre la ciudad que, de momento, el régimen gubernamental era capaz de controlar a duras penas.

Tras bajar del avión, condujeron entre fachadas con impactos de proyectiles, cafés abarrotados, calles bulliciosas y multitud de edificios antiguos contrastando con otros más modernos. Emma y Aaron abrían la marcha en el Mercedes, mientras que Robert y Sofía las seguían en el Audi que un día perteneció al padre Holmes.

No tardaron en toparse con un control militar. Los soldados les hicieron bajar de los coches y les pidieron abrir el maletero. Robert, quizá precipitándose, intentó arrebatar sin éxito el arma a uno de los soldados. Presa del pánico, Sofía arrojó una granada a rodad por la calle que, por suerte, detonó a unos metros del check-point.

Robert y Sofía fueron rápidamente reducidos por los soldados, mientras que Emma y Aaron se veían encañonados también por aquellos soldados. Por suerte, Emma se mostró bastante hábil al ofrecer un jugoso soborno a aquellos militares para que dejasen que tanto Aaron como ella se marchasen de allí.

Sofía pasó las próximas horas tratando de llegar a un acuerdo económico con el oficial al mando de la comisaría local para que pusiese en libertad a sus compañeros. Finalmente, ambos llegaron a una cifra conveniente y tanto Robert como Sofía se vieron libres, si bien todas sus armas habían sido confiscadas, así como el Audi y, sobre todo, la Lanza de Longinos.

Emma, que disponía de una pistola de sobra, se la cedió a Sofía; mientras que Robert se conformó con un cuchillo de cocina que la médium llevaba encima desde que estuvieran alojados en Londres.

Maldiciendo su mala suerte, los cuatro compañeros viajaron en el Mercedes de Emma hasta la Ciudad Vieja por callejones que serpenteaban entre casas antiguas de las que escapaba aroma a jazmín y polvo, puertas de madera tallada con adornos antiguos y minaretes de mezquitas despuntando sobre el laberinto de calles.

La tienda de Omar Al-Midani era amplia y ordenada. En ella se podían encontrar algunas antigüedades de diverso valor. Dos hombres fornidos paseaban despreocupadamente por la tienda, ambos armados con cuchillo y pistola.

Sorprendentemente, Omar no tuvo problemas en admitir abiertamente que la tablilla sumeria estaba en su poder, incluso admitió haberla robado. Una vez que los compañeros expresaron que querían llegara un acuerdo por ella, el anticuario caminó con Sofía hasta una vivienda cercana donde montaba guardia otro de sus hombres, armado con un fusil de asalto.

Bajaron al sótano, donde Omar guardaba la tablilla en un pequeño cofre. Se la mostró a Sofía a cierta distancia, con la intención de que la historiadora no pudiera leer su contenido. Omar pidió por la tablilla la suma de doscientos mil dólares, cifra a la que el grupo ni siquiera podía acercarse.

De vuelta en la tienda, Sofía apartó a sus compañeros para confirmarles que la tablilla era auténtica, así como trasmitirles la suma demandada por el anticuario. Lamentablemente, Robert decidió que el número de contrariedades a las que podía hacer frente con cierta calma por ese día ya había sido rebasado. Sin mediar palabra, el exmarine se arrojó sobre uno de los hombres de Omar empuñando su cuchillo de cocina.

Robert y el hombre apenas habían comenzado a forcejear cuando Emma lanzó una granada hacia el otro empleado de Omar: la violenta detonación hizo saltar pedazos de antigüedades por toda la tienda y, si bien el hombre de Omar logró ponerse a salvo, el anticuario comenzó a chillar aterrado mientras corría hacia el teléfono existente tras el mostrador.

Sofía corrió para impedir que Omar alcanzase el teléfono, pero se vio incapaz de saltar el mostrador a la primera. Aaron, por su parte, abrió fuego contra aquel tipo que acababa de librarse por poco de la explosión producida por la granada de Emma. El hombre logró ocultarse tras una estantería, poniéndose a salvo de los disparos del joven, pero la propia Emma apareció a su flanco para volarle la cabeza de un disparo.

Casi al mismo tiempo en que Aaron corría hacia el mostrador para hacer que Omar soltase ese teléfono al que gritaba algo en sirio con tono desquiciado, Robert acuchillaba el cuello del secuaz del anticuario con el que había estado forcejeando, haciendo que se desplomase con un gorgoteo sobre un charco de su propia sangre.

Parecía que el grupo iba a disponer de un respiro cuando, en ese preciso momento, el hombre que custodiaba la casa cercana que había visitado Sofía se presentó en la puerta de la tienda, apuntando su fusil de asalto hacia el interior. Las balas llovieron dentro de la tienda, haciendo trizas estanterías y objetos al tiempo que llenaban de orificios las paredes. Los compañeros rodaron por el suelo para ponerse a salvo mientras el propio Omar gritaba aterrorizado.

Manteniendo la sangre fría, Robert se rehízo para tomar la pistola del hombre al que había acuchillado y, con ella, abatir al enemigo de la puerta con un certero disparo que le entró por un ojo.

Finalizado el enfrentamiento, arrastraron a Omar hasta la casa cercana, descubriendo con estupor que aquel tiroteo apenas había llamado la atención de nadie en la Ciudad Vieja. El nivel de violencia al que aquella gente debía estar acostumbrada sería realmente atroz, en opinión de los compañeros.

Robert dejó amordazado a Omar en aquella vivienda, tras romperle los brazos para evitar que intentase nada raro. Mientras el anticuario chillaba de dolor y terror, los compañeros se afanaron en saquear lo valioso (y aún intacto) de su tienda, así como lo que encontraron en aquella casa.

Luego, se apresuraron a dirigirse al aeropuerto: querían abandonar Siria lo antes posible. Tras debatirlo durante el trayecto en coche, todos convinieron en visitar Venecia para seguir el cabo suelto de Lazzaro Barbaro.

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En el hotel de Venecia, Aaron decidió indagar acerca de aquella Piedra de Innana de la que hablaban los diarios del sultán Mehmed II. Al parecer, se trataba de un enorme cilindro de piedra que actualmente se hallaba expuesto en la sección sumeria del Museo de Bagdad. Al joven no le costó demasiado hackear la base de datos del museo para obtener los archivos del escaneado de la Piedra que los arqueólogos habían realizado a lo largo de sucesivos años.

Según pudo traducir Sofía, la piedra de Innana versaba sobre un antiguo templo descubierto por los sumerios hacia el III milenio a.C bajo la gloriosa ciudad de Uruk. El texto hablaba de una bella mujer que yacía encadenada en ese templo. Cuando los habitantes de Uruk la liberaron, se dieron cuenta de que no podían sacarla a la luz del sol, pues la mujer sufría horribles quemaduras al ser expuesta. Al caer la noche, sin embargo, la mujer se volvió furiosa y mató a varios hombres, llegando a beber su sangre, antes de huir hacia el desierto.

Sofía sabía que las ruinas de Uruk se encontraban a unos doscientos veinticinco kilómetros al sureste de Bagdad. En la Piedra de Innana se encontraban las coordenadas astrológicas que determinan el punto exacto de la ciudad donde se suponía que debía encontrarse el Templo de Lilith.

Ante el entusiarmo general por el hallazgo, Robert se apresuró a advertirles que la zona en la que se encontraban las ruinas de Uruk estaba controlada en ese momento por el Estado Islámico, lo que hacía que fuese un lugar realmente peligroso.

Apartando momentaneamente Bagdad de sus mentes, los compañeros se dirigieron a visitar el Palacio de Ca'Dario, un edificio que se encontraba actualmente en restauración por mandato de una sociedad estadounidense que lo adquirió menos de una década atrás, según les dijo el afable vigilante del lugar. Andamios oxidados rodeaban la fachada, con sus ventanales rotos reflejando el Gran Canal, paredes desmoronadas en algunas secciones y un ingrato hedor a agua estancada.

El vigilante, que por algún motivo tenía clarísimo que Sofía era la madre de Emma y que ese grupo era una especie de familia pintoresca en viaje turístico, accedió a regañadientes a dejarles pasar a cambio de un buen incentivo económico y algún que otro coqueteo por parte de Emma.

Según les contó el vigilante, los libros de la biblioteca habían sido trasladados, pero el despacho de Lazzaro Barbaro seguía intacto. Por suerte, Sofía logró encontrar un doble fondo en el escritorio del comerciante. Allí, varios diarios y cartas les permitieron obtener algo de información.

Lazzaro había encontrado numerosos documentos referentes a los strigoi en el Monasterio de San Constantino Brancovan, en Curtea de Arges, Rumanía. Aunque muchos pudieron ser ocultados por los monjes, mucho otros fueron expoliados por los invasores otomanos, acabando en el Palacio de Topkapi para ser estudiados por el sultán Mehmed II. Lazzaro menciona que quizá Mehmed lograse encontrar la ubicación del Templo de Lilith.

También encontró numerosas evidencias de que el Castillo de Poenari había sido habitado por un strigoi poderoso, el príncipe valaco Vlad III. Según Lazzaro, el príncipe se había movido por media Europa y Oriente recopilando textos sobre algo llamado "El Rito de los Doce Pilares". Lazzaro había intentado buscar los diarios de Vlad en las ruinas de Poenari, pero nunca pudo encontrarlos.

Un colaborador muy valioso de Lazzaro, un tal Donatello Verardi, había acabado sus días en la Isla de Poveglia. Donatello se vio aquejado de una extraña enfermedad que le afectaba la mente y Lazzaro había movido hilos para que acabase en el sanatorio de la isla.

Aaron, tras una escueta búsqueda en Internet, les digo a todos que Poveglia era una antigua isla para enfermos de la peste que durante el siglo XIX sirvió como estación de cuarentena y más tarde como residencia hospitalaria. Todos tuvieron claro que aquel era su siguiente paso lógico.

La Isla de Poveglia se encontraba actualmente clausurada al público y solo podía ser visitada con un permiso de las autoridades municipales de Venecia. Según pudieron observar los compañeros, la isla se encuentra custodiada permanentemente por dos vigilantes de seguridad; de modo que decidieron esperar a la noche para actuar.

Tras robar una pequeña góndola en un embarcadero cercano, los cuatro surcaron las negras aguas del canal hasta la Isla de Poveglia. Uno de los vigilantes de seguridad no tardo en salirles al paso en el propio embarcadero de la isla. Sin embargo, abandonó de inmediato su tono hostil al ser encañonado por Sofía.

Antes de amordazar al vigilante, le obligaron a llamar a su compañero para que acudiese al lugar. Dicho compañero, un hombre mucho más joven, también fue reducido por el grupo y convenientemente amordazado. Los compañeros dejaron a ambos en las puertas del decrépito sanatorio de la isla antes de internarse en el edificio, alumbrando el camino con las linternas de sus smartphones.

El edificio estaba en completo silencio, con las camillas oxidadas en las habitaciones como testigos del pasado, graffitis en las paredes mohosas indicando la presencia de visitantes ocasionales en tiempos más modernos y la brisa del mar entrando por las ventanas rotas. Algunas puertas chirriaban en la distancia al mecerlas el viento, poniéndoles el vello de punta.

Emma decidió concentrarse para establecer contacto con una anciana que había sido interna de aquel sanatorio. La mujer no sabía nada acercadel tal Donatello Verardi, pero le indicó a la édium donde podrían encontrar el almacén en el que se depositaban las pertenencias de los internos.

El grupo se dirigió al lugar señalado por el espíritu de la anciana. En el interior del gran almacén, encontraron una gran caja con las pertenencias de Donatello: algo de ropa y unos diarios viejos.

Donatello había trabajado para un rico comerciante llamado Lazzaro Barbaro, quien había perdido a un amigo debido al ataque de unos strigoi. Lazzaro y él se reunían en el Palacio de Ca´Dario, residencia del comerciante. Durante sus investigaciones junto a Lazzaro, descubrió que se encontraron numerosos documentos referentes a los strigoi en el Monasterio de San Constantino Brancovan, en Curtea de Arges, Rumanía. Era muy posible que, entre ellos se encontrase la ubicación del Templo de Lilith.

Lazzaro y él encontraron también numerosas evidencias de que el Castillo de Poenari había sido habitado por un strigoi poderoso, el príncipe valaco Vlad III. Según Donatello, el príncipe se había movido por media Europa y Oriente recopilando textos sobre algo llamado "El Rito de los Doce Pilares".

Según los diarios, Donatello de Verardi acabó sus días en la residencia hospitalaria que era por 1932 la Isla de Poveglia. Donatello había perdido la cabeza después de que un strigoi le diera de beber su sangre, por lo que poco a poco se iba convirtiendo en un siervo, subyugado a la voluntad de su amo. Debido a que el strigoi era demasiado joven, el proceso fue especialmente lento y angustioso.

Además de toda aquella información, entre las hojas de uno de los diarios, Sofía encontró un crucifijo de plata con un grabado (Defendat nos a diabolo). Supo de inmediato que se trataba de la Cruz de Pío, bendecida por el propio Papa Pío VII. Sin duda, una arma valiosa contra los strigoi.

La alegría de los compañeros por el hallazgo se truncó bruscamente cuando, nada más salir del almacén, fueron recibidos por un grupo de tres siervos que disparaban sus UZI desde el fondo del pasillo. El fuego de subfusil se vio rápidamente acompañado por el lanzamiento de un par de granadas que, por suerte, detonaron demasiado lejos de los compañeros.

Los compañeros devolvieron el fuego a duras penas, incluso Aaron llegó a abatir a un enemigo con su pistola. La explosión de una nueva granada hizo salir despedida a Sofía, que se golpeó fuertemente contra una pared, quedando bastante dolorida.

Robert se expuso a las balas enemigos con frialdad, disparando una ráfaga larga que arrebató la vida a los dos siervos, llenando sus cuerpos de agujeros mientras vaciaba el cargador. Inmediatamente después, el exmarine se acercó a atender a Sofía, comprobando que sus heridas no revestían gravedad.

Los compañeros se miraron entre sí, ya solo les quedaba un destino posible en aquel periplo que iniciasen en Londres veinte días atrás: Bagdad.

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En Bagdad, los compañeros encontraron una ciudad de rascacielos modernos junto a mezquitas centenarias, con el río Tigris fluyendo a través de la ciudad y numerosos edificios en reconstrucción contrastando con tenderetes improvisados junto a las ruinas de edificios bombardeados. Aaron conducía el Mercedes de Emma, con esta de copiloto; mientras que Robert conducía el pequeño Kia de Sofía tras ellos.

Todo ocurrió bastante rápido, pero por suerte Aaron estaba atento a la carretera. Un todoterreno estuvo a punto de embestir el Mercedes cuando se encontraban sobre el puente que cruzaba el Tigris. El joven logró esquivar a duras penas la embestida y el todoterreno pasó de largo tanto su vehículo como el Kia de sus compañeros. Pudieron percatarse de que cuatro siervos viajaban a bordo de aquel coche, los dos de atrás empuñando ya sendos fusiles de asalto.

Tanto Aaron como Robert pisaron el acelerador, intentando poner distancia con el vehículo de los siervos, que ya maniobraba para iniciar la persecución. Un momento después, los tres coches zigzagueaban por las calles de la ciudad de Bagdad.

Las balas disparadas por los fusiles de asalto de los dos siervos que viajaban en la parte posterior del todoterreno repicaban sobre la chapa del pequeño Kia de Sofía, la cual trataba de devolver los disparos con su pistola desde su propia ventanilla, llegando a impactar un par de veces sobre el capó del vehículo enemigo. Pedazos de cristal, metal y plástico revoloteaban en el interior del Kia mientras el fuego continuaba lloviéndoles desde el exterior.

Harto de esta situación, Robert decidió frenar en seco, con lo cual el todoterreno impactó violentamente contra la parte posterior del pequeño Kia. Si bien el vehículo de los siervos resultó bastante dañado, el eje trasero del utilitario salió despedido por los aires junto con una de las ruedas. Aaron, que había visto la colisión desde el espejo retrovisor, maniobró hasta dar media vuelta y detener el coche a unos metros de los vehículos siniestrados, en perpendicular a la vía.

Todos los contendientes de uno y otro bando bajaron de los coches y comenzaron a disparar sin tregua. Poco después, uno de los siervos se desplomaba con el pecho atravesado por uno de los disparos de Aaron.

Emma reventó el cráneo de un oponente con un certero disparo, segundos antes de que Robert acribillara a otro atravesando la puerta abierta del todoterreno tras la que este se había parapetado con una ráfaga de su fusil de asalto. El último de los siervos se desplomó con la garganta atravesada por un nuevo disparo de la médium.

Los compañeros se pusieron de inmediato en movimiento, puesto que no querían esperar a que las autoridades hiciesen acto de presencia. Aaron y Emma tomaron el Mercedes, mientras que Robert y Sofía subieron a bordo del acribillado y maltrecho todoterreno de los difuntos siervos. Así, el grupo salió de Bagdad en dirección al desierto.

Tras un par de horas de camino por una carretera bastante mala, tomaron el camino de tierra que conducía a las ruinas de Uruk. Aaron no tardó en detectar la presencia de varias rodadas: unas correspondientes a dos todoterrenos y otras que pertenecían sin duda a un camión de tamaño pequeño.

Aún se encontraban a una hora de las ruinas y pronto se haría de noche. Además, todos estaban fatigados y estresados a causa del enfrentamiento con los siervos, de modo que decidieron pasar la noche en el camino a fin de recuperar algunas fuerzas y afrontar la llegada a Uruk con energías renovadas.

Tras una noche de reparador descanso, los compañeros dejaron los vehículos a una distancia prudencial de las ruinas y se acercaron para echar un vistazo desde la lejanía. Dos todoterrenos con banderas del Estado Islámico estaban estacionados junto a lo que parecía la entrada recién excavada de un antiguo templo que todavía permanecía parcialmente enterrado bajo la superficie. El camión también estaba allí, con una ametralladora pesada montada sobre su techo y un guerrillero junto a ella. Los otros cinco guerrilleros estaban dispersos frente al templo.

Los compañeros entraron en Uruk sin contemplaciones. Según regresaron a los vehículos, entraron a toda velocidad en las ruinas: Sofía conducía el todoterreno en primer lugar, había decidido ir sola para cubrir al grupo, ya que carecía de demasiadas habilidades de combate. Aaron conducía el Mercedes tras ella, con Emma y Robert en las ventanillas empuñando pistola y fusil de asalto respectivamente.

Pronto comenzó a llover fuego automático sobre el todoterreno de Sofía, que marchaba delante cubriendo el avance de sus compañeros. Las balas de algún fusil repicaron sobre el capó mientras que la ametralladora pesada levantaba una nube de arena y piedrecitas al flanco del vehículo. Desde atrás, Robert logró disparar una certera ráfaga de su arma que abatió al operador de la ametralladora. Un segundo después, el todoterreno de Sofía aplastaba a otro de los guerrilleros cuando le arrollaba para colisionar después contra uno de los vehículos del Estado Islámico estacionados.

Aaron detuvo el Mercedes frente al templo, sacando acto seguido la pistola por la ventanilla para volarle la cabeza a un guerrillero que se aproximaba empuñando su AK47. Mientras, otro de los guerrilleros trataba de trepar al techo del camión para hacerse con la ametralladora mientras las balas disparadas por Sofía desde el destrozado todoterreno silbaban a su alrededor. Cuando el hombre ya sonreía al sujetar la empuñadura del arma, una bala de Robert le arrancaba la mitad del cráneo.

Sofía gritó cuando vio aparecer a otro de los guerrilleros frente al todoterreno, el cual comenzó a dispararla a través del parabrisas, haciendo que los pedazos de cristal le lacerasen la cara mientras se agachaba para ponerse a salvo. A la vez, cuatro siervos surgían del interior del templo empuñando pistolas.

Mientras la historiadora comenzaba a intercambiar disparos a través del hueco del parabrisas con el guerrillero, Aaron y Robert abatían a otros dos miembros del Estado Islámico. Emma, por su parte, eliminó a uno de los siervos que acababan de salir del templo.

En un último intercambio de disparos, la médium finiquitaba a un siervo más mientras Aaron daba muerte a un par. Robert, tras apuntar un segundo, efectuaba un preciso disparo de fusil que volatilizaba la cabeza del guerrillero que disparaba sobre Sofía.

Sin más enemigos a la vista los compañeros cargaron la munición de plata en sus armas y se dispusieron a entrar en el Templo de Lilith. Antes de hacerlo, Aaron y Robert desmontaron la ametralladora pesada del techo del camión para llevarla consigo al interior.

Nada más entrar al templo, encontraron una especie de altar de piedra con una oquedad en la que la Llave de Melem-Kish encajó perfectamente. El sonido de varios resortes desactivando las trampas del templo no sonó tan tranquilizador al mezclarse con los gruñidos amenazadores que llegaban desde la sala al fondo del pasillo. Allí, seis strigoi parecieron despertar al tiempo que la tapa de un enorme sarcófago de piedra era retirada para que del contenedor surgiera la propia Lilith: una bella mujer ataviada con un sudario blanco cuya hambre ancestral se le reflejaba en los vacuos ojos negros.

Aaron y Robert comenzaron a montar la ametralladora sobre el altar sin perder tiempo, tan rápido que el joven hacker tuvo tiempo de comenzar a disparar antes de que los seis strigoi comenzasen a correr hacia ellos atravesando el pasillo. Pedazos de polvo y roca llenaron el corredor en un infierno de balas.

Sofía retiró la Llave de Melem-Kish del altar, reactivando unas trampas que nunca sabrían si hubiesen sido efectivas contra los monstruos, pues estos comenzaron a gatear a toda velocidad usando las paredes del corredor en lugar del suelo. Emma y la propia Sofía lanzaron un par de granadas que explotaron muy por delante del objetivo, sin causar daño a las criaturas.

Robert disparó una ráfaga de su fusil, despedazando a uno de los strigoi en la pared. Los certeros disparos de Emma arrancaron a otro monstruo de la existencia un instante después.

Con las criaturas ya realmente cerca, el exmarine derribó a otro oponente de una certero disparo mientras que Emma hacía lo propio con otro de los strigoi. Desesperada, Sofía arrojó otra granada, la cual, tras rebotar en el suelo, detonó justo junto a la cabeza de uno de los monstruos, prácticamente desintegrándolo de cintura para arriba.

La furia se reflejaba en los ojos de Lilith, que contemplaba la escena desde la sala del fondo. Robert notó como su corazón se encogía ante aquellos ojos, pero inmediatamente otra cosa requirió su atención: sendos strigoi se abalanzaban sobre Emma y él. Por suerte para el turbado exmarine, Sofía descerrajó un preciso disparo que entró por el ojo del monstruo que le atacaba, haciéndole caer inerte a sus pies.

Con una velocidad que desafiaba la cordura, la propia Lilith se plantó ante Robert, haciéndole retroceder un paso. Sofía empleó aquel momento para volver a introducir la Llave de Melem-Kish en el altar y correr por el pasillo hacia la sala del fondo.

Robert sacó de su bolsillo el crucifijo de Pío VII, aplicándolo sobre el rostro de Lilith; que retrocedió aullando de dolor. Aaron empuñó entonces su pistola municionada con balas de plata y disparó al rostro de la strigoi. Sin embargo, la bala impactó mansamente para deformarse contra la mejilla intacta de Lilith.

La strigoi, furiosa, saltó sobre el altar para atacar a Aaron. Cuando Robert trató de imponer el crucifijo de Pío VII contra su espalda, esta se giró con rapidez para sujetarle por la muñeca antes de arrojarle contra la pared. El exmarine sintió como demasiados huesos de su cuerpo se trituraban al impactar contra la piedra y no pudo hacer nada sino permanecer tendido e intentar no ahogarse con su propia sangre.

Mientras, Emma lograba colocar hábilmente su pistola bajo la barbilla del strigoi que trataba de matarla. La detonación salpicó de cerebro vampírico el techo de piedra. Sin pensarlo dos veces, la médium corrió por el pasillo en pos de Sofía, que ya estaba llegando a la sala del fondo.

Lanzándose al suelo con agilidad, Aaron se hizo con el fusil de asalto que había dejado caer Robert, descargando de inmediato una ráfaga contra el pecho de Lilith. La vampiresa se retorció de dolor, retrocediendo mientras la munición de plata impactaba en su cuerpo haciendo brotar la negruzca sangre. Desde el pasillo, también Emma disparó contra Lilith, alcanzándola en la nuca y haciendo que se desplomase de bruces sobre el altar de piedra. Sin embargo, sangrando a ríos por las heridas del pecho así como por las fauces abiertas, la strigoi volvió a ponerse en pie.

Aaron apuntaba de nuevo su arma contra ella cuando Lilith se anticipó, descargando un terrible zarpazo que abrió en canal el cuello del joven; quien se desplomó sobre el suelo de piedra, boqueando como un pez fuera del agua hasta perder la vida apenas un instante después.

Sofía acababa de entrar en la sala existente al final del templo. Allí, donde esperaba encontrar a los niños recién nacidos colocados al pie de cada pilar, no había nada. Después de todo, se habían adelantado casi seis días y probablemente los siervos no habían traído aún a los pequeños hasta allí. Dio un respingo cuando Emma llegó junto a ella. Luego, ambas volvieron la vista hacia el pasillo.

Caminando con dificultad, Lilith se aproximaba hacia ellas. Tenía el pecho destrozado por terribles heridas y borbotones de sangre negruzca brotaban de su boca abierta. Un rugido quebrado surgió de su garganta.

Entonces, Emma sujetó con fuerza la última de sus granadas, como si pusiese toda su fe en ella. La pequeña esfera de metal voló por los aires hasta impactar contra el pecho de Lilith, donde rebotó con un chapoteo para alejarse, apenas unos pocos centímetros, antes de detonar. El cuerpo de la vampiresa fue proyectado varios metros hacia atrás, envuelto en humo y llamas.

Lentamente, Emma y Sofía se aproximaron a aquel cuerpo que, inexplicablemente, aún se retorcía en el suelo. Fue entonces cuando Sofía vertió sobre el rostro de Lilith el vial de agua bendita que guardaba en su bolso. Mientras aquel cuerpo desmoronante aún exhalaba, las dos mujeres lo arrastraron al exterior para exponerlo a los rayos del sol, bajo los cuales acabó de descomponerse.

Tras tomarse algunos minutos para recobrarse, ambas cargaron con Robert, gravemente herido, hasta colocarle con cuidado en el asiento de uno de los todoterrenos del Estado Islámico aparcados frente al templo. Arrancaron en dirección a Bagdad.

Habían salvado el mundo.

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