Veneno en la sangre (T2) - La ciénaga de la muerte (7/8)
Tras perder a Lord Orvyn, muerto cuando el grupo cayó en una de las trampas dispuestas por los hombres lagarto en la antigua ciudad en ruinas, los compañeros se disponían a entrar en el templo de los antiguos moradores para hacerse por fin con el Diamante de Las Almas y poder salir de una vez por todas de la maldita Ciénaga de Tisthon.
Con suma cautela, el grupo se adentró en una amplia y sombría cámara adornada con estatuas de deidades ya olvidadas por el mismo tiempo. El musgo cubría estas efigies y, además, los hombres lagarto las habían profanado pintando con sangre sobre ellas. En el dintel de piedra sobre la puerta que permitía continuar internándose en el templo, una inscripción anunciaba:
“En este sagrado lugar se custodia el Diamante de Las Almas, como memoria al sacrificio de Uldim, que heroicamente sacrificó su vida para salvar la de todos.”
Fendrel, incapaz de controlar su indignación ante la hipocresía de los antiguos moradores, profirió una larga serie de improperios sobre sus almas ya extintas. Esto volvió a hacer que se cerniese cierta sombra sobre los compañeros, la de qué hacer con el Diamante de Las Almas ¿Lo emplearían en la lucha contra Yzumath? ¿Liberarían a Uldim?
Pasando bajo el dintel de piedra llegaron a otra cámara, de la cual partían dos caminos posibles, a izquierda y derecha. Garrick, que marchaba ligeramente adelantado para buscar posibles trampas, indicó que el pasillo izquierdo llevaba mucho tiempo sin ser transitado por nadie: al parecer, los hombres lagarto solían evitarlo.
Tras debatirlo, todos estuvieron de acuerdo en tomar el pasillo derecho por temor a que algún peligro o antigua trampa del templo fuese lo que mantenía a los sauriales alejados de aquel corredor. Avanzaron en silencio, todos con las armas prestas para lo que pudiese acontecer.
El pasillo les condujo a una especie de jardín central, ahora decrépito, donde la insana vegetación del pantano había devorado cualquier atisbo de la antigua belleza. Una enorme fuente de mármol dominaba el centro del amplio jardín, en el cual existían tres puertas que permitían de nuevo acceder al edificio: al noroeste, noreste y sureste.
Apenas estaban llegando a la fuente central, los compañeros escucharon sin problemas el inequívoco sonido que producían las cadenas metálicas al separarse de las argollas: un sonido que ya habían escuchado antes en la Ciénaga de Tisthon. Garrick preparó la ballesta de mano al tiempo que un arco de energía arcana comenzaba a surcar las manos de Valmer. Fendrel, por su parte, invocó aquel ejército de pequeños celestiales fantasmagóricos en torno al grupo.
Los dos cocodrilos surgieron al mismo tiempo, uno del acceso noroeste y otro del sureste. La saeta de Garrick se clavó en el lomo del primero, al cual Valmer también había elegido como objetivo: la esfera de energía mágica arrojada por el mago reventó la cabeza del enorme reptil en una explosión de escamas y masa encefálica. El otro cocodrilo impactó ferozmente contra el escudo de Fendrel, aunque retrocedió rugiendo de dolor cuando los espíritus guardianes le socarraron la carne.
Cuatro sauriales aparecieron después, dos desde cada uno de los accesos de los cuales habían surgido los cocodrilos. Todos portaban una lanza en cada mano. Además, por la puerta noreste hizo acto de presencia un hombre lagarto mucho más fornido del resto, con tatuajes tribales hechos a fuego que le señalaban como una especia de campeón: se trataba de Jec. El campeón portaba una lanza adornada con extraños huesecillos y cuya hoja de sílex era vil hasta lo aterrador.
La lanza arrojada por uno de los sauriales se hizo añicos contra el escudo de Elatha, que retrocedió a trompicones por el potente impacto mientras, a duras penas, bloqueaba la segunda lanza enviada por otro oponente. Fendrel esquivó hábilmente otro lanzamiento y Garrick ahogó un grito cuando una nueva lanza cortaba el peto de su armadura.
Fue entonces cuando, para sorpresa de todos, Jec apuntó su lanza hacia Elatha y un haz de energía oscura surgió de la hoja de sílex mientras los zarzillos de negrura se arremolinaban por todo el asta. El rayo necrótico impactó de lleno en el pecho de la guerrera, que inmediatamente notó cómo la debilidad se apoderaba de ella al tiempo que numerosas pústulas y ronchas se hacían visibles en su cuerpo.
Elatha, que hasta un momento antes estaba dispuesta a abandonar el área de los espíritus guardianes en busca de enemigos, no supo que hacer y permaneció bloqueada en el sitio. Apretando los dientes, Valmer señaló entonces a Jec mientras murmuraba unas palabras en el arcano lenguaje; sonriendo al contemplar la cara de perplejidad que ponía el campeón saurial al verse paralizado.
Garrick se escurrió entonces sorpresivamente por el flanco de Fendrel, ubicándose a un par de pasos del cocodrilo, que estaba muy centrado en devorar al sacerdote. La ballesta del halfling tableteó para lanzar un virote que se clavó en el ojo del enorme reptil, atravesándole el cerebro para matarle en el acto. Fendrel abandonó entonces el área protegida por los celestiales para correr hasta Jec y propinar un fuerte mazazo al paralizado campeón: varios dientes salieron despedidos de la boca del saurial.
En ese momento, todos los guerreros lagarto comenzaron a correr hacia el sacerdote. Tres llegaron de inmediato hasta él y, si bien logró bloquear con su escudo los ataques de dos de ellos, el tercero tocó el peto de la coraza, arrancando chispas de ella. A pesar de su malestar, Elatha dió un paso adelante y proyectó su lanza para hundirla entre los omóplatos de ese saurial; que se desplomó de bruces, muerto.
Valmer maldijo cuando su proyectil mágico no acertó a Jec: el mago había tenido cuidado de no dañar a Fendrel, que se encontraba en la línea de disparo. Al tiempo, la ballesta de mano de Garrick se disparaba para alcanzar por la espalda al único saurial que aún no había llegado hasta el sacerdote: el virote se le incrustó certeramente en la nuca, arrebatándole la vida.
Un nuevo mazazo de Fendrel dejó colgando uno de los ojos del paralizado Jec, llenándole el rostro de sangre. Entonces, uno de los hombres lagarto agarró a su líder e intentó arrastrarlo lejos de allí. La maza del sacerdote le golpeó desde atrás, en un costado, haciendo crujir varias costillas al romperse. Aún así, maltrecho como estaba, logró arrastrar a Jec varios pasos. Un segundo después, el último de los sauriales le acompañó, protegiendo la retirada hacia la puerta noreste.
Elatha, que a pesar de su estado no estaba dispuesta a permitir huir al enemigo, corrió hacia este último saurial y lo empaló con su lanza, alzándolo del suelo por un segundo antes de arrojar su cadáver a un lado. Garrick, tras colgar su ballesta a la cintura, corrió en pos de la guerrera mientras echaba mano a su daga. Valmer, por su parte, decidió permanecer en el área de espíritus guardianes.
Fendrel llegó hasta Jec y el saurial que lo arrastraba justo cuando estos estaban bajo el dintel de la puerta noreste. Trató entonces de golpear con su arma a este último, que se agachó ante el paso de la maza. El tímido contraataque del hombre lagarto murió inofensivamente en el escudo del sacerdote.
Elatha llegó en apoyo de su compañero, pero estaba demasiado débil y lenta, por lo que sus ataques fueron bloqueados sin demasiados problemas por el guerrero saurial. Garrick llegó en ese momento al lugar, pero entre la guerrera y el sacerdote ocupaban todo el espacio, impidiéndole actuar.
El saurial regaló un pequeño corte en la mejilla a Elatha, que lo maldijo en el idioma de los bárbaros antes de contraatacar incrustándole su lanza en pleno rostro. El hombre lagarto cayó de espaldas pesadamente mientras el aún paralizado Jec miraba a la guerrera con ojos aterrorizados.
Entre la mujer y el sacerdote arrastraron al campeón saurial de vuelta al jardín central, donde lo maniataron. Estaba muy malherido por los mazazos que Fendrel le había propinado mientras estaba paralizado y amenazó con desmayarse en cuanto los efectos del conjuro paralizante de Valmer remitieron.
Con un tono bastante menos amenazador de lo que pretendía, el saurial repetía una y otra vez la frase “Mi sangre honrará a Verrak”. Después, les acusó de ser invasores y ladrones sin honor, como todos los cazatesoros. Les dijo que sabía que venían a por el tesoro de Verrak, a por el “diamante que habla”. Rió mientras les aseguraba que su caudillo lograría huir de allí con sus bienes más preciados y desaparecer en la ciénaga. Luego, Verrak volvería con más hombres lagarto y les mataría a todos.
Debían apresurarse, eso estaba claro. La perspectiva de que aquel “diamante que habla” fuese el Diamante de Las Almas y que Verrak se esfumase con él, era algo que los compañeros no se podían permitir.
Aunque se negó a responder cuando le preguntaron donde se encontraba Verrak, los ojos de Jec le traicionaron mirando furtivamente hacia el fondo corredor noreste por el que su guerrero había intentado huir arrastrándole. Garrick se dio cuenta de esto y se lo transmitió a sus compañeros.
Tras entonar una breve plegaria por el alma de Jec, Fendrel le ejecutó con un potente golpe de maza en la frente que le aplastó el cráneo. Elatha, por su parte, tomó la lanza del difunto mientras la miraba con una mezcla entre satisfacción y temor. Nunca antes había tenido un arma mágica.
Después, sin tiempo que perder, los compañeros tomaron el corredor noreste en busca del caudillo Verrak y, sobre todo, del Diamante de Las Almas. Por el camino, volvió a surgir la disyuntiva entre destruir el artefacto para liberar a Uldim o emplearlo para luchar contra Yzumath en el futuro. Garrick y Fendrel seguían opinando lo primero, mientras que Elatha y Valmer lo segundo.
Ya habría tiempo para decidirlo, lo importante era hacerse con él.
Al fondo del pasillo podía verse una impresionante puerta ornamentada en doble hoja, enorme. Una de las hojas se encontraba abierta y, desde el interior, podía escucharse el sonido de alguien revolviendo objetos metálicos. Ese sonido se silenció inmediatamente.
Tras mirarse entre sí, los compañeros se dispusieron a cruzar aquella puerta. Fendrel y Elatha entraron en primer lugar, aunque la guerrera se tambaleaba ligeramente debido a las fuertes nauseas que la enfermaban, efecto del rayo necrótico que la había alcanzado. Tras ellos, entraron Valmer y un Garrick que ya empuñaba de nuevo su ballesta de mano.
Se trataba de una enorme sala que se encontraba casi totalmente en penumbra, a excepción de una zona central tímidamente alumbrada por el par de braseros que ardían perezosamente sobre un altar de piedra. Sobre el altar podían verse montones de pequeños huesos, algunas flores marchitas y unas pocas figuras de madera toscamente talladas.
Nerviosos, se adentraron en la estancia mientras se sentían rodeados por unas sombras que parecían tener vida propia. Desde aquella oscuridad, un par de agudos siseos se hicieron audibles, acompañados de un extraño y rítmico matraqueo.
¡Serpientes gigantes! Gritó Valmer.

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